SOLO HAY UNA RAZÓN PARA HACER ALGO, EL GOZO PERSONAL Y LA AUSENCIA DE RAZÓN

Por Juan Manuel Zevallos.

La vida, su origen, su sentido, serán siempre un motivo que genere duda en nuestras conciencias. La gente quiere saber tanto y cada vez que descubrimos algo nuevo nos damos cuenta que dicho conocimiento adquirido en vez de darnos seguridad nos genera nuevas dudas. Entre más sabemos más ignorantes nos volvemos.

La vida, en virtud de lo antes señalado nunca podrá ser una búsqueda de la verdad.

Estamos en verdad aquí, mendigo de amor, para hacer una sola cosa: “para descubrir que somos capaces de ayudarnos a nosotros mismos y para ayudar a los demás”.

Todos nacemos con esa propuesta clara en nuestras mentes no contaminadas, pero con el paso del tiempo, las razones o mejor dicho las falsas razones empiezan a inundar nuestra mente y nos vuelven seres tímidos, miedosos, inseguros y hasta catatónicos. Nacemos con un potencial inmenso y con un camino poblado de palabras de esperanza y decidimos, por necedad o por incongruencias con nuestro ser interior vivir de modo destructivo.

Por una serie de razones nos volvemos seres rígidos, seres humanos exigentes, personas renuentes a valorar lo realmente bueno.

Por eso sufrimos, pero a pesar de todo, los sigo queriendo. Sé que es difícil para ti entender todo esto, pero yo nunca te daría la espalda, soy uno en ti y espero lo mejor, esa es mi naturaleza.

Mendigo de amor sentía una inmensa necesidad, había pasado por tiempos difíciles y anhelaba recobrar esa paz y equilibrio de la cual le había hablado su alma consiente.

No te preocupes – le decía aquella voz que lo guiaba -, eres libre para tomar una decisión. Ya sé que te has equivocado al evocar tu pasado, pero todos se equivocan, yo les di esa potestad, sabes, ¡no hay mayor alegría que levantarse luego de tropezar y caer! Cada vez que te levantas de una caída vez un mundo distinto. ¿Qué triste sería tu vida y la de los demás seres de tu sociedad si no se tropezaran y luego cayeran?

Les he hablado a muchos y cada uno ha tomado una decisión distinta. Cada una de sus obras me ha alegrado, aunque muchos de sus actos han generado un inmenso daño en tu mundo. Me dicen que soy injusto y yo te digo que la justicia es ajena y a mi ser. El amor y la justicia son como el agua y aceite, sus esencias les permiten mantenerse alejados uno de otro.

Yo te amo y sé que me entiendes a plenitud. Ahora respira, debes de aclarar tu mente, aun tienes muchas ideas contaminantes que están generando agresión en tu interior. Profundiza tus sentimientos, contempla a la gente, valora sus capacidades y fortalezas, deséales lo mejor.

Ahora aprende a ayudar. La comprensión de la vida se basa en entender que no estamos aquí para amar a una sola persona, estamos en este mundo para amar todo lo que existe y para amar cada segundo que transcurre.

La claridad y la firmeza de una obra se valoran no en el comentario favorable de los demás, más bien se basa en la alegría por lo hecho.

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Las manos de Cenicienta se elevaban hacia lo alto de la habitación donde estaba encerrada. Podía sentir el techo, las vigas de roble y la textura de la madera. Por su mente los pensamientos albos fluían como agua de un río al bajar por la montaña. Su mente le decía: “tu mayor riqueza es la pobreza que hoy tienes, pero recuerda, no debes de sentirte muy alegre por ella ya que la alegría sublime por la pobreza puede convertirla en un suplicio para ti. Acéptala, disfruta su presencia, pero no olvides que un día puede ser que ya no la tengas junto a ti”.

El mundo gira y se mueve en una danza interminable por el universo. En su recorrido anual cambia muchas veces de rostro, pero en el fondo sigue siendo el mismo mundo. Los seres humanos también danzamos y a la vez crecemos físicamente, desarrollamos nuestras capacidades innatas y aprendemos a convivir con afecto con nuestras limitaciones. Aceptamos lo que viene y descubrimos día a día que muchas cosas que ayer fueron un dogma hoy ya perdieron validez.

Durante muchos años – se habla a sí misma Cenicienta -, la gente decía que debíamos de cambiar, que veamos el modelo del vecino que triunfaba y que debíamos de ser como él; la gente decía que uno debía de renovarse, que todo cambio es desarrollo y solo aquel que cambia podía decir que estaba vivo. A lo largo de muchos años he visto que la gente ha ido cambiando su forma de pensar y de sentir, pero no he podido corroborar que dicho cambio les haya ayudado a estar mejor. Antes, cuando eran niños, tenían en verdad la imposición de sus padres, pero se sentían libres para sentir; el tiempo pasó y ya no teniendo la imposición de ningún padre los veo más esclavos que nunca, esclavos del trabajo, de la rutina, de las deudas, de la tecnología, de las necesidades insatisfechas y del deseo de ser mejores y superiores a los demás.

Hoy caigo en la interrogante de si ¿es bueno cambiar? Tal vez lo mejor sería dejar las cosas donde están. Cada vez que deseamos ser otros alimentamos nuestro ego y este nos lleva a anhelar ser quien realmente no somos. El cambio nos quita el hecho de ser auténticos. Lo más probable es que el cambio no sea bueno. Lo más probable es que debemos de ser “nosotros mismos amándonos a plenitud”.

Debemos de cultivar una nueva forma de pensar, una forma bajo la cual la tolerancia, la ternura y la comprensión sean la norma de convivencia.

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