Como los elefantes
Por Úrsula Angulo

SIN AMBAGES

Como la canción para niños. Esa que cuenta que un elefante se balanceaba feliz de la vida en una tela de araña y, como veía que no pasaba nada, le dijo a otro elefante: «Ven, esto está divertido, no pasa nada, nadie dice nada». Y convencido de que nadie iba a decir nada, pues dos elefantes se balanceaban en la telaraña que podría romperse, pero no pasa nada, nadie dice nada. Y así llamaron a más elefantes, porque no pasa nada.

Es exactamente así. Veo en una calle angosta y con líneas amarillas a cada lado que una persona estaciona su carro ahí, paralelo a la vereda. Se baja, saca el cobertor de la maletera y lo extiende sobre el auto. Está listo para dejarlo todo el día precisamente donde no se puede estacionar. A los elefantes nadie les decía nada, y a él tampoco. Empieza la congestión de autos, unos esquivan a otros, pero todos se aseguran de que el muchacho tenga el espacio suficiente para tapar bien su auto, hace mucho sol.

Y hay tantos ejemplos similares. Estos son los elefantes que hacen lo que quieren. En la canción infantil, los elefantes son muy simpáticos, nunca llegamos a descubrir las consecuencias porque la canción puede hacerse interminable: esa telaraña puede resistir cientos de elefantes, todo depende del número hasta el que los niños han aprendido a contar. En la vida real, tampoco llegamos a descubrir las consecuencias, porque no las hay.

Así estamos. Pareciera que cada quien hace lo que quiere porque sabe que puede hacerlo: quienes deberían llamar la atención o, finalmente, multar no lo hacen. Falta de autoridad o simplemente pereza. Cualquiera de las dos o ambas. De una u otra manera, esta costumbre ya se extendió demasiado.

Quizá podemos probar a decir algo nosotros. Se me ocurre que la canción llega a cierto número de elefantes y el siguiente, en lugar de balancearse también en la telaraña, les dice: «Un momentito, esto no está bien. Se va a romper esa telaraña; allí no pueden balancearse». Nosotros podemos ser como ese elefante. Decir algo, solo eso, de una manera muy apropiada, muy cortés, pero decir algo. Solo mover la cabeza de un lado a otro en señal de desaprobación no es suficiente. Esa complicidad les funciona a los elefantes simpáticos de una canción; pero en nuestra realidad, esa complicidad no es bonita, no hace bien. Podríamos decir algo; no se trata de reprender a nadie, sino de decir un par de palabras que inviten a la reflexión, nada más, como el elefante con sentido común que quizá sí aparece al final de la canción.

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