LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO

Alba – Arzobispo
de Arequipa
Está cerca la Pascua, fiesta central de la Iglesia, y para continuar guiándonos hacia ella, las lecturas bíblicas de este domingo nos hablan de la resurrección, que es justamente su fruto. El evangelista Juan (Jn 11,1-45) nos relata que Jesús estaba en un pueblo y le llega la noticia de que su amigo Lázaro, que vivía en Betania con sus hermanas Marta y María, está gravemente enfermo. Jesús, en lugar de apresurarse para ir a curarle, se queda en el pueblo donde estaba, hasta que se entera de que Lázaro ha muerto. Sólo entonces se encamina hacia Betania, que quedaba a un par de días de distancia, y al entrar en la aldea sale Marta a su encuentro y le dice: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano». A lo que Jesús le respondió: «Tu hermano resucitará…Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre». Dicho lo cual va al sepulcro donde estaba el cuerpo de Lázaro, ordena que retiren la losa con la que había sido sellado y, después de dar gracias a Dios Padre por haberlo escuchado, con voz potente ordenó a Lázaro que saliera. San Juan, que estaba presente, da testimonio del hecho, con estas palabras: «El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo y déjenlo andar”».
Es el último milagro que hizo Jesús, con el cual comenzó a dar cumplimiento a lo que Dios había anunciado algunos siglos antes a través del profeta Ezequiel: «Yo mismo abriré sus sepulcros y los haré salir de sus sepulcros…y cuando abra sus sepulcros, pueblo mío, sabrán que soy el Señor. Les infundiré mi espíritu y vivirán…y sabrán que Yo, el Señor, lo digo y lo hago» (Ez 37,12-14). Al final de su Evangelio, san Juan dice que ha querido relatarnos la resurrección de Lázaro y otros milagros o signos hechos por Jesús, para que creamos que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengamos vida en su nombre (Jn 20,31). Como explicó hace unos años el Papa Benedicto XVI: «Es una vida que comienza ya ahora y es indestructible» (Homilía, Capilla privada del Monasterio Mater Ecclesiae, 2.IV.2017). Es el fruto de la Pascua. Jesús no evita la muerte sino que, entrando en ella, la derrota, la destruye, no sólo para Él sino también para quienes creen en Él. Por eso, como continuó diciendo el Papa Benedicto en su misma homilía, «esta vida nueva comienza en el momento en que creo, y durará para siempre, aunque yo muera exteriormente».
La resurrección de Lázaro es signo del dominio total de Jesús sobre la muerte física y, al mismo tiempo, es como un anticipo de lo que Jesús ha hecho, para siempre, a través de su misterio pascual: derrumbar el muro de la muerte para hacer partícipes de su resurrección a aquellos que se acogen a su amor, porque su amor es inmortal. Es el amor divino que, como fruto de la Pascua, nos es donado a través del Espíritu Santo que Dios da a quien se lo pide (Lc 11,13). Y, como escribió san Pablo: «Si el Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús dará también la vida a sus cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en ustedes» (Rom 8,11).
