¿Qué se hace en medio del caos? Absolutamente nada.
SIN AMBAGES

Es imposible. Todos hacen lo que en ese momento les resulta más conveniente, no lo correcto. Y así, haciendo lo que les conviene, y quejándose de los demás, son felices.
Un peatón camina por la pista detrás de ese auto que está retrocediendo para salir de un estacionamiento en diagonal. Fácilmente, quien conduce esa enorme camioneta no ve al peatón ni por el retrovisor ni por ningún lado. Sí, podría atropellarlo, pero quizá para el señor caminante vale la pena correr el riesgo; y casi lo atropella, pero no. El señor apura un poquito el paso y sonríe por su osadía, su valentía y su buena suerte; el conductor no se enteró de nada.
Estoy manejando por una avenida de tres carriles en cada sentido. Voy por el carril de la izquierda, entre una fila de autos en el lado derecho y un sardinel en el otro. Y este carrito simpático va por mi derecha y, aun cuando hay muchos autos por todas partes, pareciera querer pasar al taxi que está delante y entrar a mi carril, que también está lleno de vehículos. Lo que intenta hacer no es posible, pero algo me dice que el conductor ha visto muchos capítulos de esos dibujos animados en los que un carro podría empezar a caminar de puntitas y de costado para pasar por un espacio muy estrecho. Entonces, tengo que acercarme muchísimo al sardinel para evitar que me choque el chofer del carrito simpático. Las llantas se raspan contra ese sardinel. El carrito simpático está ahora a mi izquierda y nos encontramos nuevamente en un semáforo en rojo. Bajo la ventana y le pregunto, con mucha curiosidad, cómo así tuvo la ocurrencia de hacer una maniobra tan imprudente, y me responde que no se dio cuenta; y, con más curiosidad aún, quisiera preguntarle quién fue tan benevolente, caritativo y piadoso al darle la licencia de conducir. Pero el semáforo cambia a verde y avanzamos.
Una mañana conduzco por una avenida que, según leí alguna vez, es la más congestionada de la ciudad. Tiene semáforos, pero el que está unos metros adelante no funciona y una policía dirige el tránsito. La veo, reparo en las señales confusas que hace con la mano e intento interpretar lo que podría estar indicando: que me detenga, aunque también podría ser que avance. De pronto, ya no hace señales, sino que agita los brazos y, muy molesta, me grita que siga y que me apure; muy irrespetuosa, por cierto. Diría que, si alguna vez le gustó su trabajo, ya no.
Eso es lo que me ha pasado a mí o lo que yo he visto, pero podríamos hacer una antología, en muchos tomos, de historias similares de quienes conducen y caminan por estas calles: desde las que dicen «casi me choca» hasta las que terminan en «y lo atropelló», pasando, por supuesto, por las que tienen finales profundamente trágicos. Conducir y caminar por aquí se han vuelto actividades muy peligrosas que parecen incluso empeorar cada día. Nadie intenta ser prudente, actuar con sentido común y hacer lo correcto. Por todo esto, alguien me dice que mi próximo artículo debiera tratar acerca de la necesidad del curso de Educación Cívica en los colegios, pero pienso que ya es muy tarde. Son necesarias y urgentes medidas preventivas muy severas; todos lo sabemos, pero nadie —nadie— hace absolutamente nada.
