Los queñuales son los centinelas del agua en Arequipa y urge reforestarlos

Por: Daniela Santander R.

En Chiguata la comunidad de Cacayaco se convierten en guardianes de estos árboles.

El cambio climático y las actividades humanas han deteriorado de forma silenciosa pero constante las zonas de recarga hídrica de la región Arequipa. La reducción de la cobertura vegetal, la degradación de los suelos y la pérdida de ecosistemas altoandinos están afectando seriamente la capacidad natural del territorio para infiltrar y almacenar agua, un recurso cada vez más escaso y disputado.

Uno de los impactos más visibles es la desaparición progresiva de los bosques de queñual (Polylepis), especies fundamentales para regular los caudales hídricos. Su pérdida incrementa la erosión, la formación de cárcavas y la disminución de manantiales y bofedales, afectando directamente a las comunidades que dependen de estas cuencas para el consumo diario, la agricultura y la ganadería.

Por lo tanto, la reforestación con queñuales aparece como una oportunidad concreta para recuperar la regulación hídrica y fortalecer la resiliencia del territorio. Esta especie actúa como una verdadera esponja natural, ya que retiene el agua en sus raíces, filtra las precipitaciones, protege los suelos de la erosión y permite la formación de manantiales que alimentan las zonas bajas de Arequipa. Frente a este escenario, distintas instituciones han comenzado a unir esfuerzos en el territorio. Iniciativas impulsadas por el Fondo Alianza por el Agua.

En consecuencia, la primera plantación de queñuales del año se realizó el miércoles 14 de enero en el bosque de queñuales de Chiguata, siendo esta una fecha estratégica por la temporada de lluvias en la región, ya que únicamente se pueden plantar al inicio de año.

“El Fondo está organizando este proyecto piloto con 400 plantones, una hectárea, y esperamos que sean muchas más”, explicó Luis Gutiérrez Martínez, encargado del Fondo Alianza por el Agua. “Sabemos que estamos en una cuenca no regulada, con muchas carencias hídricas, pero también somos conscientes de que este trabajo no dará resultados inmediatos; es una apuesta por las futuras generaciones y por la seguridad hídrica que necesita Chiguata y toda la región”, señaló.

Desde SERFOR, el administrador técnico Luis Felipe Rodríguez Dueñas recordó que este bosque ha sido severamente reducido con el paso de los años. “Los queñuales venían hasta más abajo, pero fueron taladas para leña y nunca hubo campañas de recuperación”, explicó. Añadió que, aunque se han instalado cerca de 20 hectáreas desde 2015, aún faltan miles por restaurar, por lo que el trabajo conjunto con la comunidad resulta indispensable.

El queñual, además, posee características únicas. Crece por encima de los 3 500 metros sobre el nivel del mar, soporta temperaturas extremas y se autoalimenta a través de la hojarasca que forma un compost natural. “La lluvia no golpea directamente el suelo; se infiltra, recarga los acuíferos y alimenta los manantiales que llegan hasta la ciudad de Arequipa. En las cuencas no reguladas, donde no hay represas, este bosque es prácticamente la única fuente de humedad”, detalló Rodríguez.

La importancia del bosque va más allá del agua. El biólogo de Serfor ,Alejandro Delgado, especialista en evaluaciones forestales de cerro, explicó que en el queñual habita una biodiversidad valiosa y frágil. “Aquí encontramos fauna como zorros, venados, pumas, águilas y aves rapaces. Incluso existe un ave endémica denominada Ave del Queñual( Conirostrum binghami ), que solo vive en este ecosistema y no se encuentra en ningún otro lugar del mundo”, precisó, resaltando la urgencia de su conservación.

COMUNIDAD DE CACAYACO

Antes de llegar al bosque de queñuales se atraviesa la comunidad de Cacayaco, el último anexo de Chiguata más cercano al volcán Pichu Pichu. Se trata de una población pequeña pero estratégica, profundamente vinculada al territorio, que ha asumido un rol clave en la protección de este ecosistema. Allí, los comuneros no solo viven del campo, también se han convertido en guardianes del bosque, por su sincero compromiso de plantar, regar y cuidar de estas plantas. Este bosque es también una verdadera farmacia natural. Entre sus suelos crecen plantas medicinales como la chachacoma, la tola y diversas hierbas andinas que la comunidad conoce y utiliza desde generaciones atrás. Durante la pandemia por la COVID-19, cuando el acceso a la atención médica era limitado, estos saberes ancestrales cobraron especial importancia en infusiones, vapores y remedios naturales se convirtieron en aliados cotidianos para aliviar afecciones respiratorias y fortalecer el cuerpo de los comuneros.

En Cacayaco, las necesidades son visibles y urgentes. La comunidad convive con la escasez de agua, la falta de infraestructura de almacenamiento y una alta dependencia de las lluvias para sostener su agricultura y ganadería. Cuando las precipitaciones son intensas, el agua se pierde cuesta abajo; cuando escasean, la tierra se resiente y las cosechas peligran. Aun así, sus habitantes no han dejado de asumir un rol activo en la protección del bosque de queñuales, conscientes de que cuidar el territorio es también cuidar su propia subsistencia y la de quienes viven aguas abajo.

El recurso forestal es escaso y de alta demanda.

Para esta comunidad, la siembra de queñuales es también una forma de defender su futuro. “Esta planta está en extinción y no queremos que se pierda. Nos ayuda a que llueva, a tener agricultura, ganadería y a cuidar la ecología para el oxígeno del mundo”, expresó Sixto Aguilar Vilca, comunero del anexo. En un territorio donde el agua es escasa y las necesidades son muchas, cada árbol plantado significa resiliencia y esperanza para sus habitantes.

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