SOMOS ESCLAVOS DE NUESTRAS COSTUMBRES E HIJOS MALTRATADOS DE NUESTRAS IDEAS

“Siempre he sido Cenicienta, he hecho todo aquello que me han dicho y renunciado a todo y a todos; me han tratado mal y me sentido responsable por lo mal que se sienten aquellos que me rodean. Yo sé que no puedo cambiar la mente de los otros, no puedo cambiar ni siquiera mi mente ni mi forma de pensar, pero un día alguien vestido de blanco me dijo: si eres noble en tus actos, si dejas de reclamar por todo aquello que te sucede y si aprendes a contemplar la bondad que hay en toda persona de seguro que podrás cambiar no solo tu forma pensar sino la forma en que ven ellos el mundo”.

Aún creo en esas palabras que siento que han nacido de un corazón limpio y de una mente no contaminada por prejuicios. Cada uno de nosotros asume un concepto distinto de lo que es correcto. Nuestra interpretación de la realidad basada “en supuestos” nos lleva a vivir una experiencia distinta e individual. Si pudieras tener supuestos distintos, podríamos sentir cada nueva experiencia de un modo diferente.

Hubo un tiempo en que sufría porque debía simplemente sufrir. Yo era Cenicienta y todas las cenicientas deben de sufrir. Acepté mi realidad y un día de pronto descubrí que ya no sufría como antes. Dejé de percibir mi realidad como un móvil para sentirme mal y acabé aceptándola y al hacer ello, deje de prestarle la atención que le había dado a lo largo de los años y todo cambió.

Un día, como les venía contando, abandoné mi estatus de sufrimiento al dejar de pensar en lo desagradable que era la labor que venía realizando. No solo la acepté, sino que poco a poco fui disfrutando lo que hacía y es que decidí cambiar también el móvil de mis actos, ya no limpiaba ni cumplía órdenes buscando la satisfacción de otros, ya no, me siento bien debido a que busco mi propia satisfacción, hago las cosas porque creo firmemente que al ejecutarlas soy la mejor.

La libertad de vivir no se halla en habitar un lugar alejado de la existencia de otros seres humanos, la libertad de vivir se halla en la aceptación del mundo y en disfrutar cada nueva experiencia como si fuera única.

Hoy es la primera vez que me alegro y siempre será la primera vez.

Me he quitado de la mente poco a poco esa torpe forma de pensar que me llevaba a quejarme de todo, que me llevaba a decir: él me molesta, ella me dice, ellos me desesperan. ¿Qué ganaba quejándome? ¿Qué bienestar alcanzaba al proclamar reiteradamente dicha insatisfacción?

Yo siempre perdía. Había dado un poder a los demás para incomodarme y no me había dado cuenta. Me había desprendido de mi escudo de amor personal y con el pecho descubierto recibía sus insultos y agresiones. Había dejado de auto protegerme por creer en todo aquello que me decían o me hacían. Pensaba erróneamente que el mundo era malo y que mejor hubiera sido vivir en otro tiempo. Lo único cierto de tanto razonamiento es que me había abandonado y lo peor de todo es que no me había dado cuenta de ello.

Siempre supe que era valiosa, pero permitía libremente que me agredieran. Sabía que debía cuidarme, pero sin precaución alguna permitía que todo tipo de agresiones inunden mi cuerpo. Mi mente, el producto más elevado de la creación debía de haberme avisado por la conducta despectiva que venía llevando a cabo y no lo hacía ¿por qué?, porque ella también se había visto contaminada por la realidad que vivíamos.

Ahora he despertado de ese letargo, con muchas heridas en el cuerpo y en la mente, pero alegre por haber despertado.

Cuando uno vuelve a tener la lucidez para apreciar aquello que vive a diario entonces empieza reconocer sus costumbres nocivas. El tratar de hacer responsables a otros por aquello nefasto que nos sucede no hace más que volvernos incapaces para solucionar aquel problema que genera malestar en nuestro ser.

La teoría del chivo expiatorio tal vez pueda valer para una sociedad que no asume sus retos y responsabilidades, pero para un ser humano que ha descubierto que ha nacido en el más grande amor, es una teoría basada en la necedad y la frivolidad. No podemos quitarnos la responsabilidad de nuestros actos y depositarlos en la espalda de otro, al hacer ello perdemos una maravillosa oportunidad para aprender a la vez que nos maltratamos mentalmente al acusar a un inocente por nuestras limitaciones y/o conductas inadecuadas.

Hoy y no me quejo de nada, ya no hago responsable a nadie de mis actos. Si debo llorar porque me he equivocado y ese error genera aflicción en mi ser, lloro. Si he de reírme porque he logrado el objetivo añorado, río.

He dejado de conceptualizar al mundo como malo o como un infierno. El mundo es lo que es, una fuente interminable de oportunidades para desarrollarnos en virtud de las capacidades que tenemos. Es un centro de aprendizaje en donde nuestras limitaciones día a día pueden convertirse en capacidades en desarrollo.

Soy crítica de mis actos y me siento plena por lo que hago, aunque aún deba seguir siendo Cenicienta. Sé que llegará el día en que cada una de estas cosas que pienso generará un vuelco de ciento ochenta grados en mi vida. Sé que la vida me está preparando para algo grande y por eso tengo esperanza.

Aún sufro, no se los debo negar, aunque ya no sufro por lo que los demás hacen ni por lo que dicen de mí. Ahora sufro, quizá un poco menos que en la anterior primavera debido a que aún no puedo reciclar todos esos pensamientos parásitos que de pronto brotan en mi mente y que se asocian a “esos supuestos años de pesadumbre” que pronto logré redefinir como un tiempo de aprendizaje. Sé que el sufrimiento viene de mi interior y por ende sé que un día dejará de generarse. En verdad he sido la fuente de su origen y seré la causante de su cesantía. Aún tengo miedo, aún soy cobarde como para enfrentar algunas cosas. Lo reconozco y no me da vergüenza decirlo, ¡soy miedosa!, pero solo aquel que reconoce lo que es puede cambiarlo.

RESALTAR

He aprendido muchas lecciones y sé que aún debo de aprender más. Sé que he logrado un nivel de desarrollo emocional alto, pero no lo suficientemente alto, pero sé que aún soy una gran ignorante en mucho. He aprendido a reconocer mi realidad, pero aún estoy muy lejos de conocerme a plenitud. La verdad siempre estará lejos de nuestra mente, pero vivirá eternamente en nuestro corazón.

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