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	<title>Silvana Pareja &#8211; Diario El Pueblo</title>
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	<description>Verdad Justicia y Libertad</description>
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	<title>Silvana Pareja &#8211; Diario El Pueblo</title>
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		<title>¿Podrá el próximo gobierno combatir la delincuencia?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 21 Jun 2026 05:20:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[POLÍTICA]]></category>
		<category><![CDATA[Silvana Pareja]]></category>
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					<description><![CDATA[ El próximo gobierno no solo recibirá un país con problemas económicos, sociales e institucionales. Recibirá,]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<div class="wp-block-image">
<figure class="alignright size-full"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2026/05/silvana-pareja.jpg" alt="" class="wp-image-133224"/><figcaption class="wp-element-caption">Por  Silvana Pareja</figcaption></figure></div>


<p> El próximo gobierno no solo recibirá un país con problemas económicos, sociales e institucionales. Recibirá, sobre todo, un país cansado de vivir con miedo. La delincuencia ha dejado de ser una preocupación aislada para convertirse en una amenaza directa contra la vida cotidiana, la inversión, el empleo y la confianza ciudadana. Por eso, la pregunta ya no es si la seguridad debe ser una prioridad, sino si el próximo gobierno tendrá la capacidad real de enfrentarla con eficacia.</p>



<p>La respuesta debe ser sincera: sí es posible reducir la delincuencia, pero no será posible hacerlo con discursos, operativos temporales o medidas improvisadas. El Perú necesita una estrategia nacional sostenida, con objetivos claros, instituciones coordinadas y resultados medibles. La criminalidad actual no se combate únicamente con más patrulleros en las calles. Se enfrenta con inteligencia, control territorial, investigación criminal, justicia oportuna y cárceles que dejen de funcionar como centros de operaciones delictivas.</p>



<p>El primer desafío será recuperar la presencia efectiva del Estado en las zonas donde las mafias han ganado terreno. Mercados, rutas de transporte, obras de construcción, zonas comerciales, barrios vulnerables y corredores logísticos no pueden seguir bajo amenaza de extorsión. Allí donde se produce, se transporta, se vende y se trabaja, el Estado debe garantizar seguridad. Proteger al emprendedor, al transportista y al comerciante no es solo una tarea policial; es también una política económica.</p>



<p>El segundo desafío será modernizar la inteligencia contra el crimen organizado. El delito se ha vuelto más sofisticado, transnacional y financiero. Por eso, el próximo gobierno deberá integrar bases de datos, perseguir el lavado de activos, controlar armas ilegales, rastrear redes de extorsión y fortalecer la cooperación internacional. No se puede enfrentar a organizaciones criminales del siglo XXI con herramientas del siglo pasado.</p>



<p>El tercer punto es la reforma penitenciaria. Mientras los cabecillas puedan seguir ordenando extorsiones, secuestros o asesinatos desde las cárceles, cualquier política de seguridad será incompleta. El Estado debe garantizar aislamiento efectivo para líderes criminales, bloqueo real de comunicaciones ilegales y una administración penitenciaria profesional, firme y transparente.</p>



<p>Pero la seguridad también requiere justicia. La Policía puede capturar, pero si el sistema judicial demora, libera sin sustento o no sanciona oportunamente, la impunidad termina fortaleciendo al delito. Por eso, el próximo gobierno debe impulsar fiscalías y juzgados especializados en crimen organizado, con procesos más rápidos y mejor capacidad probatoria.</p>



<p>Ahora bien, combatir la delincuencia no significa renunciar al Estado de derecho. La firmeza es necesaria, pero debe ejercerse dentro del marco constitucional. El Perú no necesita arbitrariedad; necesita autoridad legítima. No necesita solo mano dura; necesita una estrategia inteligente, permanente y democrática.</p>



<p>El próximo gobierno podrá combatir la delincuencia si entiende que la seguridad es la primera condición para recuperar la economía y la confianza. Un país donde la gente trabaja con miedo no puede crecer plenamente. El verdadero reto será devolverle al ciudadano algo básico: la posibilidad de vivir, emprender y construir futuro sin sentirse abandonado por el Estado.</p>
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		<title>La peligrosa rentabilidad de dividir al país</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 14 Jun 2026 05:23:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[ECONOMIA]]></category>
		<category><![CDATA[Silvana Pareja]]></category>
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					<description><![CDATA[ El Perú vuelve a atravesar un momento de incertidumbre política. Con un escenario electoral aún]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<div class="wp-block-image">
<figure class="alignright size-full"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2026/05/silvana-pareja.jpg" alt="" class="wp-image-133224"/><figcaption class="wp-element-caption">Por: Silvana Pareja</figcaption></figure></div>


<p> El Perú vuelve a atravesar un momento de incertidumbre política. Con un escenario electoral aún abierto y un país claramente dividido entre dos opciones, el problema ya no es únicamente quién podría llegar al poder, sino qué tan profundas quedarán las heridas que esta contienda está dejando entre los propios peruanos.</p>



<p>Cuando una elección parte al país casi por mitades, el verdadero desafío no empieza después de conocerse al ganador. Empieza antes, cuando los partidos políticos deciden si apostarán por construir consensos o por profundizar la confrontación. Y hoy, lamentablemente, pareciera que dividir al país se ha convertido en una estrategia rentable. En medio de este clima político, se revive la idea de un Perú enfrentado entre ricos y pobres, Lima contra regiones, empresa privada contra trabajadores, como si el desarrollo nacional dependiera inevitablemente de un conflicto permanente entre peruanos.</p>



<p>Sin embargo, reconocer desigualdades históricas no debería significar convertirlas en trincheras políticas. Es cierto que el Perú arrastra profundas brechas sociales. Existen regiones donde el Estado llega tarde o simplemente no llega. Millones de personas sobreviven en la informalidad, sin acceso adecuado a salud, educación o empleo digno. Hay frustración, cansancio y una profunda desconfianza hacia instituciones que durante años han fallado. Pero también sería irresponsable convertir ese malestar legítimo en combustible político.</p>



<p>La historia demuestra que cuando la política necesita enemigos para sostenerse, la democracia empieza a debilitarse. El problema no es discutir sobre desigualdad o justicia social; el problema surge cuando el adversario político deja de ser alguien que piensa distinto y pasa a convertirse en una amenaza que debe ser derrotada. Cuando se convence al ciudadano de que el responsable de sus problemas es “el otro peruano”, mientras las verdaderas urgencias nacionales quedan relegadas. Y mientras nos enfrentamos, el país sigue esperando respuestas a los mismos problemas: inseguridad, corrupción, empleo precario, crisis educativa y un sistema de salud insuficiente.</p>



<p>La fragmentación social no nació en esta campaña. Es consecuencia de años de abandono estatal, centralismo y promesas incumplidas. Pero existe una diferencia enorme entre reconocer esas heridas y utilizarlas políticamente para profundizar el resentimiento. Porque gobernar un país dividido no significa administrar una victoria. Significa reconstruir confianza.</p>



<p>Sin embargo,hablar de unidad tampoco puede significar relativizar los riesgos políticos que enfrenta el país. La reconciliación nacional no implica aceptar cualquier alianza ni asumir que toda coalición es positiva únicamente por oponerse a un adversario. El Perú no puede darse el lujo de respaldar pactos improvisados entre sectores que, más allá de sus diferencias ideológicas, no ofrecen estabilidad, capacidad técnica ni una agenda clara para resolver los problemas estructurales del país.</p>



<p>Un país fragmentado no necesita más confrontación, pero tampoco experimentos políticos que terminen profundizando la crisis. El ciudadano puede estar decepcionado, y con razón, de una clase política que ha fallado demasiadas veces, pero el voto no debería convertirse en un acto de protesta sin reflexión sobre las consecuencias.</p>



<p>Ante este escenario de incertidumbre, la pregunta para el ciudadano y el líder es ineludible: ¿Estamos dispuestos a exigir una política que se atreva a construir sobre nuestras divergencias, o permitiremos que la aritmética del odio siga siendo el combustible de quienes prefieren ganar el poder aunque pierdan la nación?</p>
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		<title>La memoria corta y el riesgo de repetir la historia</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 06 Jun 2026 05:15:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[POLÍTICA]]></category>
		<category><![CDATA[Silvana Pareja]]></category>
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					<description><![CDATA[&#160;Por: Silvana Pareja “La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">&nbsp;Por: Silvana Pareja</h4>



<p>“La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”. La frase de Milan Kundera parece describir con precisión uno de los mayores riesgos del Perú actual: olvidar demasiado rápido. Han pasado apenas algunos años desde una de las crisis políticas más graves de nuestra historia reciente y, aun así, algunos vuelven a mirar propuestas radicales como si el costo de improvisar con el país hubiese sido insignificante. Como si el deterioro institucional y económico vivido hubiera sido un episodio menor y no una advertencia dolorosa.</p>



<p>Hoy algunos intentan convencernos de que Roberto Sánchez representa la “esperanza popular”, el “cambio verdadero” o la tan repetida “igualdad para todos”. Pero conviene detenernos un momento y formular una pregunta elemental: ¿acaso el resto de peruanos no quiere también un país más justo? ¿Quién podría estar a favor de la pobreza, la desigualdad o la exclusión? Nadie.</p>



<p>Todos aspiramos a una sociedad con mayores oportunidades, menos brechas sociales y más movilidad económica. El verdadero debate está en el camino que se propone para alcanzarlo. Porque existe una diferencia enorme entre construir prosperidad y fomentar dependencia, entre crear oportunidades sostenibles y normalizar modelos donde el ciudadano termina subordinado a la incertidumbre política o al asistencialismo permanente.&nbsp;El peruano necesita estabilidad, empleo, seguridad jurídica y un Estado que facilite el crecimiento del emprendedor y del pequeño empresario. No necesita incertidumbre económica ni discursos sin una hoja de ruta clara.</p>



<p>Lo verdaderamente inquietante de Roberto Sánchez no es únicamente el discurso, sino el proyecto político que representa y el nivel de incertidumbre que arrastra consigo. Porque más allá de las consignas emocionales, el país necesita respuestas concretas. ¿Dónde está la estrategia económica seria? ¿Cómo se garantizará empleo, inversión y estabilidad? ¿Cuál es el plan frente a la inseguridad ciudadana, la informalidad laboral o la desaceleración económica? ¿Qué ocurrirá con instituciones fundamentales para la estabilidad financiera y la confianza de los mercados?</p>



<p>La confianza económica tarda años en construirse y puede deteriorarse en semanas. Y cuando eso ocurre, quienes más sufren no son quienes tienen privilegios, sino las familias que viven del trabajo diario, del pequeño negocio o del esfuerzo constante para salir adelante.</p>



<p>Quizá lo más preocupante sea escuchar a quienes afirman con tranquilidad: “No importa si gana, igual el Congreso lo vaca”. ¿De verdad no aprendimos nada? El poder no funciona así. Una vez instalado en Palacio, cualquier presidente adquiere capacidad de negociación y margen suficiente para sostenerse. Apostar a una eventual vacancia no es una estrategia política; es una irresponsabilidad.</p>



<p>El Perú ya pagó demasiado caro el precio de la improvisación. Apostar nuevamente por un salto al vacío no sería esperanza, sino un grave error. El país necesita ciudadanos que voten con memoria, razón y responsabilidad.</p>
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		<title>El Perú del Gran Tazón de Té</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 01 Jun 2026 05:15:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[ECONOMIA]]></category>
		<category><![CDATA[Silvana Pareja]]></category>
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					<description><![CDATA[Por&#160;Silvana Pareja  El Perú enfrenta nuevamente un dilema político y económico que parece repetirse elección]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por&nbsp;Silvana Pareja</h4>



<p> El Perú enfrenta nuevamente un dilema político y económico que parece repetirse elección tras elección: ¿apostar por un modelo que incentive la productividad y el emprendimiento o insistir en fórmulas basadas en mayor intervención estatal, subsidios y dependencia económica? Mientras algunos candidatos presidenciales continúan ofreciendo bonos, ampliación del gasto público y discursos cercanos a estatizaciones, el Perú real parece haber encontrado hace mucho un camino distinto: el esfuerzo individual como mecanismo de supervivencia y progreso.</p>



<p>La realidad peruana es contundente. Millones de ciudadanos sobreviven diariamente gracias al comercio, los pequeños negocios y el autoempleo. Son emprendedores que trabajan desde Gamarra, técnicos que reparan celulares en Wilson, agricultores que exportan desde regiones y comerciantes que sostienen economías familiares enteras sin apoyo estatal significativo. En muchos casos, incluso enfrentando burocracia excesiva, regulaciones poco realistas y falta de acceso al crédito formal.</p>



<p>Por eso resulta válido preguntarse si gran parte del debate político realmente entiende al ciudadano peruano. Roberto Sánchez, por ejemplo, ha defendido propuestas vinculadas a un mayor protagonismo estatal, expansión de programas de subsidios y discursos próximos a estatizaciones de sectores estratégicos. Para algunos sectores, estas medidas buscan reducir la desigualdad y fortalecer la justicia social. Sin embargo, la discusión merece ir más allá del discurso y analizar sus posibles consecuencias.</p>



<p>Porque quizá la verdadera desigualdad no sea únicamente cuánto dinero gana una persona, sino qué tan libre es para construir su propio progreso. Y pocas cosas pueden resultar más desiguales que un modelo en el que el ciudadano depende permanentemente del Estado para sobrevivir, mientras la inversión privada, la generación de empleo y el emprendimiento enfrentan incertidumbre o desincentivos.</p>



<p>La experiencia internacional ofrece lecciones relevantes. China, por ejemplo, entendió algo que el Perú todavía parece debatir: cuando el Estado no puede resolver completamente el problema del empleo, debe dejar de obstaculizar la capacidad productiva de sus ciudadanos. Durante las reformas económicas de fines de los años ochenta, pequeños emprendimientos juveniles impulsaron el llamado modelo del Gran Tazón de Té, una experiencia que permitió transformar negocios informales en motores económicos capaces de dinamizar regiones enteras. La lógica fue relativamente simple: menos trabas, mayor libertad económica y reconocimiento del esfuerzo individual como motor de desarrollo.&nbsp;</p>



<p>El Perú no necesita copiar mecánicamente modelos extranjeros, pero sí aprender de aquello que funcionó. Nuestro emprendedor informal no debería ser visto únicamente como un problema tributario o regulatorio, sino como una enorme reserva de creatividad económica. El pequeño comerciante no necesita vivir indefinidamente de bonos; necesita seguridad jurídica, acceso a financiamiento, simplificación de trámites y condiciones reales para formalizarse sin asfixia burocrática.</p>



<p>Esto no significa negar el rol del Estado. Evidentemente, un país con profundas brechas sociales necesita políticas públicas orientadas a proteger a quienes más lo necesitan. Pero existe una diferencia sustancial entre una red de protección temporal y un modelo que normaliza la dependencia permanente.</p>



<p>La verdadera inclusión social no ocurre cuando más personas dependen del presupuesto estatal, sino cuando más ciudadanos tienen posibilidades reales de generar ingresos, construir patrimonio y mejorar su calidad de vida. La pregunta para los próximos gobernantes no debería centrarse en quién promete repartir más recursos, sino en quién será capaz de liberar el potencial productivo del Perú real: ese país trabajador, emprendedor y resiliente que sigue avanzando incluso cuando la política parece no entenderlo.</p>
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		<title>Si esto no es fraude, ¿entonces qué es?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 24 May 2026 05:24:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[POLÍTICA]]></category>
		<category><![CDATA[Silvana Pareja]]></category>
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					<description><![CDATA[El reciente proceso electoral ha dejado una preocupación que trasciende a los candidatos y partidos]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<div class="wp-block-image">
<figure class="alignright size-full"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2026/05/silvana-pareja.jpg" alt="" class="wp-image-133224"/><figcaption class="wp-element-caption">Por:  Silvana Pareja</figcaption></figure></div>


<p>El reciente proceso electoral ha dejado una preocupación que trasciende a los candidatos y partidos políticos. Más allá de quién resulte ganador o derrotado, una pregunta parece haberse instalado en parte importante de la ciudadanía: ¿fue el sistema electoral peruano lo suficientemente sólido para garantizar plenamente la voluntad popular?</p>



<p>Las denuncias y cuestionamientos planteados por distintos sectores políticos han puesto sobre la mesa inquietudes relacionadas con dificultades logísticas, retrasos en la instalación de mesas, problemas operativos, observaciones a determinadas actas y denuncias sobre posibles irregularidades. Rafael López Aliaga, por ejemplo, ha expresado públicamente severos cuestionamientos al proceso y solicitado revisiones más exhaustivas. Más allá de simpatías políticas, el debate parece ir mucho más allá de una candidatura: se trata de la confianza en nuestras instituciones.</p>



<p>Porque cuando sectores importantes de la población comienzan a sentir que algo no estuvo bien, el problema deja de ser exclusivamente político y se convierte en institucional. Una democracia sólida no solo debe ser transparente; debe también parecerlo. La legitimidad no se construye únicamente con resultados oficiales, sino con la percepción ciudadana de que las reglas fueron claras, justas y aplicadas sin ningún tipo de interferencia.</p>



<p>En ese contexto, surge una inquietud que no debería ser minimizada: la posibilidad de que nuestras instituciones puedan ser vulnerables frente a presuntas comisiones de delitos electorales, incluyendo escenarios que algunos ciudadanos califican como fraude, interferencia indebida o incluso posibles intentos de favorecer determinados resultados desde espacios de poder. Corresponde a las autoridades esclarecer si estas sospechas tienen sustento o no, pero en cualquier democracia madura la sola percepción de fragilidad institucional debería encender alarmas.</p>



<p>Quizás uno de los aspectos más preocupantes sea la rapidez con la que parte de la sociedad parece resignarse. Como si las dudas sobre el sistema electoral fueran ya parte inevitable de la política peruana. Como si no hubiera razones para indignarse ante la posibilidad —aunque sea remota— de que la voluntad constitucional de millones de ciudadanos pudiera no haber sido plenamente garantizada. Ninguna democracia debería acostumbrarse a convivir con ese nivel de incertidumbre.</p>



<p>Pero la indignación, por sí sola, no basta. Si el país quiere fortalecer la democracia, resulta indispensable plantear soluciones concretas. La ciudadanía también debe asumir un rol más activo. La democracia no termina el día de la elección. Organizar veedurías ciudadanas, exigir transparencia, acceder a información pública y fiscalizar activamente el funcionamiento de las instituciones debería convertirse en parte de nuestra cultura democrática.</p>



<p>Asimismo, el país necesita debatir reformas que fortalezcan la confianza electoral: auditorías independientes cuando existan cuestionamientos significativos, mayor trazabilidad tecnológica, supervisión más rigurosa de padrones y sanciones ejemplares frente a eventuales delitos electorales, debería incorporarse en nuestra legislación penal el delito de omisión dolosa de deberes de control electoral. La desconfianza hacia los organismos técnicos es el pan de cada día, esta norma buscaría forzar una integridad institucional por mandato penal.</p>



<p>Porque una democracia fuerte no es aquella donde los ciudadanos simplemente obedecen resultados. Es aquella capaz de garantizar, sin dudas razonables, que la voluntad del pueblo jamás podrá ser reemplazada por la voluntad del poder.</p>



<p>&nbsp;</p>



<p></p>
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		<title>El Perú que aún no nos atrevemos a construir</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 16 May 2026 05:11:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[PROYECTOS]]></category>
		<category><![CDATA[Silvana Pareja]]></category>
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					<description><![CDATA[Por: Silvana Pareja El Perú enfrenta una paradoja cada vez más difícil de sostener. Mientras]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por: Silvana Pareja</h4>



<p>El Perú enfrenta una paradoja cada vez más difícil de sostener. Mientras el mundo avanza hacia economías integradas, infraestructura inteligente y transformación tecnológica acelerada, nosotros seguimos atrapados entre la informalidad, el colapso urbano y la improvisación política. Durante años, el país sobrevivió gracias a la estabilidad macroeconómica, pero dejó de construir una verdadera visión de desarrollo nacional.</p>



<p>Por eso, hoy la discusión ya no debería centrarse únicamente en cómo crecer, sino en cómo transformar el país antes de que el estancamiento profundice aún más la crisis social y política. ¿Puede el Perú avanzar 50 años en solo cinco? La idea parece ambiciosa, pero no imposible. Brasil ya intentó algo similar durante el gobierno de Juscelino Kubitschek, quien impulsó un “Plan de Metas” basado en infraestructura, energía, carreteras e industrialización bajo una premisa simple: acelerar el desarrollo nacional mediante inversión y conectividad.</p>



<p>El Perú necesita recuperar precisamente esa ambición. Porque el verdadero problema peruano no es únicamente económico; es territorial e institucional. Un país donde el 75% de la fuerza laboral vive en la informalidad es un país donde millones de personas sobreviven fuera del sistema porque el propio Estado nunca logró integrarlas realmente. Y mientras no exista un proyecto serio de modernización, la informalidad seguirá funcionando como la única red de supervivencia para millones de ciudadanos.</p>



<p>Sin embargo, el desarrollo no llegará únicamente con más programas sociales o discursos de redistribución. El Perú necesita infraestructura, competitividad y crecimiento productivo. Necesita carreteras transversales, corredores logísticos, expansión energética, puertos modernos y digitalización estatal. Necesita conectar regiones históricamente abandonadas para integrar mercados, reducir la desigualdad y generar empleo formal.</p>



<p>Frente a este contexto, el país necesita volver a pensar en grande. Pero resulta difícil imaginar un proceso de modernización acelerada bajo propuestas políticas que mantienen una visión confrontacional frente a la inversión privada, el modelo económico o la estabilidad institucional. Y allí aparece una preocupación legítima respecto a proyectos políticos como el encabezado por Roberto Sánchez y Juntos por el Perú.</p>



<p>El problema no es únicamente una cuestión de etiquetas ideológicas. El verdadero riesgo es repetir dinámicas recientes donde predominó la improvisación, el enfrentamiento constante y la incertidumbre económica. El Perú ya vivió las consecuencias de un escenario donde proyectos de inversión quedaron paralizados y la inestabilidad política deterioró la confianza nacional e internacional.</p>



<p>Y eso tiene consecuencias concretas. Ningún país puede construir carreteras, polos industriales o infraestructura estratégica si no existe confianza para invertir. Ningún proceso serio de formalización puede sostenerse si la economía se desacelera o si el sector privado percibe que las reglas pueden cambiar constantemente por razones ideológicas.</p>



<p>Paradójicamente, quienes más terminan sufriendo los efectos de la inestabilidad son precisamente los sectores más vulnerables. Por ello, el Perú necesita una reconstrucción nacional basada en capacidad técnica, estabilidad macroeconómica y visión de largo plazo. Porque el verdadero desafío ya no es elegir entre izquierda o derecha, sino decidir si queremos construir un país competitivo e integrado o continuar atrapados en modelos donde el conflicto termina reemplazando al desarrollo como prioridad nacional.</p>



<p></p>
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		<title>¿Por qué el futuro no nos necesita?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 10 May 2026 05:21:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Silvana Pareja]]></category>
		<category><![CDATA[TECNOLOGIA]]></category>
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					<description><![CDATA[A inicios de los años 2000, internet era una promesa incipiente. Las conexiones eran lentas,]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<div class="wp-block-image">
<figure class="alignright size-large is-resized"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2025/11/SilvanaParejaMagallanes-694x1024.jpg" alt="" class="wp-image-76715" style="width:146px;height:auto"/><figcaption class="wp-element-caption">Por: Silvana Pareja</figcaption></figure></div>


<p>A inicios de los años 2000, internet era una promesa incipiente. Las conexiones eran lentas, las páginas rudimentarias y el comercio digital apenas emergía. Sin embargo, en menos de una década, esa tecnología transformó radicalmente la economía y la vida social: surgieron plataformas globales, se redefinieron los mercados laborales y se alteraron las formas de interacción humana. Lo que parecía una herramienta complementaria terminó reorganizando el mundo.</p>



<p>Hoy, la inteligencia artificial avanza con una lógica distinta: ya no es lineal, sino exponencial. A diferencia del internet, que amplificó nuestras capacidades, la IA tiene el potencial de sustituirlas. Modelos recientes, como Claude Mythos, evidencian un salto cualitativo en autonomía y razonamiento. Ya no estamos frente a sistemas que solo ejecutan instrucciones, sino ante tecnologías capaces de resolver problemas complejos con mínima supervisión. Este cambio no es incremental; es estructural.</p>



<p>En este contexto, el Perú parece avanzar a otro ritmo. La reciente publicación de la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial (ENIA) 2026-2030 representa, en teoría, un hito importante. Sin embargo, más allá del anuncio, existe un preocupante vacío sobre su implementación real. No hay claridad en los plazos, ni en los mecanismos concretos para cerrar la brecha tecnológica. La IA, pese a su impacto potencial, aún no ocupa un lugar prioritario en la agenda pública.</p>



<p>Este desfase no es solo administrativo; es estratégico. Nos encontramos ante lo que podría denominarse una “brecha de innovación”: mientras la capacidad tecnológica se acelera, la respuesta normativa permanece anclada en tiempos burocráticos. Esta diferencia genera una vulnerabilidad crítica para la soberanía nacional. La IA ha erosionado incluso el tiempo como barrera de seguridad. Sistemas que durante décadas se consideraron estables hoy son fácilmente vulnerables por algoritmos capaces de identificar fallas ocultas en minutos. Para un país cuya infraestructura depende en gran medida de sistemas heredados, el riesgo es evidente.</p>



<p>El contraste con Estados Unidos es revelador. Bajo la administración de Donald Trump, la inteligencia artificial ha sido abordada como un tema de seguridad nacional. Se han establecido plazos concretos y una estrategia orientada a anticipar riesgos. Esta preocupación no es exagerada: cada vez más científicos advierten que las tecnologías emergentes podrían representar amenazas superiores a cualquier innovación previa. La diferencia radica en la velocidad de respuesta.</p>



<p>Hacia el 2030, es posible proyectar un escenario donde la automatización avanzada reconfigure el empleo, la educación y la economía global. La democratización del cibercrimen permitirá que actores no especializados ejecuten ataques de alta complejidad, mientras que la defensa dependerá cada vez más de sistemas automatizados. En ese contexto, la lentitud institucional no es solo ineficiencia: es una debilidad estructural.</p>



<p>La lección que dejó el internet es clara: las revoluciones tecnológicas no esperan. Pero la inteligencia artificial plantea un desafío aún mayor. No se trata solo de adaptarnos a una nueva herramienta, sino de coexistir con sistemas que pueden superarnos en velocidad, precisión y escala. Si el Perú no transita hacia una estrategia proactiva —basada en seguridad por diseño, cooperación internacional y formación de talento—, corre el riesgo de quedar no solo rezagado, sino expuesto.</p>



<p>Porque, en esta nueva era, el problema no es que el futuro llegue sin nosotros. El verdadero riesgo es que, simplemente, ya no nos necesite.</p>
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		<title>¿Por qué el futuro no nos necesita?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 09 May 2026 05:09:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[FAMILIA]]></category>
		<category><![CDATA[Silvana Pareja]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Silvana Pareja A inicios de los años 2000, internet era una promesa incipiente. Las]]></description>
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<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por Silvana Pareja</h4>



<p>A inicios de los años 2000, internet era una promesa incipiente. Las conexiones eran lentas, las páginas rudimentarias y el comercio digital apenas emergía. Sin embargo, en menos de una década, esa tecnología transformó radicalmente la economía y la vida social: surgieron plataformas globales, se redefinieron los mercados laborales y se alteraron las formas de interacción humana. Lo que parecía una herramienta complementaria terminó reorganizando el mundo.</p>



<p>Hoy, la inteligencia artificial avanza con una lógica distinta: ya no es lineal, sino exponencial. A diferencia del internet, que amplificó nuestras capacidades, la IA tiene el potencial de sustituirlas. Modelos recientes, como Claude Mythos, evidencian un salto cualitativo en autonomía y razonamiento. Ya no estamos frente a sistemas que solo ejecutan instrucciones, sino ante tecnologías capaces de resolver problemas complejos con mínima supervisión. Este cambio no es incremental; es estructural.</p>



<p>En este contexto, el Perú parece avanzar a otro ritmo. La reciente publicación de la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial (ENIA) 2026-2030 representa, en teoría, un hito importante. Sin embargo, más allá del anuncio, existe un preocupante vacío sobre su implementación real. No hay claridad en los plazos, ni en los mecanismos concretos para cerrar la brecha tecnológica. La IA, pese a su impacto potencial, aún no ocupa un lugar prioritario en la agenda pública.</p>



<p>Este desfase no es solo administrativo; es estratégico. Nos encontramos ante lo que podría denominarse una “brecha de innovación”: mientras la capacidad tecnológica se acelera, la respuesta normativa permanece anclada en tiempos burocráticos. Esta diferencia genera una vulnerabilidad crítica para la soberanía nacional. La IA ha erosionado incluso el tiempo como barrera de seguridad. Sistemas que durante décadas se consideraron estables hoy son fácilmente vulnerables por algoritmos capaces de identificar fallas ocultas en minutos. Para un país cuya infraestructura depende en gran medida de sistemas heredados, el riesgo es evidente.</p>



<p>El contraste con Estados Unidos es revelador. Bajo la administración de Donald Trump, la inteligencia artificial ha sido abordada como un tema de seguridad nacional. Se han establecido plazos concretos y una estrategia orientada a anticipar riesgos. Esta preocupación no es exagerada: cada vez más científicos advierten que las tecnologías emergentes podrían representar amenazas superiores a cualquier innovación previa. La diferencia radica en la velocidad de respuesta.</p>



<p>Hacia el 2030, es posible proyectar un escenario donde la automatización avanzada reconfigure el empleo, la educación y la economía global. La democratización del cibercrimen permitirá que actores no especializados ejecuten ataques de alta complejidad, mientras que la defensa dependerá cada vez más de sistemas automatizados. En ese contexto, la lentitud institucional no es solo ineficiencia: es una debilidad estructural.</p>



<p>La lección que dejó el internet es clara: las revoluciones tecnológicas no esperan. Pero la inteligencia artificial plantea un desafío aún mayor. No se trata solo de adaptarnos a una nueva herramienta, sino de coexistir con sistemas que pueden superarnos en velocidad, precisión y escala. Si el Perú no transita hacia una estrategia proactiva —basada en seguridad por diseño, cooperación internacional y formación de talento—, corre el riesgo de quedar no solo rezagado, sino expuesto.</p>



<p>Porque, en esta nueva era, el problema no es que el futuro llegue sin nosotros. El verdadero riesgo es que, simplemente, ya no nos necesite.</p>
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		<title>El espejismo del cambio: ¿está el Perú frente a un Castillo 2.0?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 03 May 2026 05:23:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[POLÍTICA]]></category>
		<category><![CDATA[Silvana Pareja]]></category>
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					<description><![CDATA[En el Perú, el cambio se ha convertido en una consigna incuestionable. No importa tanto]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<div class="wp-block-image">
<figure class="alignright size-large is-resized"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2025/11/SilvanaParejaMagallanes-694x1024.jpg" alt="" class="wp-image-76715" style="width:109px;height:auto"/><figcaption class="wp-element-caption">Por Silvana<br>Pareja</figcaption></figure></div>


<p>En el Perú, el cambio se ha convertido en una consigna incuestionable. No importa tanto su contenido como su promesa. En un contexto de profunda desconfianza hacia la política, amplios sectores de la ciudadanía, especialmente jóvenes, han asumido que cualquier alternativa que rompa con lo tradicional representa, por definición, una mejora.</p>



<p>El problema es que gobernar no es romper. Gobernar es sostener. La experiencia del gobierno de Pedro Castillo lo demuestra con claridad. Más allá del discurso, su gestión estuvo marcada por la improvisación, la ausencia de equipos técnicos sólidos y una inestabilidad política que debilitó al Estado. La constante rotación ministerial, la falta de coherencia en la política pública y el enfrentamiento permanente entre poderes no solo generaron incertidumbre, sino que terminaron erosionando la capacidad misma de gobernar.</p>



<p>Ese antecedente no es ideológico. Es funcional. Por ello, cuando hoy se plantean nuevas opciones que se inscriben en ese mismo espacio político, la pregunta no debería ser si representan el cambio, sino si pueden evitar repetir las condiciones que llevaron al fracaso reciente. En un eventual escenario donde figuras como Roberto Sánchez accedan al poder, el riesgo no radica en su discurso, sino en la posibilidad de que se reproduzca un modelo de gestión que ya evidenció sus límites.</p>



<p>La idea de un “Castillo 2.0” no debe entenderse como una etiqueta política, sino como un criterio de análisis. Si se repiten patrones como la designación de funcionarios sin experiencia, la confrontación institucional y la falta de claridad económica, el resultado será previsible. No por prejuicio, sino por evidencia. Sin embargo, este tipo de evaluación suele quedar relegada en el debate público. Las redes sociales han instalado una lógica distinta, donde lo relevante no es la viabilidad de una propuesta, sino su capacidad de generar adhesión</p>



<p>En política, esto se traduce en consignas eficaces pero incompletas: “cambio ya”, “no más de lo mismo”. A ello se suma un uso cada vez más instrumental del concepto de memoria. Se sostiene que recordar implica rechazar determinadas opciones políticas, pero rara vez se aplica ese criterio a experiencias recientes. La memoria no es selectiva ni patrimonio de un solo sector. Recordar implica evaluar integralmente, no elegir qué olvidar.</p>



<p>No es casualidad que el Perú haya tenido múltiples constituciones a lo largo de su historia. Este hecho no refleja únicamente evolución, sino una constante incapacidad de sostener acuerdos políticos duraderos. Ante cada crisis, el país ha optado por reiniciar en lugar de corregir. Hoy, esa misma lógica se reproduce en el voto. El verdadero dilema no es si el país debe cambiar, sino si está dispuesto a repetir, bajo otro nombre, los mismos errores.</p>



<p>Superar este ciclo exige elevar el estándar del voto y de la política. Las candidaturas deben presentar equipos técnicos identificables y coherentes, no solo discursos. El electorado, por su parte, debe priorizar criterios como gobernabilidad, estabilidad institucional y viabilidad económica. Asimismo, resulta indispensable fortalecer los partidos políticos y limitar el uso estratégico de mecanismos como la vacancia presidencial.</p>



<p>Porque cuando el cambio se construye sin condiciones de gobernabilidad, no transforma. Solo repite la inestabilidad bajo una nueva narrativa.</p>
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		<title>Perú 2026: democracia al borde del colapso</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 19 Apr 2026 05:24:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[POLÍTICA]]></category>
		<category><![CDATA[Silvana Pareja]]></category>
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					<description><![CDATA[El Perú no enfrenta simplemente un proceso electoral cuestionado; enfrenta el espejo brutal de su]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<div class="wp-block-image">
<figure class="alignright size-large is-resized"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2025/11/SilvanaParejaMagallanes-694x1024.jpg" alt="" class="wp-image-76715" style="width:110px;height:auto"/><figcaption class="wp-element-caption">Por Silvana<br>Pareja</figcaption></figure></div>


<p>El Perú no enfrenta simplemente un proceso electoral cuestionado; enfrenta el espejo brutal de su propia descomposición institucional. Las elecciones de 2026 no han hecho más que confirmar lo que durante años se ha incubado: una democracia frágil, una clase política erosionada y una ciudadanía atrapada entre la desconfianza y la resignación.</p>



<p>El sistema político peruano, profundamente fragmentado, ha demostrado su incapacidad para garantizar estabilidad. La proliferación de partidos sin identidad ni programa ha convertido la política en un terreno de supervivencia y no de construcción nacional. Esta fragmentación no es casual: responde a reglas débiles, a incentivos perversos y a la ausencia de liderazgos sólidos. El resultado es evidente: gobiernos efímeros, crisis recurrentes y una democracia que parece sostenerse por inercia.</p>



<p>A este deterioro institucional se suma una conflictividad social alarmante. Solo en un mes se registraron cientos de protestas a nivel nacional, evidencia clara de un país que no se siente representado ni escuchado. La desigualdad, la exclusión y el abandono histórico de amplios sectores han generado una fractura social que amenaza con volverse irreparable.</p>



<p>Pero el problema más profundo no está únicamente en las estructuras, sino en la cultura política. El Perú arrastra una debilidad histórica en la formación de ciudadanía. La política no es vista como espacio de construcción colectiva, sino como terreno de sospecha, corrupción y confrontación. Esta percepción no es gratuita: responde a décadas de malas prácticas que han normalizado la mediocridad y la impunidad.</p>



<p>En este contexto, la democracia peruana se encuentra bajo asedio. No solo por actores externos o ideologías extremas, sino por su propia incapacidad de reformarse. La crisis ya no es coyuntural, es estructural . Y cuando una crisis se vuelve permanente, deja de ser crisis para convertirse en sistema.</p>



<p>Sin embargo, incluso en este escenario oscuro, persiste una posibilidad. El Perú ha demostrado, a lo largo de su historia, una capacidad inesperada de resistencia. La juventud, hoy desencantada, puede ser el punto de quiebre. No desde la protesta sin dirección, sino desde la construcción de una nueva cultura política basada en la responsabilidad, la participación y la identidad nacional.</p>



<p>El desafío es enorme: reconstruir la confianza, reformar las instituciones y redefinir el contrato social. Pero también es una oportunidad única. Porque cuando todo parece derrumbarse, también es el momento en que puede comenzar a edificarse algo distinto.</p>



<p>El Perú está, una vez más, frente a una encrucijada histórica. No se trata solo de elegir un presidente, sino de decidir si queremos seguir administrando el fracaso o atrevernos, finalmente, a construir una nación.</p>
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