Atrapado en la avenida Ejército
Por: Óscar Condori Ochochoque

Estoy atrapado. Llevo más de media hora metido en el embotellamiento de la avenida Ejército y ya perdí la cuenta de cuántas veces el semáforo cambió de verde a rojo sin que avanzáramos más de dos metros. El chofer tiene la ventana abierta, el brazo fuera, y mira el mar de carros como si esperase que alguien le pidiera perdón. Alrededor, todo es bocina, humo y paciencia crispada. Una

combi se cruza de costado para ganar un puesto. Una mototaxi se cuela entre los autos como si la pista fuera un laberinto unipersonal. Un vendedor de golosinas esquiva espejos con una bandeja sobre la cabeza. Y yo, desde el asiento de atrás, solo atino a mirar a uno y otro lado.

Entonces veo a una señora mayor con dos bolsas del mercado. Quiere cruzar. Nadie para. Los autos pasan rozándola, como si no existiera. Hasta que un chico en un auto viejo levanta la mano y le cede el paso. La señora cruza, sonríe apenas, y el chico arranca sin aspavientos. Por unos segundos, la avenida parece respirar. Otro conductor deja entrar a un auto que esperaba. Una combi respeta su carril. Y aunque el embotellamiento sigue igual de denso, algo distinto ocurre: por un momento, dejamos de ser rivales.

Ahí, atrapado y sin nada más que hacer, me pongo a pensar. Y me convenzo de algo: el tráfico no es solo un problema de autos. Es un espejo de cómo nos relacionamos. Es una convivencia forzada donde cada uno cree que su apuro es el único válido. Por eso toco el claxon, por eso me meto, por

eso invado la zebra. Pero el resultado es siempre el mismo: queriendo ganar un segundo, perdemos todos una hora.

Hay dos errores que repetimos una y otra vez. El primero es creer que el otro es el obstáculo. El de adelante es lento, el de al lado es un abusivo, el peatón es un imprudente. Nunca nosotros. Nos cuesta aceptar que también somos parte del nudo. El segundo error es respetar las reglas solo cuando conviene. Si nadie me ve, cruzo en rojo. Si el carril está libre, lo invado. Si puedo ahorrarme la cola, me meto. No es que no sepamos las reglas; es que aprendimos a negociarlas según nuestra prisa. Y una ciudad donde cada uno negocia las reglas a su favor termina siendo una ciudad donde nadie avanza.

Por eso quiero decirlo claro: el tráfico no se arregla solo con más pistas, más buses o más policías. Eso ayuda, pero no basta. Se arregla también con pequeñas decisiones. Ceder una vez. Respetar una luz. No bloquear el cruce. No gritar. Entender que el otro también tiene una historia, también va cansado, también quiere llegar. Ceder no es perder. Ceder es destrabar. Y si cada uno hace su parte, aunque sea mínima, el caos empieza a ordenarse.

Sigo atrapado en la avenida Ejército. El chofer sigue con el brazo afuera. Las bocinas no paran. Pero ya no me desespera igual. Porque entendí que este embotellamiento no es solo un problema de la ciudad: es una prueba diaria de si sabemos vivir juntos. Y hoy, aquí, creo que estamos fallando. Pero también creo que podemos empezar a aprobar con gestos tan simples como levantar la mano y dejar pasar a alguien.

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