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	<title>Ricardo Lucano &#8211; Diario El Pueblo</title>
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	<description>Verdad Justicia y Libertad</description>
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	<title>Ricardo Lucano &#8211; Diario El Pueblo</title>
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		<title>El fascismo y el miedo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 01 Aug 2026 05:13:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[POLÍTICA]]></category>
		<category><![CDATA[Ricardo Lucano]]></category>
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					<description><![CDATA[Cuando el miedo empieza a ocupar el lugar de la libertad, el fascismo puede comenzar]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<div class="wp-block-image">
<figure class="alignright size-full"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2026/05/Ricardo-Lucano.jpg" alt="" class="wp-image-130728"/><figcaption class="wp-element-caption">Por: Ricardo Lucano</figcaption></figure></div>


<p>Cuando el miedo empieza a ocupar el lugar de la libertad, el fascismo puede comenzar a abrirse paso en el siglo XXI. No necesariamente con las mismas formas del pasado, sino mediante nuevas circunstancias que pueden afectar, poco a poco, la libertad, la convivencia y la dignidad humana.</p>



<p>El fascismo histórico tuvo expresiones concretas: autoritarismo, nacionalismo extremo, culto al líder, violencia política, persecución del adversario y exclusión de quienes eran considerados una amenaza. El mundo actual es diferente, pero algunas de aquellas lógicas pueden permanecer, aunque aparezcan de manera más sutil y, en ocasiones, bajo discursos que incluso se presentan como defensa de la libertad.</p>



<p>Una de las señales más preocupantes es la división entre «nosotros» y «ellos». Nosotros somos los buenos, los patriotas, quienes tenemos la razón; ellos son los enemigos, los traidores o los responsables de nuestras desgracias. El adversario deja entonces de ser alguien con quien se puede debatir y comienza a ser visto como una amenaza que debe ser silenciada o excluida.</p>



<p>Es entonces cuando la democracia comienza a debilitarse porque el miedo puede convertirse en una poderosa herramienta de sometimiento. Quien teme ser señalado, humillado, perseguido o excluido comienza a cuidar cada palabra. Piensa antes de hablar, calla lo que realmente piensa y, finalmente, ya no necesita que alguien lo censure: aprende a censurarse por sí mismo. Ese es uno de los triunfos más profundos del autoritarismo: convertir a la persona en su propia censora.</p>



<p>Porque la democracia no consiste únicamente en votar. También significa aceptar que el otro puede pensar diferente, cuestionar, equivocarse y seguir teniendo los mismos derechos. La democracia se pone a prueba cuando escuchamos a quien no piensa como nosotros.</p>



<p>En las redes sociales este fenómeno puede intensificarse. Una opinión diferente puede provocar insultos, ridiculización o exclusión pública. La polarización reduce la realidad a una falsa elección: «si no estás conmigo, estás contra mí». Cuando todo se reduce a dos posiciones irreconciliables, desaparecen los matices, la duda y la posibilidad de pensar críticamente.</p>



<p>Pero pensar significa preguntar, contrastar, dudar y tener la humildad de reconocer que podemos estar equivocados. Una sociedad que castiga la duda termina premiando la obediencia.</p>



<p>Por eso, el peligro no está solamente en la transformación de las instituciones. También puede estar en la transformación de nuestras relaciones humanas. El vecino desconfía del vecino. Los amigos evitan determinadas conversaciones. Hay temas que dejan de hablarse en la mesa familiar o entre compañeros porque pueden generar conflictos o rechazo. Cuando una sociedad comienza a escoger qué puede decirse y qué debe callarse, algo profundo comienza a quebrarse.</p>



<p>Cuando el silencio nace del miedo, no es paz: es sometimiento, cuando dejamos de escuchar, cuando consideramos inferior a quien piensa diferente, cuando justificamos la censura porque afecta al adversario o cuando aceptamos la persecución porque creemos que «se la merece».</p>



<p>Por eso debemos reconocer algunas señales: la exaltación del líder, el desprecio por las instituciones, la intolerancia frente al pensamiento diferente, la construcción permanente de enemigos, la deshumanización del adversario y el intento de imponer una única verdad política o moral. Frente a esto necesitamos educación, memoria histórica, pensamiento crítico y ciudadanos capaces de defender la libertad incluso de quien piensa diferente.</p>



<p>Porque cuando el miedo sustituye a la libertad, cuando el odio reemplaza al diálogo y cuando el adversario deja de ser visto como persona, la democracia puede conservar sus instituciones, pero comienza a perder su alma. Y una sociedad que pierde el valor de pensar libremente puede conservar sus derechos escritos en un papel. Pero habrá comenzado a perder la libertad interior que permite defenderlos.</p>



<p></p>
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		<title>Canon minero: millones que llegan</title>
		<link>https://diarioelpueblo.com.pe/2026/07/25/canon-minero-millones-que-llegan/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 25 Jul 2026 05:11:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[ECONOMIA]]></category>
		<category><![CDATA[Ricardo Lucano]]></category>
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					<description><![CDATA[Cada vez que se anuncian las millonarias transferencias del canon minero vuelve a escucharse el]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<div class="wp-block-image">
<figure class="alignright size-full is-resized"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2026/05/Ricardo-Lucano.jpg" alt="" class="wp-image-130728" style="width:177px;height:auto"/><figcaption class="wp-element-caption">Por: Ricardo Lucano</figcaption></figure></div>


<p>Cada vez que se anuncian las millonarias transferencias del canon minero vuelve a escucharse el mismo comentario: <em>«Les llega millones y no hacen nada.»</em> Es una frase cómoda, repetida hasta el cansancio y, sobre todo, incompleta. El problema no es que las regiones reciban dinero; el problema es que el Estado les entrega millones de soles acompañados de un manual que les dice en qué sí pueden gastarlos y, especialmente, en qué no.</p>



<p>El artículo 60 de la Constitución y la Ley del Canon forman una extraña sociedad. Mientras la Constitución limita la actividad empresarial del Estado, la Ley N.° 27506 orienta el canon principalmente hacia infraestructura. En términos sencillos, una región puede construir edificios, plazas o carreteras, pero encuentra enormes trabas legales para impulsar industrias, innovación tecnológica o plantas que transformen sus propios recursos.</p>



<p>Así, una provincia minera continúa exportando minerales sin procesar; una zona alpaquera vende fibra en bruto y luego compra prendas confeccionadas en el extranjero; una región agrícola comercializa papa, pero no puede transformarla industrialmente y termina importando alimentos procesados. La riqueza sale del territorio y el verdadero valor agregado se queda en otra parte.</p>



<p>Nadie discute la importancia de una carretera, un colegio o un hospital. Lo preocupante es haber convertido el cemento en sinónimo de desarrollo. Como las reglas obligan a ejecutar el presupuesto, en algunos lugares aparecen monumentos al sombrero o al camarón; canchitas de fulbito cada pocas cuadras; plazas remodeladas por tercera vez; pistas y veredas aún en buen estado que son demolidas para construir otras casi idénticas. El presupuesto se ejecuta, las estadísticas sonríen y las fotografías abundan. Pero, la economía real, sigue esperando, mientras miles de provincianos terminan emigrando hacia las pocas grandes ciudades del país en busca de oportunidades.</p>



<p>La contradicción alcanza incluso al capital humano. Con recursos del canon es posible construir un moderno instituto tecnológico, pero resulta mucho más difícil financiar investigadores, atraer buenos docentes o sostener programas permanentes de innovación. Terminamos levantando excelentes edificios —verdaderos elefantes blancos— sin invertir con la misma decisión en el talento que debería darles vida, porque la propia normativa limita ese tipo de inversión.</p>



<p>A estas limitaciones legales se suma una gestión pública no preparada para administrar presupuestos de semejante magnitud. Numerosos municipios carecen de equipos técnicos especializados y los proyectos terminan en manos de personal sin la experiencia necesaria. Los expedientes son observados una y otra vez; las obras ingresan en arbitrajes o procesos judiciales y los recursos permanecen inmovilizados mientras las necesidades de la población siguen.</p>



<p>Por supuesto, la corrupción también existe y ha causado un enorme daño. Pero reducir todo el fracaso del canon únicamente a ella resulta tan simplista como culpar al termómetro de la fiebre. También pesan un marco legal excesivamente rígido, una burocracia asfixiante y una descentralización que transfirió recursos sin fortalecer suficientemente las capacidades de gestión.</p>



<p>El verdadero desafío no consiste en distribuir más canon, sino en permitir que ese dinero genere industria, conocimiento, empleo y desarrollo sostenible. Mientras sigamos confundiendo progreso con toneladas de concreto y kilómetros de veredas nuevas, las regiones continuarán inaugurando obras, pero no oportunidades. «Quizá ha llegado el momento de revisar críticamente el dogma según el cual basta reducir el papel del Estado y confiar el desarrollo exclusivamente al mercado. La experiencia de las regiones mineras demuestra que la riqueza, por sí sola, no genera desarrollo; para ello se necesitan instituciones inteligentes, reglas coherentes y una realista visión de país.»</p>



<p></p>
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		<title>LO QUE LAS CÁRCELES NO ENCIERRAN</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 18 Jul 2026 05:12:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[POLÍTICA]]></category>
		<category><![CDATA[Ricardo Lucano]]></category>
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					<description><![CDATA[Actualmente existe una realidad cotidiana: el miedo. Miedo a salir de casa, a responder una]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<div class="wp-block-image">
<figure class="alignright size-full is-resized"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2026/07/imagen-191.png" alt="lucano" class="wp-image-7686" style="width:171px;height:auto"/><figcaption class="wp-element-caption">Por Ricardo Lucano.</figcaption></figure></div>


<p>Actualmente existe una realidad cotidiana: el miedo. Miedo a salir de casa, a responder una llamada desconocida, a abrir un negocio o a esperar a un hijo que tarda en regresar. Frente a esa angustia legítima, la política ofrece respuestas inmediatas: más cárceles, más policías, más militares y penas más duras. Sin embargo, conviene recordar una verdad incómoda: las cárceles pueden encerrar personas, pero no encarcelan la desigualdad, la corrupción ni el fracaso histórico del Estado.</p>



<p>En las últimas semanas, Keiko Fujimori ha propuesto «recuperar el orden» mediante la construcción de una megacárcel inspirada en el modelo salvadoreño, el apoyo de las Fuerzas Armadas en el control penitenciario y operaciones conjuntas para combatir la inseguridad. No se trata de una idea aislada. En América Latina, el endurecimiento de las políticas de seguridad se ha convertido en una respuesta recurrente frente al avance del crimen organizado y la desesperación ciudadana.</p>



<p>Nadie puede negar la gravedad de la delincuencia ni el sufrimiento de miles de familias. Los comerciantes pagan cupos, los transportistas trabajan bajo amenaza y los barrios han aprendido a convivir con la incertidumbre. El ciudadano exige protección y el Estado tiene la obligación de garantizarla. Pero el problema aparece cuando el debate termina reducido a una pregunta demasiado simple: cuántas cárceles construir y cuántos soldados desplegar.</p>



<p>Las cárceles son necesarias; toda sociedad debe sancionar a quienes transgreden la ley. Lo que resulta discutible es creer que ellas, por sí solas, resolverán un problema que comenzó mucho antes de que aparecieran las bandas criminales. Porque las cárceles pueden encerrar delincuentes, pero no encarcelan la precariedad educativa, la informalidad económica ni la corrupción enquistada en las instituciones públicas.</p>



<p>José Carlos Mariátegui escribió que los grandes problemas del Perú no podían resolverse copiando fórmulas extranjeras ni aplicando remedios superficiales. Cien años después, su advertencia conserva una vigencia sorprendente. El crimen no surge en el vacío. Crece allí donde el Estado ha sido incapaz de ofrecer educación de calidad, empleo digno, servicios básicos y una justicia eficiente. Crece donde la corrupción ha erosionado la confianza ciudadana y donde demasiadas personas sienten que el futuro les ha sido negado.</p>



<p>Por supuesto, reconocer estas causas no significa justificar el delito. La pobreza no convierte automáticamente a nadie en criminal, ni toda desigualdad conduce a la violencia. La responsabilidad individual existe y debe ser asumida. Pero tampoco podemos ignorar que las decisiones personales se toman dentro de condiciones sociales concretas.</p>



<p>Michel Foucault observó que las sociedades modernas han perfeccionado los mecanismos de vigilancia y castigo, mientras las estructuras que producen exclusión permanecen casi intactas. Construimos más penales, endurecemos las leyes y reforzamos la seguridad, pero seguimos postergando las reformas profundas. Inaugurar una cárcel produce más titulares que mejorar una escuela; desplegar soldados genera más impacto que fortalecer la administración pública.</p>



<p>El Perú necesita policías honestos, jueces independientes y sanciones firmes. Pero necesita, sobre todo, recuperar aquello que durante décadas ha descuidado: la educación, las oportunidades y la confianza en sus instituciones. De lo contrario, corremos el riesgo de administrar indefinidamente las consecuencias mientras las causas continúan creciendo.</p>



<p>Porque, al final, las cárceles pueden encerrar personas, pero no encarcelan la desigualdad, la corrupción ni el fracaso histórico del Estado. Y mientras no entendamos que ese es el verdadero centro del problema, seguiremos levantando muros alrededor de heridas que nunca terminamos de curar.</p>
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		<title>¿Pensamos el Perú con palabras prestadas?</title>
		<link>https://diarioelpueblo.com.pe/2026/07/04/pensamos-el-peru-con-palabras-prestadas/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 04 Jul 2026 05:13:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Ricardo Lucano]]></category>
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					<description><![CDATA[Cuando hablamos de nuestro pasado y presente recurrimos, casi sin notarlo, a conceptos que aprendimos]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<div class="wp-block-image">
<figure class="alignright size-full"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2026/07/imagen-50.png" alt="" class="wp-image-5418"/><figcaption class="wp-element-caption">Por Ricardo Lucano</figcaption></figure></div>


<p>Cuando hablamos de nuestro pasado y presente recurrimos, casi sin notarlo, a conceptos que aprendimos en la escuela, en la universidad o en los libros de historia. Decimos imperio, señor, religión, sacrificio, progreso, civilización, desarrollo, modernidad. Palabras útiles y necesarias. Pero el asunto no es preguntarnos de dónde vienen esas palabras y si, por sí solas, alcanzan para comprender una historia tan compleja como la nuestra.</p>



<p>Entonces aparece la duda. ¿Cuántas de las ideas con las que interpretamos el Perú fueron pensadas originalmente para explicar otras sociedades? Quizá allí comiences a entender una forma silenciosa de extractivismo. No el que extrae minerales o recursos naturales, sino el que termina convenciendo a un pueblo de que solo puede comprenderse utilizando las palabras de otros.</p>



<p>Durante generaciones aprendimos que el reconocimiento parecía encontrarse siempre un poco más lejos del lugar donde habíamos nacido. Primero fue la corte virreinal; después, la República centralista. Siempre la brújula continúa apuntando hacia el mismo centro.</p>



<p>No era únicamente un asunto geográfico. Era una manera de imaginar el prestigio. El Callao fue mucho más que un puerto: por allí salían las riquezas de esta tierra y también entraban mercancías, modas, ideas y una convicción de que aquello que venía de afuera poseía un valor especial.</p>



<p>Quizá por eso buscamos con entusiasmo al abuelo europeo en el árbol genealógico, mientras ocultamos al que hablaba quechua. Celebramos que un extranjero descubra el valor de un sitio arqueológico o que un chef internacional elogie nuestra cocina, como si necesitáramos esa validación para reconocer el valor de lo que siempre estuvo con nosotros.</p>



<p>Muchas veces esa fue una estrategia para sobrevivir, estudiar, trabajar o evitar la discriminación. En ese camino aprendimos a decir, con facilidad, que somos mestizos, pero pocas veces nos detenemos a pensar qué significa realmente esa palabra. José María Arguedas comprendió que el mestizaje también podía doler. No porque mezclar culturas fuera un problema, sino porque durante mucho tiempo aprendimos que unas raíces otorgaban prestigio y otras convenía mantenerlas en silencio.</p>



<p>Tal vez por eso todavía nos cuesta responder quiénes somos. No porque seamos demasiado diversos, sino porque nos enseñaron a ordenar esa diversidad en una escala de mayor y menor valor.</p>



<p>Esa historia también aparece en nuestros gestos cotidianos. La chacota, el chisme, las bromas sobre el vecino, la ciudad de al lado o el acento diferente. Repetimos frases como «tu envidia es mi progreso», «el vivo vive del tonto» o «así somos los peruanos», como si el humor pudiera explicar aquello que nunca terminamos de conversar.</p>



<p>Incluso el chisme no habla del vecino; habla de nuestros propios miedos. A veces la envidia no nace del éxito ajeno, sino de la dificultad para reconciliarnos con nuestra propia historia. Y los prejuicios terminan convirtiéndose en pequeñas murallas invisibles: entre Lima y las regiones, entre costa y sierra, entre lo moderno y lo tradicional, entre lo extranjero y lo propio.</p>



<p>Quizá por eso la pregunta inicial sigue teniendo sentido: ¿pensamos el Perú con palabras prestadas? Pensar críticamente no consiste en cambiar palabras. Es reconocer que toda mirada tiene un punto de partida y que ninguna posee el monopolio de la verdad.</p>



<p>Tal vez descolonizar el pensamiento no sea aprender respuestas nuevas, sino recuperar el derecho a formular preguntas propias. Preguntas sobre nuestra historia nacional, pero también sobre nuestra historia familiar; sobre aquello que heredamos sin discutir y sobre las emociones con las que seguimos viviendo el presente.</p>



<p>Porque las personas y los pueblos también maduran cuando aprenden a conocerse con honestidad. Y quizá el primer paso para hacerlo no sea hablar más fuerte, sino escucharnos mejor.</p>
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		<title>Confusio y nuestras certezas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 13 Jun 2026 05:11:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[CULTURA]]></category>
		<category><![CDATA[Ricardo Lucano]]></category>
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					<description><![CDATA[Hay una costumbre bastante extendida, no solo en el Perú, que consiste en tomar fenómenos]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<div class="wp-block-image">
<figure class="alignright size-full is-resized"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2026/05/Ricardo-Lucano.jpg" alt="" class="wp-image-130728" style="width:166px;height:auto"/><figcaption class="wp-element-caption">Por: Ricardo Lucano</figcaption></figure></div>


<p>Hay una costumbre bastante extendida, no solo en el Perú, que consiste en tomar fenómenos complejos y reducirlos a dos o tres etiquetas para no tener que pensar demasiado. Bueno o malo. Correcto o incorrecto. Éxito o fracaso. Todo rápido, como quien lee únicamente el titular y cree haber entendido la noticia completa.</p>



<p>Por eso, cuando aparece China en una conversación, no faltan opiniones instantáneas. Algunos la presentan como un modelo admirable; otros, como un ejemplo de todo lo que está mal. Y asunto resuelto. El problema es que la realidad no obedece a nuestros esquemas mentales.</p>



<p>Quizás una de las mayores dificultades para comprender a China sea que solemos mirarla con categorías nacidas muy lejos de ella. Queremos que encaje en nuestros moldes y, cuando no lo hace, concluimos que el error está en la realidad y no en nuestras explicaciones.</p>



<p>Olvidamos el detalle importante: China es una de las civilizaciones más antiguas del planeta. Mucho antes de convertirse en la potencia económica que hoy conocemos, ya acumulaba siglos de reflexión sobre cómo organizar la sociedad y construir estabilidad.</p>



<p>Y aquí aparece un personaje curioso. Durante años nos hemos reído de aquella reina de belleza que afirmó que «Confusio fue el que inventó la confusión». La frase se convirtió en un meme inolvidable. Sin embargo, la ironía es que muchos de nosotros tampoco sabemos realmente quién fue Confucio ni por qué sigue siendo importante más de dos mil quinientos años después.</p>



<p>Confucio nació alrededor del año 551 antes de Cristo y propuso una idea tan sencilla que casi parece sentido común: el orden de una sociedad comienza por el comportamiento de las personas. Si los individuos cultivan la virtud, las familias funcionan mejor; si las familias funcionan mejor, las comunidades prosperan; y si las comunidades prosperan, también lo hacen los Estados.</p>



<p>Dicho en términos más cercanos: antes de clasificar a un país entero desde la comodidad del sillón, tal vez convenga aprender a no estacionar en zona rígida, no arrojar basura en la calle, respetar las colas o tratar con decencia a quienes nos rodean. Suena menos épico que cambiar el mundo, pero probablemente sea más útil.</p>



<p>Para Confucio, la virtud principal era la benevolencia. No hablaba de grandes teorías ni de discursos espectaculares. Pensaba en algo mucho más cotidiano: cómo un padre trata a un hijo, cómo un amigo responde a otro amigo o cómo una autoridad ejerce sus responsabilidades. La ética, para él, no estaba en los libros, sino en la vida diaria.</p>



<p>Claro que la China actual es mucho más compleja que las enseñanzas de un solo pensador. Pero comprender esa herencia cultural ayuda a entender por qué ciertas ideas sobre la familia, la disciplina, el deber y la responsabilidad colectiva siguen teniendo un peso importante en la forma en que millones de personas entienden el mundo.</p>



<p>Quizás la lección más interesante no sea sobre China, sino sobre nosotros mismos. A veces estamos tan ocupados clasificando la realidad que dejamos de observarla. Queremos respuestas rápidas para preguntas complejas. Queremos que todo entre en categorías cómodas: blanco o negro, bueno o malo, rico o pobre, creyente o ateo. Todo perfectamente etiquetado, como si la vida fuera un estante de supermercado.</p>



<p>Y cuando algo no encaja, tal vez el problema no sea la realidad. Tal vez el problema sea el tamaño de nuestras categorías.</p>



<p>Después de todo, Confusio no inventó la confusión. Quizás la confusión aparece cuando insistimos en que el mundo debe caber en nuestras certezas.</p>
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		<title>MIRAR MÁS ALLÁ DE LAS BANDERAS</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 06 Jun 2026 05:16:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[POLÍTICA]]></category>
		<category><![CDATA[Ricardo Lucano]]></category>
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					<description><![CDATA[Actualmente pienso algo que probablemente debería haber aprendido mucho antes: uno puede pasar gran parte]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<div class="wp-block-image">
<figure class="alignright size-full is-resized"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2026/05/Ricardo-Lucano.jpg" alt="" class="wp-image-130728" style="width:193px;height:auto"/><figcaption class="wp-element-caption">Por Ricardo Lucano</figcaption></figure></div>


<p>Actualmente pienso algo que probablemente debería haber aprendido mucho antes: uno puede pasar gran parte de su vida convencido de que conoce el mundo sin haber salido nunca de los mapas mentales que otros dibujaron por nosotros.</p>



<p>Durante años creí conocer muchos países sin haber puesto un pie en ellos. Egipto, Rusia, China, Venezuela o Cuba aparecían constantemente en conversaciones, noticias y debates políticos. Estados Unidos, Turquía o Corea surgían como ejemplos de éxito, fracaso, amenaza o esperanza. Cada nombre llegaba acompañado de una interpretación ya preparada.</p>



<p>Lo curioso es que yo estaba convencido de entender correctamente esos lugares. Sin embargo, con el tiempo llegaron las películas, las series y las novelas. A través de ellas dejé de mirar países y empecé a mirar personas. Detrás de las banderas aparecieron cocinas, escuelas, barrios, conversaciones familiares, trabajadores regresando a casa y ancianos contando historias. Descubrí, en suma, a los habitantes reales de aquellos lugares, todo más complejo que cualquier relato político sobre ellos.</p>



<p>Fue entonces cuando apareció una incomodidad inesperada. No descubrí una verdad definitiva sobre aquellos países. Descubrí algo más importante: que muchas de las imágenes que tenía sobre ellos también eran relatos. Historias repetidas tantas veces que terminaron pareciendo hechos indiscutibles. Detrás de las etiquetas comenzaron a surgir personas concretas, con preocupaciones, afectos y contradicciones que no encajaban en los estereotipos que había aprendido.</p>



<p>Desde entonces me acompaña una pregunta: ¿por qué nos cuesta tanto revisar nuestras propias certezas? Tal vez porque los prejuicios ofrecen comodidad. Simplifican una realidad compleja y nos permiten sentir que comprendemos aquello que, en verdad, apenas conocemos. Transforman experiencias diversas en categorías fáciles de recordar y defender. El problema es que esa simplificación suele tener un costo: dejamos de ver a las personas para quedarnos únicamente con las etiquetas.</p>



<p>Cuando un país queda reducido a una definición política, desaparecen las vidas concretas que lo habitan. Sus alegrías, sus conflictos, sus esperanzas y sus miedos quedan ocultos detrás de conceptos abstractos que sirven para discutir, pero no necesariamente para comprender.</p>



<p>Por eso he llegado a pensar que comprender no significa reemplazar una idea por otra, sino aceptar que ninguna explicación alcanza por sí sola para describir la complejidad humana. Toda mirada tiene límites, incluso aquellas que consideramos más razonables o mejor fundamentadas.</p>



<p>En esta reflexión me acompañan tres pensadores que leí con atención. Frantz Fanon me ayudó a entender cómo ciertos discursos pueden deshumanizar pueblos enteros. Michel Foucault me enseñó a desconfiar de las categorías que heredamos sin examinarlas. Y Enrique Dussel insistió en la importancia de escuchar al otro antes de hablar en su nombre. Desde perspectivas distintas, los tres coinciden en una advertencia fundamental: no debemos confundir nuestras representaciones con las personas reales.</p>



<p>Ahora comprendo que muchos de los países que creía conocer, eran en gran medida construcciones elaboradas por otros. También entiendo que mis nuevas percepciones seguirán siendo parciales y estarán siempre sujetas a revisión.</p>



<p>Quizás la verdadera apertura consista precisamente en eso: reconocer los límites de nuestra mirada. Porque detrás de cada bandera, de cada discurso y de cada frontera simbólica, existen seres humanos cuya complejidad siempre desborda las palabras con las que intentamos definirlos.</p>



<p>La comprensión comienza cuando dejamos de creer que una etiqueta basta para explicar una vida. Sólo entonces empezamos a mirar más allá de las banderas.</p>



<p></p>
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		<title>Mirar demasiado y comprender muy poco</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 30 May 2026 05:12:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Ricardo Lucano]]></category>
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					<description><![CDATA[Vivimos mirando todo y entendiendo casi nada. Basta caminar unas cuadras, subir a una combi]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<div class="wp-block-image">
<figure class="alignright size-full"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2026/05/Ricardo-Lucano.jpg" alt="" class="wp-image-130728"/><figcaption class="wp-element-caption">Por Ricardo Lucano</figcaption></figure></div>


<p>Vivimos mirando todo y entendiendo casi nada. Basta caminar unas cuadras, subir a una combi o abrir el celular para sentirlo: noticias, peleas políticas, escándalos, opiniones, tragedias, memes y discursos pasan frente a nuestros ojos a una velocidad absurda. Todo parece importante. Pero casi nada realmente permanece. confundimos ver con comprender.</p>



<p>Porque ver puede hacerlo cualquiera. Hasta el cansancio ve. Hasta la indiferencia ve. Mirar, en cambio, exige detenerse aunque sea unos segundos. Requiere atención, disposición y cierta humildad para aceptar que no entendemos todo de inmediato. Y observar de verdad implica todavía algo más difícil: dejar que aquello que vemos nos afecte humanamente.</p>



<p>El problema actual no es solamente el exceso de información, sino la ilusión de que información significa comprensión. Creemos que porque vimos una noticia ya entendimos un país; que porque escuchamos un discurso ya conocemos completamente a una persona; que porque observamos una escena ya tenemos derecho a juzgar toda una historia. Pero observar no consiste en acumular imágenes como si el cerebro fuera un archivo digital. Observar implica relacionar, interpretar y reconocer que la realidad casi nunca es tan simple como quisiéramos.</p>



<p>Además, nadie mira desde cero. Miramos con heridas, afectos, prejuicios, miedos y experiencias acumuladas a lo largo de la vida. Después de ciertas pérdidas el mundo cambia de color. Incluso la alegría modifica nuestra manera de percibir las cosas. Por eso dos personas pueden observar exactamente lo mismo y salir con conclusiones completamente distintas.</p>



<p>John Berger decía algo sencillo y profundo: nunca miramos solamente las cosas; miramos la relación entre las cosas y nosotros mismos. Y probablemente allí está una de las claves para entender por qué interpretamos tan mal a los demás. Lo que vemos no depende únicamente de la realidad exterior, sino también de la historia silenciosa que cargamos por dentro.</p>



<p>El ser humano desarrolló una enorme sensibilidad hacia las miradas, los gestos y los silencios. Aquello que antes ayudaba a detectar amenazas y sobrevivir, hoy muchas veces se activa en oficinas tensas, reuniones familiares incómodas o redes sociales donde abundan las indirectas, la agresividad disfrazada de opinión y la necesidad desesperada de aprobación.</p>



<p>Y entonces terminamos recordando selectivamente. Eliminamos detalles incómodos, exageramos otros y construimos versiones parciales tanto de nosotros mismos como de los demás. El conflicto empieza cuando esa mirada incompleta se convierte en juicio automático. Allí dejamos de observar personas y comenzamos a mirar etiquetas.</p>



<p>Y eso ocurre todos los días. Muchas veces se mira al pobre como sospechoso, al provinciano como inferior, al académico como arrogante, al artista como inútil y al político como corrupto incluso antes de escuchar una sola palabra. Las etiquetas llegan primero; la comprensión casi siempre llega tarde, cuando llega.</p>



<p>Cuando una persona se acerca a sus emociones o prejuicios, pierde perspectiva. Pasa en política, en el amor y también en la vida cotidiana. El fanático no observa: idolatra. El odiador tampoco observa: caricaturiza. Ambos terminan deformando la realidad porque solo logran ver aquello que confirma sus propias certezas.</p>



<p>Tal vez por eso el verdadero problema contemporáneo no sea la falta de información, sino la incapacidad de detenernos a mirar con más profundidad, paciencia y respeto. Porque ver es automático. Pero comprender exige tiempo, atención y algo que parece escasear cada vez más en medio de tanto ruido: humanidad.</p>
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		<title>¿Quién es quién en el Perú?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 23 May 2026 05:12:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Ricardo Lucano]]></category>
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					<description><![CDATA[En el Perú, muchas veces creemos que nuestros problemas se reducen únicamente al clasismo o]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<div class="wp-block-image">
<figure class="alignright size-full"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2026/05/Ricardo-Lucano.jpg" alt="" class="wp-image-130728"/><figcaption class="wp-element-caption"><strong>Por: Ricardo Lucano.</strong></figcaption></figure></div>


<p>En el Perú, muchas veces creemos que nuestros problemas se reducen únicamente al clasismo o al centralismo limeño. Y sí, todo eso existe. Pero hay algo más profundo y cotidiano: vivimos en una sociedad donde demasiadas personas sienten que deben demostrar que están en el lado “correcto”. Hablar de cierta manera. Tener determinados nombres. Estudiar en ciertos lugares. Vivir en algunos distritos y no en otros. Aprender incluso lo que conviene esconder para evitar desprecios.</p>



<p>René Girard decía que los seres humanos aprendemos a desear mirando a los demás. Muchas veces no queremos algo porque realmente lo necesitamos, sino porque vemos que otros lo tienen y entendemos que allí está el prestigio, la aceptación o el reconocimiento. Aquí no solo competimos por dinero o por oportunidades. Competimos por parecer más “correctos” que el resto. Más modernos. Más cercanos a ese ideal que históricamente el poder peruano construyó como superior.</p>



<p>Por eso, muchas veces, lo limeño aparece asociado a lo moderno, lo civilizado o lo exitoso, mientras que lo provincial queda reducido a algo atrasado y folklórico, como si necesitara corregirse. Y cuando desde Lima se habla de “los lugares más alejados del país”, en realidad se refieren a lugares que históricamente han importado menos para el poder central. Y están a poca distancia geográfica real.</p>



<p>Esa distancia simbólica aparece todos los días, incluso cuando no la queremos ver. Está en las bromas sobre los acentos provincianos. Está en el desprecio hacia el vendedor informal o el campesino. Está en la idea de que quien trabaja con las manos vale menos que quien trabaja detrás de un escritorio. Y también aparece en ciertos discursos mediáticos que hablan constantemente del “bajo nivel educativo de la población”, como si existiera un pequeño grupo iluminado capaz de comprender el país y una mayoría condenada únicamente a escuchar y obedecer.</p>



<p>Esto termina instalándose dentro de las propias personas. Muchos provincianos aprenden a neutralizar su acento para evitar burlas, sienten vergüenza de su provincia, de sus padres o de sus costumbres. Se aprende rápido qué rasgos culturales abren puertas y cuáles provocan rechazo. Poco a poco, el país entero empieza a actuar como si estuviera sobre un escenario: todos interpretando versiones aceptables de sí mismos para sobrevivir socialmente.</p>



<p>Una sociedad que vive obsesionada con las jerarquías necesita alguien debajo para sentirse arriba, para sostener la ilusión de superioridad. Y sobre ellos se descargan frustraciones, miedos y burlas para conservar intacta la fantasía de pertenecer al Perú “correcto” y no al Perú que incomoda. Todos compiten por mostrar una vida más exitosa, más cosmopolita, más sofisticada. Se imitan opiniones, formas de hablar, indignaciones y estilos de vida. Todo para estar dentro del modelo dominante y castigar simbólicamente lo que desentona o incomoda.</p>



<p>Nos educaron para jerarquizar antes que para convivir. Para admirar al que domina y desconfiar del que parece vulnerable. Para competir antes que para construir comunidad. Por eso el gran desafío no pasa únicamente por construir más carreteras o más universidades. También pasa por aprender a mirarnos sin esa necesidad permanente de decidir quién vale más y quién vale menos.</p>



<p>Porque mientras sigamos necesitando humillar a otros para sentirnos importantes, seguiremos siendo un país fracturado por dentro. Y solo cambiaremos el día en que lo andino, lo amazónico y lo provincial dejen de verse como “lo más alejado del Perú” y empiecen a reconocerse, por fin, como una de las expresiones más profundas, vivas y esenciales del Perú mismo.</p>
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		<title>LA PALABRA QUE DECIDE SI USTED AVANZA O SE DETIENE</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 09 May 2026 05:10:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[FAMILIA]]></category>
		<category><![CDATA[Ricardo Lucano]]></category>
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					<description><![CDATA[Por: Ricardo Lucano A veces sentimos que la vida avanza más rápido que nosotros. Y]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por: Ricardo Lucano</h4>



<p>A veces sentimos que la vida avanza más rápido que nosotros. Y muchas veces el problema no es una gran tragedia, sino algo mucho más silencioso: la manera en que nos hablamos a nosotros por dentro. Resulta que una palabra de apenas cuatro letras, el “pero”, funciona como una especie de bisagra mental que decide si uno se queda encerrado en el problema o si sale a enfrentarlo.</p>



<p>En psicología existe algo llamado “efecto de recencia”. Es bastante simple: nuestro cerebro suele darle más importancia a lo último que escucha dentro de una frase. Esa parte final queda resonando como una especie de instrucción para la atención y para la acción.</p>



<p>Fíjese en la diferencia —y no se engañe, que la billetera sigue igual de flaca en ambos casos—:</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color wp-elements-f7b5797eedb5f79f97e681de24849bab">• “Tengo una idea brillante, pero no tengo dinero”.<br>(Instrucción final: no hay plata. Resultado: el cerebro se frena antes de empezar).</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color wp-elements-8d15b47e8d5d62d3a5d9f3a59aa34187">• “No tengo dinero, pero tengo una idea brillante”.<br>(Instrucción final: todavía existe una posibilidad. Resultado: el cerebro empieza a buscar cómo volverla realidad).</p>



<p>Como ve. La realidad es exactamente la misma, pero el foco cambió de dirección. En la primera frase, el “pero” funciona como un muro; en la segunda, como un puente.</p>



<p>El filósofo Baruch Spinoza decía que una persona no es solamente lo que le ocurre, sino también lo que es capaz de hacer con aquello que le toca vivir. Y quizá por eso mucha gente no termina derrotada por las grandes tragedias, sino por la repetición diaria de pequeñas órdenes de rendición disfrazadas de sentido común.</p>



<p>Decir: “Quiero avanzar, pero estoy cansado” es una forma elegante de quedarse detenido. Pero si uno cambia apenas el orden y dice: “Estoy cansado, pero voy a avanzar un poco”, el cansancio deja de tener la última palabra.</p>



<p>Y nosotros hacemos algo parecido todos los días. A veces reducimos nuestra vida entera a un solo problema, como si un bache en la calle significara que el camino completo desapareció.</p>



<p>Por eso no se trata de optimismo barato ni de fingir que los problemas no existen. Se trata de algo más honesto: aprender a domesticar el lenguaje con el que nos hablamos a nosotros mismos.</p>



<p>Para volver esto práctico, basta con tres cosas sencillas:</p>



<ol start="1" class="wp-block-list">
<li class="has-black-color has-text-color has-link-color wp-elements-95331337a95dcf8f84abe47d8cc992c6">Detecte el muro: escuche sus propios “peros”.</li>



<li class="has-black-color has-text-color has-link-color wp-elements-77c1988b532f97113119131029cdefa3">Nombre la realidad sin anestesia: “Estoy cansado”, “No tengo tiempo”, “La situación está difícil”.</li>



<li class="has-black-color has-text-color has-link-color wp-elements-77dc5af67969ae6a1bde267482b4aa12">Haga la inversión: ponga el problema primero y la decisión después.</li>
</ol>



<blockquote class="wp-block-quote has-text-align-center is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>“El negocio está complicado, pero hoy voy a llamar a dos clientes”. “No tengo ánimo, pero voy a empezar, aunque sea diez minutos”.</p>
</blockquote>



<p>Al final, uno no termina convertido solamente en lo que siente, sino también en aquello que decide repetir todos los días. Muchas veces no somos víctimas exclusivas de las circunstancias, sino también de la narrativa interna con la que las enfrentamos.</p>



<p>No elimine el “pero”. Aprenda a usarlo a su favor. Ponga el problema primero y la acción después. Porque a veces la diferencia entre quedarse quieto y seguir avanzando no está en la realidad, sino en la frase con la que uno decide enfrentarla.</p>



<p></p>
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		<title>Calidad educativa y pensamiento crítico</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 02 May 2026 05:11:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[EDUCACIÓN]]></category>
		<category><![CDATA[Ricardo Lucano]]></category>
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					<description><![CDATA[&#160;Por: Ricardo Lucano Hablar de calidad educativa en el Perú casi siempre nos empuja a]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">&nbsp;Por:  Ricardo Lucano</h4>


<div class="wp-block-image">
<figure class="alignright size-full is-resized"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2025/04/image-3-1.png" alt="" class="wp-image-18479" style="width:139px;height:auto"/></figure></div>


<p>Hablar de calidad educativa en el Perú casi siempre nos empuja a un terreno conocido: cifras, rankings y comparaciones que ordenan quién está arriba y quién abajo. Pero esa explicación se queda corta. Reduce la discusión a lo medible y deja intacto lo más importante. Porque la educación no es solo rendimiento; es también la forma en que aprendemos a pensar, a convivir y a entender el mundo. Y ahí, justamente, es donde los números empiezan a quedarse mudos.</p>



<p>Allí donde lo colectivo sigue teniendo peso, el aprendizaje no se reduce a un logro individual, sino que se inserta en una experiencia compartida. Y eso, inevitablemente, también forma sujetos que no solo entienden lo que leen, sino que están en mejores condiciones de cuestionar ideas. No es casual que regiones del sur como Tacna, Moquegua o Arequipa suelan mostrar mejores niveles en comprensión lectora. Pero quedarse solo con el dato es perderse lo más interesante: ¿qué hay detrás de esos resultados?</p>



<p>Porque comprender un texto no es solo leer bien. Es interpretar, dudar, conectar ideas, detectar contradicciones. Es, en el fondo, una forma de pensar. Y ahí aparece algo que rara vez se dice en voz alta: esas mismas regiones que “leen mejor” también suelen ser más organizadas, más participativas y, muchas veces, más contestatarias frente al poder.</p>



<p>No es una fórmula automática, claro. Pero tampoco parece coincidencia. Donde hay mayor comprensión, hay más herramientas para cuestionar. Y ese cuestionamiento no nace de la nada. Se alimenta de contextos donde lo colectivo todavía importa, donde la vida en comunidad no ha sido completamente desplazada por la lógica del “sálvate solo”.</p>



<p>Ahora bien, mientras eso ocurre en algunos espacios, el sistema educativo en general ha ido empujando en otra dirección. Poco a poco, áreas como la historia, la filosofía o la lógica han sido relegadas. Se las mira como poco prácticas, poco “rentables”, casi un adorno frente a lo técnico. Y sin embargo, son justamente esas disciplinas las que enseñan a pensar con profundidad.</p>



<p>Sin historia, se pierde la capacidad de entender procesos y contextos. Sin filosofía, se debilita la reflexión y la duda. Sin lógica, el pensamiento se vuelve frágil, fácil de manipular. Entonces, lo que queda es una educación que enseña a hacer cosas, sí, pero no necesariamente a preguntarse por qué se hacen. Y ahí es donde la idea de calidad empieza a tambalear.</p>



<p>De hecho, una educación demasiado enfocada en lo técnico puede terminar produciendo personas muy eficientes… pero poco dispuestas —o poco preparadas— para cuestionar el sistema en el que viven. Por eso, quizás el problema no sea solo cuánto estamos aprendiendo, sino cómo y para qué.</p>



<p>Si las regiones con mejores resultados también muestran mayor capacidad de organización y crítica, tal vez no es que “funcionen mejor” en términos aislados, sino que han logrado sostener algo que en otros lugares se ha ido perdiendo: el vínculo entre aprender, pensar y convivir.</p>



<p>Al final, hablar de calidad educativa también implica preguntarnos qué tipo de sociedad estamos formando. Porque una educación que solo busca adaptarnos al mundo tal como está puede ser útil. Pero una educación que nos permite entenderlo y cuestionarlo… esa es la que realmente transforma.</p>



<p></p>
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