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	<title>Francisco Martínez Hoyos &#8211; Diario El Pueblo</title>
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	<description>Verdad Justicia y Libertad</description>
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	<title>Francisco Martínez Hoyos &#8211; Diario El Pueblo</title>
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		<title>Muy breve historia del Indigenismo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 08 Jul 2026 05:10:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[CULTURA]]></category>
		<category><![CDATA[Francisco Martínez Hoyos]]></category>
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					<description><![CDATA[Por: Francisco Martínez Para Henri Favre, Cristóbal Colón sería el primer indigenista por la manera]]></description>
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<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por: Francisco Martínez</h4>



<p>Para Henri Favre, Cristóbal Colón sería el primer indigenista por la manera idealizada en que habla de los nativos. Pero, en sentido restringido, indigenismo es un movimiento político, social y cultural que surge en la segunda mitad del siglo XIX.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>La querella del indio</strong>.</h3>



<p>Comencemos por el sentido amplio. Poco después de la conquista, diversos religiosos denuncian la explotación que sufren los indígenas a manos de los colonizadores. En 1512, Montesinos pronuncia un memorable sermón contra los abusos de los españoles. Fray Bartolomé de las Casas se convertirá en el defensor por excelencia de los nativos, enfrentándose a partidarios de la conquista como Ginés de Sepúlveda. En esta apasionada controversia intelectual, lo que está en juego son los elementos de legitimación del dominio hispano en el Nuevo Mundo.</p>



<p>Más tarde, a lo largo de los siglos XVII y XVIII, encontramos otras manifestaciones de este “indigenismo histórico”. El religioso agustino Juan Zapata y Sandoval, por ejemplo, defiende el derecho de los indígenas a ocupar cargos públicos. Por otra parte, los autores criollos se apropian del pasado precolombino para demostrar que ellos no tienen nada que envidar los europeos en cuanto antigüedad.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>La independencia</strong></h3>



<p>Al estallar los movimientos secesionistas de principios del siglo xix, los libertadores se plantean cómo incorporar a la masa indígena a los nuevos estados. Lo harán desde una perspectiva asimilacionista: no había que hablar de blancos o indios sino sólo de mexicanos, peruanos, etc. En adelante, se supone, el criterio de diferenciación no residirá en la raza sino en la riqueza económica.</p>



<p>Para justificar la emancipación de la metrópoli española, la burguesía criolla recurrirá a la mitificación de la historia precolombina. Con la finalidad de establecer una continuidad entre Perú y México y los antiguos incas y aztecas. Cuahutemoc y Atahualpa se convierten en figuras reverenciadas, aunque los indios que en esos momentos están vivos se ven reducidos a la condición de ciudadanos de segunda categoría. La denominada “leyenda negra” se revela extraordinariamente funcional para los propósitos independentistas: la separación de España se justifica, entre otras razones, como un medio de vengar los desafueros cometidos por los conquistadores.</p>



<p>No hay que olvidar, además, de que libertadores como Francisco de Miranda se inspira en las raíces indígenas del continente para trazar sus proyectos políticos. El Precursor venezolano incluso llega imaginar un Inca o soberano hereditario según el modelo británico de monarquía constitucional.</p>



<p>Las repúblicas surgidas de la independencia son creaciones de blancos y para blancos. Su heterogeneidad racial será vista como un lastre para el progreso. El indio, se dice, es indolente y vicioso, aunque no necesariamente se afirma que lo sea por naturaleza. Por ello surgen iniciativas para blanquear la población a través del flujo de emigrantes europeos, si es que no se recurre a la represión abierta contra las comunidades nativas. &nbsp;Éstas protagonizaran diversos levantamientos contra los blancos, interpretadas sistemáticamente por el pensamiento de los intelectuales oficiales en términos de lucha de la barbarie, la de unos pueblos atrasados, contra la civilización.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>Indigenismo y nacionalismo</strong></h3>



<p>Frente a las corrientes racistas se alzan los que ven en los indios las esencias más puras del país. Así, se contrapone el Perú blanco de la costa al de la sierra, que sería el auténtico. Según el telurismo, el indio encarna las fuerzas de la naturaleza que forman la identidad colectiva.</p>



<p>Ante la necesidad de homogeneizar una población escindida en castas, se plantea incorporar a los indígenas a la comunidad nacional a través de la educación. Lo que implica, por supuesto, que el fin último es que el indio deje de ser indio. El mexicano Vasconcelos propondrá la creación de una raza mestiza que, en su opinión, deberá llevar a la humanidad a un estadio de plenitud.</p>



<p>Frente a la tendencia culturalista, pensadores marxistas, como Mariátegui, denuncian que el verdadero problema es de raíz económica: Los nativos se encuentran sometidos al despotismo de la oligarquía latifundista. Para emanciparles, lo que hay que hacer es transformar la distribución de la propiedad agraria. &nbsp;Por otra parte, los autores comunistas tienden a ver en las comunidades nativas una manifestación precursora de sus ideales colectivistas.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>Del indigenismo al indianismo</strong></h3>



<p>Entre 1920 y 1970, de la mano de los intentos de modernización, el indigenismo va a ser la ideología oficial del Estado intervencionista. Es lo que sucede en el México posterior a la revolución y también en Perú, donde se crea el Departamento de Asuntos Indígenas. Los efectos de las políticas estatales serán ambivalentes, ya que, si bien se acaba con la antigua sumisión feudal, esta se sustituye por la dependencia respecto al partido libertador. Los indios acceden a la tierra, pero la posesión de la misma no acostumbra a estar definida en términos satisfactorios. En México, por ejemplo, los campesinos sólo disfrutaran de su usufructo.</p>



<p>Con la crisis del estado asistencialista, el indigenismo entra en crisis. Desarrollado a partir de 1970, el indianismo pretende ser una alternativa al mismo genuinamente india, no una mera reflexión criolla y mestiza. Dicho de otro modo: el indianismo piensa desde dentro, el indigenismo desde fuera.</p>



<p>Citar, para concluir este veloz recorrido, la aparición de un indigenismo literario como el representado, en Perú, por Clorinda Matto de Turner, autora de la célebre novela “Aves sin nido”, o Ciro Alegría. En Bolivia destaca Alcides Arguedas y en Ecuador Jorge Icaza. Pero, a menudo, lo que encontramos es una literatura lastrada por su externalidad respecto a la problemática india, hecha por autores urbanos con poca comprensión del mundo rural. Aunque ello no les impide hacer pasar sus creaciones por supuestos documentos etnográficos. &nbsp;Esta corriente, según sus críticos, produjo libros en exceso localistas, sin interés para lectores ajenos a su contexto social.</p>
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		<title>La Pompadour peruana</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 15 Jan 2025 05:11:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[CULTURA]]></category>
		<category><![CDATA[Francisco Martínez Hoyos]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Francisco Martínez Hoyos Si hubiera nacido en la Roma de Julio César o en]]></description>
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<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por Francisco Martínez Hoyos</h4>



<p>Si hubiera nacido en la Roma de Julio César o en la Atenas de Pericles, seguramente los historiadores dudarían de su existencia. Afirmarían, por ejemplo, que sus peripecias biográficas responden a la imaginación de los cronistas. Pero, como vivió en el siglo XVIII, nadie cuestiona la realidad de Micaela Villegas (1748-1819). Aunque algunos autores si se han atrevido a negar sus amores con Manuel Amat, llevados por un ultraespañolismo que les impedía admitir cualquier cosa que empañara la reputación del polémico virrey. Sin embargo, poco más es lo que sabemos de la biografía de esta diva de la escena limeña.</p>



<p>A falta de mayores noticias, la historiadora catalana Gisela Pagés, en “Micaela Villegas, La Perricholi” (Arpegio, 2011), apenas puede dedicar veinte páginas a la figura de carne y hueso mientras que emplea más del doble en analizar las diversas versiones de su mito. Unos la han imaginado serrana, pero podemos afirmar con seguridad que provenía de una importante familia de Arequipa venida a menos. Precisamente por los problemas económicos de su familia, Micaela se vio obligada a subirse a los escenarios, en los que pronto destacó por su gracia. Sin embargo, su salto a la fama se produciría gracias al apoyo del virrey, un gobernante que, no en vano, había reactivado las artes dramáticas en la Ciudad de los Reyes. No obstante, se desconocen los pormenores del romance: sólo contamos con datos imposibles de verificar. Se sabe que la pareja tuvo un hijo, Manuelito, pero ha sido imposible hallar su partida de bautismo. En cuanto al apelativo de la cómica, se ha fantaseado sobre si quiere decir “perra chola” o más bien es una expresión de cariño. Versiones para todos los gustos, en fin.&nbsp;</p>



<p>Pero si el personaje real se nos escapa, no sucede lo mismo con la mujer legendaria a la que se atribuyen toda suerte de comportamientos excéntricos. En cuanto se marchó Amat del Perú, las plumas satíricas, contenidas hasta ese momento por el miedo a la represión, tuvieron el campo libre para criticar toda suerte de episodios íntimos. Sus invectivas traslucían la cosmovisión de un mundo en el que era inconcebible que una simple comedianta, a la que, para mayor INRI, se le atribuía impureza racial, alternara con las grandes damas de la buena sociedad de igual a igual. ¿Una virreina chola? ¡Horror!</p>



<p>A partir de aquí, no faltarían poemas, novelas, ensayos, películas y hasta ballets con los que recrear el fasto y la sensualidad de la Pompadour peruana, hasta convertirla en una encarnación de la etapa colonial, interpretada en función de diversos intereses e ideologías.&nbsp; Así, desde una óptica nacionalista, ella simboliza la rebelión autóctona contra el dominio español. Gracias a sus armas de mujer, Micaela consigue dominar al todopoderoso virrey, con lo que invierte la tradicional relación de dominio entre la población mestiza e indígena y las autoridades blancas. El episodio en que se pasea por la Lima en una lujosa carroza, para disgusto de las damas de la aristocracia, representa esta faceta transgresora.</p>



<p>Por otra parte, desde posiciones feministas, la Perricholi sería una adelantada a su tiempo en tanto mujer independiente, una empresaria teatral capaz de mantenerse con sus propios recursos, y de convertirse la tan denostada profesión de cómica en un motivo de orgullo. Aunque, antes de convertirla en adalid de las causas progresistas del presente, hay que tener muy presente que también compartía las convicciones de la época. Su autoritarismo al impedir la boda de su hijo con una criada refleja la mentalidad de una persona que, más que rebelarse contra la sociedad, deseaba subir de la base a la cumbre de su pirámide.</p>



<p>Tampoco faltó quién la imaginara como el arquetipo de la limeña coqueta y sensual. Gisela Pagés, en su documentadísima biografía, plantea convincentemente que Prosper Mérimée la utilizó para esbozar lo que acabaría siendo el personaje de Carmen, la implacable devorahombres, la mujer fatal por excelencia, con su carácter independiente y su sexualidad incontrolable. En esta línea, el escritor galo presenta en “Le Carrosse du Saint Sacrement” (1829) a una joven que sabe muy bien cómo utilizar sus encantos para alcanzar sus propósitos. Su caracterización viene a sintetizar los tópicos europeos sobre los países hispanos, esos territorios semisalvajes en los que cualquiera podía adentrarse en busca de emociones fuertes.</p>



<p>Pero, con los años, la diosa de la sensualidad devino en la católica devota entregada a las obras de caridad. Surge de esta forma la pecadora arrepentida, muy en la línea de ciertas figuras de la tradición española como don Miguel de Mañara, el libertino que acabó sus días transmutado en ejemplo de piedad. Esta dimensión de fe aproxima a Micaela a la otra gran peruana universal, Santa Rosa de Lima.</p>



<p>A la luz de nuestros conocimientos, no parece desatinado suponer que las leyendas en torno a la Perricholi sean, por decirlo con las palabras del recientemente fallecido Eric J.Hobsbawm, una “tradición inventada”, es decir, un relato mítico con el que legitimar la nación, en tanto que personificación de unas supuestas esencias, las del “Perú eterno”. Por eso mismo, no es extraño que la mitología patriótica haya imaginado a su hijo desempeñando un papel en la lucha por la emancipación respecto a España. En concreto, como uno de los firmantes del acta de independencia. Micaela, convertida en un “Cid mestizo y con faldas”, abandonaba así los dominios de lo histórico para adentrarse en el ese terreno resbaladizo, pero fascinante, donde lo real y lo ficticio se unen para no separarse jamás.</p>
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