¿Pensamos el Perú con palabras prestadas?

Cuando hablamos de nuestro pasado y presente recurrimos, casi sin notarlo, a conceptos que aprendimos en la escuela, en la universidad o en los libros de historia. Decimos imperio, señor, religión, sacrificio, progreso, civilización, desarrollo, modernidad. Palabras útiles y necesarias. Pero el asunto no es preguntarnos de dónde vienen esas palabras y si, por sí solas, alcanzan para comprender una historia tan compleja como la nuestra.
Entonces aparece la duda. ¿Cuántas de las ideas con las que interpretamos el Perú fueron pensadas originalmente para explicar otras sociedades? Quizá allí comiences a entender una forma silenciosa de extractivismo. No el que extrae minerales o recursos naturales, sino el que termina convenciendo a un pueblo de que solo puede comprenderse utilizando las palabras de otros.
Durante generaciones aprendimos que el reconocimiento parecía encontrarse siempre un poco más lejos del lugar donde habíamos nacido. Primero fue la corte virreinal; después, la República centralista. Siempre la brújula continúa apuntando hacia el mismo centro.
No era únicamente un asunto geográfico. Era una manera de imaginar el prestigio. El Callao fue mucho más que un puerto: por allí salían las riquezas de esta tierra y también entraban mercancías, modas, ideas y una convicción de que aquello que venía de afuera poseía un valor especial.
Quizá por eso buscamos con entusiasmo al abuelo europeo en el árbol genealógico, mientras ocultamos al que hablaba quechua. Celebramos que un extranjero descubra el valor de un sitio arqueológico o que un chef internacional elogie nuestra cocina, como si necesitáramos esa validación para reconocer el valor de lo que siempre estuvo con nosotros.
Muchas veces esa fue una estrategia para sobrevivir, estudiar, trabajar o evitar la discriminación. En ese camino aprendimos a decir, con facilidad, que somos mestizos, pero pocas veces nos detenemos a pensar qué significa realmente esa palabra. José María Arguedas comprendió que el mestizaje también podía doler. No porque mezclar culturas fuera un problema, sino porque durante mucho tiempo aprendimos que unas raíces otorgaban prestigio y otras convenía mantenerlas en silencio.
Tal vez por eso todavía nos cuesta responder quiénes somos. No porque seamos demasiado diversos, sino porque nos enseñaron a ordenar esa diversidad en una escala de mayor y menor valor.
Esa historia también aparece en nuestros gestos cotidianos. La chacota, el chisme, las bromas sobre el vecino, la ciudad de al lado o el acento diferente. Repetimos frases como «tu envidia es mi progreso», «el vivo vive del tonto» o «así somos los peruanos», como si el humor pudiera explicar aquello que nunca terminamos de conversar.
Incluso el chisme no habla del vecino; habla de nuestros propios miedos. A veces la envidia no nace del éxito ajeno, sino de la dificultad para reconciliarnos con nuestra propia historia. Y los prejuicios terminan convirtiéndose en pequeñas murallas invisibles: entre Lima y las regiones, entre costa y sierra, entre lo moderno y lo tradicional, entre lo extranjero y lo propio.
Quizá por eso la pregunta inicial sigue teniendo sentido: ¿pensamos el Perú con palabras prestadas? Pensar críticamente no consiste en cambiar palabras. Es reconocer que toda mirada tiene un punto de partida y que ninguna posee el monopolio de la verdad.
Tal vez descolonizar el pensamiento no sea aprender respuestas nuevas, sino recuperar el derecho a formular preguntas propias. Preguntas sobre nuestra historia nacional, pero también sobre nuestra historia familiar; sobre aquello que heredamos sin discutir y sobre las emociones con las que seguimos viviendo el presente.
Porque las personas y los pueblos también maduran cuando aprenden a conocerse con honestidad. Y quizá el primer paso para hacerlo no sea hablar más fuerte, sino escucharnos mejor.
