Perdón, ¡¿qué?!

SIN AMBAGES

Por Úrsula Angulo

Alguien dice algo ofensivo a otro alguien. Sabe que es ofensivo, pero lo dice de todas maneras. La ira que siente en ese momento y el ánimo de ofender son más fuertes que su cordura; porque, aunque no debiera, es parte de la naturaleza humana, lamentablemente, claro. Entonces, lanza la frase ofensiva. Segundos después, se arrepiente (o quizá no), pero ya es muy tarde; su frase ha quedado en noticieros y el ciberespacio sideral de las redes sociales. No hay malas interpretaciones ni errores de decodificación; ofendió y cómo le va a costar, pero, ni modo, va a tener que disculparse.

«Me alteré y eso me llevó, equivocadamente, a decir algo inapropiado. Lo siento mucho». Listo, eso, o algo parecido, era todo lo que tenía que decir: pocas palabras, aunque muy significativas, que reconocen el error y se disculpan. Ya está. Pero no, claro que no, imposible decirlo así, porque así reconocería su error, y cómo les cuesta a muchos —muchísimos— aceptar que ellos —aunque mortales comunes y corrientes— se equivocaron.

Entonces, en lugar de la disculpa genuina que corresponde, optan por la frase tan trillada y corriente: «Si alguien se ha sentido ofendido, las disculpas del caso». Perdón, ¡¿qué?! ¿Cómo que «si alguien»? Ah, de pronto, no sabemos a quién se ofendió; hablamos a la nada, al universo y sus estrellas, intentando encontrar a quien se ha podido sentir ofendido y esperando que quizá no se haya ofendido, o sí, pero poco. Esa no es una disculpa, sino una oración condicional, que deja la idea de que podría ser que no se haya ofendido a nadie. O, peor aún, así el problema no parece ser la ofensa per se, sino la susceptibilidad del otro; como que si la frase pronunciada en medio de la exacerbación no tuvo intención de ofender —¡qué barbaridad, qué calumnia!—, entonces, la disculpa es válida si y solo si alguien «muy susceptible y exagerado» se ofendió. No, así no. La responsabilidad de las palabras de una persona no depende de cómo las escucha la otra.

Y vamos ahora con la segunda parte: «las disculpas del caso». ¿De qué caso estamos hablando? Pareciera un intento de aislar la ofensa, encapsularla, como para que no se note. Esta es la parte de la frase tan común como vacía, no indica reconocimiento y, mucho menos, un trocito de arrepentimiento. Quien sea que la haya inventado, lo hizo con la intención de dar el asunto por cerrado y no de hacerse responsable de sus palabras.

La ofensa se mide por su intención y no por el tamaño de la herida que causó. Lo que se haya dicho con desprecio, burla o descalificación es ofensa, aunque no haya sollozos ni llantos.  Si en algún momento ofendes —aunque ojalá que no—, ofrece una disculpa genuina. Ahora, mejor aún, elige un argumento válido para respaldar tu posición. El argumento muestra seguridad; la ofensa, solo exasperación.

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