Alianzas que definan el rumbo político
Por: Carlos Meneses
El plazo del 17 de enero no solo es una fecha en el cronograma; es también una prueba de coherencia para la política peruana. Si los actores entienden que el país necesita acuerdos verdaderos y visión de largo plazo, el 2026 podría marcar el inicio de una nueva etapa. Si no, estaremos repitiendo la historia: muchas listas, pocos proyectos y una ciudadanía cada vez más distante.
El calendario electoral avanza y con él se abren los primeros plazos decisivos del proceso rumbo a las Elecciones Regionales y Municipales (ERM) 2026. Según recordó la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), el próximo 17 de enero vence el plazo para que los partidos políticos presenten ante el Registro de Organizaciones Políticas (ROP) del Jurado Nacional de Elecciones (JNE) sus solicitudes de inscripción de alianzas electorales.
Se trata de una fecha clave que marcará el mapa político de los próximos meses. A partir de la configuración de estas alianzas se conocerán los verdaderos bloques de poder, los acuerdos estratégicos y las apuestas regionales que definirán la contienda de octubre. Las alianzas, lejos de ser un trámite administrativo, reflejan la capacidad —o incapacidad— de los partidos para construir consensos y ampliar su representación más allá de sus propios intereses.
El contexto político actual exige algo más que conveniencias electorales. El Perú enfrenta un escenario de desconfianza ciudadana, fragmentación partidaria y desencanto con la clase política, donde las promesas de unidad suelen desvanecerse tras las campañas. Por ello, la formación de alianzas debería responder a un proyecto común de desarrollo y gobernabilidad, y no solo a la búsqueda de votos o cuotas de poder.
Las elecciones regionales y municipales son, en esencia, la oportunidad de renovar el liderazgo local y de fortalecer la descentralización. Sin embargo, en cada proceso electoral reciente hemos visto coaliciones improvisadas, pactos sin programa y candidatos reciclados, que terminan reproduciendo los mismos errores de gestión e ineficiencia. Si las alianzas no se construyen sobre una base programática sólida, su duración será tan corta como la campaña misma.
La ciudadanía espera de los partidos madurez política y transparencia. Es momento de demostrar que el interés por el país y las regiones está por encima de los cálculos personales. Las alianzas electorales no deben ser un fin en sí mismas, sino el inicio de un compromiso compartido con la gobernabilidad, la ética pública y la planificación territorial.
