Treinta años de la mayor tragedia aérea

Por Jorge Turpo R.

El lugar donde cayó el avión en el Cono Norte de Arequipa ahora ha sido convertido en un cementerio improvisado por los vecinos del lugar, personas que años después de la tragedia invadieron esos terrenos y levantaron casas de material noble, calaminas y altares. Allí, entre cruces anónimas y nichos improvisados, la memoria se volvió paisaje. Donde antes hubo humo, sirenas y cuerpos dispersos en la oscuridad, hoy hay flores de plástico, perros que ladran a la nada y un silencio que parece guardarse para sí mismo la noche del 29 de febrero de 1996.

Han pasado treinta años desde que el vuelo 251 de Faucett se estrelló a pocos minutos de aterrizar en Arequipa. Era un Boeing 737 que había partido de Lima con destino final en esta ciudad, cargado de historias que nunca llegaron a contarse. A bordo viajaban 117 pasajeros y seis tripulantes, 42 eran chilenos. Ninguno sobrevivió. Fue la peor tragedia aérea ocurrida en el Perú y una de las más dolorosas en la memoria reciente de Arequipa.

Aquella noche, la ciudad estaba cubierta por una oscuridad espesa. No llovía, pero el cielo no ofrecía referencias claras. Los controladores aéreos esperaban la aproximación final del avión mientras las luces de la pista brillaban como una promesa cercana. Sin embargo, el piloto inició el descenso antes de tiempo. El avión perdió altura, se acercó demasiado a los cerros que rodean la ciudad y, a las 8:09 de la noche, impactó violentamente contra la ladera de un cerro. El golpe fue brutal. La explosión iluminó el cerro como un relámpago rojo que muchos vecinos aún juran haber visto desde sus ventanas.

Los primeros en llegar fueron algunos pobladores y luego periodistas. No sabían que asistían a la mayor tragedia aérea del país; solo veían fuego, restos metálicos y un olor acre que se pegaba a la garganta. Algunos intentaron ayudar, otros rezaron. Los bomberos y la Policía tardaron en acceder por lo agreste del terreno. La noche se volvió interminable, una vigilia improvisada entre escombros y cuerpos irreconocibles. Al amanecer, el cerro parecía un campo de guerra.

Los días siguientes fueron de duelo colectivo. En el aeropuerto Rodríguez Ballón se instalaron listas, fotografías y llantos. Familias enteras esperaban confirmaciones que llegaban en voz baja, casi como si el dolor tuviera que administrarse con cautela. Arequipa entera acompañó los funerales. La tragedia no solo había arrebatado vidas; también había dejado preguntas sobre la seguridad aérea, los protocolos de aproximación y las decisiones tomadas en cabina en esos minutos fatales.

Las investigaciones posteriores concluyeron que el accidente se debió a un descenso prematuro durante la aproximación nocturna, lo que llevó al impacto controlado contra el terreno. Una cadena de errores humanos y condiciones de vuelo adversas selló el destino del avión.

Cruz recuerda lo ocurrido aquel 29 de febrero de 1996.

La empresa Faucett, que durante décadas había sido un símbolo de la aviación comercial peruana, nunca se recuperó del golpe. Años después desaparecería del mercado, como si el eco de esa explosión hubiera resquebrajado también su historia empresarial.

Treinta años más tarde, el cerro donde cayó el avión ya no es un lugar inhóspito. Las invasiones urbanas avanzaron, lote a lote, hasta convertir la zona en un barrio irregular. Donde los rescatistas alguna vez caminaron con linternas, hoy hay pasadizos de tierra y casas que crecen como raíces en la pendiente.
Los vecinos conviven con el recuerdo sin haberlo vivido, saben que bajo sus pies, en algún punto, ocurrió una tragedia que cambió la historia de la ciudad. Por eso levantaron cruces, pequeñas capillas y nichos simbólicos. No son tumbas oficiales, pero cumplen la función de un duelo colectivo tardío.

Cada 29 de febrero, o el uno de marzo cuando el calendario no concede ese día, algunos familiares regresan al lugar. Suben en silencio, dejan flores, rezan y miran el cielo como si aún esperaran escuchar el ruido de un motor que nunca debió apagarse allí. Muchos de ellos envejecieron con la tragedia; otros ya no están. La memoria, sin embargo, sigue bajando por las laderas del cerro cada vez que el viento sopla con fuerza en el Cono Norte.

Hoy los cerros del Cono Norte han sido nivelados y habitados, pero el cementerio improvisado sigue allí.

La ciudad creció, se modernizó y llenó de nuevas historias sus calles, pero la caída del Faucett 251 permanece como una cicatriz invisible. No hay monumentos oficiales ni placas imponentes que recuerden el desastre. Solo una gran cruz y un cementerio improvisado y la persistencia de un recuerdo que se niega a desaparecer. Arequipa aprendió que el cielo también puede ser un lugar frágil y que, a veces, la tragedia cae del aire para quedarse a vivir en la tierra.

Treinta años después, aquel cerro del Cono Norte ya no es solo geografía, es memoria habitada. Un lugar donde las casas se levantaron sobre el olvido y donde las cruces recuerdan que, una noche de 1996, el cielo se rompió en pedazos sobre la ciudad.

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