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	<title>Rosa María Peralta Quispe  &#8211; Diario El Pueblo</title>
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		<title>Brainrot: ¿creatividad absurda o banalización cultural?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 22 Apr 2026 05:08:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[ACTUALIDAD]]></category>
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<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">Rosa María Peralta Quispe&nbsp;</h4>



<p>En los últimos meses las redes sociales se han llenado de personajes extraños y pegajosos que parecen salidos de un sueño disparatado: un chimpancé convertido en banana que canta con acento italiano, una bailarina llamada <em>Capuccina</em> que gira sin sentido o un coro delirante que repite sonidos sin coherencia aparente. Lo que para algunos adultos puede parecer ruido sin mayor trascendencia, para millones de jóvenes —e incluso para niños— se ha convertido en un lenguaje común. Este fenómeno, conocido como <em>brainrot</em>, despierta tanto fascinación como rechazo, y nos invita a reflexionar sobre cómo lo absurdo se ha convertido en una de las formas más influyentes de identidad cultural en la era digital.</p>



<p>El término <em>brainrot</em>, que literalmente significa “pudrición cerebral”, pertenece a la clase de neologismos digitales nacidos en internet. Su función inicial fue describir un estado mental de saturación provocado por la exposición repetitiva a contenido trivial. A diferencia de otros términos de la jerga digital como <em>shitpost</em> o <em>doomscrolling</em>, el <em>brainrot</em> se distingue porque no se limita a describir una acción o hábito, sino que designa un fenómeno cultural más amplio: la trivialidad y lo absurdo convertidos en eje de identidad y de entretenimiento colectivo.</p>



<p>La palabra proviene del inglés (<em>brain</em> = cerebro, <em>rot</em> = pudrición). Aunque en un principio remitía a una imagen negativa —la mente deteriorada por consumo excesivo de videos y memes—, su uso cambió con rapidez en comunidades juveniles. En 2024 fue reconocida por Oxford como “palabra del año”, lo que dio un espaldarazo académico a lo que hasta entonces parecía una simple jerga de internet.</p>



<p>El fenómeno alcanzó una nueva dimensión con el llamado <em>Italian Brainrot</em>, viralizado en 2025. Se caracteriza por videos generados con inteligencia artificial que muestran animales o figuras híbridas, nombrados con apelativos rítmicos en falso italiano y acompañados por voces caricaturescas. Personajes como <em>Chimpanzini Bananini</em>, <em>Tralalero Tralala</em>, <em>Tungtungtung Sahur</em>, <em>Prr prr patapín</em> o <em>Ballerina Capuccina</em> conquistaron rápidamente las pantallas de TikTok, Instagram y YouTube. Estos nombres, por su musicalidad absurda, su estética grotesca y el impulso de los algoritmos que privilegian lo breve y lo llamativo, lograron una circulación global casi instantánea.</p>



<p>La popularidad del brainrot responde a una lógica muy precisa. Primero, los nombres rítmicos y fáciles de imitar generan repetición y contagio. Segundo, la estética extraña y hasta perturbadora despierta curiosidad y risas, al tiempo que facilita la creación de miles de variantes. Finalmente, los algoritmos de las plataformas digitales amplifican aquello que se consume con rapidez, generando un ciclo en el que lo absurdo gana terreno frente a lo reflexivo. Ahora bien, este fenómeno no solo interesa a adolescentes o jóvenes hiperconectados. Cada vez más niños consumen y reconocen con entusiasmo a estos personajes, al punto de que han comenzado a organizarse espectáculos infantiles inspirados en ellos, así como juguetes y productos derivados. El atractivo radica en su simpleza visual y sonora, que los hace fáciles de identificar para un público infantil. Esto plantea un escenario complejo: la cultura del brainrot ya no es únicamente un signo de identidad juvenil, sino también un entretenimiento masivo para la infancia, con implicancias en cómo las nuevas generaciones aprenden a relacionarse con el humor, lo viral y lo efímero.</p>



<p>Dentro de la clase mayor de neologismos digitales, el <em>brainrot</em> se distingue porque ha experimentado un cambio semántico significativo: pasó de significar deterioro mental a designar una subcultura estética. Sus rasgos distintivos son la ironía, lo absurdo sonoro y visual, la colectividad y la globalidad. Mientras que términos como <em>shitpost</em> se refieren a un tipo de publicación y <em>doomscrolling</em> a una práctica individual, <em>brainrot</em> se ha convertido en una etiqueta que concentra un estilo de humor post-irónico y una forma de pertenencia generacional.</p>



<p>La inteligencia artificial ocupa un lugar central en esta dinámica. Por un lado, hace posible la creación masiva y veloz de personajes absurdos, multiplicando la saturación de contenidos triviales. Pero, por otro lado, si se la utiliza con fines críticos o pedagógicos, puede servir para cuestionar la superficialidad digital y abrir nuevas posibilidades de reflexión. La IA, como señalan algunos especialistas, actúa como un <em>pharmakon</em>: puede ser veneno o remedio. En el caso del brainrot, es tanto la causa de su proliferación como la herramienta que podría ayudarnos a pensar sobre sus efectos.</p>



<p>Desde su definición original como “pudrición cerebral” hasta su reinvención en el <em>Italian Brainrot</em>, este fenómeno revela la paradoja de la cultura digital contemporánea: la capacidad de generar comunidad a partir de lo absurdo y, al mismo tiempo, la normalización de la trivialidad como regla cultural. La inteligencia artificial, que ha permitido la proliferación de estos contenidos, representa también una oportunidad de resistencia: utilizada con sentido crítico, puede contrarrestar la superficialidad que ella misma potencia. Definir el brainrot hoy significa reconocer este doble filo: creatividad colectiva, sí, pero también dependencia del sinsentido y vacío reflexivo. En última instancia, el fenómeno no debe entenderse como un simple pasatiempo, sino como un espejo de nuestra época, en el que la viralidad del absurdo se erige como identidad generacional al precio de empobrecer la experiencia cultural.</p>
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