Centenario de Dario Fo
La genialidad de Dario Fo, que nació hace 100 años, radica en que brilló en sus múltiples facetas como dramaturgo, actor, director y escenógrafo. Junto a su esposa, Franca Rame, llevó la sátira al pueblo y, en obras como Muerte accidental de un anarquista y Aquí no paga nadie, llegó a lograr un alcance mundial que le valió, con toda justicia, el Premio Nobel de Literatura en 1997.
Se podría decir que la protesta y la interpretación estaban en sus genes. Su padre era jefe de estación y actor a tiempo parcial, y él se sumó a la resistencia contra los nazis durante la guerra en el norte de Italia, ayudando a pasar a soldados aliados a través de la frontera con Suiza. Sin embargo, saltó a la fama en 1962 cuando él y su esposa presentaban un programa semanal de variedades en televisión que atrajo a una gran audiencia: un compromiso que terminó bruscamente cuando se negaron a aceptar los cortes de la censura.
Con el tiempo, fundaron su propia compañía teatral, Nuova Scena, que en 1969 estrenó Misterio bufo, el monólogo de Fo que había recorrido el mundo. Inspirado en textos medievales, la obra satirizaba la ceremonia, la jerarquía y el misticismo de la Iglesia católica. En uno de los episodios se veía a Cristo dándole una patada en el trasero al papa Bonifacio VIII por su decadencia y corrupción, y cuando Fo representó Mistero Buffo en la tele, fue condenado por el Vaticano como «el espectáculo más blasfemo de la historia de la televisión».
Sin embargo, fueron las obras de Fo las que inyectaron nueva vida al teatro político. La más famosa sigue siendo Muerte accidental de un anarquista, basada en el caso de un ferroviario milanés acusado falsamente de colocar bombas y que «se cayó» por una ventana del cuarto piso de la comisaría central. Todavía recuerdo la primera producción londinense con Alfred Molina, que parecía un Tommy Cooper [cómico e ilusionista británico célebre por sus actuaciones en teatro y televisión] dopado con anfetaminas, y que ofrecía una brillante interpretación como la figura revolucionaria que se hace pasar por el juez de instrucción que reabre el caso. Cuando la obra se reestrenó en 2023, en una producción del Sheffield Crucible que se trasladó al West End, Daniel Rigby fue sin respiro igual de divertido y la obra no había envejecido ni un ápice: se nos recordó que en el Reino Unido más de 3 000 personas habían muerto bajo custodia policial desde el estreno de la obra en 1970.
Además de combinar a la perfección la comedia y la ideología, uno de los grandes talentos de Fo era crear papeles jugosos para los actores. En Claxon, trompetas y petardos, que llegó al West End tras pasar por Watford, Griff Rhys Jones ofrecía una interpretación magistral en el papel de un delegado sindical comunista que, tras la cirugía plástica a la que se somete el jefe de Fiat, Gianni Agnelli, pasa a ser prácticamente indistinguible de él. Había buenos chistes verbales («A los 14 años», dijo Agnelli, «me regalaron un traje de vaquero, y no he dejado de llevarlo desde entonces»), pero fue la imagen de Rhys Jones pasando de ser el obrero de ojos saltones al magnate momificado lo que nos hacía pensar que estábamos viendo una farsa de Feydeau politizada.
De una entrevista que le hice a Fo en Londres en 1983, hay dos cosas que se me quedaron grabadas en la memoria. Una, pese a toda su popularidad, es el acoso que Fo y Rame tuvieron que soportar a lo largo de los años: además de provocar la ira tanto de la Iglesia católica como del Partido Comunista y ser objeto de intimidación física, se enfrentaron a 45 acusaciones instigadas por la policía italiana. La otra cosa que me impactó fue que, para Fo, quien murió en 2016, la comedia era un medio para alcanzar un fin político. «En la raíz de todo lo que escribo», me dijo, «está la tragedia. No hay que olvidar nunca que Muerte accidental trata de un hombre al que han tirado por una ventana, y que Aquí no paga nadie gira en torno a un hombre que se muere de hambre. Siempre hay que ser consciente de esta realidad. La risa es simplemente un medio para hacer que el público se enfrente al problema».
Fue un recordatorio muy útil de que Fo, además de ser uno de los grandes artistas del teatro, era también un hombre con una misión: hacernos afrontar la crueldad, la injusticia y la opresión en todas sus formas.
