2026: el año de las decisiones

Por Carlos Meneses

Es un compromiso con nosotros mismos y con el Perú. Ojalá que cuando llegue diciembre de 2026, podamos mirar atrás y decir que elegimos bien, que aprendimos a votar pensando no solo en lo que queremos hoy, sino en el país que soñamos dejar mañana.

Cada cambio de año trae consigo el deseo de comenzar de nuevo, de corregir lo que no se hizo bien y de preservar aquello que nos sostuvo. Pero el 2026 no será un año cualquiera: será un año electoral, y con él vendrá la oportunidad —y la responsabilidad— de decidir el rumbo del país, de las regiones y de nuestros municipios.

El Perú llega a este nuevo año marcado por la fatiga política, por una crisis de confianza que ha erosionado los cimientos de la institucionalidad y por una economía que aún no recupera su ritmo. En medio de la desilusión, muchos ciudadanos sienten que nada cambia, que los rostros se renuevan pero los problemas siguen siendo los mismos. Sin embargo, esa sensación no debe transformarse en indiferencia, porque la indiferencia es la antesala del retroceso.

Votar no es solo un acto cívico: es un acto de memoria y de esperanza. Significa recordar lo que hemos vivido, pero también proyectar lo que queremos para el futuro. El 2026 exigirá de nosotros un voto informado, consciente y responsable, alejado de la improvisación, del populismo y del desencanto. Los peruanos no podemos seguir eligiendo desde la rabia o la desconfianza, sino desde la convicción de que cada voto puede —y debe— ser un instrumento de cambio.

La política, en su esencia más noble, no debería ser un espacio de ambición ni de revancha, sino un ejercicio de servicio. Necesitamos autoridades con visión, con vocación de diálogo, con capacidad técnica y moral. Y, sobre todo, necesitamos ciudadanos que exijan rendición de cuentas, que vigilen, que participen, que no esperen que otros arreglen lo que es de todos.

El año que concluye nos deja lecciones duras: que la improvisación se paga caro, que la desunión paraliza, y que la violencia —en las calles o en el discurso— no construye nada duradero. El 2026, por el contrario, debe ser el año en que apostemos por la serenidad, la reflexión y el sentido de país.

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