Demasiados candidatos, ¿qué pasa con la democracia?
Por Carlos Meneses
Porque cuando hay demasiados candidatos y pocas propuestas serias, la democracia no necesariamente se fortalece: puede terminar perdiéndose, precisamente, aquello que debería ser lo más importante, la capacidad del elector para elegir bien.
La política peruana vuelve a enfrentarse a una paradoja que se repite en cada proceso electoral: mientras más candidatos aparecen en la carrera, no necesariamente existen más opciones reales para el ciudadano. Por el contrario, una oferta electoral excesivamente fragmentada puede terminar confundiendo al elector, debilitando el debate de propuestas y convirtiendo la elección en una competencia de rostros, slogans y promesas difíciles de cumplir.
La pregunta cobra especial importancia en un escenario donde los problemas que enfrenta el país son cada vez más complejos y requieren respuestas concretas. Un ejemplo es la situación sanitaria que afecta a diversas regiones de la costa norte y Loreto. El Ministerio de Salud reporta alrededor de 44 mil casos de enfermedades asociados, entre otros factores, a las elevadas temperaturas y al déficit en el abastecimiento de agua potable.
No estamos frente a un problema menor. Cuando una población no cuenta con agua suficiente y segura, aumentan los riesgos de enfermedades gastrointestinales, infecciones y otros males vinculados con las deficientes condiciones sanitarias. A ello se suma el impacto del calor extremo, que crea condiciones favorables para determinados problemas de salud y agrava la vulnerabilidad de niños, adultos mayores y personas con menores recursos.
Frente a esta realidad, el ciudadano debería escuchar de los candidatos mucho más que discursos generales. Debería conocer qué harán para garantizar agua potable, fortalecer los servicios de salud, mejorar el saneamiento y prevenir los efectos de las altas temperaturas. Sin embargo, cuando la competencia electoral se multiplica sin que exista una verdadera diferencia programática, los problemas urgentes pueden quedar relegados por la disputa política.
Tener muchos candidatos no es, por sí mismo, negativo. La pluralidad es parte fundamental de una democracia. El problema aparece cuando la cantidad reemplaza a la calidad, cuando las candidaturas se convierten en proyectos personales y cuando el elector termina enfrentado a una larga lista de nombres sin elementos suficientes para distinguir capacidades, antecedentes y propuestas.
En una democracia saludable no debería importar cuántos candidatos hay, sino cuántos tienen una propuesta seria y viable para resolver los problemas de la población. La elección no debe convertirse en un concurso de popularidad ni en una guerra de propaganda.
El ciudadano merece información, debate y propuestas concretas. Y los candidatos tienen la obligación de demostrar que buscan administrar el poder para solucionar las necesidades de la gente, no simplemente llegar al poder.
