El color olvidado de la arquitectura virreinal arequipeña

Profesora del Departamento de Arquitectura e Ingenierías de la Construcción de la UCSP.

Por: Marisol Velazco Gutiérrez

La arquitectura virreinal de Arequipa, reconocida por su riqueza formal y simbólica, ha estado históricamente acompañada por el uso del color como recurso estético y técnico. Sin embargo, en la actualidad predomina una imagen acromática que expone los muros de sillar en su estado natural, lo que se conoce como “cara vista”.

Esta estética, promovida por ordenanzas municipales posteriores a los terremotos de 1958 y 1960, busca dar unidad y armonía visual a la ciudad, pero al mismo tiempo desvirtúa el carácter original de su arquitectura barroca mestiza.

La arquitectura virreinal arequipeña no es una réplica del barroco limeño ni del barroco cuzqueño. Es una expresión singular dentro del virreinato peruano, resultado de un mestizaje profundo entre las técnicas europeas y los saberes locales.

Esta particularidad se debe, entre otros factores, a que las edificaciones fueron ejecutadas por maestros alarifes arequipeños, junto con indios mitayos, artesanos, carpinteros, pintores y otros trabajadores que aportaron soluciones creativas en cuanto a materiales, tecnología constructiva y aplicación del color. El uso del color no solo embellecía los muros, sino que también servía para ocultar los daños ocasionados por los frecuentes sismos.

El padre Antonio San Cristóbal (1997) lo explica con claridad:

“La cercanía de la geografía y casi en sus inicios contemporánea arquitectura del gran barroco cuzqueño no muestra nada en común con los diseños, trazas, tallado y decoraciones usuales en Arequipa y el Collao; por supuesto; en todo el siglo XVIII la arquitectura virreinal limeña se desenvolvió por cauces interpretativos totalmente extraños a los seguidos en el sur peruano”.

El color llegó con los conquistadores, pero no fueron ellos quienes lo aplicaron. El trabajo artístico y manual era considerado indigno de su rango. Como señala Manuel Carrera Stampa (1954), los españoles que llegaron a América buscaban privilegios políticos, económicos y sociales, y rara vez se dedicaban a labores manuales:

“Consideró que su ingreso en los gremios se debía a que era […] poco probable que abundaran los artesanos españoles que se conformaran con continuar en América una actividad mal remunerada y poco estimada socialmente. El español venía al nuevo mundo a disfrutar de una situación privilegiada […], no es verosímil en consecuencia que se aviniera a seguir trabajando manualmente, sino en consecuencias excepcionales”.

La mano indígena y local fue, por tanto, la verdadera protagonista en la creación de este estilo arquitectónico mestizo, que se distingue por su ornamentación, sus soluciones técnicas y su uso del color. A pesar de ello, la historiografía ha solido centrarse en la pintura mural decorativa, sin profundizar en el color como parte integral de la arquitectura. Flores, Kuon y Samanez (1993), en su estudio sobre la pintura mural en el sur andino, destacan esta relación:

“El fenómeno de la pintura mural en Arequipa, por razones geográficas e históricas, es bastante diferente del que se presenta en Cuzco y Puno […]. Los estudios de la arquitectura colonial arequipeña muestran su singularidad en relación a los otros departamentos del sur, compartiendo algunos patrones con la arquitectura del Altiplano. La arquitectura arequipeña es la expresión más clara del llamado arte mestizo”.

A lo largo del tiempo, diversos investigadores han intentado clasificar esta arquitectura bajo denominaciones como “Escuela de Arquitectura Sur Peruana”, “Estilo Mestizo”, “Barroco Mestizo” o “Barroco Andino”. Todas estas categorías coinciden en reconocer su carácter híbrido y su riqueza ornamental, pero pocas han abordado con profundidad el papel del color en su evolución.

Hoy, frente a una imagen urbana dominada por el sillar expuesto, es necesario recuperar la memoria cromática de la arquitectura virreinal arequipeña. El color no fue un añadido superficial, sino parte esencial de su lenguaje artístico y técnico. Revalorarlo es también reconocer el aporte de los pueblos originarios y de los artesanos locales en la construcción de una identidad arquitectónica única en el Perú virreinal.

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