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	<title>Juan C. Valdivia Cano &#8211; Diario El Pueblo</title>
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	<description>Verdad Justicia y Libertad</description>
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	<title>Juan C. Valdivia Cano &#8211; Diario El Pueblo</title>
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		<title>Samuel Lozada: dos sueños cumplidos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 22 Aug 2025 05:10:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[CULTURA]]></category>
		<category><![CDATA[Juan C. Valdivia Cano]]></category>
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					<description><![CDATA[“Nunca creí que el mar pudiera ser tan azul como lo he contemplado hoy en]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<div class="wp-block-image">
<figure class="alignright size-full is-resized"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2025/08/images-97.jpeg" alt="" class="wp-image-53035" style="width:235px;height:auto"/><figcaption class="wp-element-caption">Por Juan C. Valdivia Cano</figcaption></figure></div>


<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>“Nunca creí que el mar pudiera ser tan azul como lo he contemplado hoy en Egión, pequeño puerto del golfo de Corinto…mar añil” (Mariano Iberico).</p>
</blockquote>



<p>Aunque muchos escritores estudiaron la carrera de derecho y la dejaron, algunos incluso después de graduarse (nuestros Vargas Llosa, Ribeyro y Bryce son ejemplos de ambas cosas) el caso de Samuel Lozada Tamayo es más o menos inverso: un abogado y jurista con gran talento literario parecía mantenerse abogado y jurista. Pero el amor y la belleza parecían querer otra cosa, plenamente compatible en él con sus actividades más prosaicas, felizmente. Pero distinta, como se ve en <strong>Cumplir un sueño. Peripecia veneciana y crucero a las islas griegas</strong> (2014), libro de Samuel Lozada Tamayo que, viaje y palabra, intento comentar aquí.</p>



<p>El amor delicado, discreto y entrañable por la familia –gran motivador de viajes y reuniones familiares a lo Lozada– muy bien representada en este viaje por su muy eficiente e inteligente hijo Diego, que aquí lo demuestra con creces ante un percance de “angustia mortal” que es todo un capítulo del libro. Y la belleza de los paisajes y las circunstancias viajeras que muy pocos seres humanos pueden captar así, representar así, como puede hacerlo Samuel Lozada Tamayo en este libro suyo&nbsp;</p>



<p>“Vamos para Grecia”, decía el texto del mensaje electrónico de Diego, que determinó nuestro periplo por el mar Egeo, a partir de Venecia; pequeños, casi ignotos pueblos, islas griegas, la Cícladas, las de seis mil años a.C., y finalmente el verdadero Parnaso en Atenas, el encuentro mágico con los grandes dioses y diosas de ese pasado abrumador y misterioso (…)”. (“Prolegómeno”)</p>



<p>Aunque ese talento se ejerció y era evidente a través del periodismo, sus escuetas notas sobre asuntos de derecho internacional, asuntos político electorales y variados temas sobre el desarrollo regional y nacional, entre otros, tan claras y precisas como lúcidas, no dan, sin embargo, una idea completa de la enormidad de ese talento, quizá porque esa misma claridad, esa misma precisión, esa misma lucidez, y lo prosaico de los temas, ocultan un poco el genio literario y artístico del poeta, del esteta. Pero aquí el jurista, el forense y el periodista están de relativas vacaciones, queda el poeta itinerante. “Una ansiedad por verlo todo con “ojos de ver” y un extraño acogimiento de parte del pasado griego, como que cumplíamos un mandato ancestral, nos hicieron superar todas las dificultades (…)” (“Prolegómeno”). Como la aludida “angustia mortal”.</p>



<p>Hemos citado dos párrafos (incompleto uno) del “Prolegómeno” del libro y éste tiene doce, para que el lector se haga una idea de lo que se pierde si no revisa el libro entero y solo se queda con mis abstracciones reductoras. Luego viene Venecia y es el inicio del tour: La antica Gelateria dil Corso, La Quadriga Domini, Las Vías, La Piazza y la Basílica, Los Canales, para después abordar el Crucero Riviera. Y ya instalados algunos días en él, el viajero comenta</p>



<p>Todas las tardes al retorno de las excursiones , envueltos en albas batas de baño, impolutas, nos desplazamos desde los camarotes hasta la piscina. ¡No nos perdíamos una¡ Se organiza un placer misterioso. El viento que viene desde proa, la luz tornasolada que viene de un sol que va cayendo desde el horizonte, los pasos que no son de andanza sino pequeños vuelos sobre maderas marineras. La levedad exacta entre los desplazamientos que bandea sobre nuestra faz y vuela un poco los cabellos; y los ojos por los que circula un display colorido de mar, cielo y personas que saludan siempre y sin cambiar palabras; el cuerpo que se nos eriza un poco porque sabe que se acercan aguas esenciales&nbsp;</p>



<p>Es en sus crónicas de viaje que se puede apreciar ese genio literario y artístico. Sin embargo, debo confesar cierto temor que me sobrevino apenas se me ocurrió la idea que la única forma de transmitir mi impresión de la lectura de ese pequeño, bello y gran libro, era citando todo lo posible y razonable al autor. Lo cual significa extraer trozos o fragmentos del libro fuera de contexto y correr el muy alto riesgo de empobrecerlo. Es un caso en que hay que leerlo completo.&nbsp;</p>



<p>Porque es muy difícil comentar un libro que, según Vargas Llosa (aludiendo a la novela) debe lograr (y éste lo logra) transmitir la “múltiple y oceánica” realidad real. En este caso la de esos parajes ítalo griegos y toda su belleza que está ahí, ciertamente , pero que solo la lectura del libro en comento hace pensar en la cantidad y calidad de recursos conocimientos, experiencias, viajes, erudición, cultura artística, arqueológica, arquitectónica, histórica, buen gusto y una fuerte sensibilidad para transmitirlo por escrito de esta manera.&nbsp;</p>



<p>Todo lo cual no explica, sin embargo, lo esencial, eso que lo hace posible, eso intransferible, único y singular: el carácter del autor y sus carismas. Aunque miles de turistas vayan por las mismas rutas de Venecia al mar Egeo, con todas sus islas cargadas de belleza e historia, pensando en este hermoso documento de viaje me pregunto: de la enorme cantidad de personas que pueden recorrer y recorren exactamente los mismos lugares, parajes y paisajes que nuestros dos paisanos arequipeños ¿cuántos pueden “hacer el acta” y dar cuenta por escrito de esa experiencia tan magníficamente como “Un sueño cumplido”? Tratemos de darnos una idea de todo lo que significa hacer posible su redacción en forma y contenido. Viajar es sencillo. Recrear poética y plenamente en un libro, como éste, la experiencia de viaje, es cosa muy distinta. Y muy rara</p>



<p>Conforme avanzo en la lectura, mi envidia crece con cada logro de buen gusto, de precisión y síntesis, de ternura tenue pero intensa, de alta sensibilidad estética y vitalidad en su mejor sentido, que uno percibe en este libro que nos ofrece una serie de saberes y vivencias que pasan delicadamente al lector, bien lejos del lenguaje académico, ubicado totalmente en el mundo mágico de la poesía y la tenue recreación estética de dicha realidad. Y aquí cabe una pregunta que el viajero toma de nuestro Mariano Iberico, que también anduvo por ahí: “Al escribir estas notas, nos asalta la reflexión del filósofo `sobre la eterna cuestión de saber si lo que llamamos belleza reside en determinadas formas objetivas o en lo que la apreciación personal pone sobre ellas` “. O la pregunta dualista o bipolar no permite otras posibilidades.</p>



<p>Y aquí suspendo mi comentario, al inicio del periplo, solo por razones de espacio periodístico. Dejo al lector, la tarea, la hermosa tarea, de continuar el viaje. Quedan: Dubrovnik, Kotor, Corfú, Monemvasia, Creta , Efeso, Mileto, Magnesia, Santorini, Delos, Mykonos, Atenas, Micenas y Delfos, cada una en capítulo aparte.&nbsp;</p>



<p>Solo queda la despedida, y reparo en que la lectura de un libro bellamente escrito, y discretamente profundo como éste, lleva a la identificación total con el autor. Y a sentir la misma “penita” como dice él, al dejar el ahora también entrañable crucero Riviera y especialmente el camarote 831.</p>



<p>Una gran fanfarria marcó la despedida del Riviera al llegar a Atenas. Gran espectáculo de varieté en el teatro del barco. Canciones del adiós entonadas por todo el personal del navío. Serpentinas, gorros de colores, mistura. El pasaje completo involucrado en esta despedida. El capitán del barco, un italiano de tez grisácea, a quien vimos por primera vez, presidió el festejo con un ánimo extraordinario en canciones y evoluciones de baile&nbsp;</p>



<p>En determinado momento y tocado por la melodía triste de esa pieza americana del adiós, sentí una penita, aquella maravilla del viaje dentro de una especie de “isla de la fantasía” se terminaba, debíamos volver a la realidad de las relaciones convencionales y de rutina. Nuestro queridísimo 831 que nos había acogido tan cómodamente y especialmente su balcón desde el que habíamos apreciado mañanas luminosas, tardes melancólicas y noches con misterio. Todo al pie del Egeo, que no se parece a ninguno de otros mares, laminado por las aventuras de los dioses y héroes griegos y remansado por las lucecitas orilleras, titilantes, navideñas</p>



<p>Solo la genuina modestia del autor le hacen hablar de un sueño cumplido, cuando son dos: el viaje mismo y sus peripecias, y el magnífico libro a que ha dado lugar. Y no se que puede ser más valioso. Me está pareciendo que las islas y los mares griegos con sus héroes, dioses y diosas incluidos, se inventaron alguna vez para que Samuel Lozada Tamayo pudiera reinventarlos en este pequeño gran libro.</p>
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		<title>Justicia, equidad, justicia social</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Feb 2025 05:15:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Juan C. Valdivia Cano]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Juan C. Valdivia Cano El problema del concepto de justicia, valor esencial del derecho]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por Juan C. Valdivia Cano</h4>



<p>El problema del concepto de justicia, valor esencial del derecho –junto a la equidad–, es que se trata de un ideal, y todo ideal es absoluto: nadie quiere o espera un cuarto, o la mitad, o un poco de justicia. Lo que se espera en cada caso es que se haga justicia a secas, y punto. Y de ahí una de las dificultades para definirla: su carácter absoluto, inalcanzable o inabarcable propios de un ideal. Pero, además, en aparente paradoja, el carácter histórico de los diversos conceptos de justicia –siempre con el mismo nombre, “justicia”–, los diversos criterios de lo que es justo o injusto en cada etapa histórico cultural y las divergencias dentro de cada una de ellas.</p>



<p>Lo único que tenemos es la célebre noción romana de justicia que creo que viene del jurisprudente Ulpiano en la época de la República: justicia como “el firme propósito de dar a cada uno lo que le corresponde”. Es todo lo que tenemos. Pero no nos dice lo que más esperamos y requerimos: cómo saber qué es lo que le corresponde a cada uno en cada caso. En la noción de Ulpiano no hay propiamente una definición, una que cuente con género próximo y diferencia específica de acuerdo al maestro Aristóteles (hombre: animal racional).</p>



<p>Lo único que tenemos de justicia en Ulpiano es simplemente un “firme propósito”. Es decir, un ideal. El buen afán de dar a cada uno lo que le corresponde, especialmente el juez en su actividad profesional. Pero ¿cómo lograrlo? Hasta aquí nomás llegamos. La justicia humana de los tribunales es la única que tenemos, es la única realmente existente, la otra es un ideal, un gran ideal, ficticio como todo ideal, como todo absoluto, aunque no inútil. Los humanos necesitamos grandes ideales para vivir humanamente..&nbsp;</p>



<p>La tarea jurídica consiste justamente en determinar qué le corresponde a cada uno en un caso específico y por qué razones jurídicas. Saber que como juez novato y asustado, tengo que darle a cada quien lo que le corresponde –lo que ya había escuchado desde el primer año de derecho– no resuelve el problema jurídico de saber qué le corresponde a cada quien en el caso que tengo en mi despacho. Ulpiano no me ayuda un milímetro en los casos específicos y esos son los únicos que hay. Tal vez aquí hay una tautología oculta que no se presenta como tal: ¿qué significa en concreto “dar a cada uno lo que le corresponde”, si es algo tan general o abstracto? Solo como meta, solo como ideal.&nbsp;</p>



<p>El otro problema con la justicia es su ceguera, que en su simbolización aparece con venda en los ojos. Lo que significa que no solo es ciega sino que quiere la ceguera. Eso puede significar , por ejemplo, que el juez hará mejor justicia si desconoce en persona completamente a las partes. Por eso las partes hablan (o hablaban) a través del secretario y detrás de un muro de expedientes que garantizaran la independencia, la imparcialidad, que impida el favoritismo judicial.&nbsp;</p>



<p>La justicia es ciega también porque no hay una definición universal válida para todos, porque es un ideal absoluto que se materializa de manera diferente en cada momento histórico cultural. Ser imparcial se entiende por ahora como juzgar en abstracto, representa una cierta idea de justicia –no la única– sin olvidar la amenazadora espada, que es una parte del símbolo no muy empática en manos de una dama ciega. Y es ciega porque la única noción de justicia que hay es circular. Justicia es dar a cada uno lo que le corresponde, y dar a cada uno lo que le corresponde es ser justo. ¿De qué me sirve este círculo a la hora de trabajar? Solo como meta, solo como ideal. Lo que no es poca cosa. Y el del juez también es solo un punto de vista.&nbsp;</p>



<p>La justicia se hace posible desde su origen romano por el principio de equidad, en tanto la noción tradicional de justicia no es muy fructífera para hacer posible la tarea del juez. La equidad es humana, la justicia es divina e inalcanzable. Como humana que es, la equidad es posible, no es un sueño, no es un delirio. Como dice Julien Freund, gran jurista francés, “equidad” significa tener en cuenta tres cosas: “el imperio de las circunstancias, la naturaleza de las cosas y la ceguera de la justicia”. La equidad es una justicia sin venda.&nbsp;</p>



<p>Por esa dificultad con el concepto de justicia, que aludimos líneas atrás, es que existe el principio de equidad, que nace con el derecho en la República romana y lo crea caso por caso, para que luego se pudieran elaborar las normas y códigos por generalización, hasta la recopilación justinianea que llegó hasta nosotros por ser hispano occidentales. Me refiero a la cultura, a la identidad, al espíritu, no a la raza: me refiero a la lengua, la religión, la estructura mental y el derecho.&nbsp;</p>



<p>Imaginémonos ahora, o situémonos realmente, en un jardín y delante de nosotros una palmera, un sauce, un eucalipto, etc. Luego determinamos –mentalmente, en abstracto– los puntos comunes de todos estos gigantescos objetos y dejando de lado –por abstracción, mentalmente– las diferencias específicas de cada uno, creamos el concepto “árbol”. Por eso todo concepto es mental o abstracto, no tiene existencia propia, ni presencia física, si bien el concepto se puede representar y definir. Pero también el unicornio, o el triángulo, se pueden representar y definir y no por eso se puede afirmar que existen objetivamente.&nbsp;</p>



<p>Mientras que los objetos del jardín ya citados tienen existencia física o material, son cosas concretas independientes de nosotros, los conceptos son abstractos, puramente mentales. Y solo así se puede decir que existen, nada más que como conceptos. Todo concepto es solo mental. Y toda palabra es un concepto. La “justicia social” es un concepto que produce una ilusión, que la sociedad existe por sí misma. Pero lo social, la sociedad, es un concepto, una palabra, producto de una generalización-abstracción, no algo perceptible por los sentidos. No tiene existencia propia e independiente de los individuos que la conforman. No es un ente con vida propia, voluntad propia, inteligencia propia, etc.&nbsp;</p>



<p>No puede haber una justicia social, la sociedad no es justa ni injusta, ni puede serlo porque no existe en concreto independientemente. Los únicos que pueden ser justos o injustos son esos individuos concretos, de carne, hueso, sangre, ADN y DNI. Un maremoto no puede ser justo o injusto, un accidente de tránsito tampoco, por más doloroso que sea.&nbsp;</p>



<p>Lo peor del concepto “justicia social” deriva de la pregunta ¿quién decide y define lo que es “justicia social”? Respuesta: El que tiene el poder político para decir qué es y cómo hacer “justicia social”. Es el que va a decidir a quién favorecer o no con la “justicia social”: el gobierno. Es el gobierno el que va a realizar la justicia social a punta de impuestos progresivos, de redistribución según criterios populistas, de subsidios y favoritismos mercantilistas, de prebendas, y mucho gasto público, etc. Ya sabemos para qué. Le llaman “beneficio privado con dinero público”.&nbsp;</p>



<p>Pero el dinero para hacer “justicia social” no sale del Estado, ni de los relojes de Dina. El Estado no genera riqueza sino los contribuyentes a través de los impuestos. Sin embargo, son ellos, los gobiernos, los que deciden qué hacer con esos impuestos, con esos dineros. Y así ganan los populistas avemarías ajenas con dineros que no son suyos. Es el sistema más funcional, adecuado y tentador para el desarrollo de la corrupción. Si en arca de oro el justo peca ¿cómo será cuando, como ahora ocurre, el gobernante está tan lejos de ser considerado “justo”? ¿Y cuando tiene el arca abierta por algunos años para hacer “obra pública”?&nbsp;</p>



<p>Mientras la masa que elige y vota siga hipnotizada (como los intelectuales afines) con la omnipotencia del Estado, el nuevo Dios laico que debe resolver todos los problemas que han planteado los electores, la sociedad civil y los individuos perderán más y más poder e iniciativa porque serán más dependientes del papá Estado (gobierno). Y estamos en manos de gobernantes cada vez más necios que, con sus hechos y dichos, reivindican bárbaramente el derecho a no tener razón.</p>
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