Desconfíe, respire y pregúntese: ¿es verdad o es IA?

REFLEXIONES

Ricardo Montero  

El fútbol, sea nacional o extranjero, es uno de los temas que más nos apasiona. En la India, esa pasión es ocupada por el cricket, un deporte que moviliza los sentimientos de más de 1 400 millones de personas. Por eso, tanto los futboleros como los cricketeros tienen sus ídolos.

Así, los indios admiran a Gautam Gambhir, una leyenda que dirige a la selección de su país. Me explico mejor: Gambhir sería el equivalente a lo que significaría que Héctor Chumpitaz u otro exfutbolista histórico dirigiera a nuestra selección.

Hablo sobre el cricket, un deporte desconocido por nosotros, la India, un país muy lejano, y Gautam Gambhir, un nombre que nos resulta ajeno, pero que su historia nos pone frente al espejo de nuestra propia vulnerabilidad digital. Aquí explico por qué.

A fines del 2025, los aficionados de la India cayeron en una crisis total al ver en redes sociales un video que mostraba a Gambhir anunciando su renuncia a la selección tras una pelea con los dirigentes de su federación. El mensaje no dejaba dudas, pues mostraba su rostro, su voz y hasta los gestos que usa cuando las cosas van mal.

Sin embargo, Gambhir nunca grabó ese video. Todo fue una trampa creada con inteligencia artificial (IA), una técnica conocida como deepfake, que permite calcar el rostro, la voz y hasta los tics más personales de alguien para fabricar un video en el que esa persona dice o hace cosas que jamás sucedieron.

El video tuvo más de tres millones de visualizaciones, causando un terremoto mediático que ha terminado en los tribunales, pues Gambhir ha presentado una demanda que incluye a gigantes como Amazon, Meta (Facebook), X (Twitter) y Google, además de organismos gubernamentales.

Este incidente no es una simple anécdota deportiva en un país lejano. Es el síntoma de una enfermedad global que ya ha infectado la política y la seguridad internacional. La desinformación ha dejado de ser un conjunto de noticias falsas para convertirse en una arquitectura de realidades sintéticas.

¿Qué nos queda por hacer? Nos toca ser más desconfiados que nunca. Si una noticia parece demasiado impactante o calza perfecto con lo que ya sospechábamos, respiremos hondo. En un mundo donde cualquiera puede usar nuestra cara y nuestra voz para poner en nuestra boca palabras ajenas, la mejor defensa es la pausa y una pregunta básica: ¿esto es verdad o es IA?

Pero la responsabilidad no es solo de la tecnología, sino también de nuestra forma de hablar y pensar. Desterremos, por ejemplo, el ligero “dicen que…” o el impreciso “la gente dice”. En tiempos de realidades sintéticas, citar a una fuente invisible es regalarle el micrófono al engaño. Si no hay un nombre, una fuente o un hecho verificable detrás de lo que compartimos, nosotros mismos nos convertimos en el algoritmo o la IA que propaga la mentira. Por eso, la verdad es fruto de la precisión.

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