EL CORDERO DE DIOS

En la Misa del domingo de la semana pasada escuchamos el relato del evangelista Mateo sobre el bautismo de Jesús. Este domingo, el evangelista Juan nos relata un episodio que sucedió después, aunque no sabemos exactamente cuántos días después. Dice el evangelista que estando Juan el Bautista con algunos de sus discípulos vio venir a Jesús y dijo: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» y añadió: «es el Elegido de Dios» (Jn 1,29-34). Con estas dos frases, Juan el Bautista anuncia que el elegido de Dios, podemos decir mejor el enviado por Dios para liberar a la humanidad de la esclavitud del pecado y de la muerte, realizará su misión de modo pacífico, sin violencia, como un manso corderito. Así lo había anunciado también Dios a través del profeta Isaías: «He aquí mi siervo, a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma…No vociferará ni alzará el tono, y no hará oír en la calle su voz…hasta implantar en la tierra el derecho…para abrir los ojos ciegos, sacar del calabozo al preso, de la cárcel a los que viven en tinieblas» (Is 42,1-7). Es lo que ha hecho Jesús. El verbo “quitar”, usado por el evangelista en lengua griega, en castellano significa también “quitar cargando con”: Jesús ha venido a quitar el pecado del mundo y lo ha hecho cargando con nuestros pecados, sin resistirse a nuestros pecados que lo han llevado a morir en la cruz. Al contrario, como también lo profetizó Isaías: «Fue oprimido y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado y como oveja ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca» (Is 53,7).
Esta es la buena noticia que la Iglesia no ha dejado de anunciar desde sus inicios y que da sentido a toda nuestra vida cristiana: Jesús no ha venido a este mundo a implantar la ley del “ojo por ojo, diente por diente¨, ni la ley de “el que la hace la paga”. Él ha venido a implantar una justicia mayor que la de los hombres: la justicia divina. Nosotros lo hemos matado y, a cambio, Él nos da la vida. Nosotros hemos pecado y Él ha pagado por nuestros pecados. Con toda razón, cada año en la Vigilia Pascual la Iglesia canta: «feliz culpa que mereció tan grande Redentor». Ahora que estamos comenzando un nuevo año, el Evangelio de este domingo nos recuerda que Jesús vendrá nuevamente a nuestra vida a lo largo de todo el año con la misión de extirpar de nosotros el pecado, hacernos el bien y liberar a los oprimidos por el diablo (cfr. Hch 10,38). Pero no sólo eso. Vendrá también a hacernos partícipes de su vida divina para que también nosotros podamos «ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor» (Ef 1,4), porque, como escribió san Pablo, Cristo nos ama tanto que se ha entregado a la muerte por nosotros, para purificarnos mediante su Palabra y los sacramentos, y hacernos partícipes de su propia santidad (cfr. Ef 5,25-27).
Pidámosle al Señor que, en el año que estamos comenzando, nos conceda la gracia de abrir nuestro corazón a Jesús y dejar que sea él quien nos purifique y nos de su Espíritu Santo, para que así, libres del pecado y de la muerte y participando de su vida divina, podamos también nosotros ser mansos como las ovejas y sencillos como las palomas (cfr. Mt 10,16), amando a los demás como Él nos ha amado, para que el mundo crea en Dios y pueda también ser salvado (cfr. Jn 17,21).
