Venezuela: ¿Soberanía real o moneda de cambio en la geopolítica de las potencias?

Por: Jorge Delgado y Pedro Rodríguez – Asociación Rerum novarum.

Venezuela vuelve a ocupar un lugar estratégico en el tablero internacional, no por la fortaleza de su Estado ni por la estabilidad de sus instituciones, sino por su valor geopolítico en un mundo cada vez más fragmentado.

En este contexto, gana fuerza la hipótesis de que las grandes potencias operan bajo lógicas de reparto de influencia. No como afirmación de hechos comprobados, sino como una interpretación basada en antecedentes históricos, intereses estratégicos y patrones de conductas de las grandes potencias.

Siguiendo esa ruta, Estados Unidos habría alcanzado entendimientos con China y Rusia en torno a respectivos intereses: Taiwán para China, Ucrania para Rusia y Venezuela para Washington, acaso ¿un nuevo Yalta 2.0?  El mensaje es claro, cada potencia administra su zona prioritaria, mientras que el impacto sobre la población local queda relegado a un segundo plano. Una lógica histórica en las relaciones internacionales: primero los intereses, después las personas.

Lo cierto es que, más allá de los discursos o la retórica, la cúpula del poder venezolano en los ámbitos político, militar y social se mantiene intacta. La ausencia de manifestaciones ciudadanas celebrando supuestos golpes decisivos al régimen revela una realidad incómoda; el cambio no se percibe como inmediato, y mucho menos estructural. Ello abre una pregunta clave: si el poder real no reside exclusivamente en una figura ¿por qué focalizar la presión en ella y no en el entramado completo?

En la doctrina Monroe, interpretación dada por Roosevelt, nos dice: lo que nació como una advertencia a las potencias europeas terminó convirtiéndose en la justificación para la intervención estadounidense en América Latina.

El interés central de Estados Unidos no parece ser ideológico, ni humanitario, sino estratégico. Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo (OPEP 2026). Durante las décadas de 1970 y 1980 llegó a proveer cerca del 30% de las importaciones petroleras estadounidenses. En ese contexto, el discurso puesto en escena sobre el narcotráfico o la defensa de la democracia puede funcionar como argumento legitimador de una política orientada en esencia a la seguridad energética.

Rusia por su parte mantiene su interés limitado y principalmente político-militar en Venezuela, China en cambio ha construido una influencia profunda y silenciosa a través de préstamos, atados a petróleo e inversiones en infraestructura. Caracas mantiene un compromiso con China lo cual supera los $ 100,000 millones de dólares (según registros de The New York Times 2026), esta forma de poder menos visible que una base militar no es menos efectiva.

En todo este esquema el gran ausente es el pueblo venezolano. Dentro y fuera del país han sido utilizados como bandera discursiva, como excusa o como daño colateral, las promesas de cambios rápidos alimentan ilusiones. Pero la experiencia histórica demuestra que la reconstrucción de un país quebrado requiere algo más que recursos externos.

La historia nos demuestra que derrocar un líder no equivale a transformar un sistema. En Venezuela, el problema no se reduce a un nombre propio, sino a una estructura de poder profundamente arraigada. Mientras las potencias calculan, negocian o presionan, los ciudadanos siguen siendo el último eslabón: los más afectados y los menos escuchados.  En este nuevo orden mundial se corre el riesgo de que Venezuela no sea tratada como una nación soberana, sino como pieza intercambiable que se decide lejos de sus fronteras.

comentario en

  1. Una óptica realista…. donde China y Rusia….utilizan su poderío…..hay que recordar que el petróleo fue usado para imponer ideologías y financiar campañas en América Latina……en Perú……comprar periodistas e influencia intelectual.

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