El tráfico le roba cerca de una semana de vida al año a cada arequipeño y las soluciones siguen en luz roja

Economista del Consejo Privado de Competitividad
El tiempo que los peruanos destinan a trasladarse hacia sus centros de trabajo se ha convertido en un costo silencioso, pero cada vez más determinante para la productividad y la calidad de vida. No se trata solo de incomodidad: cada minuto atrapado en el tráfico es tiempo que se resta al descanso, la formación y la vida familiar. Un estudio del BCRP muestra que, entre 2010 y 2024, el tiempo promedio de transporte diario en ida y vuelta aumentó en 57%, pasando de 50 minutos a 1 hora con 20 minutos. Este incremento no es menor: en la práctica, implica más horas perdidas al año y una extensión no remunerada de la jornada.
En Arequipa, este problema alcanza niveles extremos. Según el TomTom Traffic Index 2025, la ciudad se ubica como la octava más congestionada del mundo y registra una velocidad promedio de apenas 18 km/h. En la práctica, esto significa que los viajes diarios pueden tomar casi 70% más de lo que deberían. Pero el costo real se mide en tiempo de vida: la congestión le arrebata a cada arequipeño 154 horas al año, tiempo que podría destinarse a actividades productivas y de valor personal. En otras palabras, el tráfico equivale a perder más de 19 jornadas laborales completas, es decir, casi una semana entera de vida cada año atrapado en la congestión.
Este nivel de congestión no es casualidad. El problema se explica por una suma de factores que se han acumulado con los años. Las vías no han sido mejoradas al ritmo que crece la región y muchas pistas presentan baches, desniveles y tramos deteriorados que obligan a reducir la velocidad y generan embotellamientos. Al mismo tiempo, el transporte público sigue funcionando de manera desordenada, con rutas poco eficientes y una fuerte presencia de informalidad, lo que termina saturando aún más las calles. Así, el tráfico deja de ser un malestar cotidiano y se convierte en un problema estructural que afecta a miles de arequipeños todos los días.
Sin embargo, en medio de esta crisis, Arequipa no avanza con la urgencia que exige el problema. Según la Contraloría General, al cierre de 2025 la región registraba 134 obras paralizadas, de las cuales 35 correspondían al sector transporte, con un costo comprometido de S/ 1578 millones. Proyectos como el mejoramiento a nivel de tratamiento superficial bicapa del camino vecinal Ccollota–Taurisma–Visbe–Luicho–Huaynacotas, en la provincia de La Unión; la rehabilitación de la trocha carrozable Jachaña–Coraza, en la provincia de Caylloma; y el mejoramiento del servicio de transitabilidad vehicular AR-828, en la provincia de Islay, reflejan un patrón preocupante: obras que quedaron a mitad de camino y llevan años paralizadas, sin materializar los beneficios para los que fueron diseñadas.
Pero el problema de fondo no es solo el tráfico: es la falta de un transporte público moderno y ordenado. Arequipa no puede sentirse orgullosa de figurar entre las ciudades más congestionadas del mundo: ese ranking no es un logro, es una señal de alarma. Las obras paralizadas del sector transporte no son un detalle administrativo, sino años perdidos que pudieron aliviar la movilidad y mejorar la conectividad. Culminarlas es urgente, pero no basta. Arequipa necesita apostar por soluciones de alta capacidad —corredores integrados, buses articulados y, en el mediano plazo, sistemas masivos como trenes urbanos o metro— que reduzcan la dependencia del vehículo privado. Los arequipeños no pueden seguir perdiendo horas valiosas atrapados en el tráfico, porque ese tiempo se traduce en menor productividad, menor bienestar y menos oportunidades. Moverse mejor no es un lujo: es una condición para crecer.
