El valor del servicio público en tiempos de desconfianza

Por Mg. Roxana García Ramírez

REFLEXIONES

En un contexto marcado por la desconfianza hacia las instituciones, el servicio público enfrenta el desafío de recuperar su esencia y reconectar con la ciudadanía. La distancia entre el Estado y la población no solo responde a problemas estructurales, sino también a la necesidad de fortalecer la ética, la vocación y el sentido humano de quienes ejercen la función pública.

Hoy, más que nunca, el servicio público debe entenderse como una responsabilidad social y no únicamente como el cumplimiento de tareas administrativas. Cada decisión institucional impacta en la vida de las personas y en la construcción de confianza colectiva. Por ello, el rol del servidor público trasciende la gestión de procedimientos y se vincula directamente con la capacidad de escuchar, dialogar y responder con sensibilidad a las necesidades ciudadanas.

La confianza no se impone por norma, se establece con coherencia. El politólogo Francis Fukuyama ha señalado que la fortaleza de los Estados modernos depende de su capacidad para generar confianza pública sostenida y legitimidad institucional. Cuando el ciudadano percibe transparencia, respeto y trato digno, la relación con el Estado se transforma. La calidad del servicio público no depende solo de recursos o tecnología, sino del compromiso humano con el que se ejerce la función.

En tiempos de incertidumbre y cuestionamientos institucionales, revalorar el servicio público implica reconocer que su verdadero sentido es contribuir al bienestar común. El sociólogo Zygmunt Bauman advirtió que en sociedades donde la fragilidad institucional se intensifica, el liderazgo público debe reconstruir vínculos y sentido colectivo para evitar el desapego social.

Recuperar la credibilidad institucional exige liderazgo con propósito y una cultura organizacional basada en valores. El especialista en gestión pública Mark Moore sostiene que el valor público se construye cuando las instituciones logran alinear legitimidad, capacidad operativa y propósito social. La cercanía con el ciudadano, la transparencia y la coherencia entre el discurso y la acción son elementos esenciales para fortalecer la legitimidad del Estado.

En este escenario, el servicio público no puede seguir siendo visto como un espacio de trámite, sino como un espacio de transformación social. Daniel Goleman ha señalado que los líderes más eficaces no se definen por su autoridad, sino por su capacidad de conectar emocionalmente con las personas y generar confianza duradera.

Perú necesita servidores públicos que comprendan que su rol no es solo administrar, sino servir con sentido ético y responsabilidad social. La legitimidad del Estado se cimenta en la conducta cotidiana, en el trato digno, en la transparencia y en la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

La confianza institucional no se recuperará únicamente con reformas o normas, sino con liderazgo humano, compromiso y vocación de servicio. Ese es el verdadero desafío del Estado contemporáneo.

Porque el servicio público no se mide por el cargo que se ocupa, sino por la confianza que se erige. Y hoy, el país necesita servidores que no solo gestionen instituciones, sino que reconstruyan la credibilidad del Estado desde la ética, la empatía y el propósito.

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