LA DIVERSIDAD QUE NOS HACE HUMANOS
Por Ricardo Lucano.

Hay fechas que parecen neutrales hasta que cuestionamos cómo las nombramos. El 12 de octubre es una de ellas. Durante años lo aprendimos como «Día de la Raza», pero las palabras cambian porque también cambian nuestras ideas. Hoy sabemos que no existen razas humanas biológicamente separadas: somos una sola humanidad, aunque culturalmente seamos diversos.

Lo que sí existe son múltiples pueblos, lenguas, memorias e historias. Ninguna cultura es superior por naturaleza a otra. Cada una representa una experiencia humana singular, construida durante generaciones y enriquecida por conocimientos, costumbres y maneras de comprender el mundo.

En el Perú, esta fecha se denomina Día de los Pueblos Originarios y del Diálogo Intercultural. El cambio no es solamente de nombre: expresa la necesidad de reconocer una diversidad que durante mucho tiempo fue relegada o mirada desde prejuicios heredados.

El verdadero desafío, sin embargo, consiste en cambiar nuestra manera de comprender al otro. Las reflexiones de Aníbal Quijano sobre la colonialidad del poder nos ayudan a reconocer las jerarquías históricas que todavía condicionan nuestras relaciones. Emmanuel Lévinas, por su parte, nos invita a reconocer al otro sin reducirlo a nuestras propias ideas.

Durante mucho tiempo se construyó un estereotipo: para ser considerado auténtico miembro de un pueblo originario, había que vivir en el campo, ser pobre y permanecer anclado en el pasado. Pero las culturas también migran, se transforman y encuentran nuevas maneras de expresarse.

Un médico aimara, una ingeniera quechua o un abogado awajún no dejan de pertenecer a sus pueblos por ejercer una profesión o vivir en una ciudad. La educación, la ciencia y la universidad pueden ser herramientas para fortalecer sus comunidades y defender sus derechos, no razones para renunciar a su identidad.

Tampoco se trata de convertir a los pueblos originarios en reliquias de museo. Son sociedades vivas, con conocimientos, aspiraciones, conflictos y contradicciones, como todas las sociedades humanas.

Pero hay algo que no deberíamos perder de vista: la homogeneización, cuando pretende borrar las diferencias, puede convertirse en una forma de extinción cultural. Cada lengua que deja de transmitirse y cada cultura que pierde las condiciones para continuar su existencia representan una experiencia humana irrepetible que se apaga.

Debemos evitar, hasta donde nos sea posible, que cualquier lengua o cultura del planeta quede amenazada por ese aterrador fantasma de la extinción. No porque las culturas deban permanecer inmóviles, sino porque ninguna debería verse obligada a desaparecer para que otra prevalezca.

Si una lengua milenaria se extingue, no perdemos solamente palabras: también se debilita una manera particular de nombrar, recordar e interpretar el mundo. Su desaparición empobrece a la humanidad de una manera difícil de reparar.

Quizá de eso se trate finalmente el 12 de octubre: de aprender a convivir sin jerarquías heredadas y sin pretender que todos pensemos, hablemos o vivamos de la misma manera. La identidad no es una jaula, sino memoria, pertenencia y posibilidad.

Somos una sola raza humana, pero muchas maneras de ser. Preservar esa diversidad no nos divide: nos enriquece.

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