NO HAY NORMAS DE CONVIVENCIA: SOLO HAY CONVIVENCIA EN ARMONÍA Y BUENA VOLUNTAD
Por: Dr. Juan Manuel Zevallos
“Un día un anciano reclinado en una iglesia de fe proclamo la siguiente oración, “Señor, dame la gracia de cambiarme a mí mismo” y luego exclamó, “si yo hubiera orado de este modo desde el principio de mis días no habría dado mal uso a mi vida”. Luego agradeció el bien entregado y vivió en libertad”.
¿Cuántos de nosotros vivimos malgastando nuestra existencia en proyectos bizarros y en conductas de autodestrucción?
¿Cuántos de nosotros nos aferramos a torpes reglas sociales que nos invitan a cultivar una cultura de agresión?
¿Cuántos de nosotros llenamos nuestro vocabulario con palabras de afecto en un discurso motivacional y cuantas veces defraudamos nuestra proclama hiriendo la honra de los demás?
¿Cuántas veces nos hemos hecho llamar personas bien cuando en nuestra mente disparamos afrentas y agresiones a tantos inocentes?
¿Somos realmente constructores de un mundo basado en el afecto y la comprensión o somos realmente torpes destructores de las esperanzas y las emociones de la sociedad que nos rodea?
¿Hemos aprendido a vivir en libertad o todavía la esclavitud de nuestros miedos, frustraciones, incoherencias, malentendidos y conflictos siguen marcando la dicción de nuestra boca y las acciones de nuestras manos?
¿Realmente hemos entendido el significado de la vida o aún seguimos pisoteando nuestra existencia elaborando pensamientos y acciones basados en cólera, temor o indignación?
En verdad no existen reglas de convivencia entre las personas, solo existen actos marcados por el respeto y la comprensión hacia aquel que habita cerca. Las reglas imponen autoridad y restringen la capacidad de entendimiento, las normas bloquean la capacidad de crítica y generan rebeldía e imposición.
Las jerarquías existentes en nuestras redes sociales en vez de favorecer el diálogo, la comunicación y el entendimiento entre la gente lo único que han logrado es elevar los sentimientos del ego en base a actos de maltrato, humillación y despotismo. Hoy en día las distancias que ubican a un servidor de su superior son en muchos de los casos astronómicas.
La historia ha girado su plano existencial y hoy, luego de tantos años de falso aprendizaje volvemos a vivir la misma realidad de nuestros antepasados: la imposición de un sistema, la obligación de abandonar nuestros sueños y la tragedia de la falta de tiempo, son nuestra nueva realidad.
Nos hemos olvidado de nosotros y sin darnos cuenta nos hemos visto envueltos por este halo de destrucción que ha ido borrando poco a poco de nuestra memoria la inocencia, la verdad, la solidaridad y la alegría por todo aquello que se vivía.
La armonía y la buena voluntad han pasado a ilustrar los finales de los cuentos de hadas y un día le hicieron pensar a Mendigo de Amor que el servilismo era la única estrategia posible a ser empleada para ser aceptado por los demás.
Un día Mendigo de Amor se sumergió en las oscuras de la imposición de los hechos. Sus ojos brillosos dejaron de fulgurar y la sonrisa que antes inundaba su rostro ahora era un simple recuerdo abandonado y en soledad. Empezó a descubrir una vida basada en sufrimiento sin razón, las dificultades de pronto le incomodaron, no tenía sentido aquello que hacía a diario y desarrollo sin querer la incapacidad para olvidar cualquier incidente desagradable que sucediera. Su expresión taciturna y angustiada a la vez lo incomodan tanto que llegó a odiarse por ello. Sus pensamientos giraban entorno a sus imperfecciones y las emociones destructivas de ese sistema de vida acamparon en su corazón y lo hicieron sentirse inútil.
Los sentimientos de inconformidad abarrotaron su ser y se sintió indigno. Para su pensamiento distorsionado todo él era una imperfección que no podría nunca aceptar y menos amar.
Poco a poco fue desarrollando un silencio cómplice con su rechazo, aprendió a no ver lo bueno que habitaba su ser y más bien desarrollo la capacidad para concentrarse en todo lo malo que hacía y en los errores que cometía. Se sentía molesto con su naturaleza y lo peor de todo era que cada día era peor que el anterior.
No podía asumir retos, se sentía desprovisto de energía y no podía comprender el por qué la otra gente podía sonreír y el por qué ellos eran perfectos y él no.
La vida para su entendimiento paso a ser una rutina; ya nada le impresionaba, ni la belleza multicolor de las flores ni las sinfonías siempre renovadas de las aves. Su vida estaba retratada en grises cada vez más intensos, en ostracismo y dolor.
Mendigo de Amor moría día a día y abrazaba con pasión conceptos que lo hacían sentir infeliz y preocupado pero aquella tarde descubrió de pronto el sentido de la vida: “todo es fugaz, efímero y temporal, nada es eterno salvo el yo que desea amar y deleitarse con la vida sin renunciar a actuar”.
Ese día aprendió a dejar las leyes de la esclavitud que le impuso la falta de afecto. Comprendió que cada día nacemos de nuevo al separarnos de nuestro pasado y a valorar el presente. Entendió que el axioma de la existencia se basa en nacer para separarnos.
Fue doloroso entender aquel misterio que lucía albergado en el iris de aquella niña sucia y maltratada que se halla al alcance de sus manos. Pero esa era su única verdad, él se aferraba a todo aquel ser humano que le rodeaba y su fin estaba escrito en las estrellas: volver a sufrir y según su consiente aquella tarde de la vida él no había sido creado bajo el principio del dolor.
De pronto la luz brilló en su entendimiento, pero las cargas pesadas del pasado lo obnubilaban. Era una lucha que no tendría fin si persistía en enfrentarse a aquellos conceptos que lo hundían en la desesperación. Opto por amarlos y luego los dejo ir, luego estuvo en paz.
Y es que amar significa dar. Muchos elaboran conceptos distorsionadas ante el más sublime de los afectos y se convierten sin saber por qué en esclavos de los sentimientos. Solo el que ama pueda dar la libertad, solo aquel que de corazón desea lo mejor a aquellos que ama es aquel que puede desprenderse de ellos y dejarlos partir.
La mamá águila, que vive al pie de los altos acantilados en las montañas mucho tiempo atrás aprendió esa mágica lección cuando siendo aún pequeños sus aguiluchos los empuja hacia el vacío en un acto de amor insuperable con el fin de que aprendan a volar y a ser independientes de su madre.
