«Tras la tormenta, un Perú auténtico»
Por Ricardo
Lucano.

Hay países que concentran tecnología, poder y decisiones, mientras otros básicamente proveen materias primas. Durante décadas, el gran organizador de ese sistema fue Estados Unidos, pero hoy ese liderazgo ya no es tan sólido como antes.

Cuando el centro del sistema se vuelve inestable, la periferia siente el temblor primero. Eso ocurre con economías como la peruana, donde nuestra prosperidad depende en exceso de lo que pase con el cobre, el oro o los mercados internacionales. Si los precios suben, celebramos como si fuera mérito propio; cuando bajan, hablamos de ajustes y sacrificios. Pero en realidad, no somos nosotros quienes movemos el tablero.

El economista Giovanni Arrighi observó que las potencias primero dominan produciendo tecnología y luego, al perder esa ventaja, se refugian en las finanzas y la especulación. Cuando eso ocurre, suele ser señal de que un ciclo histórico llega a su límite. El mundo de hoy se parece bastante a ese momento crítico.

Mientras tanto, el Perú sigue ocupando un lugar conocido en esa estructura global: el de proveedor de materias primas. Exportamos minerales e importamos tecnología; en términos sencillos, vendemos naturaleza para comprar conocimiento, manteniéndonos en una posición de subordinación productiva.

El sociólogo Aníbal Quijano describió esta situación como «colonialidad del poder». Aunque las colonias desaparecieron formalmente hace dos siglos, muchas de sus jerarquías económicas y culturales siguen vigentes. Cambiamos de bandera, pero no necesariamente de lugar en el mundo. Por dentro, esa lógica también atraviesa al país, donde Lima y las regiones parecen vivir realidades distintas. Hay zonas que generan gran parte de la riqueza nacional y, aun así, carecen de servicios básicos, con hospitales precarios en territorios que sostienen el crecimiento económico de todos.

Para el filósofo Enrique Dussel, un sistema revela su injusticia cuando produce víctimas de manera estructural. En el Perú, esas víctimas son fáciles de encontrar: jóvenes atrapados en la informalidad o comunidades que conviven con grandes proyectos extractivos sin ver mejoras reales en su calidad de vida. El problema no radica solo en políticos incompetentes, sino en una estructura histórica. El pensador Frantz Fanon advertía que la colonización deja una huella mental profunda: se nos enseñó culturalmente, “que el progreso siempre venía de afuera” y que nuestro papel era simplemente alcanzarlo algún día. Quizá por eso aceptamos como inevitable nuestro lugar intrascendente actual.

Pero incluso los sistemas más estables cambian. Wallerstein hablaba de momentos de «bifurcación histórica»: periodos en los que el orden global entra en crisis y el futuro deja de estar completamente definido, abriendo paso a lo inesperado. El desafío para el Perú en esta transición es profundo: dejar de depender exclusivamente de los recursos naturales para empezar a construir conocimiento y capacidad tecnológica propia. No es una tarea sencilla ni ocurre de la noche a la mañana, pero es el único camino para transformar nuestra estructura económica.

Las hegemonías pasan y los sistemas se transforman. Cuando el mundo entra en tormenta, incluso los países de la periferia tienen la oportunidad de repensar su rumbo. La verdadera pregunta no es si vivimos una crisis, sino si seremos capaces de usarla para imaginar, por fin, algo auténticamente peruano y distinto a todo lo conocido hasta hoy.

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