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	<title>Julio Jesús Puescas &#8211; Diario El Pueblo</title>
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	<title>Julio Jesús Puescas &#8211; Diario El Pueblo</title>
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		<title>El trabajo de los congresistas tiene que ser presencial</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 16 Aug 2026 05:22:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Julio Jesús Puescas]]></category>
		<category><![CDATA[POLÍTICA]]></category>
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					<description><![CDATA[La presencialidad y la virtualidad son herramientas perfectamente válidas. El trabajo híbrido funciona y, en]]></description>
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<figure class="alignright size-large is-resized"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2026/08/imagen-233-819x1024.png" alt="" class="wp-image-16384" style="aspect-ratio:0.7998028322193419;width:190px;height:auto"/><figcaption class="wp-element-caption">Por: Julio Jesús Puescas</figcaption></figure>
</div>


<p class="wp-block-paragraph">La presencialidad y la virtualidad son herramientas perfectamente válidas. El trabajo híbrido funciona y, en muchas actividades, incluso puede mejorar la productividad. El Congreso, sin embargo, cumple una función que exige criterios particulares. El congresista representa a la ciudadanía, debate públicamente y toma decisiones que afectan al conjunto del país. Por la naturaleza de esa responsabilidad, su trabajo requiere un estándar distinto al de cualquier actividad administrativa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La virtualidad parlamentaria surgió como una respuesta excepcional frente a la pandemia. Aquella circunstancia ya pasó y, con ella, desapareció la principal razón que justificaba convertir la conexión remota en una herramienta de uso parlamentario. Las circunstancias individuales que hagan imposible la asistencia pueden recibir un tratamiento excepcional y debidamente justificado, pero la regla debe ser la presencia física del parlamentario. El Pleno, las comisiones y las principales actividades del Congreso tienen que desarrollarse con los representantes en el lugar donde se ejerce la función para la que fueron elegidos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La razón principal está en la rendición de cuentas. Cuando un congresista participa en una votación trascendental, interpela a un ministro o interviene en una comisión, está ejerciendo una función pública que exige responder ante los ciudadanos. La prensa tiene que poder preguntarle por su posición, sus colegas tienen que poder confrontar sus argumentos y los ciudadanos tienen que poder exigirle explicaciones. Esa exposición pública forma parte de la responsabilidad política y obliga al parlamentario a asumir las consecuencias de sus decisiones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La diferencia en la modalidad se enfatiza después de una votación. Un congresista que termina una sesión y sale del Palacio Legislativo queda inmediatamente expuesto a las preguntas de la prensa y al cuestionamiento ciudadano: tiene que explicar por qué votó a favor, por qué votó en contra o por qué decidió abstenerse. Cuando participa desde su casa, esa cadena de responsabilidades se debilita. Puede apagar la cámara, desconectarse o simplemente desaparecer del espacio público. La presencialidad mantiene al congresista en el lugar donde acaba de tomar una decisión y facilita que responda por ella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es más, la experiencia de los últimos años dejó, además, situaciones que deberían servir como advertencia. Hemos visto sesiones con una presencia física mínima y parlamentarios participando desde lugares completamente incompatibles con la solemnidad de una función pública. Incluso cuando la conexión funciona correctamente, una pantalla no reproduce todas las dimensiones del debate político. El Parlamento requiere interacción, negociación, observación y respuesta inmediata entre quienes tienen que deliberar y decidir en nombre del país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa dimensión del trabajo parlamentario también explica por qué la presencia física importa para la calidad del debate. Una correcta deliberación va más allá de escuchar intervenciones y presionar un botón para votar. Implica escuchar al otro, responderle, confrontar argumentos, negociar posiciones y construir acuerdos. El encuentro directo entre parlamentarios permite que esa dinámica ocurra con mayor intensidad y mantiene el debate dentro del espacio institucional al que pertenece.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso, la regla debe ser clara: presencia física para ejercer la función parlamentaria y virtualidad únicamente ante circunstancias excepcionales, individuales y debidamente justificadas. El congresista tiene que estar donde se debate, donde se vota y donde se toman las decisiones. La ciudadanía merece verlo trabajar, escucharlo argumentar y exigirle cuentas por aquello que decide en su nombre.</p>
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		<title>Reflexiones sobre la juventud y la política</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 17 Jul 2026 05:16:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Julio Jesús Puescas]]></category>
		<category><![CDATA[POLÍTICA]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Julio Jesús Puescas A cierta edad es natural que los jóvenes sueñen con transformar]]></description>
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<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por Julio Jesús Puescas</h4>



<p class="wp-block-paragraph">A cierta edad es natural que los jóvenes sueñen con transformar la realidad. La juventud suele estar acompañada de una profunda capacidad para entusiasmarse con las grandes ideas y de una sincera voluntad de aportar al país. En política ocurre exactamente lo mismo. Son muchos los que descubren interés por los asuntos públicos, leen, debaten, participan en actividades o siguen con atención el acontecer nacional. Ese entusiasmo es valioso y necesario. Sin él sería imposible renovar una sociedad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, con el paso del tiempo aparece una diferencia que pocas veces se menciona. Hay quienes sienten interés por la política y quienes descubren que la política constituye su verdadera vocación. No es una diferencia de inteligencia, de talento, de patriotismo ni de origen social. Es una diferencia que termina manifestándose en la forma en que cada persona ordena su existencia y enfrenta el sacrificio que exige servir al país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El interés permite participar cuando las circunstancias lo hacen posible. La vocación, en cambio, reorganiza las circunstancias. Quien la experimenta deja de considerar la política como una actividad adicional y comienza a entenderla como el eje desde el cual organiza su tiempo, sus prioridades y sus decisiones. La reflexión sobre la economía, la seguridad, la educación, la institucionalidad o el destino del país deja de ser una inquietud ocasional para convertirse en una preocupación cotidiana. Poco a poco, el proyecto político deja de ocupar un espacio dentro de la vida y pasa a orientar la vida misma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso la política auténtica exige mucho más que leer libros, publicar opiniones o participar ocasionalmente en redes sociales. Exige estudio permanente, capacidad organizativa, contacto con la realidad, disposición para escuchar, formar equipos y asumir responsabilidades. Exige también fortaleza para soportar la presión, la incertidumbre y el desgaste cotidiano. Los discursos pueden despertar entusiasmo; sin embargo, son los años de trabajo silencioso, cuando las responsabilidades aumentan y las dificultades se acumulan, los que terminan construyendo liderazgo. Así, la política deja de medirse por las palabras y empieza a medirse por la constancia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa diferencia suele hacerse evidente cuando aparecen las primeras renuncias. La vida ofrece múltiples caminos igualmente legítimos: el desarrollo profesional, la familia, las amistades o los proyectos personales. Muchos descubren que desean contribuir al país sin convertir la política en el centro de su existencia, y esa decisión merece respeto. Toda sociedad necesita ciudadanos comprometidos desde distintos espacios.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero también existen personas para quienes esa elección nunca llega a plantearse realmente. Hay una convicción tan profunda que les impide permanecer indiferentes frente a los problemas nacionales. Incluso en medio del cansancio, las dificultades económicas, las frustraciones personales o las incertidumbres propias de la juventud, continúan avanzando porque sienten que existe una responsabilidad superior que da sentido a cada esfuerzo. No hacerlo produce incluso la sensación de haber abandonado una parte esencial de sí mismos. No actúan impulsados por el reconocimiento inmediato ni por la expectativa de una recompensa, sino por una vocación que termina convirtiéndose en parte de su identidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá esa sea una de las mayores dificultades de hacer política siendo joven. Mientras la mayoría atraviesa una etapa de exploración personal, quien asume esta vocación comprende que muchas decisiones deberán subordinarse a un propósito más grande. Habrá puertas cerradas, momentos de soledad, fracasos, críticas y sacrificios que pocas veces serán visibles para los demás. Es precisamente en ese proceso donde una vocación termina demostrando la profundidad de sus convicciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La vocación política también revela otra diferencia que pocas veces se advierte. Toda causa necesita personas dispuestas a colaborar y fortalecer un proyecto común. Sin embargo, conducir una organización, asumir las decisiones difíciles y sostener el rumbo cuando la presión aumenta exige una disposición distinta. El liderazgo se obtiene por el trabajo sostenido cuando el entusiasmo inicial desaparece y la responsabilidad recae sobre muy pocos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quienes han recorrido ese camino saben que la legitimidad tampoco aparece de manera espontánea. Debe conquistarse lentamente. Hay que formar equipos, organizar actividades, construir instituciones, convencer a las personas, abrirse paso incluso cuando las oportunidades parecen inexistentes y demostrar coherencia durante años. En muchas ocasiones habrá que comenzar desde cero, sin estructuras previas que faciliten el recorrido. La política tampoco puede reducirse a la mera crítica. Exige caminar, escuchar, servir y construir comunidad. Quien solo aparece en los momentos de mayor visibilidad difícilmente comprenderá la dimensión real del servicio público.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La reflexión más importante es que la política auténtica no admite atajos: tiene que asumirse como una vocación de servicio que obliga a sacrificar comodidades, tiempo y proyectos personales en función de un horizonte colectivo. Ese sacrificio nace de una convicción interior que difícilmente puede explicarse a quien nunca la ha experimentado. La historia demuestra que las grandes transformaciones nunca fueron impulsadas por personas que reservaron para el bien común únicamente el tiempo que les sobraba. Siempre existieron hombres y mujeres cuya causa terminó ocupando el centro de sus vidas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso, todo joven que aspire a dedicar su vida a la política debería antes de preguntarse hasta dónde quiere llegar, debería preguntarse cuánto está dispuesto a entregar. Porque la política deja de ser una afición cuando comienza a moldear el carácter, exigir renuncias y orientar cada prioridad hacia un propósito superior. Servir a la patria significa asumir una responsabilidad que trasciende la propia generación: honrar el legado recibido, responder ante quienes comparten el presente y trabajar pensando en quienes vendrán después. Sólo entonces puede hablarse de una verdadera vocación política: aquella que encuentra en el servicio al país una responsabilidad capaz de orientar una vida entera.</p>
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