Lectura ética y política de la risa
Por Ricardo Lucano.

Comparar El Chavo del 8 con Hablando Huevadas no es un ejercicio de nostalgia ni de escándalo moral. Es, observar cómo distintas generaciones aprendieron a reír y qué lugar ocupa esa risa en su manera de entender el mundo. Ambos productos nacen en contextos históricos distintos, pero cumplen una función similar: organizar la experiencia cotidiana a través del humor.

El Chavo del 8 fue un programa de la era televisiva familiar. Se veía en la sala, con padres, abuelos y hermanos. Su humor era repetitivo, predecible y aparentemente ingenuo. No transgredía de manera explícita, pero construía un orden muy claro: adultos autoritarios, niños humillados, pobres resignados y conflictos que nunca se resolvían, solo se reiniciaban. La risa no desafiaba el sistema; lo estabilizaba.

En cambio, Hablando Huevadas pertenece a la era digital, fragmentada y acelerada. No se consume en familia, sino en pantallas individuales. Su humor es verbalmente excesivo, sexualizado, explícito y provocador. Ya no busca la inocencia, sino el impacto. La risa aparece como gesto de rebeldía frente a lo políticamente correcto, frente a la censura, frente a la moral tradicional.

Pese a estas diferencias formales, ambos comparten un mecanismo profundo: la naturalización de ciertas violencias a través de la risa. En El Chavo del 8, la violencia es física y simbólica, pero suavizada por la ternura. En Hablando Huevadas, la violencia es discursiva, irónica y descarnada, amparada en la complicidad del público. En ambos casos, el chiste opera como anestesia.

La generación que creció con El Chavo del 8 aprendió a reír de la pobreza sin cuestionarla. El hambre del Chavo se volvió un rasgo entrañable, no un problema social. La autoridad era abusiva, pero nunca injusta. El golpe se aceptaba como corrección. La risa enseñaba a soportar.

La generación que ríe con Hablando Huevadas no aprende a soportar, sino a desbordar. Pero ese desborde no siempre se traduce en crítica. Muchas veces, el humor se apoya en estereotipos de clase, género, cuerpo o deseo que ya existen, los exagera y los devuelve como chiste. La risa libera tensión, pero no necesariamente conciencia.

Aquí aparece una diferencia clave: El Chavo del 8 formó una sensibilidad resignada; Hablando Huevadas forma una sensibilidad cínica. Una enseña a aceptar el lugar que toca; la otra, a reírse de todo, incluso de lo que duele, bajo la lógica de que nada es sagrado y todo es material humorístico.

En ambos casos, el reflejo condicionado sigue operando. Reímos antes de pensar. En una generación, la risa se asocia a la obediencia; en la otra, a la transgresión. Pero en ninguna de las dos está garantizada la reflexión. La risa puede ser conservadora o irreverente, y aun así seguir reproduciendo desigualdades.

Por eso, el problema no es generacional, sino pedagógico y ético. No se trata de decidir qué humor es “mejor” o “peor”, sino de preguntarnos qué tipo de sujetos produce. Qué aprendimos a tolerar, qué aprendimos a burlarnos y qué dejamos de cuestionar mientras reíamos.

Las sociedades no administran la desigualdad solo mediante leyes o economía, sino también a través de los relatos que consumen y celebran. La risa no es peligrosa; lo peligroso es no pensarla. Tal vez hoy el desafío no sea elegir entre El Chavo del 8 o Hablando Huevadas, sino aprender a reír sin apagar la conciencia, entendiendo que el humor también educa, moldea y deja huella.

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