Centenario de Rilke

Por Willard Díaz

UNO

René Karl Wilhelm Johann Josef Maria Rilke, para nosotros Rainer María Rilke, nació en Praga, en 1875 y este año se cumplen cien de su muerte. Hijo de un ferroviario y de una noble heredera de industriales pasó, claro está, una infancia infeliz. Por decisión del padre ingresó a una academia militar, pero debido a su débil salud abandonó la carrera. Llamó a ese paso “un abecedario de horrores”.

Hizo un par de años de universidad, pero desistió de ser abogado. A los veinte empezó a publicar libros de poesía. En 1897, en Múnich, Rilke conoció a Lou Andreas-Salomé, casada y catorce años mayor que él, con la que sin embargo sostuvo un apasionado idilio hasta 1899. Salomé era una intelectual rusa, viajera permanente, hija de un general y de madre alemana. En su juventud Lou Andreas-Salomé había sido cortejada por Friedrich Nietzsche pero lo rechazó. Más que una simple pareja romántica para Rilke ella fue una especie de madre sustituta que le transmitió la pasión por los viajes, las amistades de artistas y el interés en psicoanálisis. Lou Andreas-Salomé fue discípula de Freud.

En 1901 Rilke se casó con la joven escultora Clara Westhoff, discípula de Auguste Rodin. Tuvo con ella una hija y a los dos años de matrimonio se divorció.

Viajó por toda Europa durante dos décadas y finalmente se asentó en París en 1922. Cuatro años más tarde falleció víctima de una rara leucemia. Él mismo escribió su epitafio:

“Rosa, oh / contradicción pura, / deleite / de ser sueño de / nadie bajo tantos / párpados”.

DOS

Aunque es más conocido como poeta, Rilke también escribió brillante prosa, cuentos y ensayos, y una novela, “Malte Laurids Brigge”. En vida publicó más de diez poemarios, el más conocido de todos es “Elegías de Duino”, pero también son recomendables, por lo menos, los “Sonetos de Orfeo”. Su poética está marcada por la liviandad del cuerpo y por la trascendencia de la muerte como agonía.

TRES

“Comprendí mejor a Malte Laurids Brigge cuando vi a Rainer María Rilke, con su rostro alargado bajo una hermosa frente, con su esbelta talla menuda, sus ojos claros y pensativos, su cortesía, de gran estilo que hacía de él un hombre de otra época. Llevaba con él su atmósfera propia, lo que significa que una hora pasada con Rainer María Rilke, como una hora pasada con Proust, no se parece en nada a una hora transcurrida con otro hombre, aunque fuese de tan gran inteligencia o igual talento. Cuando comencé a hablar con Rilke me pareció que era la primera vez que hablaba con un poeta. Quiero decir que los demás poetas a quienes me había acercado, por grandes que fuesen, no eran sin embargo poetas más que por él espíritu; fuera de su labor, vivían en el mismo mundo que yo, con los mismos seres; mi sorpresa al escucharlos sólo era de orden intelectual. Pero Rilke, a medida que discurría, me introducía en un universo que era el suyo, y en él cual sólo se me admitía a penetrar por una especie de milagro. Bajo sus palabras nació lo feérico, lo fantástico; con él me evadía, en fin, del infierno de la lógica, del laberinto de lo posible”.

(Edmond Jaloux)

CUATRO

¿Quién, si yo clamara, me escucharía entre las jerarquías de los ángeles? y suponiendo que uno de ellos me estrechara sobre su corazón: yo sucumbiría ahogado por su existencia más poderosa. Pues lo bello no es nada más que el primer grado de lo terrible; apenas lo soportamos, y si también lo admiramos porque con desdén se olvida de destruirnos. Todo ángel es horroroso.

Me contengo entonces y ahogo en mí el grito con que llamo

ahogándolo en un sombrío sollozo. Ah, ¿a quién

recurrir? Ni a los ángeles ni a los hombres;

y los mismos animales por instinto se percatan

de que estamos seguros, tal como se sienten ellos,

en el mundo interpretado. Nos resta quizá

sobre la ladera, un árbol para verlo diariamente;

nos queda el camino de ayer

y la fidelidad de un hábito, niño mimando

que se complació entre nosotros, quedándose para siempre.

(Inicio de la Primera Elegía de Duino)

CINCO

“La poesía de Rilke está impregnada de la idea de que Dios está lejano. (…) nos advierte que debemos admitir y soportar erguidos esa lejanía. (…) La obra elegiaca alcanza su elevado nivel precisamente porque percibe y reconoce la infinita lejanía de Dios y porque intenta reprimir incluso la llamada al ángel”.

(Hans G. Gadamer, 1993)

“La propuesta de Rilke tiene el valor de poner en las manos del hombre la capacidad de resolver su conflicto existencial, sin necesidad de recurrir a una ayuda sobrenatural o a un cambio histórico: este, si ocurriera, sería a causa de la transformación individual de cada uno. Es una apuesta por el encuentro y manifestación de la divinidad interior, con la consecuente adquisición de la inmortalidad. En este punto, resulta evidente la resonancia entre la cosmovisión rilkiana y el pensamiento de Nietzsche, principalmente por el valor concedido a la voluntad como fundamental agente de cambio”

(María Olga Giménez Salinas, 2021)

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