NO HAY NORMAS DE CONVIVENCIA: SOLO HAY CONVIVENCIA EN ARMONÍA Y BUENA VOLUNTAD
Por: Juan Manuel Zevallos.
Al otro lado del puente, en medio de un silencio esclavizante, Cenicienta contemplaba su pasado y lloraba inconsolablemente. Nunca tuvo nadie cerca de ella que la amara, nunca persona alguna se preocupó si dormía, si pensaba o si por lo menos soñaba a colores. Alguna vez llego a creer que era un espejismo, otras veces asimilo el concepto “no soy un ser humano” y en cercano al día de nuestro relato asumió su estado de esclavitud como un castigo que se merecía por ser Cenicienta.
Para ella la idea de imposición de ideas a los menos favorecidos “por el entendimiento” era algo natural. Su mente le decía “es que necesitan que alguien los controle porque no saben nada, son seres ignorantes, iguales que tú, y que destino miserable tendrían sino se apiadarán de ellos aquellos otros que “saben bien lo que se debe hacer”.
No tenía la capacidad para juzgar con honestidad los actos que llevaba a cabo. Necesitaba siempre la aprobación de los otros, aquellos que nacieron con autoridad.
Solo al cumplir alguna labor que se le encargaba ella se sentía viva y sentía “que era importante para alguien”.
Su vida transcurría lentamente, su latido del corazón era sutil y su juicio crítico “al parecer se había de vacaciones”. No tenía capacidad para asumir que era correcto y que era equivocado. Sus actos estaban desprovistos de afecto, solo hacía lo que le indicaban e ignoraba en su proceder la alegría, la empatía y la sabiduría del amor.
No era ella quien vivía, eran los otros que vivían a través de ella y era poco más que un objeto, solo un instrumento para hacer o cumplir las obligaciones encargadas.
Cenicienta creía que así era el mundo, que sus reglas verticales colocaban a pocos en la base “para hacer las cosas” y colocaba a otros muchos en la cima “para mandar y gobernar los actos de los menos favorecidos con el saber”.
Pero esa tarde, frente a Mendigo de Amor, sus ojos destilaron unas dulces lágrimas que recorrieron las fisuras de su rostro hasta alimentar su alicaído corazón. Esa tarde de pronto una idea diferente surgió de su mente que decía “no reprimas tu alegría, tú has sido creada para amar”.
Ella se puso tensa, sus manos se llenaron de sudor y una sensación de calor inundo su cuerpo hasta privarla unos segundos de su respiración. Su mente había entrado también en confusión y llego a pensar que “había pecado”, que ella era no era merecedora de la alegría, ese sentimiento era para otros y de pronto cayó al suelo y siguió llorando hasta que aquella voz que había despertado en su mente gracias a ese primer pensamiento de amor personal le dijo tiernamente, “no niegues tu naturaleza, debes autorizarte a ser feliz”.
En la mente de Cenicienta de pronto pasaron muchos de vida en unos pocos segundos del tiempo real, no podía creerse digna de un sentimiento tan bello y a la vez había algo en su cuerpo que la movía ya sin conciencia a ponerse de pie y a correr y a gritar liberando todo el júbilo acumulado durante tantos años. Era libre de pensar y de hacer, algo inconcebible para la antigua Cenicienta.
**********
No existen leyes de convivencia social que impongan conductas y modos de actuar a los seres humanos. Solo existe una convivencia, en donde somos libres para amar y para desear lo mejor a aquellos que nos rodean.
La vida es una sucesión de actos en donde convivimos con nuestra familia, compañeros estudios, colegas de trabajo y personas desconocidas.
La convivencia en armonía y buena voluntad se basa en un esfuerzo diario para apreciar los dones y cualidades de aquellos que nos envuelven y para desterrar de la mente la observación de las conductas fratricidas de la sociedad.
Vivir significa ser congruente con una forma de pensar basada en un antiguo principio “haz lo que más te gusta y hacer y que ese actuar genere el mejor perjuicio social”.
Ahora, contemplando nuestra existencia pudiéramos dar un paso en nuestro desarrollo emocional y elevarnos a un estado en donde las relaciones interpersonales sean constructivas. Para ello debemos dejar de aferrarnos a la gente y debemos de hablarles con la verdad, aunque esta muchas veces sea dolorosa.
EL vivir muchas veces genera dolor por el hecho de dejar libres a aquellos que tanto bien nos han dado, pero no podemos asumir una actitud de egoísmo y de posesión de la gente. Dar la libertad necesaria para que la sociedad vinculante pueda llevar a cabo sus proyectos nos da la posibilidad de seguir viviendo amparados a la sombra de un árbol que ve renacer sus frutos cada nuevo verano.
Ahora crecemos porque amamos y porque deseamos lo mejor, porque nos apartamos de la imposición de las ideas autocráticas de aquellos que creen que tienen la verdad y que solo tienen “esa triste creencia” y nada de afecto real en sus palabras y obras.
Ser uno mismo significa ser un ciudadano del mundo, un maestro de la entrega que nos lleva a tratarnos con nobleza y a evitar hacer algo por la torpeza de cumplir una norma. Ahora cumplimos con nuestro destino de bien aferrados a la esperanza de todo siempre será bueno y que aquel que da siempre recibe lo que ofrece.
