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	<title>Javier Del Río Alba &#8211; Diario El Pueblo</title>
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	<description>Verdad Justicia y Libertad</description>
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	<title>Javier Del Río Alba &#8211; Diario El Pueblo</title>
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		<title>LA CONFIRMACIÓN</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 21 Jun 2026 05:19:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Javier Del Río Alba]]></category>
		<category><![CDATA[RELIGION]]></category>
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					<description><![CDATA[Por: Javier Del Río Alba Arzobispo de Arequipa Como cada año, también este 2026 miles]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por: <strong>Javier Del Río Alba</strong> <strong>Arzobispo de Arequipa</strong></h4>



<p>Como cada año, también este 2026 miles de adolescentes han comenzado a prepararse para recibir el sacramento de la Confirmación, a través del cual Dios les enviará en plenitud el Espíritu Santo, como sucedió con los apóstoles el día de Pentecostés. La Confirmación nos introduce más profundamente en la filiación divina, nos une más firmemente a Cristo y a la Iglesia y nos capacita para difundir y defender la fe, con nuestras palabras y nuestras obras, como verdaderos testigos de Jesucristo muerto y resucitado. La Confirmación, entonces, lleva a plenitud el Bautismo y requiere una adecuada preparación y posterior acompañamiento para que el don que transmite pueda dar fruto en la vida del confirmado.</p>



<p>Los católicos suelen hacer que sus hijos sean bautizados durante los primeros meses de nacidos. Al hacerlo, los padres y padrinos se comprometen a transmitirles la fe y a cuidar que la vida divina que el pequeño recibe por el Bautismo vaya creciendo en él a través del tiempo. Cumpliendo con ese compromiso, los mismos padres y padrinos deben estar atentos para que, al llegar a la adolescencia, el bautizado acuda a las catequesis para la Confirmación y reciba este sacramento. Su responsabilidad, sin embargo, no termina ahí, sino que incluye la grave tarea de custodiar que su hijo o ahijado, una vez confirmado, viva con coherencia la fe cristiana. Lamentablemente, muchas veces los padres y padrinos olvidan esta tarea y abandonan a los adolescentes justamente cuando, por las circunstancias propias de la edad, más los necesitan para estos efectos. Sería bueno, entonces, que los adultos nos preguntemos si estamos o no cumpliendo con nuestra responsabilidad como padres o padrinos; y si descubrimos que no lo estamos haciendo bien, pidamos a Dios que nos ayude a asumir la misión que nos corresponde.</p>



<p>En cuanto a los adolescentes que se están preparando para recibir la Confirmación, es preciso recordarles que el Espíritu Santo que recibirán a través de este sacramento es un don, un regalo de Dios, que requiere ser custodiado y alimentado para que la vida divina crezca cada vez más en ellos. Para eso, la Iglesia nos brinda cuatro medios. El primero es la oración. Es muy importante rezar, aunque sea un poquito cada día en casa, para darle gracias a Dios por todo lo que nos da y pedirle que nos conceda ser buenos cristianos. El Papa Francisco aconsejaba leer cada día un párrafo de la Biblia y meditarlo. El segundo medio es participar en la Misa, al menos los domingos, porque al recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo recibimos su mismo ser en nosotros; para ello es también preciso que acudamos periódicamente al sacramento de la Confesión, a través del cual Dios restablece en nosotros la gracia que perdemos por nuestros pecados. El tercer medio es participar activamente en la vida de la Iglesia, sea formando parte de un grupo parroquial, una comunidad o movimiento en el cual, junto con otros hermanos, avanzamos en la vida cristiana. El cuarto medio son las obras de misericordia o caridad, a través de las cuales la fe se hace operante y crece en nosotros hasta llevarnos a la vida eterna.&nbsp;Vivida así, la vida cristiana es un itinerario magnífico y sorprendente, que vale la pena recorrer.</p>
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		<title>EL CORAZÓN DE JESÚS Y EL PERÚ DE HOY</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 14 Jun 2026 05:22:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Javier Del Río Alba]]></category>
		<category><![CDATA[RELIGION]]></category>
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					<description><![CDATA[Por: Javier Del Río Alba Arzobispo de Arequipa Para los católicos, junio es el mes]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por: <strong>Javier Del Río Alba</strong> <strong>Arzobispo de Arequipa</strong></h4>



<p>Para los católicos, junio es el mes del Sagrado Corazón de Jesús. Ese corazón traspasado en la cruz por la lanza del soldado romano (<em>Jn</em>&nbsp;19,34), sobre el cual el profeta Zacarías había anunciado: «mirarán al que traspasaron» (<em>Zac</em>&nbsp;12,10) y muchos han escrito y predicado desde los inicios de la Iglesia hasta nuestros días. Así, por ejemplo, san Agustín enseñó que «en el costado de Cristo fue como abierta la puerta de la vida, de la cual brotaron los sacramentos de la Iglesia, sin los cuales no se entra en la verdadera vida» (<em>Comentario al Evangelio de San Juan</em>&nbsp;120,2). Siglos después, en el año 1932, cuando el mundo entero pasaba por una grave crisis económica y moral, que el Papa Pío XI calificó como la peor calamidad después del diluvio, el mismo pontífice exhortó a la Iglesia a recurrir al Corazón de Jesús, «a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia en el socorro oportuno» (<em>Caritate Christi compulsi</em>, 32). Y más recientemente, el Papa Francisco dijo que «el Corazón de Jesús es el símbolo por excelencia de la misericordia de Dios, pero no es un símbolo imaginario sino un símbolo real que representa el centro, la fuente, de la que ha brotado la salvación para la entera humanidad» (<em>Angelus</em>, 9.VI.2013).</p>



<p>Jesús de Nazaret, verdadero Dios y verdadero hombre, tiene un corazón humano inflamado de amor divino. Confiada en ese amor misericordioso, a lo largo de los siglos la Iglesia ha recurrido a su Sagrado Corazón en momentos de especial dificultad. También ahora quisiera invitarlos a recurrir a Él para pedirle por nuestro Perú que, como es sabido, desde hace ya demasiados años está atravesando uno de los tiempos más difíciles de su vida republicana. Como lo viene demostrando el actual proceso electoral, nuestro querido Perú está fracturado y polarizado. Seguir así sería condenar a nuestra patria a un terrible fracaso. Dejémonos colmar por el amor de Dios y, guiados por Él, trabajemos unidos por el bien común de la nación. Contemplemos el Corazón de Jesús, abierto por la lanza de nuestros pecados, pero no lo hagamos como un acto meramente devocional y vacío de contenido sino como un acto de fe a través del cual reconozcamos que también nosotros, con nuestro corazón humano, estamos llamados a amar con amor divino. Optemos por el amor que se exprese también en «las relaciones sociales, económicas y políticas» (Benedicto XVI,&nbsp;<em>Caritas in veritate</em>, 2).</p>



<p>Como nos pidió el Papa Francisco: «Mientras vemos que todo tipo de intolerancias fundamentalistas dañan las relaciones entre personas, grupos y pueblos, vivamos y enseñemos nosotros el valor del respeto, el amor capaz de asumir toda diferencia, la prioridad de la dignidad de todo ser humano sobre cualesquiera fuesen sus ideas, sentimientos, prácticas y aun sus pecados» (<em>Fratelli tutti</em>, 191). Elevemos nuestra mirada al Corazón abierto de Jesús en la Cruz, del cual, como ha escrito el Papa León XIV en estos días, «brota una fuente inagotable de paz y unidad para todo el género humano» (<em>Mensaje</em>, 12.VI.2026), y pidámosle con fe y confianza: Sagrado Corazón de Jesús, dame un corazón semejante al tuyo.</p>



<p></p>
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		<title>CORPUS CHRISTI</title>
		<link>https://diarioelpueblo.com.pe/2026/06/07/corpus-christi/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 07 Jun 2026 05:23:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Javier Del Río Alba]]></category>
		<category><![CDATA[RELIGION]]></category>
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					<description><![CDATA[Por: Javier Del Río Alba &#8211; Arzobispo de Arequipa Celebramos hoy la solemnidad del Cuerpo]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right"><strong>Por: Javier Del Río Alba</strong> &#8211; <strong>Arzobispo de Arequipa</strong></p>



<p>Celebramos hoy la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, más conocida por su nombre en latín:&nbsp;<em>Corpus Christi</em>. Esta fiesta nos remonta a la Última Cena, en la que, a través de algunos signos y palabras, Jesús anticipa lo que realizará poco después: su pasión, muerte y resurrección. Misterio de amor a través del cual Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, se entrega a la muerte por nosotros, para cumplir en plenitud la misión para la cual el Padre lo envió: el perdón de nuestros pecados en virtud de su sangre redentora. &nbsp;</p>



<p>En la Cruz, Jesús se entrega totalmente confiado a la voluntad de su Padre, porque sabe que su Padre no lo abandonará en la muerte. Y, ciertamente, Dios Padre acoge el sacrificio de su Hijo, lo resucita de entre los muertos y, llevándolo con Él al Cielo, el Padre y el Hijo nos envían desde ahí el Espíritu Santo, que los cristianos recibimos el día de nuestro bautismo y de nuestra confirmación. Es el mismo Espíritu que Dios envía a la Iglesia cada día, de modo especial cuando celebramos el sacramento de la Eucaristía, memorial de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.</p>



<p>La fiesta del&nbsp;<em>Corpus Christi</em>&nbsp;nos traslada al Cenáculo, el lugar donde se celebró la Ultima Cena, y al mismo tiempo nos recuerda la presencia permanente de Jesús entre nosotros; porque cuando Jesús subió al Cielo no se olvidó de la Iglesia, ni de la humanidad, sino que también se quedó en este mundo. Jesús de Nazaret, verdadero Dios y verdadero hombre, está realmente presente entre nosotros, en su cuerpo y en su sangre, en su alma y en su divinidad, en la hostia consagrada en la celebración de la Eucaristía. Por eso, en la santísima Eucaristía se encierra todo el bien espiritual de la Iglesia.</p>



<p>La fiesta del&nbsp;<em>Corpus Christi</em>&nbsp;nos recuerda que Dios nos ha creado para vivir en comunión con Él y con todos los hombres, y que Jesús instituyó la Eucaristía para que participemos de su victoria sobre el pecado y la muerte. En ese sentido, esta fiesta es también una invitación a participar siempre en la Misa dominical y a, debidamente confesados, recibir en ella la comunión eucarística para experimentar, en lo profundo de nuestro ser, que también nosotros, poco a poco, vamos siendo divinizados.</p>



<p>Finalmente, la fiesta del&nbsp;<em>Corpus Christi&nbsp;</em>nos recuerda también que la presencia real de Cristo está en los sagrarios de todos nuestros templos y capillas, y que Jesús espera ahí nuestra visita. Los momentos de intimidad con Jesús ante el sagrario nunca son tiempo perdido, porque estando ante Él, Jesús nos da su gracia para que podamos vivir santamente, ser felices en este mundo y, llegado el momento de partir, alcancemos con Él la gloria de la resurrección y vivamos con la Santísima Trinidad por toda la eternidad.</p>



<p></p>
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		<title>LA FUENTE DE LA VIDA</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 31 May 2026 05:25:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Javier Del Río Alba]]></category>
		<category><![CDATA[RELIGION]]></category>
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					<description><![CDATA[Por: Javier Del Río Alba &#8211; Arzobispo de Arequipa La Santísima Trinidad es la fuente]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por: Javier Del Río Alba &#8211; Arzobispo de Arequipa</h4>



<p>La Santísima Trinidad es la fuente de toda vida y la luz que ilumina todos los misterios de la fe cristiana, que no pueden ser conocidos si no son revelados por el mismo Dios (CEC 234-237). El&nbsp;misterio de la Santísima Trinidad nos ha sido revelado en Cristo, quien se manifestó como Hijo del Padre, uno con el Padre (Jn 10,30), y anunció el envío del Espíritu Santo. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: «El envío de la persona del Espíritu Santo tras la glorificación de Jesús, revela en plenitud el misterio de la Santísima Trinidad» (CEC 244): el único Dios verdadero, el Dios Uno es, al mismo tiempo, tres personas distintas pero de la misma naturaleza o substancia. No es que la divinidad esté repartida entre las tres personas, sino que cada una de ellas es enteramente Dios. No son tres modalidades del ser divino, sino tres personas reales y un solo Dios verdadero (CEC 253-254).&nbsp;&nbsp;</p>



<p>Dios Padre es amor pleno y perfecto. Podemos decir que esa es su esencia, su ser más profundo (1Jn 4,8); y como el amor es siempre expansivo, es decir que jamás se encierra en sí mismo, Dios Padre engendra, desde toda la eternidad, al Hijo y le confiere su misma naturaleza. Así lo decimos en el Credo, refiriéndonos a la segunda persona de la Trinidad: «engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre». El Hijo, entonces, también es amor pleno y perfecto y, por tanto, tampoco se encierra en sí mismo, sino que se dona, se entrega enteramente a su Padre, amándolo con todo su ser; y de esta mutua relación de amor pleno y perfecto, procede, también desde toda la eternidad, el Espíritu Santo, que es como el fruto del amor entre el Padre y el Hijo y al mismo tiempo el vínculo de ese amor y, por consiguiente, es de su misma naturaleza. Por eso en el Credo profesamos también que el Espíritu Santo «con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria». Las tres personas divinas, entonces, tienen la misma naturaleza: amor pleno y perfecto; y como el amor no divide sino que une, siendo tres personas distintas son uno, un solo Dios.&nbsp;</p>



<p>Dios, entonces, no es soledad, no es un ser aislado sino comunión interpersonal perfecta de amor. Aun más, sólo Él es la fuente de toda comunión verdadera. Ahora bien, este único Dios, uno y trino, movido por su amor, creó al hombre, varón y mujer, para que viviéramos en comunión con Él y en comunión entre nosotros y con la entera creación. «Quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él» (1Jn 4,16); por eso, en la perícopa sobre la vid y los sarmientos que nos transmite el evangelista Juan, Jesús insiste varias veces en decir a sus discípulos «permanezcan en mi amor» y continúa diciendo «ámense los unos a los otros como yo los he amado» (Jn 15). Sólo quien permanece en el amor de Dios puede amar a los demás y sólo quien ama a los demás tiene vida eterna; en cambio, «el que no ama permanece en la muerte» (1Jn 3,14). Dios es la fuente de la comunión y la fuente de la vida. Permaneciendo unidos a Él, como los sarmientos a la vid, comenzamos a experimentar, ya en este mundo, la vida eterna.&nbsp; &nbsp; &nbsp;</p>
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		<title>DIOS CUMPLE SU PROMESA</title>
		<link>https://diarioelpueblo.com.pe/2026/05/24/dios-cumple-su-promesa/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 24 May 2026 05:23:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Javier Del Río Alba]]></category>
		<category><![CDATA[RELIGION]]></category>
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					<description><![CDATA[Por: Javier Del Río Alba Arzobispo de Arequipa «Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por: <strong>Javier Del Río Alba</strong> <strong>Arzobispo de Arequipa</strong></h4>



<p>«Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre ustedes y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria y hasta los confines de la tierra» (<em>Hch</em>&nbsp;1,8). Con estas palabras antes de ascender al Cielo, Jesús anuncia a los apóstoles el cumplimiento de lo que Dios había prometido a través de los profetas: «derramaré mi espíritu sobre toda carne» (<em>Jl</em>&nbsp;3,1) y «pondré mi ley en sus corazones, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (<em>Jer</em>&nbsp;31,33). Es también lo que el mismo Jesús había prometido a sus discípulos: «yo le pediré al Padre que les dé otro Paráclito, que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad» (<em>Jn</em>&nbsp;14,16) y «cuando venga él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad completa» (<em>Jn</em>&nbsp;16,13). Estas promesas y muchas más que figuran en el Antiguo Testamento y en los Evangelios, Dios las cumple diez días después de la ascensión de Jesús al Cielo, cuando estando reunidos los apóstoles vieron aparecer unas como llamaradas de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos y quedaron todos llenos del Espíritu Santo (<em>Hch</em>&nbsp;2,1-4).</p>



<p>Explicando este acontecimiento el Papa san León Magno dice que, así como cincuenta días después de haber liberado al pueblo de Israel de la esclavitud del faraón de Egipto, Dios le entregó las tablas de la Ley, es decir los diez mandamientos, también cincuenta días después de la resurrección de Jesús Dios envió su Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente para liberarla de la esclavitud del pecado, ahuyentar las antiguas tinieblas del mal y hacer resonar la trompeta del Evangelio en todos los pueblos (Sermón 75). «Recibieron un fuego que no quema, sino que es salvador, que consume las espinas de los pecados y da luminosidad al alma» (San Cirilo de Jerusalén,&nbsp;<em>Catequesis</em>&nbsp;17). Es el acontecimiento que los cristianos conocemos como Pentecostés y celebramos cada año con la certeza de que también en el aquí y ahora de nuestra vida Dios nos enviará el Espíritu Santo con la intensidad propia de esta fiesta y se repetirá en nosotros lo que sucedió a los primeros cristianos: «quedaron revestidos en alma y cuerpo de una vestidura divina y salvadora» (<em>Ibid</em>.).</p>



<p>En Pentecostés Dios ya no nos entrega la Ley escrita en tablas de piedra, como lo hizo con Israel en el Sinaí y éste no pudo cumplirla, sino que ahora, a través del Espíritu Santo que viene a habitar en nosotros, Dios nos da la Ley cumplida en Jesucristo y la pone en nuestros corazones, es decir en lo profundo de nuestro ser. Dicho de otra manera, a través del don del Espíritu Santo somos como revestidos de la misma vida divina y, así, quedamos capacitados para cumplir la Ley en su plenitud: esos diez mandamientos que se sintetizan en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo, respecto a lo cual Jesús dice en el Evangelio: «haz esto y vivirás» (<em>Lc</em>&nbsp;10,27-28), es decir, tendrás vida eterna; porque, así como el pecado lleva a la muerte (<em>Rm</em>&nbsp;5,12;&nbsp;<em>St</em>&nbsp;1, 15), el Espíritu Santo nos lleva a la resurrección (<em>Rm</em>&nbsp;8,11).</p>



<p>Pidámosle al Señor el Espíritu Santo, con la seguridad de que, como dice Jesús en el Evangelio: «si ustedes que son malos saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del Cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (<em>Lc</em>&nbsp;11,13). &nbsp;</p>
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		<title>SE FUE, PERO SE QUEDÓ CON NOSOTROS</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 17 May 2026 05:23:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Javier Del Río Alba]]></category>
		<category><![CDATA[RELIGION]]></category>
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					<description><![CDATA[Por: Javier Del Río AlbaArzobispo de Arequipa Este domingo celebramos la fiesta de la Ascensión]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right"><strong>Por: Javier Del Río AlbaArzobispo de Arequipa</strong></p>



<p>Este domingo celebramos la fiesta de la Ascensión del Señor, el día en que Jesucristo resucitado, después de haberse aparecido durante cuarenta días a sus discípulos, ante la vista de ellos fue llevado al Cielo (<em>Mc</em>&nbsp;16,19;&nbsp;<em>Lc&nbsp;</em>24,50;&nbsp;<em>Hch&nbsp;</em>1,9). La elevación del Señor hasta “la derecha de Dios” marca un hito fundamental en la obra de nuestra salvación: el Hijo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, que verdaderamente se hizo hombre en el seno de la Virgen María, retorna hoy al Cielo; y no lo hace sólo en su condición divina, sino que retorna con nuestra naturaleza humana. De esta manera, en Jesucristo queda inaugurada la inmortalidad de la carne y revelado el sentido último del diseño de Dios para los hombres: que, en cuerpo y alma, vivamos en el Cielo por toda la eternidad. Como dijo san León Magno refiriéndose a este acontecimiento: «no solamente se proclama la inmortalidad del alma, sino también la de la carne…no solamente se nos confirma como poseedores del paraíso, sino que también penetramos en Cristo en las alturas del Cielo» (<em>De Ascensione Domini, Tractatus&nbsp;</em>73,2.4).</p>



<p>Ahora bien, el “Cielo” no es un lugar lejano ubicado más arriba que las estrellas y el firmamento; el Cielo es el mismo Dios. Como dijo el Papa Benedicto XVI: «En Cristo elevado al Cielo, el ser humano ha entrado de modo inaudito y nuevo en la intimidad de Dios; el hombre encuentra, ya para siempre, espacio en Dios…El estar el hombre en Dios es el Cielo» (<em>Homilía</em>, 24.V.2009). En la ascensión de Jesús de Nazaret, entonces, nuestra humanidad es elevada hasta la altura de Dios, el hombre es llevado a vivir en Dios. Así, la fiesta que hoy celebramos nos recuerda que, si bien estamos de paso en este mundo, nuestro destino no es desintegrarnos en un ataúd y dejar de vivir para siempre, sino, por el contrario, que Dios nos ha creado para que vivamos eternamente con Él, en el seno de la Trinidad, es decir, tan íntimamente unidos a Él que, así como la segunda persona de la Trinidad asumió nuestra naturaleza humana, también nosotros participemos por toda la eternidad de la naturaleza divina. ¡Gran misterio del amor de Dios para con nosotros!</p>



<p>Esto explica por qué, a diferencia de la tristeza que invadió a los apóstoles cuando Jesús, en la Última Cena, les anunció que pronto los dejaría (<em>Jn&nbsp;</em>16,6), después de verlo subir al Cielo «volvieron a Jerusalén con gran alegría y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios» (<em>Lc&nbsp;</em>24,52-53). Comprendieron que, pese a que no volverían a ver físicamente a Jesús en este mundo, Él seguiría unido a ellos aunque de un modo distinto. Fue la experiencia de los apóstoles y es la experiencia de la Iglesia de todos los tiempos, como nos lo anticipó Jesús cuando dijo: «sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos» (<em>Mt&nbsp;</em>28,20). Los cristianos, ya desde este mundo, participamos de la naturaleza divina (<em>2Pe&nbsp;</em>1,4), somos miembros de Cristo y templo del Espíritu Santo (<em>1 Cor&nbsp;</em>6,15-19; 12,27), y a través del sacramento de la Eucaristía constatamos la verdad de las palabras del Señor:&nbsp;«Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida; el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y Yo en él» (<em>Jn</em>&nbsp;6,55-56).</p>
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		<title>LA MADRE FELIZ</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 10 May 2026 05:20:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Javier Del Río Alba]]></category>
		<category><![CDATA[RELIGION]]></category>
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					<description><![CDATA[En el centro del mes de mayo, mes que los católicos dedicamos de manera especial]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<div class="wp-block-image">
<figure class="alignright size-full is-resized"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2026/04/monsenor-2.jpg" alt="" class="wp-image-118175" style="width:215px;height:auto"/><figcaption class="wp-element-caption">Por: <strong>Javier Del Río Alba &#8211;</strong><br><strong>Arzobispo de Arequipa</strong></figcaption></figure></div>


<p>En el centro del mes de mayo, mes que los católicos dedicamos de manera especial a la Virgen María, celebramos el Día de la Madre. No podía ser mejor momento, porque en María – mujer perfecta – se nos revela los rasgos del diseño de Dios para una maternidad feliz. Veamos algunos de estos rasgos, según los encontramos en los evangelios.</p>



<p>La joven María estaba ya comprometida con José, pero todavía no vivían juntos cuando el arcángel Gabriel le anunció que concebiría y daría a luz un hijo. Dios cambió los planes de María y ella no se resistió: acogió el plan de Dios y se abrió a la vida a través de un embarazo no previsto ni planificado (<em>Lc&nbsp;</em>1,26-38). Terminado su encuentro con el arcángel, como este le había dicho que su prima Isabel estaba en cinta, sabiendo María que Isabel era anciana y requeriría de cuidados especiales, «se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña», donde vivía su prima, para asistirla en el embarazo (<em>Lc&nbsp;</em>1,39).</p>



<p>Una vez nacido Jesús, a quien María dio a luz en un pesebre, ella no comprendía del todo lo que estaba sucediendo; y, en lugar de exigir explicaciones o rebelarse ante lo que sucedía, «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (<em>Lc&nbsp;</em>2,19). Tiempo más tarde, cuando Jesús tenía 12 años y sus padres lo llevaron a Jerusalén para celebrar la Pascua, Jesús no emprendió el camino de regreso a casa con ellos, sino que, sin avisarles, se quedó en la ciudad. Sus padres, creyendo que estaba en la caravana con los demás niños, cuando se dieron cuenta de su ausencia fueron en su búsqueda y lo encontraron tres días después. María, en lugar de recriminarle con violencia, lo corrigió con palabras llenas de ternura para ayudarle a darse cuenta de la gravedad de su acto: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados» (<em>Lc&nbsp;</em>2,48).</p>



<p>Pasan los años. Jesús llega a la edad adulta y, estando en una fiesta de bodas en Caná, María se da cuenta de que se ha terminado el vino y sabe que Jesús puede solucionar ese problema. Así, aunque inicialmente Jesús le opone cierta resistencia, logra que haga su primer milagro público: transformar el agua en vino (<em>Jn&nbsp;</em>2,1-11). De esa manera, como buena madre, animó a su hijo a que pusiera en práctica sus dotes y, al mismo tiempo, salvara la fiesta de los nuevos esposos. Poco después, Jesús deja su pueblo y se va a predicar el Evangelio. María, que todo indica que para entonces era una viuda pobre, no pretende que Jesús, su hijo único, se quede con ella para mantenerla y cuidarla. Respeta su decisión y lo deja libre. Un tiempo después, al igual que los discípulos y otras mujeres, lo seguirá y acompañará en su misión. Y lo hará hasta el final: mientras Jesús agonizaba, al pie de la cruz estaba María, sosteniéndolo con su presencia maternal para que cumpla la voluntad de Dios de dar su vida por la salvación del mundo (<em>Jn&nbsp;</em>19,25).</p>



<p>He ahí la madre feliz: abierta a la voluntad de Dios, abierta a la vida, atenta a las necesidades de los demás, que sabe corregir con amor a sus hijos, los anima a emprender su propio camino y a hacer la voluntad de Dios, y no les evita el sufrimiento sino que los sostiene cuando les toca pasar por él. ¡Pidamos esto para todas las mamás!</p>
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		<title>MES DE MARÍA</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 03 May 2026 05:22:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Javier Del Río Alba]]></category>
		<category><![CDATA[RELIGION]]></category>
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					<description><![CDATA[Por: Javier Del Río Alba &#8211; Arzobispo de Arequipa  Con la fiesta de la Virgen]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por: <strong>Javier Del Río Alba</strong> &#8211; <strong>Arzobispo de Arequipa</strong> </h4>



<p>Con la fiesta de la Virgen de Chapi, el viernes pasado, hemos comenzado el mes de mayo que los católicos dedicamos de modo especial a la Virgen María, cuya solicitud maternal por el Pueblo de Dios se ha manifestado de diversas maneras a lo largo de estos casi veinte siglos de vida de la Iglesia, incluso a través de apariciones en momentos muy delicados de la historia. Por esa razón, los numerosos santuarios dedicados a ella en los cinco continentes son meta de decenas de millones de peregrinos que acuden a darle gracias por los beneficios recibidos y/o a buscar consuelo y esperanza. En el cambio de época que estamos viviendo, resultan del todo actuales las palabras del Papa Benedicto XVI: «Encomendémonos a ella, para que guíe nuestros pasos en este nuevo período de tiempo que el Señor nos concede vivir, y nos ayude a ser auténticos amigos de su Hijo, y así también valientes artífices de su reino en el mundo» (<em>Catequesis</em>, 2.I.2008).</p>



<p>María es una criatura, salvada también por el único salvador que es Jesucristo, y al mismo tiempo es su más cercana colaboradora en la custodia y salvación de la humanidad. Conscientes de eso, los cristianos de todos los tiempos hemos sabido levantar los ojos hacia ella, seguros de encontrar en su corazón de Madre la protección y fortaleza necesarias para afrontar las dificultades que se nos presentan en el transcurso de la vida. Y cada vez que lo hemos hecho, ella ha sabido llevarnos a Jesús y animarnos a confiar en Él, diciéndonos, como en las Bodas de Caná: “hagan lo que Él les diga”, haciendo posible así que experimentemos la potencia con la que Dios es capaz de transformar el agua en vino nuevo y devolvernos la alegría de vivir (cfr.&nbsp;<em>Jn</em>&nbsp;2, 1-10).</p>



<p>Hace unos años, el Papa Francisco invitó a todos los fieles a que «redescubramos la belleza de rezar el Rosario en casa durante el mes de mayo», sea toda la familia junta o de manera personal (<em>Carta</em>, 25.IV.2020). Se unió así a la estela de papas que siempre han recomendado esta oración desde que, por inspiración de la misma Virgen María, comenzó a introducirse en la Iglesia a través de santo Domingo de Guzmán y fue ampliamente acogida a lo largo del segundo milenio de la era cristiana. «El Rosario es una de las modalidades tradicionales de la oración cristiana orientada a la contemplación del rostro de Cristo», escribió san Juan Pablo II en su carta apostólica&nbsp;<em>El Rosario de la Virgen María</em>&nbsp;(n.18). «Oración evangélica centrada en el misterio de la Encarnación redentora, el Rosario es, pues, oración de orientación profundamente cristológica» había escrito antes san Pablo VI (Exh. Ap.&nbsp;<em>Marialis Cultus</em>, 46).</p>



<p>Siguiendo la tradición de los ilustres pastores que a lo largo de los siglos han exhortado a los fieles a rezar el santo Rosario, les propongo también que acudamos a esta bella oración, en la seguridad de que, como hace unos días ha dicho el Papa León XIV: «Al igual que María, también nosotros estamos hechos para el cielo, y hacia el cielo caminamos con alegría, mirándola a Ella, Madre bondadosa y modelo de santidad, para llevar la luz del Resucitado a los hermanos y hermanas que encontremos» (<em>Discurso</em>, 19.IV.2026).</p>
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		<title>LA VOCACIÓN CRISTIANA</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 26 Apr 2026 05:22:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Javier Del Río Alba]]></category>
		<category><![CDATA[RELIGION]]></category>
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					<description><![CDATA[Por: Javier Del Río Alba &#8211; Arzobispo de Arequipa Comenzamos la cuarta semana del Tiempo]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por:<strong> Javier Del Río Alba</strong> &#8211; <strong>Arzobispo de Arequipa</strong></h4>



<p>Comenzamos la cuarta semana del Tiempo Pascual con el “Domingo del Buen Pastor”, llamado así porque en la Misa se lee una parte del capítulo 10 del evangelio según san Juan, en el que Jesús se presenta como el Buen Pastor que da la vida por las ovejas y nos manifiesta así el amor de Dios. Este domingo, además, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, instaurada en el año 1964 por san Pablo VI. En ella recordamos que cada vocación, como nos dice el Papa León XIV en su mensaje para esta Jornada, es un «don gratuito de Dios que florece en lo profundo del corazón». Es una llamada de Dios a seguir a Jesús a través de un estado de vida concreto, que él nos va revelando paulatinamente a través del tiempo, y que en todos los casos consiste en «participar de su vida, compartir su misión y resplandecer de su misma belleza». La vocación, entonces, es un camino de vida que nos transfigura porque a través de ella se establece una relación interior con Jesús que nos hace partícipes de su vida divina.</p>



<p>«Dicha relación –sigue diciendo el Papa– se construye en la oración y en el silencio y, si se cultiva, nos abre a la posibilidad de acoger y vivir el don de la vocación, que nunca es una imposición o un esquema prefijado al que simplemente hay que adherirse, sino un proyecto de amor y felicidad». De ahí la importancia de cuidar nuestra interioridad como espacio de relación con Jesús, porque toda vocación surge de la conciencia y la experiencia del amor de Dios, que nos conoce profundamente y tiene un diseño de santidad y plenitud para cada uno. Ahora bien, nos advierte León XIV, esa relación «no se trata de un saber intelectual abstracto o de un conocimiento académico, sino de un encuentro personal que transforma la vida». Encuentro que requiere dedicar tiempo para escuchar la Palabra de Dios, celebrar los sacramentos, especialmente el sacramento de la Reconciliación y la Penitencia y la Santa Misa o Eucaristía, así como también tiempo para participar en la vida de la parroquia o movimiento de pertenencia y para detenerse y reconocer a Jesús presente en los pobres y necesitados.</p>



<p>Pero no se trata sólo de escuchar, celebrar o ver de un modo pasivo. En palabras del mismo Papa León en su citado mensaje, la vocación es el fruto de un diálogo íntimo con Jesús, «que nos llama –a pesar del ruido en ocasiones ensordecedor del mundo– y nos invita a responder con verdadera alegría y generosidad». Respuesta que implica confiar continuamente en Dios y en su Providencia, aun cuando sus planes cambien los nuestros, porque como dijo el mismo Dios al pueblo de Israel: «mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos» (<em>Is&nbsp;</em>55,8); y eso mismo nos puede pasar a nosotros: hacernos planes a nuestra medida, mientras que Dios tiene otros, a su medida, que son mucho mejores para nosotros. De ahí que el Papa concluya diciéndonos que para dejar de lado nuestro proyecto de vida y acoger el plan de Dios para nuestra vida, «es necesario cultivar una confianza firme y estable en las promesas de Dios, superando miedos e incertidumbres, con la certeza de que el Resucitado es Señor de la historia del mundo y de nuestra historia personal».</p>
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		<title>EL COMPAÑERO DESCONOCIDO</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 19 Apr 2026 05:23:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Javier Del Río Alba]]></category>
		<category><![CDATA[RELIGION]]></category>
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					<description><![CDATA[Entre los sucesos de los días siguientes a la muerte de Jesús, el evangelista Marcos]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<div class="wp-block-image">
<figure class="alignright size-full is-resized"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2026/04/monsenor.jpg" alt="" class="wp-image-117761" style="width:163px;height:auto"/><figcaption class="wp-element-caption">Por:<strong> Javier Del Río</strong><br><strong>Alba</strong> &#8211; <strong>Arzobispo de</strong><br><strong>Arequipa</strong></figcaption></figure></div>


<p>Entre los sucesos de los días siguientes a la muerte de Jesús, el evangelista Marcos relata lo ocurrido a dos discípulos que, tristes y defraudados, volvían de Jerusalén a su pueblo, Emaús (<em>Mc&nbsp;</em>24,13-35). Atraídos por las palabras y las obras de Jesús, ellos habían puesto toda su esperanza en Él. Habían creído que era el Mesías prometido por Dios y esperado que liberara a Israel del yugo del Imperio Romano. Al final, sin embargo, lo habían visto muerto en la cruz y sepultado. Sus esperanzas y su alegría, entonces, habían quedado también enterradas y selladas con la piedra del sepulcro.</p>



<p>Así, emprenden el camino de retorno a su aldea, para retomar seguramente las actividades que hacían antes de haber seguido a Jesús. De pronto, un desconocido se les acercó, se puso a caminar con ellos y les preguntó por qué estaban tristes y de qué discutían. Ellos, extrañados de que no supiera lo sucedido, se lo explicaron: ¡el tal Jesús de Nazaret había fracasado! Mientras continuaban el viaje, el incógnito caminante se dedicó a recordarles que, desde antiguo, los profetas habían anunciado que el Mesías debía padecer y morir de modo injusto para entrar así en su gloria. Al escucharlo, su ánimo comenzó a mejorar. Así, llegaron a su pueblo e invitaron a su desconocido acompañante a quedarse con ellos, porque comenzaba a atardecer y era peligroso andar de noche por caminos poco transitados. Aceptada la invitación, Marcos dice que: «Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero Él desapareció de su vista». ¡Era Jesús! ¡El que habían visto muerto y sepultado, ha resucitado! Y, pese a ser tarde, emprendieron de inmediato el regreso a Jerusalén para decírselo a los apóstoles y demás discípulos.</p>



<p>Este episodio tiene mucho que ver con nosotros. Muchas personas dejan la Iglesia porque se sienten defraudadas por Dios, especialmente cuando las cosas no van como ellas quisieran o como se lo piden. Se debe a que los hombres tenemos la tendencia de hacernos nuestra idea de Dios y queremos que Dios responda a nuestras ideas y haga nuestra voluntad, lo que nosotros creemos que debe hacer, por lo general librarnos del sufrimiento y solucionar nuestros problemas. Como hace unos años dijo el Papa Benedicto XVI: «Nuestro concepto del Dios redentor sería un Dios un poco como el emperador Augusto, que ejerce su poder sobre el mundo…¡Pero este no es el modo de actuar de Dios!&#8230;el poder divino no es el de este mundo, sino que es amor que se entrega» (<em>Homilía</em>, capilla privada del Monasterio&nbsp;<em>Mater Ecclesiae</em>, 4.V.2014).</p>



<p>El episodio de los discípulos de Emaús nos enseña la importancia de escuchar a Jesús. Siempre, pero especialmente cuando nos sentimos tristes y defraudados. La Palabra de Dios despierta la esperanza, porque nos hace presente que no estamos solos. Y, junto con escuchar la Palabra, participar en la Eucaristía, en la que el Señor resucitado se nos entrega gratuitamente y se hace uno con nosotros. Si así lo hacemos, experimentaremos que, como les sucedió a los dos de Emaús, la compañía de Jesús transforma el corazón y la vida.</p>



<p></p>



<p></p>



<p></p>
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