Cómo el Perú dejó de cuestionarse

Hay momentos en la historia en que un país cambia sin darse cuenta. No ocurre con ruido ni con grandes anuncios. Ocurre en silencio, día tras día, hasta que, de pronto, uno levanta la vista y descubre algo inquietante: el país ya no piensa ni siente igual que antes.
El filósofo y cineasta italiano Pier Paolo Pasolini llamó a esto “mutación antropológica”. No hablaba de biología, sino de una transformación del alma colectiva. Una sociedad —decía— puede modificar a sus propios habitantes: su forma de mirar el mundo, de hablar, de desear y, sobre todo, de imaginar qué es posible.
El Perú de los años ochenta vivía entre crisis económica e incertidumbre política. Aun así, persistía una idea fundamental: el país debía pensarse a sí mismo. Se discutía industria, se debatían proyectos nacionales y la universidad era un espacio donde el futuro se confrontaba en voz alta. Con el paso de los años, ese horizonte comenzó a desvanecerse. El país giró hacia un modelo de crecimiento apoyado casi exclusivamente en la exportación de materias primas. Algunos economistas llaman a este proceso desindustrialización prematura: abandonar la posibilidad de producir antes de haber construido una base tecnológica propia.
El Perú empezó a aceptar un lugar pasivo en la división internacional del trabajo. Y cuando un país deja de imaginar su producción, también empieza a perder algo más profundo: su imaginación. Lo geopolítico se fue convirtiendo en una especie de vacío estratégico o, dicho con más crudeza, en una geopolítica antropológica al servicio de intereses económicos externos: un país que administra recursos, pero reflexiona poco sobre su posición en el mundo.
Mientras tanto, bajo la etiqueta de la modernización, las reformas educativas de las últimas décadas fueron desplazando a las humanidades del centro de la formación. Filosofía, psicología social, economía crítica: áreas incómodas porque enseñan a preguntar por el sentido de las cosas. Pensar empezó a verse, poco a poco, como una pérdida de tiempo productivo.
Así fue apareciendo lo que algunos sociólogos describen como el sujeto técnico: personas capaces de ejecutar, adaptarse y resolver problemas inmediatos, pero con menos herramientas para cuestionar las estructuras que producen esos problemas. Cuando una sociedad deja de entrenar el pensamiento crítico, la mutación de la que hablaba Pasolini ya está en marcha.
Y entonces emergió una nueva figura social: el ciudadano que intenta sobrevivir dentro del sistema, pero que evita la política porque la percibe como inútil o peligrosa. El buen vecino. Trabaja, emprende, se adapta, resiste. Tiene una capacidad admirable para salir adelante. Sin embargo, su horizonte se ha reducido. Ya no mira el destino del país como un proyecto compartido, sino como una travesía individual.
La pregunta se vuelve inevitable: ¿esto ocurrió de manera natural?
La historia reciente sugiere otra cosa. Al peruano no lo persuadieron de cambiar; lo fueron moldeando poco a poco. Con reformas presentadas como inevitables, con entretenimiento constante y con una idea repetida durante años: que cuestionar demasiado incomoda al progreso.
Hoy el Perú sigue siendo un país creativo, trabajador y sorprendentemente resiliente. Pero también es un país que, en muchos casos, ha dejado de preguntarse qué proyecto histórico quiere construir. Tal vez esa sea la discusión más urgente de nuestro tiempo: no si hemos cambiado, sino cuándo dejamos de notar que nos estaban rediseñando.
Porque lo más difícil para una sociedad no es adaptarse. Lo verdaderamente difícil es recordar que alguna vez pudimos imaginar un destino industrializado distinto.
