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Una guerra lejana, una inflación cercana
David Tuesta, presidente del Consejo Privado de Competitividad

La escalada del conflicto en Medio Oriente ha vuelto a poner en evidencia una realidad incómoda para economías abiertas como la peruana: los shocks geopolíticos no se quedan en los mapas, se transmiten rápidamente a los precios. Los ataques cruzados entre Irán, Israel y Estados Unidos, junto con la creciente disrupción en el estrecho de Ormuz —arteria por la que circula cerca de una quinta parte del petróleo mundial— han introducido un shock de oferta global con implicancias macroeconómicas inmediatas.
Los análisis coinciden en que, en países con regímenes de metas de inflación, una parte significativa de la dinámica inflacionaria no se explica únicamente por factores domésticos, sino por un “factor común” global: precios de energía, commodities y fortaleza del dólar. En el caso peruano, ese componente externo no es marginal. Diversas estimaciones sugieren que puede explicar una proporción relevante —en algunos episodios, incluso cercana a la mitad— de las fluctuaciones inflacionarias. Esto implica que, cuando el mundo se tensiona, la inflación local tiende a reaccionar incluso si la economía interna no muestra presiones de demanda.
El primer canal de transmisión es el más evidente: el energético. Un aumento en el precio internacional del petróleo se traduce casi mecánicamente en mayores precios de combustibles domésticos, dada la alta dependencia del Perú de las importaciones de diésel y derivados. Pero el impacto no se queda ahí. El encarecimiento del transporte se filtra rápidamente hacia alimentos, bienes industriales y servicios. Se trata de un clásico shock de costos que desplaza la curva de oferta agregada y reduce simultáneamente el ingreso real de los hogares.
Sin embargo, sería un error analítico quedarse solo en el petróleo. El segundo canal —igual de importante— es el cambiario. Episodios de conflicto global tienden a fortalecer al dólar como activo refugio. Esto presiona a la depreciación de monedas emergentes como el sol, encareciendo importaciones y amplificando el impacto inflacionario inicial. En otras palabras, no es solo que suba el precio internacional de los bienes; es que además los pagamos con una moneda relativamente más débil.
El tercer canal es financiero. El aumento de la incertidumbre global eleva la aversión al riesgo, endurece las condiciones financieras internacionales y puede retrasar o revertir los procesos de reducción de tasas de interés. Para economías emergentes, esto implica mayores costos de financiamiento, menor flujo de capitales y presiones adicionales sobre el tipo de cambio. La literatura sobre transmisión internacional de shocks es clara: estos efectos no son independientes, sino que se refuerzan entre sí.
Un cuarto canal, menos visible, pero igualmente relevante, es el logístico-comercial. Las disrupciones en rutas marítimas estratégicas elevan los costos de flete, seguros y tiempos de entrega. En términos económicos, esto equivale a un aumento en los costos de transacción del comercio internacional, reduciendo su eficiencia y encareciendo bienes importados. La experiencia reciente en el Mar Rojo ya había anticipado este tipo de efectos; Ormuz podría amplificarlos de manera significativa.
Ahora bien, la magnitud del impacto no es homogénea ni automática. Depende de características estructurales internas: grado de dolarización, mecanismos de indexación, competencia en mercados clave y, sobre todo, credibilidad de la política monetaria. En economías donde las expectativas están bien ancladas, el traspaso de estos shocks a la inflación tiende a ser más acotado y transitorio. Donde no lo están, el riesgo de efectos de segunda vuelta es considerablemente mayor.
Algunas estimaciones sugieren que variaciones del orden de 10% en el precio del petróleo pueden trasladarse a la inflación en magnitudes cercanas a unas pocas décimas de punto porcentual —alrededor de 0,2 a 0,3 puntos en economías comparables—, aunque el efecto puede ser mayor cuando coincide con depreciaciones cambiarias y shocks logísticos simultáneos. En el contexto actual, donde estos tres factores parecen alinearse, el riesgo inflacionario es claramente al alza.
Para el Perú, esto ocurre además en un momento particularmente delicado. A las presiones externas se suman fragilidades internas tales como la incertidumbre política y las tensiones fiscales crecientes. El resultado es un entorno en el que un shock externo puede amplificarse más de lo habitual, afectando no solo la inflación, sino también las perspectivas de crecimiento.
El riesgo de fondo es un escenario de menor crecimiento global combinado con presiones inflacionarias persistentes, es decir, un episodio de estanflación importada. No es un escenario base aún, pero sí uno cuya probabilidad ha aumentado de manera significativa en las últimas semanas.
Hoy es difícil anticipar cuánto durará el conflicto o qué tan profundo será su impacto. Pero desde el punto de vista de política económica, la conclusión es evidente: en un mundo donde los shocks globales son cada vez más frecuentes, la resiliencia macroeconómica —disciplina fiscal, credibilidad monetaria y menor dependencia energética— deja de ser una aspiración y se convierte en una necesidad urgente. Porque en economía, como estamos viendo una vez más, las guerras lejanas rara vez son tan lejanas como parecen.
