Con el respeto que se merece

SIN AMBAGES

Por Úrsula Angulo

Una mañana, muy temprano (o muy temprano para mí), corro por el centro histórico de Arequipa y veo en algunas calles unos conos naranjas en la pista y muy pegados a la línea amarilla que indica que está prohibido estacionar. Veo a los inspectores de la Municipalidad ubicándolos a cierta distancia uno del otro (uno de los inspectores arrastra dos por la vereda y concluyo con certeza que él no los ha comprado); los cuento y son, en promedio, diez conos por cuadra.

Sigo corriendo y empiezo a preguntarme cuál es el propósito de esos conos. No termino de formular la pregunta en mi mente y ya empiezo a construir una hipótesis. Si una de las funciones de los inspectores es «recordar» a algunos conductores que la línea amarilla significa sería-muy-conveniente-pero-oh-qué-lástima-no-te-puedes-estacionar-aquí, y si eso ya lo hacen, entonces, ¿se necesitan conos para reforzar el recordatorio? ¿O será que los inspectores no logran este propósito? Con la esperanza de estar equivocada, me inclinaba por lo último: los conductores no quieren entender.

Mañana tras mañana, paso por las mismas calles y veo los mismos conitos; no tienen rostros, pero se les ve muy bien plantados con una expresión de seguridad y también orgullo por la función que están cumpliendo: aquí no te estacionas y punto. Sigo corriendo y antes de cruzar en un semáforo en rojo, veo a unos metros a un inspector y decido no quedarme con la curiosidad; lo alcanzo y me detengo, aunque empiezo a saltar sobre el sitio. Saludo al inspector y, cuando ya tengo su atención, le pregunto para qué sirven los conitos. Él, intentando mirarme a los ojos —como quien sigue una pelota de básquet que no deja de dar bote—, me dice que es para que los autos no se estacionen en la zona rígida, es decir, al lado de las líneas amarillas. Le pregunto si ellos ya no les van a indicar que no se pueden estacionar allí y me dice que los choferes «son unos malcriados» y no les hacen caso. Le agradezco por la información y empiezo a correr nuevamente —esperando que el aplicativo en mi teléfono comprenda por qué aparecía yo durante tantos segundos en el mismo punto y no piense que estaba parada descansando e intentando engañarlo—.

Entonces, era precisamente eso. A los conductores, en un principio, la línea amarilla les tenía sin cuidado; ahora lo que les tiene sin cuidado es lo que los inspectores —la autoridad, en este caso— intentan señalarles. Ese «son unos malcriados» hace que en mi mente aparezca una fila de frases inapropiadas que seguro, mientras conducen, los choferes ya vienen preparando con inmensa creatividad. Es más, se me ocurre que los inspectores, con prudencia y temor, se aseguran de no poner un pie en la pista porque podrían embestirlos.

En cambio, los conitos de color naranja, con esas dos franjas grises a manera de galones en el uniforme, muestran tal seguridad e ímpetu que disuaden al más osado ciudadano. Exactamente. Le tienen más respeto al cono naranja que al inspector de la Municipalidad. Cuando esos conos ya estén viejos y llenos de esmog, cuando ya no puedan insuflar respeto como ahora, ¿quién va a unirse a la brigada?

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