PENSAR ANTES DE REPETIR
Por: Ricardo Lucano

Hay algo que debería preocuparnos: la facilidad con que algunas palabras cambian de significado en la conversación pública. Basta escucharlas repetidamente desde las más altas esferas del poder para que, en pocas semanas, comiencen a circular en nuestras conversaciones cotidianas como si siempre hubieran sido verdades evidentes.

Hoy, en determinados discursos políticos, la palabra «ideología» parece haberse convertido en una expresión sospechosa, casi una mala palabra. Se repiten también términos como «obstruccionista», «caos» y «provocador» para referirse a determinadas personas o posiciones. Cabe preguntarnos: ¿estamos examinando racionalmente lo que sucede o aprendiendo a juzgar mediante palabras que otros han elegido por nosotros?

No se trata de negar que existan actos violentos ni de justificar conductas  cuestionables. Se trata de algo más sencillo: pedir pruebas antes de aceptar una acusación. Cuestionar al Gobierno no convierte automáticamente a nadie en enemigo del país, así como defender el orden establecido no garantiza que todas las decisiones tomadas en su nombre sean justas.

El sociólogo Pierre Bourdieu estudió cómo el poder también se ejerce mediante las palabras: quien consigue imponer una manera de nombrar las cosas puede influir en cómo los demás las entienden. No necesitamos ser especialistas para reconocer el problema: las palabras no solo describen la realidad; también pueden orientar nuestra manera de comprenderla.

Una ideología no es simplemente una idea ni una opinión aislada. Es un sistema organizado de ideas, creencias y valores que nos permite interpretar la sociedad, establecer lo que consideramos justo y orientar nuestras acciones. Esos son los ladrillos con los que construimos nuestra concepción del mundo. Las ideologías pueden ser políticas, religiosas, económicas o culturales. Nadie queda al margen de ellas por declararse neutral.

Por eso, quienes gobiernan también tienen una concepción ideológica de la sociedad, del orden, de la autoridad y de la justicia. La cuestión no es asumir que la palabra ideología es una falta, sino examinar sus fundamentos y sus consecuencias. Llamar «orden» a una determinada visión del mundo no la convierte en una verdad indiscutible ni la libera del examen crítico.

Lo incorrecto es cuando una posición particular se presenta como la única fórmula razonable y las demás son descalificadas antes de ser escuchadas. Repetir una afirmación la hace familiar, pero no necesariamente verdadera. Una acusación no se convierte en verdad por repetirse mil veces. Del mismo modo, una afirmación verdadera no deja de serlo por expresarse una sola vez.

Algo semejante ocurre cuando dejamos de escuchar los argumentos y nos quedamos únicamente con las etiquetas que otros le han puesto. Ya no examinamos lo que dice, propone o hace una persona: nos basta con saber cómo nos han enseñado a calificarla. Así podemos rechazar a alguien sin conocer sus razones o aceptar una acusación sin preguntarnos si está demostrada.

Por eso, más que aprender nuevas consignas, necesitamos recuperar una costumbre que nunca debimos perder: preguntar, contrastar y pensar por cuenta propia. Podemos equivocarnos; lo importante es conservar la disposición a revisar nuestras convicciones reflexionando continuamente.

Al fin y al cabo, la libertad no consiste solamente en poder participar. La libertad exige conservar la capacidad de pensar antes de repetir ideas solamente.

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