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	<title>Úrsula Angulo &#8211; Diario El Pueblo</title>
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	<description>Verdad Justicia y Libertad</description>
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	<title>Úrsula Angulo &#8211; Diario El Pueblo</title>
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		<title>Como los elefantes</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Erika Romero Diaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 22 Oct 2026 05:17:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[FAMILIA]]></category>
		<category><![CDATA[Úrsula Angulo]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Úrsula Angulo SIN AMBAGES Como la canción para niños. Esa que cuenta que un]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h5 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por Úrsula Angulo</h5>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>SIN AMBAGES</strong></h3>



<p class="wp-block-paragraph">Como la canción para niños. Esa que cuenta que un elefante se balanceaba feliz de la vida en una tela de araña y, como veía que no pasaba nada, le dijo a otro elefante: «Ven, esto está divertido, no pasa nada, nadie dice nada». Y convencido de que nadie iba a decir nada, pues dos elefantes se balanceaban en la telaraña que podría romperse, pero no pasa nada, nadie dice nada. Y así llamaron a más elefantes, porque no pasa nada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es exactamente así. Veo en una calle angosta y con líneas amarillas a cada lado que una persona estaciona su carro ahí, paralelo a la vereda. Se baja, saca el cobertor de la maletera y lo extiende sobre el auto. Está listo para dejarlo todo el día precisamente donde no se puede estacionar. A los elefantes nadie les decía nada, y a él tampoco. Empieza la congestión de autos, unos esquivan a otros, pero todos se aseguran de que el muchacho tenga el espacio suficiente para tapar bien su auto, hace mucho sol.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y hay tantos ejemplos similares. Estos son los elefantes que hacen lo que quieren. En la canción infantil, los elefantes son muy simpáticos, nunca llegamos a descubrir las consecuencias porque la canción puede hacerse interminable: esa telaraña puede resistir cientos de elefantes, todo depende del número hasta el que los niños han aprendido a contar. En la vida real, tampoco llegamos a descubrir las consecuencias, porque no las hay.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así estamos. Pareciera que cada quien hace lo que quiere porque sabe que puede hacerlo: quienes deberían llamar la atención o, finalmente, multar no lo hacen. Falta de autoridad o simplemente pereza. Cualquiera de las dos o ambas. De una u otra manera, esta costumbre ya se extendió demasiado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá podemos probar a decir algo nosotros. Se me ocurre que la canción llega a cierto número de elefantes y el siguiente, en lugar de balancearse también en la telaraña, les dice: «Un momentito, esto no está bien. Se va a romper esa telaraña; allí no pueden balancearse». Nosotros podemos ser como ese elefante. Decir algo, solo eso, de una manera muy apropiada, muy cortés, pero decir algo. Solo mover la cabeza de un lado a otro en señal de desaprobación no es suficiente. Esa complicidad les funciona a los elefantes simpáticos de una canción; pero en nuestra realidad, esa complicidad no es bonita, no hace bien. Podríamos decir algo; no se trata de reprender a nadie, sino de decir un par de palabras que inviten a la reflexión, nada más, como el elefante con sentido común que quizá sí aparece al final de la canción.</p>
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		<title>La canción que no convence</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 01 Oct 2026 05:33:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[ELECCIONES 2026]]></category>
		<category><![CDATA[Úrsula Angulo]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Úrsula Angulo Es contradictorio, y quizá coinciden conmigo, que los candidatos a alcalde hagan]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h5 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por Úrsula Angulo</h5>



<p class="wp-block-paragraph">Es contradictorio, y quizá coinciden conmigo, que los candidatos a alcalde hagan tanta bulla en su tarea de convencer a los votantes cuando supuestamente buscan lo mejor para el distrito (cualquiera que este sea). «Trabajaré por la tranquilidad y el ornato del distrito, pero eso cuando sea elegido alcalde; mientras tanto, súbanle el volumen», eso parecen decir. Y pasan por las calles con sus canciones que dicen: «La, la, la, vota por mí, la, la, la». Sin intentos de persuasión a través de explicaciones de cómo harían tal o cual obra; eso no. Porque quizá han aparecido en algún programa local en el que han mencionado todo lo que harían, pero diría que pocos lo han visto; entonces, cuando tienen la oportunidad de alcanzar a más votantes, escogen la bulla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tú, candidato a la alcaldía de mi distrito, que pasas con tu camioncito grande y antipático, lleno de luces y canciones que repiten tu nombre demasiadas veces, tú, dime, ¿voto por ti porque desde tu propaganda rodante lanzas cajas de fósforos con tu rostro con sonrisa de «mira qué honesto que soy»?</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Será que la bulla funciona? No, no lo creo. Pero si no se les ocurre otra estrategia, les queda la bulla. Y la usan, pareciera, con desesperación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por otro lado, además de los candidatos con amor por los altos decibeles, están los candidatos que han optado por otra estrategia —o por una segunda estrategia—: anunciar su honestidad. Esta mañana, al salir de mi casa, encontré en la vereda —como una y otra vez todos hemos encontrado— el volante de un candidato que enumeraba algunas razones por las que debiéramos votar por él, pero dos especialmente llamaron mi atención: no tiene sentencias y no tiene juicios con sentencia pendiente. También llamaron mi atención un par de errores ortográficos, pero volviendo a las campañas electorales, es curioso cómo no se sobreentiende la honestidad, sino que tiene que ser especificada, y da la impresión de que precisar que no hay sentencias ya da visos de honestidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pareciera también que enfatizar la honestidad podría atraer más votos que el hacer una lista entusiasta de obras que van a gustar. Y sí, tiene sentido, porque estamos acostumbrados a no ver obras, a ver obras que se deshacen poco después de las fotos de la inauguración, a jacuzzis en las alcaldías, a escenas vergonzosas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nada de esto es nuevo, ya lo sabemos, sin embargo, ¿qué alternativa nos queda? Como no podemos ver el futuro, nos queda recordar lo que ya vimos. Si de una u otra manera las «gracias» de algunos fueron patentes, bien podemos ir reduciendo las opciones. Y, como dije en un anterior artículo, así como estamos, no está de más llevar, por si acaso, lapicero con ruda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora, ganen o pierdan, ¿limpiarán las calles de sus carteles temprano por la mañana al día siguiente de las elecciones? Ja.</p>
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		<title>La indiferencia que no aporta</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 17 Sep 2026 05:15:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[FAMILIA]]></category>
		<category><![CDATA[Úrsula Angulo]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Úrsula Angulo SIN AMBAGES En mi último artículo, mencionaba que vi en la Plaza]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h5 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por Úrsula Angulo</h5>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>SIN AMBAGES</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En mi último artículo, mencionaba que vi en la Plaza de Armas a un señor que dejaba en la calle cáscaras de fruta, ya convertidas en basura, y que me detuve para decirle cordialmente que buscara un basurero. Esta historia la comenté en mi programa de radio y, por algunas llamadas que recibí durante la transmisión, me di cuenta de que evidentemente muchas personas coincidían en que lo mejor era hacer una observación —a manera de objeción— a quien está en proceso de ensuciar la ciudad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los que ensucian las calles sin reparo alguno saben que están actuando mal, pero, ciertamente, no les importa y —aquí viene lo sorprendente pero cierto— cuentan con la colaboración indirecta de los demás ciudadanos. Porque lo que suele verse es que quien desaprueba esas actitudes incivilizadas —sí, incivilizadas— solo mueve la cabeza de un lado hacia el otro a manera de disconformidad o, peor aún, no manifiesta su reprobación de ninguna forma. Y así el que ensucia va por la vida feliz y contento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por supuesto, no se trata de llamar la atención levantando la voz y mucho menos insultando a nadie. Sería paradójico usar métodos incivilizados para intentar civilizar a alguien. No, no, por ese camino no vamos. De lo que se trata es de llamar la atención sobre el acto reprochable, pero de manera apropiada, con cortesía y corrección —siempre digo que se enseña con el ejemplo—. Pienso que el que botó basura en la calle la recogerá por vergüenza, si la tuviera; sin embargo, también puede ser que esa persona haya obtenido su certificado de incivilizado con la más alta nota en el examen de «incivilizamientos» y, en ese caso, seguirá de largo sin apuro. Pero qué bonito sería que el temor a ser corregido en público significara el regreso de los buenos modales a las calles.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo mismo puede aplicarse para otras conductas que no corresponden a las normas de urbanidad. ¿Urbanidad? Suena a palabra antigua, como máquina de escribir: se usaba pero ya no, a eso suena, pero es una palabra muy vigente, sin fecha de expiración. Lamentablemente, ya no se habla de urbanidad, pero no es antigua, sino intemporal y universal, corresponde a todos los tiempos y lugares. Y su uso resulta de extrema necesidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La discusión sobre la responsabilidad de los padres o el colegio en los buenos modales de las personas no cambiará nada y, de hecho, no ayuda. Mejor vamos con aquello que podría significar el comienzo del cambio o el regreso de la urbanidad. Porque la indiferencia no aporta, normaliza.</p>
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		<title>El otro escudo del Perú</title>
		<link>https://diarioelpueblo.com.pe/2026/09/06/el-otro-escudo-del-peru-2/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 06 Sep 2026 05:23:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[POLÍTICA]]></category>
		<category><![CDATA[Úrsula Angulo]]></category>
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					<description><![CDATA[Una vez más, estoy corriendo por el Centro Histórico de la ciudad. (Cuando mis artículos]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<div class="wp-block-image">
<figure class="alignright size-full"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2026/07/URSULA-ANGULO.jpg" alt="" class="wp-image-4934"/><figcaption class="wp-element-caption">Por Úrsula Angulo</figcaption></figure>
</div>


<p class="wp-block-paragraph">Una vez más, estoy corriendo por el Centro Histórico de la ciudad. (Cuando mis artículos empiezan así, es porque algo está por suceder). &nbsp;A esa hora, no hay mucha gente y las calles no están muy congestionadas, así que no es difícil correr algunos kilómetros. Y parece que a esa hora y con las calles poco transitadas tampoco es difícil dejar basura por ahí; se me ocurre que piensan que o nadie los ve o a nadie le importa. Les cuento qué pasó.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estaba corriendo precisamente por uno de los portales de la Plaza de Armas y veo a un señor que está desprendiendo la cáscara de una mandarina. Concluí que ese era su desayuno y pensaba que el señor había hecho una buena elección para empezar el día. Yo, que iba en dirección contraria, pude ver que este ciudadano dejaba las cáscaras —que ya se habían convertido en basura— en una repisa de uno de los puestos de periódicos que aún no había abierto. Me detuve, y —como en un artículo anterior— sin dejar de saltar sobre el sitio para no alterar el ritmo cardiaco, le dije muy cuidadosamente al ilustre residente que el puesto de periódicos no era un basurero.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Muy inocentemente, pensé yo que el noble coterráneo, muy en contra de su voluntad, no tendría otra opción que recoger sus cascaritas y llevárselas, pero no. Me dijo que no había basureros cerca y que dónde iba a botarlas. Así que le respondí: “En su bolsillo, las deja en su bolsillo hasta que encuentre un basurero”. Mientras le decía esta obviedad a manera de recomendación, me di cuenta de que tenía bordado en su chaleco el logo de una entidad pública; rápidamente le pregunté si era un trabajador del Estado y más rápido aun me respondió que no. Entonces, si este señor no pertenecía a esa entidad pública y llevaba en su pecho el logotipo de esa institución estatal, era más aficionado de la función pública que yo del FBC Melgar. Sí era, por supuesto que sí era un trabajador público, y quizá se le ocurrió que yo tenía mucho tiempo libre y no tendría dudas en ir a buscar a su jefe para comentarle el incidente de las cáscaras abandonadas. No, ese no era mi interés, solo quería que recoja su basura y que la dejara en un basurero, eso era todo; el compatriota en mención no encontró una salida y tuvo que recoger las cáscaras, pero algo me dice que estas cascaritas solo llegaron hasta el puesto de periódicos en la otra esquina de los portales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Seguí corriendo y pensaba, sin ninguna duda: este señor era de los que hacen esos comentarios de todos los días. “Fulano solo roba”, “el alcalde tal no hace nada”, “los congresistas no sé qué”, y luego dejan basura en las calles. Estafas, corrupción y más desastres. Todo ese conjunto se transforma para algunos en una especie de escudo, de justificación para permitirse pequeñas infracciones: botan basura, estacionan donde no deben, malogran los espacios públicos. Porque los demás hacen cosas peores y eso se ha convertido en el otro escudo del Perú, que parece protegerlos.</p>
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		<title>El otro escudo del Perú</title>
		<link>https://diarioelpueblo.com.pe/2026/08/28/el-otro-escudo-del-peru/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Aug 2026 05:16:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[POLÍTICA]]></category>
		<category><![CDATA[Úrsula Angulo]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Úrsula Angulo SIN AMBAGES Una vez más, estoy corriendo por el Centro Histórico de]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<hr class="wp-block-separator has-text-color has-vivid-green-cyan-color has-alpha-channel-opacity has-vivid-green-cyan-background-color has-background is-style-wide"/>



<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por Úrsula Angulo</h4>



<hr class="wp-block-separator has-text-color has-vivid-green-cyan-color has-alpha-channel-opacity has-vivid-green-cyan-background-color has-background is-style-wide"/>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>SIN AMBAGES</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Una vez más, estoy corriendo por el Centro Histórico de la ciudad. (Cuando mis artículos empiezan así, es porque algo está por suceder). &nbsp;A esa hora, no hay mucha gente y las calles no están muy congestionadas, así que no es difícil correr algunos kilómetros. Y parece que a esa hora y con las calles poco transitadas tampoco es difícil dejar basura por ahí; se me ocurre que piensan que o nadie los ve o a nadie le importa. Les cuento qué pasó.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estaba corriendo precisamente por uno de los portales de la Plaza de Armas y veo a un señor que está desprendiendo la cáscara de una mandarina. Concluí que ese era su desayuno y pensaba que el señor había hecho una buena elección para empezar el día. Yo, que iba en dirección contraria, pude ver que este ciudadano dejaba las cáscaras —que ya se habían convertido en basura— en una repisa de uno de los puestos de periódicos que aún no había abierto. Me detuve, y —como en un artículo anterior— sin dejar de saltar sobre el sitio para no alterar el ritmo cardiaco, le dije muy cuidadosamente al ilustre residente que el puesto de periódicos no era un basurero.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Muy inocentemente, pensé yo que el noble coterráneo, muy en contra de su voluntad, no tendría otra opción que recoger sus cascaritas y llevárselas, pero no. Me dijo que no había basureros cerca y que dónde iba a botarlas. Así que le respondí: “En su bolsillo, las deja en su bolsillo hasta que encuentre un basurero”. Mientras le decía esta obviedad a manera de recomendación, me di cuenta de que tenía bordado en su chaleco el logo de una entidad pública; rápidamente le pregunté si era un trabajador del Estado y más rápido aun me respondió que no. Entonces, si este señor no pertenecía a esa entidad pública y llevaba en su pecho el logotipo de esa institución estatal, era más aficionado de la función pública que yo del FBC Melgar. Sí era, por supuesto que sí era un trabajador público, y quizá se le ocurrió que yo tenía mucho tiempo libre y no tendría dudas en ir a buscar a su jefe para comentarle el incidente de las cáscaras abandonadas. No, ese no era mi interés, solo quería que recoja su basura y que la dejara en un basurero, eso era todo; el compatriota en mención no encontró una salida y tuvo que recoger las cáscaras, pero algo me dice que estas cascaritas solo llegaron hasta el puesto de periódicos en la otra esquina de los portales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Seguí corriendo y pensaba, sin ninguna duda: este señor era de los que hacen esos comentarios de todos los días. “Fulano solo roba”, “el alcalde tal no hace nada”, “los congresistas no sé qué”, y luego dejan basura en las calles. Estafas, corrupción y más desastres. Todo ese conjunto se transforma para algunos en una especie de escudo, de justificación para permitirse pequeñas infracciones: botan basura, estacionan donde no deben, malogran los espacios públicos. Porque los demás hacen cosas peores y eso se ha convertido en el otro escudo del Perú, que parece protegerlos.</p>
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		<title>Desde 1803. No es de ahora</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 13 Aug 2026 05:17:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[POLÍTICA]]></category>
		<category><![CDATA[Úrsula Angulo]]></category>
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					<description><![CDATA[SIN AMBAGES Es la presidenta. No, no, puedes seguir leyendo porque no voy a referirme]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h3 class="wp-block-heading"><strong>SIN AMBAGES</strong></h3>


<div class="wp-block-image">
<figure class="alignright size-full"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2026/07/URSULA-ANGULO.jpg" alt="" class="wp-image-4934"/><figcaption class="wp-element-caption">Por Úrsula Angulo</figcaption></figure>
</div>


<p class="wp-block-paragraph">Es la presidenta. No, no, puedes seguir leyendo porque no voy a referirme a ideologías políticas, partidos políticos, feminismo ni giros a la derecha o a la izquierda. Lo único que quiero decir es que, si es una mujer la que preside, entonces, lo que corresponde es «la presidenta» —y no «la presidente»—. Pero no tienes que creerme a mí solo porque te lo digo desde este artículo, te lo explico con dos fuentes:</p>



<p class="wp-block-paragraph">La Real Academia Española señala que «presidenta» es un femenino que se encuentra «documentado en español desde el siglo XV y registrado en el diccionario académico desde 1803». Es decir, esta es una palabra que tiene un espacio propio en el diccionario desde hace 223 años; sin embargo, pareciera que la aprensión por usarla ha aparecido recientemente. Se me ocurre que antes no era tema de discusión porque muchas presidentas no había y si por ahí las había —de asociaciones, clubes, empresas o países—, pues eran pocas y el referirse a ellas no ocupaba mucho espacio en los medios de comunicación. Pero ahora sí, vemos a mujeres que están al frente de grandes empresas o de países enteros, y son presidentas y primeras ministras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ya en esta línea del artículo debieras haberte convencido de que es «la presidenta». Tómalo con serenidad, acéptalo y empieza a usar ese femenino, que es el que corresponde. Pero quizá necesitas más argumentos, no hay problema.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el «Breve diccionario etimológico de la lengua castellana» se encuentra que «presidir» procede del latín «praesidēre», que significa «estar sentado al frente» y que, entre otros, sus derivados son «presidente» y «presidenta». Esta obra es de Joan Corominas, un conocido filólogo, lexicógrafo y etimólogo español. Es decir, podemos confiar en él, sí sabe.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entonces, para quienes piensan que «presidente» se deriva del sustantivo «ente», no. Para nada. Esa explicación es un mito, una leyenda urbana, un rumor sin sustento. «Presidente» procede de «presidir» y, por tanto, su origen no tiene nada que ver con el sustantivo «ente».</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora sí, ni entes ni nada. Es «presidenta», un sustantivo femenino cuyo uso no depende de movimientos ni idearios. Es parte de nuestro idioma, eso es todo. Entonces, ahora ya puedes usarlo con tranquilidad y seguridad. No es de ahora, es de 1803.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Regístrese y comuníquese.</p>
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		<title>Enrique Victoria y la batuta que traza su camino</title>
		<link>https://diarioelpueblo.com.pe/2026/08/06/enrique-victoria-y-la-batuta-que-traza-su-camino/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 06 Aug 2026 05:08:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[CULTURA]]></category>
		<category><![CDATA[PORTADA]]></category>
		<category><![CDATA[Úrsula Angulo]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Úrsula Angulo. Llegué unos minutos antes y aproveché para buscar una mesa que estuviera]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por Úrsula Angulo.</h4>



<p class="has-light-green-cyan-background-color has-background wp-block-paragraph">Llegué unos minutos antes y aproveché para buscar una mesa que estuviera un poco alejada de los murmullos tan característicos de los cafés. La encontré y me senté, y poco después llegaría Enrique Victoria Obando, hasta hacía unos días director de la Orquesta Sinfónica de Arequipa (OSA). Lo acompañaba Emily, su esposa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El papá de Enrique es el cantante de ópera Amílcar Victoria y su mamá, Elizabeth Obando, es poetisa y, además, toca el piano; diría que por eso nació en él el amor por el arte y, en especial, por la música. «Comencé a tocar el violín a los cuatro años. Con el tiempo, me empezó a gustar más y entré al conservatorio Duncker Lavalle, que entonces era la escuela de música; allí estuve hasta los doce o los trece años. Además, tuve clases particulares con la maestra Milagros Bedoya y la suerte de estudiar violín con la maestra rusa María Foust, quien había llegado a Arequipa y ahora es concertino de la Orquesta Sinfónica Nacional, y también con el maestro rumano László Benedek». Sus padres, músicos, y las oportunidades que tuvo a tan corta edad construyeron el camino que pronto Enrique tomaría.</p>



<blockquote class="wp-block-quote has-text-align-center is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph">«Cuando estaba por terminar el colegio, decidí que iría al extranjero a estudiar música. No teníamos mucha información, pero investigando me enteré de un conservatorio en España». Sin embargo, Enrique no llegó a conocerlo, pues encontró el conservatorio de Puerto Rico y con tan solo dieciséis años decidió subir a ese avión.</p>
</blockquote>



<p class="wp-block-paragraph">Estudió violín durante cuatro años en Puerto Rico y luego sería Estados Unidos su nuevo destino para estudiar una maestría en Viola y otra en Dirección de Orquesta. Y su trayectoria musical empezaba a despegar. «Cuando estaba haciendo mi primera maestría ingresé a la Orquesta de las Américas para tocar la viola. La orquesta tiene su base en Estados Unidos, pero hacen giras por todo el mundo cada año: China, Brasil, Colombia, Ecuador…». Y Emily interrumpe la enumeración de países para resaltar lo que Enrique no contaría: entrar a la Orquesta de las Américas es muy difícil, por ejemplo, cada año solo hay tres puestos para músicos de Perú. Y con una sonrisa, Enrique continúa su relato: «Eso fue cuando estaba haciendo la maestría en Viola, estar en la orquesta y ver a excelentes directores me hizo pensar en la dirección. Siempre me gustó la dirección, pero fue en ese momento que decidí tomarla profesionalmente».</p>



<p class="wp-block-paragraph">Violín, viola y dirección de orquesta. Y rápidamente me di cuenta de que para Enrique la música no era un gusto, era una pasión; entonces le pregunté a qué edad decidió que la música no sería su hobby, sino más bien su vida. </p>



<blockquote class="wp-block-quote has-text-align-center is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph">«En algún momento, cuando tenía doce o trece años, solo quería hacer eso, me encantaba tocar y fue a esa edad que decidí tomarlo profesionalmente. Aunque mi papá me decía que a la par podría estudiar algo más. En Perú, ese temor siempre existe, porque aquí no hay mucho espacio laboral. Veo mucha actividad cultural, pero ¿cuántos lo hacen <em>ad honorem </em>y cuántos lo hacen como trabajo? En el país hay cuatro orquestas sinfónicas: Trujillo, Lima, Arequipa y Cusco. Solo cuatro orquestas en un país con cerca de treinta y cinco millones de habitantes. Así, los papás se van a seguir preocupando».</p>
</blockquote>



<p class="wp-block-paragraph">Entonces, le pregunto a Enrique qué se podría hacer si existieran los recursos y me explica tres posibilidades:</p>



<blockquote class="wp-block-quote has-text-align-center is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph">«El Ministerio de Educación y el Ministerio de Cultura deben trabajar de la mano para tener en los colegios a profesores de Música egresados de Música; en muchos colegios, el profesor de Música es también el de Matemáticas. Es necesario crear más orquestas a nivel nacional; solo en Arequipa, la Orquesta Sinfónica no se da abasto para llegar a todo el público que tenemos porque sí hay mucho público, pero ¿qué pasa en las provincias donde no hay acceso? Hay que crear otras orquestas: la Orquesta Sinfónica de Islay o de La Unión, por ejemplo. La música es un tema de salud pública y de sensibilización. En Lima, se están creando orquestas, como la de Lima, San Miguel, Jesús María, y no <em>ad honorem;</em> buscan empresas privadas y aquí tiene que pasar eso. Las municipalidades podrían involucrarse no solo con orquestas, sino también con bandas sinfónicas y coros. El <em>ad honorem</em> tiene que desaparecer».</p>
</blockquote>



<p class="wp-block-paragraph">Enrique repara en que nos alejamos mucho de lo que me contaba, entonces, volvemos a la Orquesta de las Américas. Me explica: «Se audiciona cada año. Se termina la gira y se tiene que volver a postular. Estuve con esta orquesta cinco años consecutivos. Lo disfruté mucho, con ellos toqué en el Carnegie Hall, fue muy importante para mí». Y diría yo que no solo importante para él, sino para la ciudad: saber que un arequipeño tocó en el Carnegie Hall solo engrandece el orgullo que sentimos por Arequipa.</p>



<blockquote class="wp-block-quote has-text-align-center is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph">«Me gradué de las dos maestrías y regresé de vacaciones, solo de vacaciones pues ya me habían aceptado en Louisiana para hacer un doctorado. Y en ese tiempo salió una convocatoria aquí, en Arequipa, para director asistente de la Orquesta Sinfónica. Postulé, me aceptaron, decidí probar un año y me quedé catorce. Los últimos diez años he sido director titular. Pero acabo de renunciar porque nos vamos a vivir a Estados Unidos». Y ese «nos» se refiere a su esposa y Emilia, su pequeña.</p>
</blockquote>



<p class="wp-block-paragraph">Recordamos que nos habíamos visto hacía dos años, poco antes de su viaje a Estados Unidos, precisamente. «Me fui a hacer un posgrado en Dirección de Orquesta en la Catholic University of America, en Washington D. C., y pedí una licencia en la Orquesta Sinfónica de Arequipa. Estuve allá dos años y en cuanto regresé me invitaron a hacer en Lima un <em>ballet</em> con la Orquesta Sinfónica Nacional y el Ballet Nacional. Al regresar a Arequipa, tuve un concierto con la OSA y esa fue mi despedida. Ahora vuelvo a Washington D. C. para hacer un doctorado, dar clases de orquesta y dirigir una orquesta juvenil en Virginia». Noto fácilmente que aún no se ha ido y ya extraña Arequipa, porque se apura a agregar: «Los músicos somos gitanos y no descarto que la vida me traiga de vuelta. Sueño con hacer muchas cosas aquí. En Arequipa, no tenemos la infraestructura para hacer ópera o <em>ballet,</em> se necesita voluntad política para modernizar el Teatro Municipal o crear uno nuevo. Es inconcebible tener una ciudad como Arequipa y que no haya un lugar apropiado para musicales, por ejemplo». Así me cuenta Enrique de muchos espectáculos que se podrían traer a Arequipa si existiera la infraestructura adecuada, y le pregunto con curiosidad qué proyectos haría él si existieran —o cuando existan— los espacios idóneos y con entusiasmo me responde: «Explorar la ópera y la zarzuela, que es en español, y también musicales. Que estas experiencias sean el entretenimiento para ir con la novia, con la familia».</p>


<div class="wp-block-image">
<figure class="aligncenter size-large"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="1024" height="721" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2026/08/image-40-1024x721.png" alt="" class="wp-image-233176" srcset="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2026/08/image-40-1024x721.png 1024w, https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2026/08/image-40-300x211.png 300w, https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2026/08/image-40-768x540.png 768w, https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2026/08/image-40.png 1100w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>
</div>


<p class="wp-block-paragraph">Ha sido una conversación muy grata con Enrique. Al terminar, me dice que se siente muy agradecido con el Ministerio de Cultura y que se va con una excelente relación con los músicos de la OSA, y enfatiza: «Espero algún día regresar». Y después de esta conversación tan cálida y bonita, sé que esto último es realmente su deseo.</p>
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		<title>Prefiero ver dinosaurios</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 16 Jul 2026 05:15:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[ACTUALIDAD]]></category>
		<category><![CDATA[Úrsula Angulo]]></category>
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					<description><![CDATA[SIN AMBAGES Vi en la calle un niño pequeñito que iba de la mano de]]></description>
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<h3 class="wp-block-heading"><strong>SIN AMBAGES</strong></h3>


<div class="wp-block-image">
<figure class="alignright size-full"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2026/07/URSULA-ANGULO.jpg" alt="" class="wp-image-4934"/><figcaption class="wp-element-caption">Por Úrsula Angulo</figcaption></figure>
</div>


<p class="wp-block-paragraph">Vi en la calle un niño pequeñito que iba de la mano de su mamá. El niño tenía puesta una casaca bastante curiosa: era verde claro y en las mangas y la capucha tenía unos triangulitos de un verde oscuro que simulaban las placas infaltables que le colocan a todo lo que sea dinosaurio para niños. De pequeña, me hubiera encantado tener una casaca igual (y quizá ahora también).</p>



<p class="wp-block-paragraph">El niño y su casaca me hicieron recordar el famoso microcuento «El dinosaurio», de Augusto Monterroso:</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esas siete palabras son todo el microcuento. Siete palabras que nos dejan pensando. Y, precisamente, mientras seguía caminando por las calles de la ciudad, me preguntaba si yo podría escribir un microcuento y, mirando el entorno, no fue difícil. Se me ocurrió este:</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hago lo que me da la gana. ¿Por qué? Porque aquí nadie hace nada. &nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Son pocas palabras, con principio y fin, así que sí, podría ser un microcuento. Aunque más que microcuento me parecía una afirmación nada difícil de sustentar. Diría que no se necesitan estudios ni análisis ni encuestas, bastan unas cuantas vueltas por estas calles y ese microcuento queda como reflejo de una buena parte de la realidad en Arequipa: autos estacionados en zonas rígidas y sin importar que la calle sea angosta, de todas maneras se pueden subir a la vereda que para eso «también» está; vehículos de transporte público que tienen un micrófono y un parlante para anunciar las paradas que hacen en su recorrido y, si se juntan con otro que esté haciendo un anuncio similar, no se entenderá nada ni de uno ni de otro, pero no importa, tenemos que soportar tal estridencia; conductores que esquivan a los peatones que ya están en el crucero peatonal, porque los peatones tienen la preferencia, pero yo paso rapidito, mira, mira, ¿ves?; bolsas de basura y más bolsas de basura apoyadas en cualquier poste y, claro, basura en las calles —nunca falta una servilleta sucia, un vasito de queso helado y palitos de anticuchos—. Eso es lo que rápidamente viene a mi mente ahora, pero se podría hacer una enumeración bastante extensa de mucho por resolver, y cada día podríamos agregar un par de líneas más porque esto parece empeorar rápidamente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo que se está perdiendo es la responsabilidad ciudadana. Ciudadanos irresponsables siempre habrá, pero pareciera que ahora esa irresponsabilidad resulta fácil y, por eso, crece y abunda. En la ciudad en la que nadie hace nada, absolutamente nada, la gente hace lo que le da la gana, por supuesto, ¿por qué no?</p>



<p class="wp-block-paragraph">El microcuento del dinosaurio es, claro, un cuento; tengo la certeza de que el autor nunca vio un dinosaurio real. Por otro lado, el mío tiene algo de cuento, sí, pero muy poco, es más la descripción del día a día en esta ciudad. O, en todo caso, podría decir que el cuento que yo escribí lo podría escribir cualquier otro ciudadano que transita por las calles de Arequipa y que encontraría no dinosaurios, sino más bien la evidencia de que todos hacen lo que les da la gana y nadie hace nada por esta ciudad.</p>
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		<title>Pásame tu cuenta y te deposito un halago</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 18 Jun 2026 05:14:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[FAMILIA]]></category>
		<category><![CDATA[Úrsula Angulo]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Úrsula Angulo SIN AMBAGES El vestido bonito y el cabello recién peinado. Es el]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por Úrsula Angulo</h4>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>SIN AMBAGES</strong></h3>



<p class="wp-block-paragraph">El vestido bonito y el cabello recién peinado. Es el momento ideal, antes de que empiece la fiesta, para unas cuantas tomas. Apúrate, toma la foto antes de que el calor empiece a deshacer el maquillaje. Mano a la cintura; con lentes de sol; sin lentes; mirando hacia allá para que parezca que ni cuenta me di y me estaban tomando una foto; seria; sonriente; la música aún no empieza, pero una como si estuviera bailando… Listo, unos cuantos (o varios) filtros y a las redes sociales cuanto antes. <em>Like, like, like</em> y empiezan los comentarios: «Bella como siempre, amiga», «¡Guapa, guapa, guapa!», «Amiga bella, ¡qué regia estás!» —aunque con menos comas y más signos de admiración—.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En otros tiempos, hubiera sido necesario un libro contable, pero ahora los halagos se quedan debajo de las fotos en las redes y eso sirve como registro para contar el número de comentarios y sus propietarios. Son un «pásame tu número de cuenta que ahora mismo te deposito un cumplido; para eso estamos, faltaba más». Y esa transacción es simplemente una inversión a corto plazo porque tu comentario tendrá un retorno y quizá con intereses bastante rentables; así que la frase halagadora que haces hoy en poco tiempo puede convertirse en la frase halagadora que te hacen a ti.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así parecieran funcionar las redes sociales de los mortales sin fama hollywoodense. Es como un convenio tácito con cláusulas de hoy por ti, mañana por mí. Ahora, lo interesante sería saber cuál es el objetivo de este contrato, porque ya a estas alturas son evidentes los favores que deben devolverse en las redes del ciberespacio, pero ¿qué es lo que se busca? Por supuesto, muchos comentarios deben de ser sinceros y nacen del afecto, la admiración y el aprecio, claro que sí; pero una cantidad muy significativa de estos mensajes perdurables, más que elogios, bien podría ser una forma de adulación, como decía, a manera de inversión. Parecieran ser una clase de moneda, sí, eso, una moneda social que tiene mucho valor. Y aunque no se sabe el tipo de cambio, no hay duda de que sale a cuenta usarla en las negociaciones de las redes de ese universo sideral.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nada es gratis y halago con halago se paga. Y ya no importa cuál es real y cuál es adulador, porque ambos aportan en esa otra dimensión que también habitamos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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		<title>El universo, los agujeros negros y el esmog en Arequipa</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 28 May 2026 05:11:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[MEDIO AMBIENTE]]></category>
		<category><![CDATA[Úrsula Angulo]]></category>
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					<description><![CDATA[SIN AMBAGES Una tarde, en un café, encontré a unos turistas en la mesa de]]></description>
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<h3 class="wp-block-heading"><strong>SIN AMBAGES</strong></h3>


<div class="wp-block-image">
<figure class="alignright size-full"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2026/05/Ursula-Angulo.jpg" alt="" class="wp-image-130152"/><figcaption class="wp-element-caption">Por Úrsula Angulo</figcaption></figure>
</div>


<p class="wp-block-paragraph">Una tarde, en un café, encontré a unos turistas en la mesa de al lado. De pronto, estábamos conversando y, entre varias cosas, me decían que les gustaba mucho Arequipa. Y yo, muy orgullosa, asentía con una sonrisa, como mostrando que comprendía perfectamente el porqué. Sin embargo, después de mostrarme algunas fotos y de mencionar la comida y el sillar, uno de ellos, con un poquito de sarcasmo, me preguntó por qué a Arequipa se la conocía como la Ciudad Blanca. Antes de que yo pudiera empezar a explicarle, continuó y me dijo que comprendía que le sigan llamando así, pero solo por tradición, y agregó «porque a Arequipa ya no le queda mucho de ciudad blanca».</p>



<p class="wp-block-paragraph">El turista se refería al esmog que emiten muchos vehículos que transitan por la ciudad. Y no podía sino darle la razón. Recorren las mismas calles, una y otra vez, llenando paredes, aire y pulmones de monóxido de carbono. Es un problema que Arequipa tiene desde hace muchos años, pero pareciera que ahora el problema es de todos excepto de los dueños de esos vehículos, es decir, antes contaminaban, pero ahora contaminan con confianza; tienen la certeza de que nadie, nadie en absoluto, va a hacer absolutamente nada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me pregunto cómo pasan la revisión técnica. Ni idea. Esa es como una de las preguntas que los filósofos discuten sin encontrar respuesta. Es como preguntar dónde termina el universo o qué hay dentro de un agujero negro. Es lo mismo. ¿Cómo estos vehículos pasan la revisión técnica? La humanidad aún no lo sabe.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero, claro, por el lado de los dueños de esos cochecitos contaminadores —que se me ocurre que ya son atractivos turísticos para los turistas europeos—, si nadie les dice nada, no va a ser la conciencia ciudadana (que no tienen) la que les llame la atención. Entonces, tenemos que ver qué encontramos por el otro lado: ¿por qué ningún alcalde hace nada al respecto? Esa suena también a pregunta sin respuesta, como la del universo o la de los agujeros negros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En mi programa de radio, le conté al público acerca del comentario tan cierto y tan triste que me hizo ese turista: que a Arequipa ya no le queda mucho de ciudad blanca. Cuando salí de la cabina, buscando algo que necesitaba, llegué a unas galerías; allí encontré rápidamente lo que iba a comprar y, mientras pagaba y recibía el vuelto, el señor que me atendió y yo empezamos a conversar y, aunque ya no se me viene a la mente el tema que nos ocupaba, recuerdo que llegamos al esmog que ha invadido la ciudad. Y lo que el señor me dijo parecía dar respuesta al problema de la contaminación y otros más: «Los alcaldes no tienen sentido común y eso es precisamente lo que hace falta». Su observación me pareció muy acertada. No se necesita mucho para saber que el esmog es extremadamente dañino, es solo sentido común.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora mismo, mucho no se puede hacer. Pero en muy pocos meses, tendremos que elegir al próximo alcalde de Arequipa, una tarea bastante compleja. Ya sabemos que las palabras bonitas, las promesas encantadoras y la foto mirando al cielo no significan nada en absoluto, porque todas se las lleva el viento. Entonces, busquemos el sentido común, alguno de los candidatos debe tener, aunque sea un trocito pequeñito; con eso ya estaríamos avanzando bastante. De todas maneras, solo por si acaso, en las elecciones para alcalde, llevemos nuestro propio lapicero pasado por ruda, por si acaso nada más.&nbsp; &nbsp;</p>
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