Rivera: el alcalde que no pudo ordenar el transporte ni el comercio ambulatorio

Por Jorge Turpo R.

Víctor Hugo Rivera, dejó el cargo sin ejecutar una obra vial emblemática. La improvisación y la falta de capacidad técnica en áreas clave como Transportes, marcaron su labor. Aunque culminó algunas obras heredadas y mejoró la recaudación, deja una ciudad más congestionada y desordenada.

BALANCE DE UNA GESTIÓN TRUNCA

Si hubo dos problemas que se agravaron durante los tres años y cuatro meses de gestión del exalcalde provincial de Arequipa, Víctor Hugo Rivera, fueron el caos vehicular y el crecimiento descontrolado del comercio informal en las calles del Centro Histórico. A eso se suma otro dato que ya comienza a marcar su legado político: será el primer alcalde provincial en los últimos 30 años que deja el cargo sin iniciar la construcción de un intercambio vial propio.

Desde la década de 1990, cada gestión municipal dejó al menos una obra vial emblemática. Desde los pasos a desnivel impulsados en tiempos de Ramírez Alfaro y Roger Cáceres Pérez, pasando por las obras ejecutadas por Juan Manuel Guillén Benavides, Simón Balbuena Marroquín, Alfredo Zegarra Tejada y Omar Candia Aguilar que dejó uno a medio construir.

Algunas funcionaron mejor que otras, varias quedaron cuestionadas por no resolver la congestión, pero todas intentaron dejar una infraestructura visible. Rivera ni siquiera pudo colocar la primera piedra de una obra vial de gran magnitud.

El único proyecto que deja encaminado es el expediente técnico del intercambio vial entre la avenida Metropolitana y la vía de Promart, pero esa iniciativa no nació en la municipalidad, sino como una donación de la empresa minera Cerro Verde. Es decir, ni siquiera esa futura obra puede considerarse parte de una visión propia de gestión.

Para el regidor José Suárez Llerena, uno de los principales errores de Rivera fue la improvisación y la falta de capacidad para conformar equipos técnicos sólidos.

“Desde el inicio hubo cierta soberbia y no se supo rodear de los profesionales adecuados”, cuestionó Suárez Llerena, quien considera que la gestión nunca tuvo el despegue necesario para enfrentar los grandes problemas de la ciudad.

La crítica apunta especialmente al transporte. Arequipa aparece hoy entre las ciudades más congestionadas del mundo y el Sistema Integrado de Transportes (SIT), anunciado desde hace más de una década como la solución definitiva, continúa atrapado entre anuncios y fracasos.

Rivera tuvo durante casi un año a un gerente de Transportes que, según los propios regidores, no dominaba el tema y ni siquiera cumplía con el perfil técnico necesario para el cargo. Luego intentó corregir el rumbo trayendo a un funcionario desde Lima, presentado como el especialista que reorganizaría el sistema. Duró menos de dos meses. Otra señal de improvisación.

Las fotopapeletas electrónicas para sancionar a conductores que estacionan en zonas rígidas también quedaron en el terreno de las promesas incumplidas. El resultado es una ciudad más saturada, con calles colapsadas y un transporte público que sigue funcionando de manera caótica.

El desorden no solo se expresó en el tránsito vehicular. El Centro Histórico terminó convertido en un enorme mercado informal. Comerciantes ambulantes ocuparon calles, veredas y plazas sin que la municipalidad pudiera imponer autoridad. A ellos se sumaron camionetas y pequeños camiones que venden productos al paso y generan más congestión en las vías.

La imagen de una ciudad tomada por la informalidad terminó siendo uno de los símbolos de la gestión Rivera.

El municipio nunca pudo recuperar espacios públicos ni establecer una política sostenida de fiscalización. Los operativos eran esporádicos y el comercio informal volvía a instalarse horas después.

Paradójicamente, donde sí puso especial interés la gestión fue en el saneamiento físico-legal de invasiones y asociaciones de vivienda. Para varios regidores, detrás de esa política existía también un evidente cálculo político y electoral.

La apuesta apuntaba a fortalecer la presencia de César Acuña Peralta y de figuras vinculadas a Alianza para el Progreso⁠ en sectores populares.

Sin embargo, el resultado político tampoco acompañó. En las elecciones generales, Acuña obtuvo una votación marginal en Arequipa. El capital político que Rivera esperaba construir nunca apareció.

Suárez Llerena reconoce, no obstante, algunos aspectos positivos de la gestión. Destaca la mejora en la recaudación tributaria y la culminación de obras heredadas, como el asfaltado de la avenida Jesús y la conclusión del intercambio vial Bicentenario, que había quedado inconcluso desde la gestión de Candia.

Pero incluso esos avances terminan opacados por la ausencia de proyectos emblemáticos propios.

Rivera deja pendiente el puente Umapalca, pese a que ya existía expediente técnico; tampoco avanzó el intercambio vial de Guardia Civil ni logró consolidar el nuevo Plan de Desarrollo Metropolitano (PDM) documento clave para definir el crecimiento urbano de Arequipa.

Lo que sí abundó fueron los reasfaltados y readoquinados de avenidas como Independencia, Jorge Chávez, Andrés Avelino Cáceres, San Jerónimo y Juan de la Torre. Obras rutinarias, necesarias quizá, pero insuficientes para una ciudad que enfrenta problemas estructurales cada vez más graves.

Otro de los puntos críticos fue el manejo interno de la municipalidad. La comuna provincial continúa arrastrando una pesada carga económica: cerca del 70% de su presupuesto está comprometido en planillas y gastos corrientes.

Apenas un 30% queda para inversión en obras y proyectos. Una estructura financiera que, según varios especialistas, hace inviable cualquier intento serio de modernización.

En resumen, Rivera deja una ciudad más congestionada, más informal y sin grandes proyectos de transformación en marcha. Su gestión termina marcada por la sensación de tiempo perdido.

En los próximos meses, la nueva alcaldesa, Ruccy Oscco, tendrá el reto de intentar recuperar algo de orden. Si logra liberar las calles del Centro Histórico del comercio ambulatorio ya habrá dado un paso importante.

Pretender que en ocho meses resuelva el colapso del transporte, la falta de vías y el crecimiento descontrolado de la ciudad sería vender falsas esperanzas.

El principal problema que deja Rivera no es solo la ausencia de obras. Es haber desperdiciado tres años y cuatro meses sin iniciar la transformación que Arequipa necesitaba.

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