La IA y el aprendizaje presencial

Por Orestes Bueno

REFLEXIONES

Cada cierto tiempo aparece una nueva tecnología que promete revolucionar la educación. Hoy, ese lugar lo ocupa la inteligencia artificial. La pregunta ya no es si la IA llegó a las universidades –eso es un hecho–, sino algo más preciso y relevante: ¿puede el uso de la IA reemplazar una clase presencial?

Aprender interactuando con una computadora no es nuevo. Mi recuerdo más antiguo de ello es usar la enciclopedia Encarta en la casa de un amigo, a mediados de los años noventa. Hoy, un estudiante que quiere aprender un tema usando un computador tiene al menos tres caminos.

El primero es ver un video en YouTube. Es rápido, accesible y, muchas veces, bien explicado. Pero también es una experiencia esencialmente pasiva. El video no sabe si el estudiante entendió, si se perdió a la mitad o si tiene una duda clave. El estudiante se adapta al video; el video no se adapta al estudiante.

El segundo camino es la clase virtual. Aquí reaparece la figura del profesor y la posibilidad de hacer preguntas. Sin embargo, la interacción suele ser limitada. Cámaras apagadas, silencios incómodos y la dificultad para leer gestos o reacciones convierten muchas clases en monólogos prolongados. La experiencia pospandemia dejó claro que este formato funciona solo de manera parcial.

El tercer camino es conversar con una IA. Y aquí ocurre algo distinto. La IA responde sin cansarse, explica de múltiples maneras y se adapta al ritmo del estudiante. Si algo no se entiende, vuelve a explicarlo. Para aprender procedimientos, conceptos técnicos o reforzar contenidos, esta experiencia suele ser claramente superior a ver un video o asistir a una clase virtual pasiva.

Sin embargo, la IA aún tiene ciertas limitaciones importantes: se equivoca, a veces con bastante seguridad, y tiende a dar siempre la razón al estudiante, incluso cuando este está razonando mal. No confronta, no incomoda y no siempre detecta errores conceptuales profundos si no se le formulan las preguntas adecuadas.

Aprender en la universidad no es solo entender un tema. Es aprender a pensar, a formular buenas preguntas, a equivocarse y recibir retroalimentación honesta. Es discutir ideas con alguien que tiene experiencia y criterio. La IA no transmite pasión por una disciplina ni construye ese vínculo humano que, muchas veces, marca la diferencia entre aprobar un curso y descubrir una vocación.

Tampoco conviene idealizar la clase presencial. En cursos con muchos estudiantes, incluso el mejor profesor tiene dificultades para identificar quién no entendió. Esa limitación es estructural, y allí la IA puede ser un apoyo útil para el trabajo individual.

Aun así, la clase presencial sigue siendo un espacio único. Allí se aprende a debatir, se observa cómo razona otra persona en tiempo real y se construye comunidad académica. Eso no se puede automatizar.

La IA no viene a reemplazar al docente universitario, sino a redefinir su rol. La educación del futuro no será humana o artificial, sino una combinación inteligente de ambas.

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