¿Cómo poner fin a la crisis política en Perú?
Por Carlos Meneses
La crisis política no es inevitable, pero sí persistente si no se aprende de ella. Cada renuncia, vacancia o destitución deja heridas más profundas y erosiona la fe en la democracia. El desafío es romper el ciclo, mirar hacia adelante y comenzar, por fin, a construir un país donde gobernar no sea sobrevivir, y donde el poder vuelva a tener un propósito: servir al Perú.
Nueve presidentes en diez años. La cifra, por sí sola, revela la magnitud del colapso de la institucionalidad que vive el Perú. Desde el 2016, el país ha transitado de la esperanza al desencanto, de la elección a la vacancia, y de la promesa al vacío. Ninguna gestión ha logrado completar su mandato con legitimidad plena, y lo que alguna vez fue una democracia estable en la región hoy parece atrapada en un ciclo interminable de crisis y desconfianza.
Las causas son múltiples, pero convergen en un mismo punto: la degradación de la política y la pérdida de confianza entre gobernantes y ciudadanos. Los partidos se convirtieron en vehículos personales, sin ideología ni disciplina. El Congreso, más que un espacio de deliberación, actúa como arena de revancha. Y la ciudadanía, cansada de traiciones y escándalos, ha aprendido a desconfiar de todo lo que suene a poder.
Pero el problema no es solo de quienes gobiernan. Es estructural. Se origina en un sistema político que no incentiva la responsabilidad ni el consenso. La fragmentación del Congreso, la facilidad para vacar a un presidente y la ausencia de filtros en la inscripción de partidos son síntomas de una democracia mal diseñada. Mientras no se reformen sus cimientos, el país seguirá condenado a repetir su historia.
Salir de esta espiral requiere una mirada de largo plazo. No bastan los discursos sobre unidad nacional ni los llamados a la calma tras cada crisis. Se necesita una reforma política real, que impida que el Congreso y el Ejecutivo se destruyan mutuamente, que exija transparencia y meritocracia en los partidos, y que promueva una educación cívica que devuelva sentido a la palabra “servicio público”.
También se requiere voluntad. El país necesita líderes con visión, no con cálculo; estadistas capaces de pensar más allá del siguiente titular. Perú no puede seguir eligiendo entre lo menos malo. La verdadera estabilidad no llegará por decreto ni por nuevas elecciones, sino cuando se reconstruya la confianza entre las instituciones y la ciudadanía.
