El padre cajamarquino que encontró a su hijo en la basura en Arequipa

José Eduardo Neyra Saucedo (19) viajó de Cajamarca a Arequipa para cumplir el servicio militar voluntario. Cuarenta y nueve días después fue dado de baja del cuartel de Tingo por un presunto diagnóstico de salud mental. Su familia asegura que nadie les avisó. Su padre lo encontró semanas después durmiendo en medio de la basura en la Av. Goyeneche.

CRÓNICA DE AMOR PATERNO

Neptalí Neyra Pusma (64) llegó a Arequipa con una fotografía, una terrible angustia y una sola certeza: su hijo no podía haberse evaporado sin dejar rastro. Lo buscó en calles, plazas, mercados y avenidas. Preguntó por él como preguntan los padres cuando ya no duermen: con la voz gastada y la esperanza intacta. Hasta que una pista lo llevó a la Av. Goyeneche. Allí, entre el ruido de la ciudad y la indiferencia de los transeúntes, encontró a José Eduardo Neyra Saucedo, de 19 años, durmiendo en un basural, después de haber desaparecido tras su salida del cuartel Coronel Arias Aragüez de Tingo.

La historia de José Eduardo había empezado lejos de Arequipa, en Cajamarca. Según su familia, el joven viajó el 21 de enero por sus propios medios, motivado por un primo que pertenecía al Ejército, con la ilusión de incorporarse al servicio militar voluntario. Llegó al cuartel GAC 122 de Tingo, en Arequipa, y permaneció allí 49 días. Para su familia, aquel viaje no era una fuga ni una aventura improvisada: era el proyecto de un muchacho que quería vestir uniforme, como alguna vez lo hizo su padre.

Durante esas semanas, los familiares aseguran que recibían información escasa. Les decían que José Eduardo estaba bien, pero no había una comunicación fluida ni directa. La tía del joven, Celia León Saucedo, sostiene que antes de viajar a Arequipa su sobrino no había mostrado episodios que alertaran a la familia sobre un problema de salud mental. Lo describe como un joven activo, aficionado al fútbol, egresado de secundaria y con buen rendimiento escolar.

El 19 de marzo, según contó la familia, José Eduardo fue dado de baja del cuartel por un diagnóstico consignado como “trastorno opositor desafiante”. Allí está el punto que convierte esta historia en un caso público: sus parientes denuncian que el Ejército no comunicó formalmente la baja ni activó un aviso oportuno para que alguien lo recibiera, lo acompañara o garantizara atención médica. Desde ese momento, el joven quedó fuera del cuartel y empezó a deambular por Arequipa.

Lo que realmente ocurrió dentro del cuartel aún no está esclarecido. José Eduardo ingresó al servicio, permaneció 49 días, fue dado de baja, no retornó a su casa y fue encontrado semanas después en un basural. Lo que falta establecer es la evaluación médica que recibió al ingresar, qué señales advirtieron durante su permanencia, quién decidió su baja, bajo qué protocolo se ejecutó y por qué su familia no fue informada de manera inmediata.

La pregunta es inevitable porque el servicio militar voluntario no es una actividad informal. El Ministerio de Defensa señala que los jóvenes que ingresan deben tener entre 18 y 30 años, ser seleccionados y aprobar un examen de aptitud psicosomática. Además, el servicio reconoce derechos y beneficios, entre ellos el acceso a prestaciones de salud en establecimientos de la institución armada correspondiente. Si un joven fue admitido y luego dado de baja por un motivo vinculado a salud mental, la ruta institucional debía ser clara, documentada y comunicada.

Neptalí Neyra no esperó respuestas oficiales para buscar a su hijo. Viajó desde Cajamarca y empezó una búsqueda artesanal, de esas que no figuran en reportes administrativos: caminar, preguntar, mostrar una foto, volver a caminar. El agricultor cajamarquino informó que recorrió distintos puntos de Arequipa, pegó avisos y siguió señales hasta ubicarlo en la Av. Goyeneche. Cuando lo vio, lo reconoció de inmediato. José Eduardo también lo reconoció. El padre lo abrazó, lo llevó a asearse y le dio la primera atención que pudo darle un hombre sin más recursos que su presencia.

El hallazgo no cerró el caso; lo abrió. La familia afirma que el joven regresó con un estado emocional alterado y con episodios de temor. Neyra Pusma relató que José Eduardo repetía frases de miedo y mostraba desorientación. Por prudencia, esos episodios no pueden convertirse en sentencia ni prueba concluyente sobre lo ocurrido dentro del cuartel. Sí son, en cambio, indicios suficientes para exigir una investigación seria y una evaluación médica especializada.

La familia rechaza que el diagnóstico usado para darle de baja explique por sí solo todo lo ocurrido. Sostiene que, antes del viaje, José Eduardo no tenía antecedentes conocidos de crisis y que su deterioro se habría evidenciado después de su paso por el cuartel. Esa versión debe ser contrastada con la historia clínica, los exámenes de ingreso, los reportes internos del Ejército y los partes de baja. Sin esos documentos, cualquier conclusión sería incompleta. Pero sin investigación, el silencio institucional también termina operando como una forma de abandono.

El caso revela otra falla mayor: cuando una persona joven sale de una institución cerrada en aparente condición vulnerable, el Estado no puede tratarla como si simplemente hubiera terminado un trámite. Una baja por salud mental no debería ejecutarse como una puerta abierta hacia la calle, sino como una transición protegida hacia la familia, un centro de salud o una red de soporte. La pregunta de fondo no es solo por qué José Eduardo salió, sino cómo salió y bajo responsabilidad de quién.

Tras el reencuentro, la familia decidió llevarlo a Lima para buscar atención médica especializada. Esa decisión marca el inicio de otra etapa: la recuperación del joven y la búsqueda de respuestas. El padre encontró a su hijo, pero ahora la familia necesita que el Estado encuentre la verdad. No basta con decir que fue dado de baja; corresponde explicar si se cumplieron los protocolos, si hubo evaluación suficiente y si se protegió su integridad cuando ya no podía seguir en el cuartel.

Neptalí Neyra Pusma al no tener información sobre su hijo vino hasta Arequipa para averiguar en el cuartel de Tingo lo que pasó con su vástago.

La historia de José Eduardo no es únicamente una crónica de amor paterno. Es también un espejo incómodo para las instituciones que reciben a jóvenes con promesas de disciplina, formación y futuro. Un muchacho salió de Cajamarca para servir, pasó por un cuartel de Arequipa y terminó perdido en la calle hasta que su padre lo encontró. Entre esos tres momentos hay una verdad pendiente que debe investigarse con rigor, porque ninguna familia debería recorrer una ciudad entera para descubrir dónde dejó el Estado a su hijo.

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