¿Quién decide qué vidas cuentan? La trampa de la “civilización”
Por: Ricardo Lucano.

El presidente español, Pedro Sánchez, soltó hace poco una frase, casi como un susurro: “No a la guerra”. No fue un simple eslogan nostálgico de la posición contestataria; fue también una advertencia sobre la alarmante naturalidad con la que el mundo vuelve a aceptar la violencia como un recurso válido en la mesa de negociaciones.

Cada vez que estalla una crisis internacional reaparece el viejo guion del choque entre “civilización y barbarie”. De un lado, un Occidente que se presenta como racional; del otro, un Sur Global o un Oriente descritos como fanáticos o imprevisibles. Es una narrativa cómoda: si el otro es un “bárbaro”, la intervención militar deja de parecer una agresión y pasa a venderse como un acto de salvación divina para preservar el orden.

Ese barniz de progreso es una herencia colonial que el mundo todavía no ha terminado de sacudirse. Hoy poco ha cambiado, la lógica de las potencias sigue siendo: tensar la cuerda, medir fuerzas y ver quién parpadea primero, mientras el costo humano se diluye en comunicados oficiales.

Las recientes declaraciones de Donald Trump sobre Irán encajan bastante bien en ese patrón. Al presentar a un enemigo “irracional” que solo entiende el lenguaje del garrote, se simplifica un laberinto geopolítico de intereses energéticos, rivalidades regionales y estrategias militares hasta convertirlo en un cuento infantil de buenos contra malos.

Hace décadas, el filósofo francés Michel Foucault explicó que el poder moderno no solo prohíbe: también administra la vida. Decide qué poblaciones deben ser protegidas y cuáles pueden convertirse en riesgos aceptables. Más tarde, el pensador camerunés Achille Mbembe llamó a ese fenómeno necropolítica: la capacidad del poder para decidir, de manera directa o indirecta, quién tiene derecho a vivir y quién puede ser sacrificado.

Esa jerarquía se revela muchas veces en el silencio. Al final, el problema no es solo la guerra. Es el relato que la hace posible. Ese relato que divide el mundo entre civilizados y salvajes, entre quienes pueden definir la seguridad global y quienes solo aparecen como escenario de los conflictos.

Cuando ese relato se instala, algo inquietante ocurre: la violencia deja de verse como tragedia humana y empieza a presentarse como una necesidad estratégica.

Y entonces la pregunta deja de ser solo geopolítica para volverse profundamente humana:

¿Quién decide qué vidas cuentan y cuáles pueden sacrificarse en nombre del orden mundial?

Pero también surge otra pregunta incómoda, mucho más cercana: ¿qué hacemos nosotros frente a eso?
Porque la ética no consiste únicamente en comprender el problema, sino en negarse a normalizarlo. Significa cuestionar los discursos que justifican la violencia, no repetir sin pensar los relatos que deshumanizan a otros pueblos y recordar, en la conversación cotidiana, en las aulas, en los medios y en la política, que ninguna vida debería convertirse en daño colateral aceptable.

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