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Por Pamela Cáceres

CAPÍTULO III: DE LA PALABRA «WAKCHA PITUKO» Y SUS MUCHAS DEFINICIONES

He leído en cierto libro que los peruanos tenemos gusto por llamarnos «clase media». Tanto ricos como pobres nos decimos así, pero siempre, queda claro, por razones distintas. Unos por mostrar ser batalladores, a pesar de sus ventajas y pocos talentos, y nosotros por engañar la miseria y proteger la poca distinción de que gozamos. No es pues pertinente el uso deste vocablo, por sernos engañoso. Saben los mercachifles cómo gracias a las fabulaciones de sentirse «clase media» venden muchos enseres ya a unos, ya a otros. Estos mismos mercachifles nos llaman por «masa», «mercado», «target», «público objetivo» y en sus corazones nos piensan como una vulgar chusma que muerde el anzuelo.

He sabido de otro sustantivo compuesto por la unión del quechua y el español cuya escritura todavía no llego bien a definir: «waqcha pituko» o «wakcha pituco» u otra forma que he hallado en las nuevas virtualidades. Debo decir que nunca escuché en mis niñeces, pero que me da mucha gracia. La segunda palabra «pituco», es bien conocida, pues señala al que presume ser mejor en economías y en sangre que el resto de sus allegados.

Sobre la palabra quechua, he leído del ilustre cusqueño, inca de letras, que los vasallos llamaban al gobernante inca como «huacchacúyac» que significaba «amador y bienhechor de pobres». En otro admirable libro de un garcilasista arequipeño se habla del mestizo «guaccho» que en la colonia era el desgraciado que no gozaba de lugar definido en la sociedad, y hace allí cierta relación con el gaucho que a caballo parece vagar por las soledades de las pampas del país argentino.

También en Arequipa he escuchado a mi querido pariente político decir «wakcha» a una media que anda por allí perdida sin su pareja y que, por tanto, ya no sirve para nada. He pensado, entonces, que se perecería a «Sanpan ccari», palabra repetida mucho entre mi familia cusqueña para señalar al varón que por su poca utilidad para el hogar se convierte en «hombre solo».

Finalmente, en los diccionarios leídos he encontrado que el primer significado de «wakcho» es «pobre» pero también se menciona «huérfano».

Si hablamos al pie de la letra, el «wakcha pituko» es un «pituco pobre». Pero, en quechua, por las muchas cosas que un mismo vocablo indica, es posible también pensar en un pituco «perdido» o «desorientado». Varón o mujer que creyendo pertenecer a otros círculos sociales vive con la gentilidad, y se duele y sufre y gruñe por pensarse superior y pasar sus días como lo hace, un alma en pena debido a sus erradas fabulaciones.

Tuve noticia que en estos últimos años los wakcha pitukos se han vestido con polo blanco y han salido en tropilla acusando a su gentilidad de no dejarles seguir con sus negocios por hacer demasiado alboroto político. Has de saber respetado lector, que el wakcha pituko siempre pone el dinero por delante, le urge ser señor de estos reinos y apoya a los señores. Como un espantapájaros se yergue encima del suelo; siempre clavado en el mismo hueco es burlado por el viento, todo vestido de trapos menores sirve al patrón asustando a quienes vuelan libres. Según él, este es camino fácil para salir de su miserable penar y creyendo así, pocas veces da su pie en bola.

Vaga pues un «wakcha pituco» en todas las familias, en todos los barrios, entre los compañeros, ya sea de estudios o ya sea de trabajo, en las ferias, en los mercados, en las cachinas y en toda combi de transporte urbano.

CAPÍTULO IV: DE NUESTRA CARENCIA DE NOMBRE Y DE LOS CUESTIONAMIENTOS «¡¿SABES TÚ CON QUIÉN ESTÁS HABLANDO?!» O «¡¿SABES TÚ QUIÉN SOY YO?!»

Estas indagaciones de cómo nos llamamos a nosotros mismos son en verdad pensamientos sobre quiénes somos. Carecemos de vocablo para nombrarnos con gusto y pertinencia al mismo tiempo, o sea, con amor propio, pero sin engaños. Y siendo huérfanos de nombre nos contenta mucho imaginarnos distinguidos y diferentes por gozar del barato que algunas veces hacen los señores destos reinos.

Ante la dificultad de dar con quiénes somos, nos auxilia siempre afirmar aquello que NO somos: no somos indios, o no somos tan indios, y no somos sirvientes, o no somos tan sirvientes, y no somos ignorantes o no somos tan ignorantes, y no somos pobres o no somos tan pobres. Y del otro lado, lo mismo, aunque con dolor de corazón: no somos blancos, o no somos tan blancos, y no somos patrones o no somos tan patrones y no somos letrados o no somos tan letrados y sin intermedios, definitivamente no somos ricos ni tan ricos.

Dichas negaciones son insuficientes para engañar a esta falta de nombre. Por tanto, cuando sentimos que un inferior ha faltado a nuestro amor propio, le arrojamos cuestionamientos como «¡¿Sabes tú con quién estás hablando?!» o «¡¿Sabes tú quién soy yo?!»

No debe pues pensarse que estas son preguntas retóricas para hacerle recordar al inferior la distinción que nos separa y que todos ya conocen con seguridad. En este caso sí es bueno tomar la pregunta al pie de letra, pues como ya se ha dicho en los inicios, no tenemos nombre exacto, y es verdad que no sabemos la respuesta. Con el fin de entender mejor esta carencia me permitiré relatar un pasaje de mis niñeces cuando una señora me interrogó si yo sabía quién era ella, pero he de hacerlo en el siguiente capítulo, pues quedo ya excedida en vocablos.

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