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	<title>Orlando Mazeyra Guillén &#8211; Diario El Pueblo</title>
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	<description>Verdad Justicia y Libertad</description>
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	<title>Orlando Mazeyra Guillén &#8211; Diario El Pueblo</title>
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		<title>La novela ganadora del Premio Internacional FILAY se presentó en la FIL Arequipa</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 08 Oct 2025 05:10:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[LIBROS]]></category>
		<category><![CDATA[Orlando Mazeyra Guillén]]></category>
		<category><![CDATA[PORTADA]]></category>
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					<description><![CDATA[Bernardo Cuesta junto a Orlando Mazeyra. Por Orlando Mazeyra Guillén (*) EL MAR QUE NOS]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-center"><em>Bernardo Cuesta junto a Orlando Mazeyra.</em></p>



<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right"><strong><em>Por Orlando Mazeyra Guillén (*)</em></strong></h4>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>EL MAR QUE NOS ESPERA</strong></h3>



<p><em>Aunque está inspirada en hechos reales, “El mar que nos espera” es una obra de ficción narrativa. Los acontecimientos descritos en el libro ocurrieron en Arequipa, Ayacucho, Buenos Aires, Camaná, Lima y Mollendo durante los últimos veinticinco años. A petición de los involucrados, salvando una excepción, los nombres han sido cambiados. Por respeto a los muertos y desaparecidos, el resto se ha contado tal como ocurrió.</em></p>



<p><strong><em>***</em></strong></p>



<p>Nunca quise aprender a nadar. Mi mamá siempre me instó a matricularme en academias de natación, sobre todo durante las vacaciones. Jamás le hice caso. Aquel verano del año 2000, cuando bajamos a Las Cuevas, yo seguía siendo tan inepto en materias natatorias como lo sigo siendo hasta hoy. Por eso —y esto se lo he contado a mi propio psiquiatra— a veces llego a la conclusión de que aquel niño degollado que me quiere enseñar a nadar, no es otra persona que mi otro yo. Mi lado B o algo por el estilo. ¿Por eso me hablará desde “<em>adentro”</em>? ¿Es un espía interior?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¿Pero por qué un degollado y no un manco, por ejemplo? —me preguntó el doctor Enrique, mientras tomaba notas de lo que le contaba.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —No lo sé, doctor —le dije mirando una vez más el enorme cuadro de su consultorio con “<em>El carro de Heno”</em> del Bosco, recuerdo que una tarde se pasó toda la sesión contándome la historia de ese extraordinario tríptico—. Lo sustancial es que lo que quiere el niño de Las Cuevas, es enseñarme a nadar para pagar sus culpas o pecados, qué sé yo. O quizá, en otra vida yo morí degollado… tampoco lo sé. Hay algo oculto que no llego a comprender o me niego a hacerlo.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Un momentito ¿Fue o no algo sobrenatural lo que viste en Las Cuevas?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Le juro que lo vi como lo estoy viendo a usted.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¿Qué viste?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —En resumen: al Mal en el cuerpo incompleto de un niño.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¿Incompleto?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —A veces está descabezado&#8230;</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¿Crees en Dios?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Doctor, no voy a misa nunca, ni me confieso, eso usted ya lo sabe: no le puedo mentir. Pero desde esa experiencia rezo a menudo, sobre todo después de las pesadillas. ¿De algo me ha servido? Creo que no. A veces pienso que tuvieron mucho de culpa esos malditos hongos…</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Si es que te dieron hongos —acotó el doctor Solari, escéptico—. Ese amigo tuyo, si es que se le puede llamar amigo, nunca les dijo la verdad…</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Tiene razón pero, de todas formas, usted me ha dicho que pueden provocar alucinaciones, paranoia y psicosis…</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Eso es correcto, sin embargo, tú sabes que probaste una dosis baja. Así que, como médico, no estoy en condiciones de pensar que fueron alucinaciones. Además, al día siguiente apareció un niño muerto… ¿Estamos hablando del mismo que viste la noche anterior?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Sí.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Para la siguiente sesión quiero que me respondas, en un papel y a mano, a una sola pregunta.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¿Cuál, doctor?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¿Qué te pasó?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¿En Las Cuevas?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —No. ¿Nunca has oído hablar de lo que es un “<em>trauma histórico”</em>?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Nunca, doctor Solari.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Si miras al pasado, ya no se tratará sólo de ti, sino de tus ancestros: tus padres, tus abuelos, etcétera. Porque lo que yo quiero saber es por qué se origina tu miedo a nadar o, si quieres, al agua. Todos absorbemos eventos de generaciones que nos preceden y luego se los transmitimos a las siguientes. ¿Quisieras tener un hijo que arrastre tus traumas?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —No.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Yo creo que tu miedo se debe a la transmisión transgeneracional.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¿Es como una especie de herencia?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Sí —asintió él.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Entonces se trata de una herencia de mierda.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Escribe para sanar, hazme caso —me sugirió—. No te olvides de la catarsis narrativa.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Luego se puso de pie y, con parsimonia, buscó entre sus libros. Por fin encontró uno de lomo blanco. Me dijo que el autor, el doctor Perry, era psiquiatra como él y, además, neurocientífico. Luego leyó un fragmento en voz alta, como si estuviera en una de sus clases de Medicina en San Agustín: «El trauma te destruye, y tienes que reconstruir tu mundo interior. Y una parte de esa reconstrucción, del proceso de curación, consiste en volver a las ruinas de tu antigua visión del mundo; examinas las ruinas buscando cualquier cosa que siga ahí, buscando tus piezas rotas. Los sueños, las imágenes intrusivas del trauma y las recreaciones mentales son la lucha de tu mente por dar sentido a tu nueva realidad. Cuando vuelves a revisar las ruinas, pieza a pieza, encuentras un fragmento y te lo llevas a tu nuevo y más seguro lugar en ese paisaje que ya no es el que era. Así, vas construyendo una visión del mundo nuevo. Eso lleva tiempo, y exige volver a las ruinas muchas veces».</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Entonces tengo que volver a Las Cuevas, doctor —concluí.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —No es necesario. Tienes que recrear: <em>re-crear</em> —repitió silabeando.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¿Cómo?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Te pongo un ejemplo más sencillo. ¿Qué perdiste en el terremoto del 2001?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Mi colegio, doctor, que fue como mi segunda casa —le dije recordando las aulas de sillar del colegio de La Salle—. Lo tuvieron que demoler.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Ya lo demolieron, pero puedes recrearlo en tu mente.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Claro que sí.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Dentro de tu colegio te pasaron cosas buenas pero… también malas.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Como a todos, creo.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Puedes escribir para revisitar lugares que ya no existen o a los que no quieres volver, coges algo de esos lugares y te los llevas a un lugar seguro. Así se gesta el proceso de curación, ¿me entiendes?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Más o menos, doctor.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Algunos escriben… otros pintan como el Bosco, por ejemplo: observa su <em>Jardín de las delicias</em>, allí está todo.</p>



<p><strong><em>(*) El jurado calificó a la obra como una “novela atípica y con hallazgos originales a partir de leyendas locales, la especulación y la parodia de géneros, como el policial o el horror, bien ensamblados en una estructura que va contra los códigos habituales”. Para adquirir la novela se puede contactar al autor al nro. 959113380.</em></strong></p>
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		<title>Algunos apuntes sobre la novela premiada por la Feria Internacional del Libro de Ayacucho</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 28 May 2025 05:09:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[CULTURA]]></category>
		<category><![CDATA[NACIONAL]]></category>
		<category><![CDATA[Orlando Mazeyra Guillén]]></category>
		<category><![CDATA[PORTADA]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Orlando Mazeyra Guillén EL MAR QUE NOS ESPERA Durante las fiestas de Año Nuevo]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right"><strong><em>Por Orlando Mazeyra Guillén</em></strong></h4>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>EL MAR QUE NOS ESPERA</strong></h3>



<p>Durante las fiestas de Año Nuevo rescaté (debería decir, exhumé) de unas polvorientas cajas de cartón unos papeles perdidos con viejos relatos juveniles que daban cuenta de ciertos ritos de paso que dejaron una profunda huella en mi memoria.</p>



<p>Aproveché las vacaciones para volver, a través de la fabulación, a aquellos remotos veranos mollendinos y camanejos en donde dejé de ser niño y me convertí en un hombre. Recordé a los amigos —Los Buenos Muchachos, nos autodenominábamos por culpa de un tal Scorsese— y también a los enemigos (aunque a veces no es tan sencillo diferenciarlos, sin embargo, el reto siempre me resulta estimulante, sobre todo si uno se aleja de las farras y también de las letrinas humanas): la música de fondo provenía del mar, con sus olas, su arena e interminables playas de la costa de la región Arequipa. Siempre el mar que, de alguna u otra manera, nos espera a todos.</p>



<p>No voy a decir nada original sobre esta “misteriosa operación” (así la llama Vargas Llosa), además de inextricable, envolvente, adictiva y apasionante. Sé que todos aquellos que intentamos escribir historias tenemos una disputa simbólica con Dios. Anhelamos suplantarlo (y a veces matarlo) con tal de arañar la —siempre esquiva, en mi caso— creación artística auténtica. Fue Javier Cercas el que dijo que con tal de satisfacer su vocación y, sobre todo, de escribir una obra maestra, el joven Vargas Llosa hubiera estado dispuesto a vender a su propia madre a una red de trata de esclavas. Y no exageraba, ni un ápice.</p>



<p>Hay preguntas como ésta que, al menos para mí, hasta el día de hoy no tienen respuesta: ¿Qué sería capaz de hacer alguien con tal de alcanzar la gloria y pasar a la posteridad? Para responderlas a veces sólo nos queda fraguar ficciones como “<em>El mar que nos espera”</em>, novelita corta recientemente premiada por la Feria Internacional del Libro de Ayacucho.</p>



<p>Con este libro, que se presentará en Huamanga a inicios de julio y luego en Arequipa, me despedí de un tótem de la literatura universal (cuando él cumplió los 89 años, casi todos sabíamos estaba muy próximo a la muerte, y por eso publiqué una sentida nota en el diario <em>El Pueblo</em> donde señalé: “el ocaso se aproxima, qué duda cabe; pero ni la decrepitud o la muerte vencerán a sus mejores historias”), pero también recordé a mi querido maestro y hermano mayor postizo: el esplendente Oswaldo Reynoso.</p>



<p>Culminé esta historia el 10 de abril —cumpleaños del autor de <em>Los</em> <em>inocentes</em>—. No fue casual sino deliberado, porque pude constatar que ese león arequipeño sigue rugiendo y su lámpara permanece incandescente.</p>



<p>Agradezco a los jurados del Primer Premio Internacional de Novela de la FIL de Ayacucho por elegir mi trabajo. La vida es como un juego de azar y creo —estoy convencido de— que los premios también. Esta modesta gratificación, más que económica, tiene un carácter espiritual inmarcesible. Los escritores del interior del Perú tenemos que sacrificarnos en demasía para difundir nuestros libros. Por suerte, ahora contamos con un nuevo evento literario independiente en Ayacucho y eso me alegra muchísimo.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Agradezco también a don Carlos Meneses, director de El Pueblo, que durante años me ha brindado espacio en este diario para contar historias. Esta tribuna invaluable me ha permitido ganar lectores ávidos y fieles en mi ciudad natal.</p>



<p>***</p>



<p>Escribí “<em>El mar que nos espera”</em> porque sé, o al menos dejo entrever con esta novela corta, que todos buscamos algo (a pesar de que, en ciertas ocasiones, nos cuesta reconocerlo): dinero, mujeres, hombres, talento, fama, fortuna, un sinnúmero de placeres de toda laya… y sólo el diablo nos lo alcanza (a veces) a manos llenas. Como diría mi psiquiatra (quien es un extraordinario admirador del Bosco): todos ansiamos conseguir al menos una porción del heno. Algunos privilegiados no tienen ningún problema para adquirir una generosa ración. Otros, en cambio, necesitan de los demonios para poder arañar esos placeres en medio de la fugacidad de la existencia: “<em>El mundo es un carro de heno, del cual cada uno toma lo que puede”</em>. Empezando por el penúltimo papa (Jorge Mario Bergoglio) y terminando por aquel arequipeño que logró ganar el Premio Nobel (Jorge Mario Vargas Llosa). Ambos se parecen más de lo que algún incauto podría imaginarse. Los dos nacieron el mismo año. El arequipeño profetizó la clausura de la sórdida secta sodálite y el argentino la ejecutó sin chistar. No son datos anecdóticos, faltara más: <em>el diablo está en los detalles.</em> Y muchas veces escribir historias es introducirse en el mismísimo taller del diablo.</p>



<p>Una pequeña porción del heno llegó a mí desde Ayacucho y otra enormísima se la debo a mis lectores, a quienes les alcanzo un fragmento de mi novela: “El mar que nos espera”:</p>



<h3 class="wp-block-heading">FRAGMENTO: PAGANINI Y SU OFRENDA AL GRAN ARQUITECTO DEL UNIVERSO</h3>



<p>Niccolò Paganini (1782-1840) nació en Génova, donde estudió con músicos locales, uno de ellos —al parecer, Tomasso Soracco— le prometió el éxito y la fama si le ofrecía sus manos (su talento) a un visitante nocturno que el niño veía cuando le daban pesadillas.</p>



<p>Acatando la orden de uno de sus mentores, le entregó sus manos a Mefisto, diciéndole:</p>



<p>—Todo lo que haga con ellas será para ti, Gran Arquitecto del Universo.</p>



<p>Y así fue.</p>



<p>Cuando Paganini estaba moribundo no recibió la extremaunción —la iglesia no quiso reconocer que al menos un par de curas se negaron a dársela— y, por si fuera poco, el obispo de Niza prohibió que el artista fuera enterrado en tierra consagrada, debido a su fama de masón.</p>



<p>Las últimas palabras del genio fueron: «Desde que me entregué a él, dejé la luz y abracé esta oscuridad que no me abandonará ni siquiera al morir».</p>
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		<title>EL ROTUNDO FRACASO DE JUAN REYNOSO</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 04 Dec 2023 05:06:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[COLUMNISTAS]]></category>
		<category><![CDATA[DEPORTE]]></category>
		<category><![CDATA[Orlando Mazeyra Guillén]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Orlando Mazeyra Guillén El exentrenador de Melgar, que lo sacó campeón el año 2015,]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h3 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por Orlando Mazeyra Guillén</h3>



<p class="has-light-green-cyan-background-color has-background"><strong>El exentrenador de Melgar, que lo sacó campeón el año 2015, se fue de la selección por la puerta falsa.</strong></p>



<p>“<em>Lo barato sale caro</em>”, reza un viejo refrán que ahora también le pasará una onerosa factura al avaro Agustín Lozano, el vivo que terminará siendo un bobo de capirote.</p>



<p>El año pasado, el impresentable presidente de la Federación Peruana de Fútbol desestimó, sin pensárselo mucho, la continuidad de Ricardo Gareca (hasta sugirió que el Tigre era un ocioso y otras cosas aún peores) acariciando la posibilidad de darle las llaves de la Videna a un módico entrenador <em>made in</em> Perú con un recorrido exitoso a nivel de clubes: Reynoso había tenido un feliz paso por Universitario, sacó campeón nacional a Melgar de Arequipa y, posteriormente, a Cruz Azul en México. No es poco; pero, a veces, para un seleccionado nacional —la tan temida e inmisericorde silla eléctrica— no alcanza.</p>



<p>Sabemos que hay, por ejemplo, jugadores sólo de “club” pero no de “selección”. Otros, en cambio, son grises en sus clubes, sin embargo se potencian (se “crecen”, se “transforman”) cuando se ponen la camiseta de su seleccionado nacional. Claudio Pizarro, conocido en Alemania como el “Bombardero de los Andes”, se aburrió de marcar goles en el competitivo torneo teutón y en los grandes torneos europeos; no obstante, fracasó una y mil veces como capitán y delantero de la selección (su castigo fue un acto de justicia poética: no ser convocado por Gareca para participar en el Mundial de Rusia 2018). Pedro Gallese, por su parte, es un portero tan normalito que pasa desapercibido en la poco relevante liga de fútbol de los Estados Unidos… y, cuando se enfunda la camiseta de la selección peruana, se transforma en uno de los porteros más sólidos del continente (de no ser por él, Perú tendría en su haber goleadas con resultados tenísticos).</p>



<p>Juan Reynoso, con sus difíciles maneras (un enceguecedor ego del que hablan quienes han sido entrenados por él) que ven fantasmas y enemigos en todos lados, con su carácter atrabiliario y con su consabida obsesión por la rotación (“quiero un equipo camaleónico”, había declarado) se ha puesto solito la soga en el cuello. No es posible conducir un seleccionado tan complejo como el peruano si la cabeza no tiene un atisbo de autocrítica (y sentido del ridículo). Resulta una pesadilla esperpéntica intentar competir en las clasificatorias más difíciles del orbe si el timón del barco vive en una irrealidad —una fantasía alucinatoria— que lo hace caminar a tientas en medio de la penumbra interminable y nociva: sólo dos puntos en seis partidos, apenas un gol marcado por un volante. Es decir, nada. Ni siquiera mediocridad, porque hasta para ser mediocre hay que tener cierto mérito (la prensa boliviana fue pedagógica cuando señaló que ellos eran “malos”; pero los peruanos “¡malazos!”). Y la selección peruana es, sin ápice de duda, la peor de Sudamérica (igual que su torneo doméstico, la alicaída Liga 1). Si hubiera descenso, la bicolor ya estaría pedida por ese fantasma del que Alianza Lima se salvó vergonzosamente en la mesa con el apoyo del TAS.</p>



<p>Resulta, además, inaudito que un entrenador —campeón del mundo que acaba de romper con el invicto histórico de Brasil como local en clasificatorias— como Lionel Scaloni anuncie, presa de la honestidad y de la entereza del profesional digno, que iba a pensar si podía seguir el próximo año al mando del seleccionado albiceleste. En Lima, en cambio, Reynoso, afirmó, muy suelto de huesos, que tiene contrato hasta diciembre del 2025 y que está convencido de que la situación se puede revertir.</p>



<p>Ahora, pues, Lozano, amiguísimo de Boluarte y Otárola, tendrá que hilar fino para que Reynoso no le cobre hasta el último sol que señala su contrato antes de irse de la Videna (la presión de los sponsors cada día es más fuerte). Para la anécdota también quedará la visita de la presidenta a la concentración de la selección y sus fotos funestas con el capitán Paolo Guerrero y con el mismísimo Reynoso. No cabe duda de que el presidente de la F. P. F. está rodeado de (y adula a) gente a todas luces repelente.</p>



<p>“Perú irá al Mundial porque tiene equipo y tiene técnico”, había dicho un desavisado comentarista deportivo de Movistar (que suele oficiar de expeditivo humorista involuntario de Al Ángulo) luego de perder en Lima contra Brasil (selección a la que le ganaron Argentina, Uruguay y Colombia; Venezuela le empató de visita, ¡qué envidia!).</p>



<p>No podemos ser terminantes, sobre todo cuando todavía resta una docena de partidos por las clasificatorias. Pero, si acaso Perú desea competir en serio, debe buscar un entrenador de prestigio; y los mejores están en Argentina. En Uruguay, por ejemplo, Marcelo Bielsa dicta cátedra (él sí es un ajedrecista y de los mejores). Ese es el modelo a seguir: el del trabajo, la seriedad y la autocrítica. El de la sencillez y el respeto: “En cualquier tarea se puede ganar o perder; lo importante es la nobleza de los recursos utilizados”, afirma el Loco que dejó huella en todos los equipos que dirigió. Pero, ¿qué entrenador serio y decente aceptaría conversar con un dirigente tan nauseabundo como Agustín Lozano? Lo único bueno es que Reynoso le dará de su propia medicina. Y en donde más le duele: el bolsillo.</p>
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		<title>Oswaldo Reynoso sabía cuál era la única alternativa para salvar a la humanidad</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 02 Oct 2023 05:05:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[CULTURA]]></category>
		<category><![CDATA[Orlando Mazeyra Guillén]]></category>
		<category><![CDATA[PORTADA]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Orlando Mazeyra Guillén SOBREDOSIS DE AMOR —Sí, es por Cerro de Pasco —dice con]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h5 class="wp-block-heading">Por Orlando Mazeyra Guillén</h5>



<h3 class="wp-block-heading">SOBREDOSIS DE AMOR</h3>



<p>—Sí, es por Cerro de Pasco —dice con un tonito autosuficiente una mujer que participa en la convención—. Tendríamos que ir allá en un carro particular para ver cómo es la real situación, ¿qué te parece?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Ella tiene contactos de primera mano que, con mucha celeridad,&nbsp;«arreglan»&nbsp;informes con la gran minería. Arman (o desarman) estudios de impacto ambiental a pedido. Fungen de mediadores. Sin embargo todo es una puesta en escena. Superchería. Nada más.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —El derecho —afirma— es para&nbsp;tiburones. Si eres una auténtica mierda puedes hacer millones en poco tiempo.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Supongo que ese pata con el que hablabas por teléfono es el&nbsp;tiburón&nbsp;de la película de Spielberg —bromea uno de sus amigos.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Algo así —dice ella sonriendo—. Sabe fumar la pipa de la paz con los alcaldes y las autoridades, conoce a la gente corrompible para que todo salga al toque y dejando contentas a ambas partes… como se pide chumbeque.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Se trata de tener buenos nexos, romper manos y ya —tercia alguien más.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —En el Perú, sí.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Ese dinero está manchado.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —No seamos tan moralistas, por favor: necesitamos de la inversión minera para salir adelante. No cerremos los ojos. ¡Tía María sí va!</p>



<p>***</p>


<div class="wp-block-image">
<figure class="aligncenter size-full"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2023/10/Tecnicas-para-el-rol-del-lider-en-la-resolucion-de-conflictos-1.png" alt="" class="wp-image-53068"/></figure></div>


<p>Había, hace algunos años, un programa de televisión financiado por las mineras y también una radio vergonzosamente obsecuente. Fue en esa emisora en donde un día, de buenas a primeras, empezaron a leer tus historias. Fredy Rosendo, un periodista de medio pelo que había pasado a llenarse de plata de la noche a la mañana, leía con voz afectada tus relatos. Su fruición no era auténtica, lo descubriste desde la primera vez que, estupefacto, lo escuchaste leer «Solosín».</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Voy a hacer todo lo posible por difundir el trabajo de este escritor —dijo Fredy Rosendo—. Hasta mañana, queridos oyentes. Volveremos con más actualidad y, por supuesto, con más historias impactantes como la de hoy.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Al día siguiente fuiste a encararlo a la puerta de la radio y lo grabaste sin que él lo supiera. Le dijiste que no tenía autorización para difundir tus narraciones. Irías hasta Indecopi, le advertiste alzando la voz pero sin perder la compostura.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Te van a leer más, ¿o no te das cuenta? —te dijo imperturbable—. Yo te estoy haciendo un favor y ni siquiera te cobro: deberías agradecerme, muchacho.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Usted no cree en mi talento, usted quiere joder a mi padre. Yo no me chupo el dedo.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Sí, es verdad: y lo voy a joder mientras siga llamando a las radios para hablar en contra de mí y de la minería… Hazlo entrar en razón y de paso haz las paces con él. Si tu papá se calma, yo dejaré de leer tu libro. Avísale eso y, así, todos tranquilos.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; A diferencia de Fredy Rosendo, tu padre no era un corrupto ni un agachado, tampoco un vendepatria. Eso le jodía sobremanera al periodista y no sabía por dónde atacarlo. Y, una tarde, un regalo le cayó del cielo:</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Si de verdad quieres fregar a Mazeyra, lee este libro —dijo Umberto Ormachea Guillén—. Acá su hijo lo despedaza.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¿Qué cosas dice?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Léelo pues… te va a gustar —le sugirió Ormachea, el aprista vergonzante.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Fredy Rosendo advirtió en su programa radial que un jovenzuelo se había aparecido en la puerta de la emisora para cuadrarlo, pero que no le tenía miedo. Y luego leyó otro relato. Y al día siguiente otro más… hasta que le llegó una carta notarial.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Algunos periodistas te dieron información de primera mano y llenaron tu bandeja del correo electrónico: Rosendo tenía denuncias por el delito de aborto no consentido. El periodista y su esposa poseían un falso consultorio obstétrico en donde se practicaban los abortos y, a veces, el propio infeliz oficiaba de asistente entregando píldoras (mientras a las desesperadas mujeres les realizaban «maniobras abortivas»).</p>


<div class="wp-block-image">
<figure class="aligncenter size-full"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2023/10/d0f7b70e-abc3-4af3-bee9-022f31c37c07.webp" alt="" class="wp-image-53069"/></figure></div>


<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Rosendo (el abortero… oh, paradoja) tuvo un hijo displicente y jaranero que no podía cumplir el sueño de su papito: titularse de abogado para trabajar en una poderosa minera. Entonces el mismo periodista armó con una universidad pirata una suerte de actualización trucha para futuros tinterillos: un título a nombre de la nación en forma&nbsp;express.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Umberto Ormachea —amiguísimo de Rosendo—, por su parte, tenía marcas terribles… aquellas que deja el partido de la estrella para siempre.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —El Apra es como la viruela más feroz —dijo una vez su abuelo César Augusto durante el primer gobierno de Alan García.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¿Por qué?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Deja marcas. Y son marcas terribles. Si hay algo peor que un aprista, es un exaprista. Nunca confíes en ellos, son una lacra.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Esto se va a convertir en Sodoma y Gomorra —vaticina su madre luego de volver de la calle.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¿Tanto así?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Sí —afirmó su madre. Y es que la convención minera durante una semana se apodera de restoranes, discotecas, bares y también de los chonguitos de la ciudad. Aparecen anfitrionas de toda laya y las noches son excesivas e interminables (corre de todo y para todos).</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En una de las picantes fiestas organizadas por las mineras fallece Nicanor Guerreros, un tipo que aseguraba, muy orondo él, que 930 soles es mucho dinero. Un sujeto que venía a Arequipa de farra, pero los excesos le pasaron factura. Así son ellos, piensas y otra vez asoma el recuerdo recurrente. Las palabras de Oswaldo Reynoso: «creo en la lucha de clases, en el compromiso del escritor y en la rebelión de los pobres, de fuera y dentro del imperio, contra la imposición armada del neocapitalismo genocida y destructor del ecosistema de la Tierra. Y para mayor precisión: creo que el socialismo es la única alternativa que le queda al hombre para salvar su especie».</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Necesitábamos una sobredosis, por supuesto. Pero no de drogas, sino de amor.</p>
]]></content:encoded>
					
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		<title>Aquelarre: la última librería de viejo de la ciudad</title>
		<link>https://diarioelpueblo.com.pe/2023/09/25/aquelarre-la-ultima-libreria-de-viejo-de-la-ciudad/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 25 Sep 2023 05:03:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[COLUMNISTAS]]></category>
		<category><![CDATA[ESPECIALES]]></category>
		<category><![CDATA[Orlando Mazeyra Guillén]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Orlando Mazeyra Guillén LOS ÚLTIMOS ALQUIMISTAS DE AREQUIPA A la librería Aquelarre la pandemia]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h5 class="wp-block-heading">Por Orlando Mazeyra Guillén</h5>



<h3 class="wp-block-heading">LOS ÚLTIMOS ALQUIMISTAS DE AREQUIPA</h3>



<p>A la librería Aquelarre la pandemia se la llevó para siempre. Ahora, en la calle San José, uno se topa con una óptica más. A mediados de agosto me enteré de la muerte del señor Rómulo Ramírez (Tommy para los amigos), el mayor de los dos hermanos que eran dueños de tan recordado lugar. Acá, a manera de homenaje, una nota que apareció en “El Pueblo” hace más de 10 años. ¡Descanse en paz, alquimista!<a href="https://www.facebook.com/search/top?q=mazeyra%20aquelarre"></a></p>



<p>De pronto, un hombre ingresa al local cargando dos pesadas bolsas de plástico negras. Es moreno y delgado, frisa los cincuenta años. Antes de hablar, enjuga su frente con un pañuelo blanco y se rasca su bien cortado bigote entrecano:</p>



<p>—A ustedes les dicen los alquimistas.</p>



<p>—¿Por qué? —pregunta, entre sonriente e intrigado, el señor Alberto Ramírez, quien por sus ademanes de bienvenida delata que ya conoce al sujeto en cuestión, que empieza a sacar deprisa libros de segundo uso de las bolsas que trae consigo.</p>



<p>—Porque en mis manos esto no vale nada —se lamenta tomando un viejo ejemplar de&nbsp;“Ada o el ardor” de&nbsp;Vladimir Nabokov—. En cambio, en las manos de ustedes se vuelve oro.</p>



<p>Las risas festivas no tardan en hacerse presentes en este recinto en el que uno, a pesar de los reparos de muchos —algunos libros son muy caros, el aspecto es el de una decadente librería de viejo con sólo algunas novedades, etcétera—, se puede liberar de las anteojeras provincianas y sentirse de veras cosmopolita: la librería Aquelarre, el orgullo de dos hermanos que, aunque de familia arequipeña, nacieron en Puno: Tommy (1943) y Alberto (1950). Ambos administran este negocio atestado de anaqueles, ubicado en la segunda cuadra de la céntrica calle San José que en el techo del vetusto local muestra el símbolo taoísta del bien y el mal. En dos mesas largas y espaciosas descansan desordenadas publicaciones de toda laya y en una pequeña —del tamaño de una mesa de noche— está la caja chica bajo la atenta vigilancia del hermano mayor, Tommy. A la izquierda, un falso ropero negro oculta el sanitario de donde, si la ocasión lo amerita, se pueden conseguir algunos vasos descartables, para brindar con la bohemia o los concurrentes de turno.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2023/09/maxresdefault-1024x576.jpg" alt="" class="wp-image-50889"/></figure>



<p>La inauguración de la librería se remonta al año 1982, en un local alquilado en la calle San Juan de Dios. La iniciativa de los hermanos Ramírez proviene de una vocación fundamental por la lectura, un hábito que cultivaron desde muy pequeños, alentados por sus padres: primero, fueron revistas, cómics y, luego, pasaron a los libros. Posteriormente, ya en Arequipa, ambos terminan la secundaria y el mayor de ellos, Tommy Ramírez, después de su paso por el Colegio Militar Francisco Bolognesi, siguió cursos en la Escuela de Literatura en la UNSA. Ahí enriquece sus lecturas y conoce la narrativa peruana (Arguedas, Alegría, entre otros) y en sus años agustinos estalla el boom de la literatura latinoamericana.</p>



<p>De las movidas literarias de aquellos tiempos él recuerda que había mucho interés tanto por promover la creación literaria como la lectura. Los hermanos Cornejo Polar eran personas muy activas y organizaban diversos eventos a los cuales el propio Ramírez asistió, entre ellos el encuentro nacional de narradores en el cual estuvieron José María Arguedas y Mario Vargas Llosa: «Con amigos poetas, Ana María Portugal y Óscar Valdivia, sacamos una revista cultural llama&nbsp;Homo, donde le hicimos un homenaje a Arguedas, publicamos trabajos de Javier Heraud, con textos inéditos de César Calvo. A su vez, en el diario El Pueblo tenía la columna diaria y los domingos manejaba la página cultural, comentaba libros y actividades culturales. En Lima, colaboré con Caretas, Oiga y tuve la oportunidad de recibir publicaciones de Uruguay, Venezuela, México, Argentina que, en su momento, reseñé y así fui enriqueciendo mi biblioteca y acariciando la idea de abrir una librería en Arequipa».</p>



<p>Le pregunto por qué abandonó la carrera de literatura y en su respuesta hay un relente de desazón: «Me di cuenta de que no colmaba mis expectativas. A pesar de la calidad de los maestros, pues en los años sesenta era muy superior a la actual. Además, luego también estuve llevando cursos en la Universidad Mayor de San Marcos, donde tuve maestros como Edgardo Rivera Martínez, pero, como decidí volver a Arequipa, abandoné la carrera».</p>



<p>En el año 1982, los hermanos Ramírez vuelven a Arequipa y fundan Aquelarre, la librería lleva ese nombre porque le querían rendir un homenaje a esa generación de artistas arequipeños —los poetas Percy Gibson y César Atahualpa Rodríguez fueron los fundadores— que solían reunirse a la luz de la luna. Luego se trasladan de San Juan de Dios a un local en la primera cuadra de San José y, desde hace ocho años, operan en la segunda cuadra.</p>



<p>¿Por qué nace Aquelarre? Básicamente, para hablar de libros y ponerlos al alcance del lector de a pie, para compartir cultura, difundir corrientes de pensamiento. «Cada época despierta un determinado interés. En los ochenta, por ejemplo, cuando abrimos la librería había mucho interés por los aspectos político-sociales y teníamos muchos libros de esos temas (economía, sociología, política, marxismo). Eso ya ha ido cambiando. Últimamente, hay interés por la literatura de autoayuda, la medicina alternativa».</p>


<div class="wp-block-image">
<figure class="aligncenter size-full"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2023/09/2022-04-29.jpg" alt="" class="wp-image-50888"/></figure></div>


<p>Aquelarre va más allá de proveer libros a los eventuales compradores, pues aglutina a lectores ávidos y a potenciales escritores. «Ese ha sido uno de los logros más importantes que ha tratado siempre de infundir esta librería: no ser sólo un lugar de exhibición y venta de libros, sino también un punto de encuentro de escritores jóvenes y mayores, donde se pueda hablar absolutamente de todos los temas, incluso confidencias e intimidades. Y hablamos de escritores no sólo de Arequipa, sino de toda la zona sur: Puno, Cusco, Tacna, etcétera, con los cuales hemos establecido lazos muy fuertes y siempre que vuelven a Arequipa nos visitan».</p>



<p>¿Cuál ha sido la mayor alegría que le ha dado este oficio de librero? La de conocer a gente extraordinaria, personas muy valiosas y también la posibilidad de haber brindado libros a escritores en ciernes. Por ejemplo, Carlos Herrera, quien compró en Aquelarre sus primeros libros. Ahora él es diplomático y ha publicado algunas interesantes novelas. Mario Vargas Llosa ha estado también en la librería. El antropólogo Luis Lumbreras o su colega Luis Millones, pintores como Luis Palao Berastain. Además, por su propia labor en el periodismo cultural, Tommy Ramírez pudo conocer en Lima a Blanca Varela, Javier Sologuren, Jorge Eduardo Eielson, editores como Carlos Milla Batres y Juan Mejía Baca.</p>



<p>Pero este oficio no está exento de inconvenientes: «El primer problema es el económico. La gente que se interesa por la lectura sigue siendo una minoría. Una minoría que no crece en la medida en que uno anhela. Y, a pesar de eso, los factores económicos impiden traer nuevos libros que uno quisiera tener en la librería, pues la producción literaria es inmensa tanto en España como en Argentina y México. Hay muchos títulos de indudable calidad literaria que, como no son comerciales, no llegan al Perú y eso sí, como librero, me produce un sinsabor tremendo». Ahí aparece el fantasma de quedar desactualizado, sin novedades en el escaparate. «Es un peligro latente, pues por más que uno quisiera, no va a poder satisfacer sus expectativas personales ni mucho menos —como es obvio— la de todos los visitantes».</p>
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		<title>Cómo aprender a amar a un mundo horrible</title>
		<link>https://diarioelpueblo.com.pe/2023/09/04/como-aprender-a-amar-a-un-mundo-horrible/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 04 Sep 2023 05:05:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Orlando Mazeyra Guillén]]></category>
		<category><![CDATA[RELATOS]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Orlando Mazeyra Guillén PALETA DE COLORES —Quiero que escuches a Yann Tiersen —te dijo.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h5 class="wp-block-heading">Por Orlando Mazeyra Guillén</h5>



<p class="has-light-green-cyan-background-color has-background"><strong>PALETA DE COLORES</strong></p>



<p>—Quiero que escuches a Yann Tiersen —te dijo.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¿Y quién es ese pata?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Un brillante músico y compositor francés —te informó—. Tengo acá en mi celular “Porz goret”. La vas a escuchar antes de leer lo que escribí para ti, ¿puedes?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Nancy te acaricia el rostro. Luego busca en su celular la grabación de Yann Tiersen y te pide que cierres los ojos mientras la escuchas. Tú accedes de buena gana y recuerdas el día que la conociste. Luego te indica que leas en voz alta su presente por un nuevo aniversario: palabras, sólo palabras. Nada mejor que las palabras para celebrar el amor y la vida.</p>



<p>***</p>



<p>Orlando: Son casi las cinco de la mañana y tú sigues durmiendo. La paz me acompaña, ¿pero hasta qué hora? &nbsp;Desde mi ventana veo cómo batalla el sol por salir de entre esas inmensas nubes grises… ¿lo logrará hoy? Me he quedado por espacio de quince minutos contemplando ese suceso, en medio de esa calma que precede al caos. Mi madre siempre dice que yo pierdo el tiempo “viendo y viendo, sin hacer nada”… pero, ¿sabes? Yo siento que no sólo veo, sino que pienso, imagino, concluyo. Si todo tiene una causa, ¿cuál sería el propósito de que hoy no salga el sol? ¿Qué propósito tiene este nuevo día para ti, para mí, para todos?</p>



<p>He repasado este primer año contigo. Repensaba actitudes y desenlaces con un solo propósito: amarte más y mejor. Mejor, sí. Cada vez más descubierta, más vulnerable, mas imperfecta, más humana, más yo, porque solo siendo yo misma puedo ofrecerte algo mejor: mi amor incondicional.</p>



<p>En Año Nuevo tuvimos —por lejos— la más intensa de nuestras crisis. No hablo de peleas, ¡no! Hablo de CRISIS. Te lo digo yo que estoy repasando todo como un islamita lo hace con el Corán… así que no me puedo equivocar. Añadí otros elementos para hacer aún más dramática nuestra crisis: el ridículo golpe de Estado del año pasado, la última lluvia de fin de año y la posibilidad de que, aunque no me lo creas, algunos de tus amigos quieran verme lejos de ti.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2023/09/2015-02-13-casos-sifilis-Espana-duplican-anos_TINIMA20150123_0861_1-1024x726.jpg" alt="" class="wp-image-44510"/></figure>



<p>Yo siempre me fijo en los “Detalles”, como diría Roberto Carlos (el cantante, por favor, no el exfutbolista). Nuestra relación estuvo (está) salpicada de estos detalles y muchas veces nos empujaron hasta la gloria o nos hicieron sucumbir en tensiones insoportables. Sin embargo, lejos de analizar el cómo, el cuándo y el dónde, me interesa abordar el para qué. Y mientras esto pasa, una cirrucumulus (nube alta) opacó el sol por completo: la batalla por amanecer será igual de dura que aquella que libraremos por construir un hogar sólido. &nbsp;</p>



<p>Debo decirte que amas a una mujer que, en cualquier circunstancia de la vida, activa tres secuencias sistemáticas: llora por la impotencia, busca soluciones y luego echa andar todo de nuevo. No importa el contexto. Tengo una capacidad de retroalimentación bravísima. Me reconstruyo una y otra vez con una facilidad que no cesa de sorprenderme. Sí, siempre vuelvo al ruedo después de esos tres pasos mencionados.</p>



<p>Tengo la sensación de que te estoy explicando lo que ya viviste conmigo, es decir, sabes que esto pasa cuando tenemos problemas. Y, aunque mi intención no es revivirlo, de pronto valdría la pena que tengas en cuenta cuál es el ritmo (mi ritmo) para que puedas bailar cada vez mejor la milonga. Será de pronto la primera danza que aprendas a bailar con audacia: un, dos tres, ¡vuelta!, un dos, tres, ¡arriba!, un, dos, tres, ¡beso!</p>



<p>Me aleja del editor de textos el primer rayo de sol que se cuela enérgico en medio de esa inmensa masa gaseosa, la cumulunimbus (nube vertical) parece darle un chance. Pero no por completo, pues a lo lejos se aproxima una ola de camaradas blancas y grises. ¿Cuánto más tendrán que hacer para opacarlo?</p>



<p>Miro ese espectáculo y consulto la hora: 5.20 de la mañana. Me encuentro sentada en la ventana, con el camisón blanco de seda que uso cuando dormimos juntos, sintiendo la caída suave de la tela sobre mis senos que no están sujetados por nada. Juego con la cadena mía de dos dijes, subo mis piernas y coloco la punta de mis pies encima del pequeño muro que aguanta la ventana.</p>



<p>Imagino —con un deseo desmedido— que hoy por la noche, tu pecho aplastará el mío mientras te fundes en mí. Y cada poro de mi piel tratará de captar tu energía, tu aliento, tu infinita pasión para unirnos en un amor sin precedentes. En esa chispa que solo se activa cuando en la cadencia de nuestros cuerpos tu mirada se clava en la mía y nos “re-conocemos”, nos miramos asombrados, nos penetramos el alma. Suave, despacio, intenso: desmedido. Así será. Así será para siempre.</p>



<p>¡HA LLEGADO LA HORA! Una nimbustratus (nube media) está en medio del sol y ahora, más bien, esta estrella espectral ha decidido hacer lo que mejor sabe: brillar. Tendrías que ver cómo la luz aplasta cada nube y cómo se alza en medio de todo. Los pájaros han callado de pronto porque, como yo, están contemplando esta batalla por amanecer.</p>



<p>Se repliegan las nubes y van con todo, nuevamente. Suben las stratus, las cirrus se reacomodan, oscurece parcialmente y de pronto… de pronto SALE EL SOL. ¡No hay nada más que hacer! y parece que los cantos desmedidos de las aves celebran la victoria. Me apresuro a abrir la ventana y el golpe del viento me da los buenos días: “¡Buenos días, humana que ama a este mundo horrible!”. Cierro los ojos y saboreo este triunfo; mi boca que no emite trinos, dice algo que cambiará este día por completo: “¡CUÁNTO TE AMO!”.</p>


<div class="wp-block-image">
<figure class="aligncenter size-full"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2023/09/20211027-141356-899255.jpg" alt="" class="wp-image-44511"/></figure></div>


<p>Sé que este clima te deprime y causa ansiedad, pero quizás allí reside el para qué de toda nuestra historia. No temas más a los días grises. No te escondas de la lluvia. He llegado para eso. Vine a sacarte de esa paleta triste y te voy a impregnar de vida, de colores… pero esto no está exento de claroscuros. En breve lloverá más fuerte. Sin embargo, te prometo, vida mía, que me convertiré en sol y haré maravillosos arcoíris para ti, sólo para ver cómo sonríes.</p>



<p>Recuerda siempre que ese espectáculo matutino somos tú y yo, mi amor. Toma mi mano y repite conmigo: MUNDO HORRIBLE, ¡TE AMO!</p>
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		<title>INFANCIAS: TEORIA DE LAS REGLAS</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 21 Aug 2023 05:04:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[ESPECIALES]]></category>
		<category><![CDATA[FAMILIA]]></category>
		<category><![CDATA[Orlando Mazeyra Guillén]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Orlando Mazeyra Guillén Bryan Paredes presenta su primer libro este domingo 20 de agosto,]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h5 class="wp-block-heading">Por Orlando Mazeyra Guillén</h5>



<p class="has-light-green-cyan-background-color has-background">Bryan Paredes presenta su primer libro este domingo 20 de agosto, a las 5 de la tarde, en la Feria del Libro La Independiente.</p>



<p>“Infancias”, el primer libro de cuentos del periodista y escritor Bryan Paredes, nos permite asomarnos a diversas formar de crecer, madurar y hacernos hombres (o al menos intentarlo, a pesar de los desalentadores resultados). No obstante, muchas de sus breves narraciones nos recuerdan que, de una u otra manera, todos también decrecemos, menguamos. Y es inevitable: nos vemos disminuidos física o moralmente; como el padre del narrador del último relato, un anciano que ha ido perdiendo poco a poco los dientes y se resiste a abandonar la bebida que le ha desencadenado el problema dental.</p>



<p>En el cuento titulado “Teoría de las reglas” el narrador confiesa que nunca ha podido hablar con facilidad y por eso escribe. Y, a través de la escritura, se exhibe sin reparos y sin temores hasta llegar a entender que las palabras duelen sobremanera y sus estragos duran años: “quizá para siempre”. De esos estragos imperecederos está hecha la narrativa de Paredes.</p>



<p>En “La infancia es una paloma muerta en tus manos”, por ejemplo, podemos adueñarnos de una interrogante dolorosamente luminosa: “¿No dicen que los primeros años de educación son fundamentales para la vida de una persona?”. Este libro da cuenta de esas primeras veces, doloras e impactantes, intensas y fulgurantes: los primeros amores, los primeros viajes, los primeros adioses, los primeros muertos, los primeros fracasos… Todo para caer en la cuenta de que “todo terminará mal, la vida no es justa” y, poco a poco, vamos agotando nuestras últimas cartas sabiendo que inevitablemente perderemos de forma definitiva porque “siempre habrá un momento, en la historia de nuestra vida, en que lo perderemos todo”.</p>



<p>Bryan Paredes nos alcanza un variopinto mural con distintas versiones de él mismo. Y su personalísima mirada nos resulta a veces luminosa y a veces perversa. Y en la que es acaso su mejor historia, la última de esta entrega, un periodista cultural se pierde una ansiada (y por muchos años preparada) entrevista con el célebre autor norteamericano Paul Auster por volver a casa para tomarse unas cervezas con su padre. Quizá esa conversación con su progenitor fue la mejor entrevista que hizo en su vida. ¿Crecemos o decrecemos? Los cuentos de Bryan Paredes podrían tener la respuesta, pues sus Infancias también son nuestras.</p>



<p>El libro, publicado por Dendro Ediciones que dirige Fran Gutiérrez, se presentará en la Feria del Libro La Independiente, un esfuerzo del Ministerio de Cultura del Perú. La cita es en la Plaza San Francisco del Cercado de Arequipa a las cinco de la tarde.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2023/08/deer.jpg" alt="" class="wp-image-39964"/></figure>



<h2 class="wp-block-heading">FRAGMENTO DEL LIBRO</h2>



<p>El nido de ratas estaba entre los escombros de la pared que habían tumbado los trabajadores. La familia decidió, en esos años, que ampliar la cocina era un regalo inmejorable para la abuela. Se pudo reunir la plata, aunque fue un año de poco trabajo, según contaban mis tías, tiempo en el que se debía rascar la olla y escuchar esa punzante melodía del arroz quemado: cocolón delicioso, amargo y suficiente para calmar las vísceras. Ustedes todavía no nacían, ¿cierto?</p>



<p>Imaginen a los roedores mismos perros enanos y rosados; tenían los ojos cerrados, movían los hocicos desdentados, quejándose en su cuna de tierra mientras las pulgas recorrían esa piel sin pelo como lunares desquiciados en busca de un lugar donde amamantar la sangre. No encajaban como mascotas por su condición de crías de alguna rata que ya no estaba en casa. ¿No que los animales tienen el instinto de proteger a los suyos? Yo era muy chiquillo, en ese entonces, y esa pregunta se me quedó hasta ahora. Tus parientes son lo más sagrado del mundo. Es un lazo que nunca se debe romper, sobre todo en esta época en la que no abunda el dinero, pero siempre hay de dónde sacar.</p>



<p>No recuerdo quién juntó las ratitas en una bolsa plástica transparente. Quién pudo haber tenido la frialdad y el poco asco para agarrarlas. Lo que sí no he podido olvidar es cómo mi primo, por quien han venido a preguntar, tomó la infame colonia, que no dejaba de moverse, y me dijo que lo acompañe afuera de la casa. No me lo sugirió sino que me ordenó hacerlo, en ese lenguaje que tienen los niños de mandar sin palabras. Una mirada y un «vamos» me bastaron para ir detrás de él hasta dejar el callejón y encontrar el jardín del abuelo, ese hermoso paraíso que, ahora, se ha reducido a un montón de piedras sucias donde estamos sentados. ¿Estoy dando muchas vueltas? Si accedí a hablarles es porque aceptaron escuchar la versión completa, desde antes, para que entiendan. Yo tengo mucha paciencia, no me molesta que muestren sus armas, sus documentos, pero no respondo por mis trabajadores. Ellos siempre están medio eléctricos, nerviosos. Así que guarden sus fierros.</p>



<p>Ese fue un día con buen clima, como suele ocurrir en los veranos de Trujillo. En esta ciudad sí hay un cielo, muy azul, con nubes algodón de las que salen en las películas. Un paisaje que alguien debería filmar y revelar al mundo. Tal vez podamos entender algo más sobre nuestra existencia con unas buenas tomas. Esos colores te acompañan en todos los momentos de tu vida. Aunque visites cualquier capital del mundo, igual sabrás que puedes quedarte a morir en el norte del Perú por la inmensidad del cielo. No sé a cuántos países he viajado, para eso tienen el reporte migratorio. Si me preguntan por qué me mudé, de repente, es porque quería aprender de otras culturas. Sueños de chibolo, claro. Antes de que mi familia se dividiera. Por eso estoy acá. Desde que murieron los abuelos, esta casa parece maldita. Mi tía, la mamá de mi primo, al que encontraron en la acequia, fue la primera en irse. Pero eso pasó después, y no me pregunten dónde está ahora, no sean imprudentes.</p>



<p>Como les decía, ahí estábamos nosotros, unos niños en crecimiento, empolvados, aburridos. Corrimos hacia la avenida principal, a un par de cuadras de aquí, frente a las dos bodegas de las esquinas. No pasaban muchos autos pero siempre había taxis que transitaban cerca de las veredas de tierra para encontrar algún pasajero. «Mira cómo revientan», dijo mi primo antes de lanzar a los roedores sobre las llantas de un tico amarillo. El sonido de un cuerpo reventando debe ser la comunicación más perfecta de lo que es toda esta realidad. O de lo que somos los seres vivientes. Es la canción del por qué nacemos. Aunque las ratas y nosotros no lo entendamos, siempre brota la sospecha de que en esos quiebres de huesos, órganos y sangre, mucha sangre, está la clave de lo que somos todos.</p>
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		<title>EL CUARTO DE SILLAR</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 09 Jul 2023 05:11:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[COLUMNISTAS]]></category>
		<category><![CDATA[Orlando Mazeyra Guillén]]></category>
		<category><![CDATA[RELATOS]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Orlando Mazeyra Guillén Las herencias muestran la verdadera cara de las familias Después de]]></description>
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<h5 class="wp-block-heading">Por Orlando Mazeyra Guillén</h5>



<p class="has-light-green-cyan-background-color has-background"><em>Las herencias muestran la verdadera cara de las familias</em></p>



<p>Después de muchos años la familia de Santiago volverá a juntarse. No se encontró mejor motivo&nbsp;—o pretexto, alguien diría: «lugar común»—&nbsp;que bautizar a la única nieta de sus padres: ella se llama Martina como la abuela.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Y, por supuesto, es la abuela la más entusiasmada. Por eso decide redecorar la vivienda&nbsp;—muebles nuevos en la sala, un par de cuadros de dudoso gusto, flamantes cortinas, adornos de mesa extrañísimos—&nbsp;y, cómo no, volver a pintar la fachada de la casa de los Sologuren. Se trata de una vieja y malsana costumbre. Atroz reincidencia. Ahora también quiere echar abajo el viejo cuarto de sillar para construir un enorme edificio.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Estamos perdiendo mucha plata —le informa a su hijo la señora Martina Sologuren—. Javier me ha dicho que me puede conseguir un préstamo del banco para construir cinco departamentos en pocos meses y luego los alquilamos. ¡Imagínate!</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Javier es un sobrino predilecto, o mejor dicho, un ave de rapiña que sabe hacer buenos negocios. A veces resulta y todo va espectacular (tiene contactos en inmobiliarias, en bancos y en no pocas organizaciones de dudosa fama). En otras ocasiones la cosa se pone fea y las deudas, las hipotecas y un sinnúmero de cosas innombrables terminan enfermando —hasta matar, esto es literal— a la gente que hace negocios con él. Se trata, pues, de un arma de doble filo.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¿Confías en Javier?&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Ella mira a su hijo Santiago, en silencio, como diciendo: «confío más en él que en ti». Es un semblante transparente. Terriblemente auténtico.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Es excelente en lo que hace.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Buenos negocios —afirma él con cierto retintín que no puede atajar.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Si yo tuviera visión para los negocios, hace años hubiera echado abajo ese vejestorio que es el cuarto de sillar…</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Ahí han vivido tus bisabuelos, toda la familia Sologuren.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —No me vengas con esas sensiblerías porque tú bien sabes que ahora sólo sirve para que tu padre guarde tonterías. Se ha vuelto un almacén de cosas que nadie necesita: llantas viejas, tocadiscos malogrados, libros apolillados que nadie lee.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¿Y tú cómo sabes que papá no lee esos libros?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Me extraña que te pongas a su favor, él tampoco quiere que toque el cuarto de sillar. ¿Qué les pasa? Ahora los dos están en mi contra.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —No estoy a tu favor ni en tu contra. Simplemente te estoy haciendo una pregunta, mamá.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Lo que pasa es que en ese cuarto tú…</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —En ese cuarto, yo nada —la interrumpe alzando la voz.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Te voy a decir la verdad: si hago el edificio con cinco departamentos —ella empezó a soñar—, entonces le daré uno a cada hijo. A los cuatro y el último será para mí o para mi nieta Martina. Mis cuatro hijos y yo por fin viviendo tranquilos y en su propio espacio: ¡independientes!</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2023/07/3d01eb4e-daca-49d4-8f01-ad40feea40ab.jpg" alt="" class="wp-image-25925"/></figure>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Tus hijas ya se fueron, mamá —le recuerda Santiago—. No volverán.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¡Ahora vuelven! Por eso estoy arreglando toda la casa.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Vienen por unos días, eso es todo. Luego seguirán con su vida en los Estados Unidos. Ya no eres parte de sus vidas.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¿Cómo te atreves a decir eso? —le pregunta indignada—. ¿Tú sabes lo que significa para mí que mi única nieta venga a bautizarse? Esa criatura me ha cambiado la existencia. Hasta me siento mal de no poder verla todos los días… está tan lejos de mí.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Entonces vete a vivir a Estados Unidos con mi hermana y disfruta de tu nieta. Si eso es lo que quieres, ¡hazlo y no pierdas el tiempo!</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¿Lo dices en serio?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Claro que sí. Ya estás jubilada. Si quieres disfrutar de tu nieta tienes todo el derecho. Vete a San Francisco y deja intacto ese cuarto de sillar.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Lo que pasa es que en ese cuarto tú te encerrabas con ella. En ese cuarto hacían…</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¡Cállate, mamá! ¡Cierra la boca! ¡No me jodas!</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Al final no sé por qué tanto te quejas de tu padre si eres un sentimental como él.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Y aquel remotísimo sábado por la noche, ambos estaban a oscuras en el centenario cuarto de sillar que ahora su madre quiere echar abajo. Veían la película irlandesa de Jim Sheridan basada en los Cuatro de Guildford y los Siete de Maguire. El padre de Gerry es arrestado al igual que su hijo y son acusados de terroristas. ¡Nada más alejado de la realidad! Comparten prisión y una relación tormentosa. Por culpa del hijo el padre morirá en la cárcel. La escena es tristísima: los presos, a manera de homenaje, encienden en sus celdas trozos de papel y los lanzan por las ventanas. La imagen es inolvidable. Perenne como pocas cosas de la vida. Leticia llora, Santiago deja de ver la película —pues ya la ha visto antes y ahora quiere compartirla con ella porque la ama— y se detiene en su semblante: las lágrimas van descendiendo lentamente. Quizá necesita un abrazo. Un «no pasa nada, Leticia, es sólo ficción… es una película». Pero no es así: es la vida misma.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Me acordé de papá —le dice Leticia a Santiago al final de la película—. Gracias por hacerme verla. El título es perfecto: «En el nombre del padre».</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Gracias a ti por permitirme verla contigo —le dice luego de encender la luz de la habitación de sillar. Se darán un beso intenso y demorado. Pero no harán el amor como en otras ocasiones. Ese cuarto, mudo testigo de lo que fue… pero ya no será.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; «Ella me eligió, ella es mi única familia», piensa Santiago enceguecido por la nostalgia, el desasosiego y el férreo deseo de que no toquen aquella guarida de los amantes furtivos.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¿Qué le vas a regalar a tu sobrina Martina? —le pregunta su madre.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Nada —le dice Santiago—. Tú deja que crezca un poco y que cuando vuelva conozca el cuarto de sillar y sepa que ahí vivieron los Sologuren.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Al menos irás al bautizo. ¿Lo harás por mí, hijo?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —No. Yo no creo en Dios y, además, nadie me pidió permiso para bautizarme.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¿Ni siquiera irás por tus hermanos?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Tampoco —y recuerda que el mejor bautizo que presenció en su vida fue el del hijo de Connie, la hermana de Michael. Nadie superará al bautizo de un Corleone. Sí, esa es la familia que él siempre anheló.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¿Odias a tu familia, Santiago?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —No se puede odiar lo que no se tiene —le dice mientras sigue recordando el llanto de Leticia: su única familia, su pareja muerta por culpa de un accidente de carretera (en la quebrada del Toro). A Santiago sólo le interesa volverse a juntar con ella, así sea en las ruinas del cuarto de sillar. Sin fachadas nuevas, sin cuadros feos, ni adornos o cortinas que ocultan vacíos insondables. «Ojalá este reencuentro de mierda se pase rápido», piensa en voz alta y ahora las lágrimas son de su madre. El remate es violentísimo: «¿Por qué no invitas a Javier al bautizo? Él sí es de tu familia y además le hará un regalo magnífico a tu nieta con el uñazo que le metió a la herencia de mi abuela María».</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Recuerda las disputas. Las llamadas telefónicas y los insultos, todos arañándose por la mejor parte de la herencia: su primo Roberto era el peor de todos, pero su tío Felisberto y sus hijos no se quedaban atrás. ¿Una familia de verdad podía sacarse las entrañas por una herencia? No, claro que no. ¿Por qué esas escorias estaban vivas y, en cambio, Leticia muerta? El mundo era cruel y Santiago no lo podía soportar. Pero algo sabía de la vida: las herencias (grandes o pequeñas) muestran la verdadera cara de las familias. Por eso él se cagaba en las herencias y pensaba, atribulado, en su abuela: «¡Ay, mamá María: si los vieras no les hubieras dejado ni un vaso con cocimiento!».</p>
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