Un Estado que no llega, no existe

Asociación Rerum novarum

Por: Pedro Rodríguez Chirinos.

La política no es un espectáculo, ni una carrera de ambiciones. La política es, o debería ser, servicio y el Estado su principal instrumento que existe para servir a la comunidad no para servirse de ella. Sin embargo, cada campaña electoral vuelve a repetirse la misma escena: candidatos que hablan con destreza de seguridad, pobreza y dignidad, pero al llegar al poder no aciertan en ninguno de los tres.

En los pueblos jóvenes y barriadas no falta coraje. Falta Estado, falta un Estado que no estorbe, que no complique, que no persiga al que quiere trabajar. Gente que sale cada mañana a ganarse la vida, no necesita discursos, necesita reglas claras, trámites simples, seguridad para emprender y condiciones para ahorrar. La informalidad no es vocación: es imposición.

El Estado que el país necesita debe ser eficiente y eficaz. Un Estado al servicio de la persona humana, que proteja su intimidad, sus derechos y su libertad. No para controlarla, ni para usarla como medio político. Fuerte en autoridad; pero no autoritario, firme en la ley pero sin arbitrariedad. Capaz de imponer orden y combatir el crimen sin violar derechos humanos.

Debe ser subsidiario, no paternalista. Intervenir cuando la familia, la comunidad o la sociedad civil no pueden, y retirarse cuando sí pueden. Las ollas comunes y los comedores populares son expresiones de solidaridad necesarias en la emergencia, pero no pueden convertirse en una política permanente. El asistencialismo eterno genera dependencia, clientismo y abuso. Ayudar no es reemplazar. La clave es potenciar capacidades, no administrar pobreza.

El Estado debe ser promotor del bien común. No gobernar para grupos de poder y para élites ni para encuestas. Gobernar para todos, especialmente para los más vulnerable. El bien común no es el interés de la mayoría, es la inclusión del último. Es que nadie quede descartado por nacer en el lugar equivocado.

Y debe ser, sin excepciones, honesto y austero. La corrupción no es solo un delito: es una traición social. Cada moneda robada es una oportunidad robada en un niño pobre. Cada obra inflada es un hospital que no se construye, una escuela que no llega, una familia que sigue esperando.

Un Estado que no llega a la gente no existe. La cercanía no es propaganda. Es presencia en los pueblos, barrios, en el campo, en la periferia. Presencia donde hoy manda el miedo, la informalidad y el abandono. Y en esa cercanía de proteger a la familia, que no es un tema privado sino una infraestructura social. Sin familia no hay educación, no hay valores, no hay futuro. Protegerla no es conservadurismo: es sentido común.

Debe garantizar justicia social sin asfixiar la iniciativa privada. Una verdadera economía social de mercado: empresa privada, responsabilidad social, reglas claras y Estado vigilante. Sin inversión no hay empresas; sin empresas no hay trabajo; sin trabajo no hay ingresos; sin ingresos hay pobreza. Y donde hay injusticia, no hay paz.

En síntesis, el Estado de ser servidor, justo, cercano, honesto y con visión. Ni debe ser autoritario. Ni ausente ni asfixiante. La política no está para administrar la resignación, sino para organizar la esperanza. Y hoy, más que promesas, el país necesita convicciones.

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