<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>RELATOS &#8211; Diario El Pueblo</title>
	<atom:link href="https://diarioelpueblo.com.pe/category/cultura/relatos/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>https://diarioelpueblo.com.pe</link>
	<description>Verdad Justicia y Libertad</description>
	<lastBuildDate>Wed, 15 May 2024 10:35:14 +0000</lastBuildDate>
	<language>es</language>
	<sy:updatePeriod>
	hourly	</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>
	1	</sy:updateFrequency>
	<generator>https://wordpress.org/?v=6.7.1</generator>

<image>
	<url>https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2023/01/logo_sello-100x100.jpg</url>
	<title>RELATOS &#8211; Diario El Pueblo</title>
	<link>https://diarioelpueblo.com.pe</link>
	<width>32</width>
	<height>32</height>
</image> 
	<item>
		<title>Conversación junto a la catedral</title>
		<link>https://diarioelpueblo.com.pe/2024/05/15/conversacion-junto-a-la-catedral/</link>
					<comments>https://diarioelpueblo.com.pe/2024/05/15/conversacion-junto-a-la-catedral/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 15 May 2024 05:10:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[LOCAL]]></category>
		<category><![CDATA[RELATOS]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://diarioelpueblo.com.pe/?p=13861</guid>

					<description><![CDATA[Por Willard Díaz Cuando el escritor Leonardo Aguirre pasó por Arequipa, durante el último HAY]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por Willard Díaz</h4>



<p>Cuando el escritor Leonardo Aguirre pasó por Arequipa, durante el último HAY Festival, en noviembre pasado, lo acompañaba el también escritor Augusto Effio (los dos estarán de vuelta para asistir al próximo Festival del Libro en junio). Pasamos unas horas conversando sobre literatura en un balcón junto a la Catedral. Aquí quedan algunos pasajes de esos diálogos.</p>



<p>WD. Ustedes pueden dar noticia sobre los últimos escritores limeños recomendables, los que caminan por fuera de los circuitos comerciales. ¿Qué recomiendan?</p>



<p>LA. Lo que vamos a hacer es hablar de la Otra literatura, la que no circula mucho pero es buena literatura.</p>



<p>AE. ¿Qué te parece Enrique Prochaska? Que a propósito los amigos de Campo Letrado han ganado el Premio de Estímulo para publicar sus cuentos completos, que deben salir en 2024. Lo que se suma a los cuentos completos de Pilar Dughi y a los cuentos completos de Augusto Higa. Así es que se vienen tres colecciones de cuentos completos muy respetables. Prochaska tiene magnífico cuento, “Prometeo” ambientado en el Perú de los 80. Y luego está Carlos Yushimito; a mi entender su mejor libro es “Los bosques tienen sus propias puertas” y luego “Lecciones para un niño que llega tarde”, que es soberbio.</p>



<p>WD. Yushimito ha vivido en Estados Unidos y ahora está en Chile, ¿no? Eso me lleva a una pregunta. Cuando preparé una selección de cuentos arequipeños caí en la inevitable duda, ¿quién es un escritor arequipeño? ¿Qué es la identidad para un escritor? Tenemos escritores arequipeños, como José Ruiz Rosas, que no han nacido en Arequipa. Y hay otros que ya no viven en Perú y siguen siendo peruanos. Es el caso de Vargas Llosa, si miras el dato de su nacimiento siempre dice “Arequipa”, aunque solo ha pasado un par de meses en esta ciudad.</p>



<p>AE. En una discusión que tuve y que hubiera preferido evitar dije que los libros no tienen domicilio. Y lo otro, suscribo lo que Borges dijo en “El escritor argentino y la tradición”, donde hace notar que en el Corán no hay camellos, porque quien escribió el Corán no tenía necesidad de poner señales de identidad.</p>



<p>LA. A mí parecer, es una conjetura, hay una manera peruana de escribir. Si vamos a Vargas Llosa, a Ribeyro, a Bryce, siempre hay algo peruano. Pero imagínate que no te dicen quién es el autor, tú notas de arranque quién es peruano y quién es argentino. Hay una manera de escribir en peruano y otra en argentino, aunque te estén hablando de cualquier tema.</p>



<p>AE. Lo que dices es cierto, sea Vargas Llosa o Bryce, sabes que son peruanos porque recurren mucho al costumbrismo.</p>



<p>LA. Pero hay algo más, que está en la prosa.</p>



<p>AE. Pongo sobre la mesa a “Salón de belleza”, que me parece una novela muy peruana, a pesar de ser absolutamente descontextualizada. Lo siento en esa prosa seca, parca de Belatín, y reconozco la respiración peruana, limeña por lo menos.</p>



<p>WD. Pero eso sigue siendo intuitivo, impalpable. ¿En qué lugar del texto la hallamos? Al margen de lo que cuente. Vargas Llosa puede contar una historia ambientada en Brasil.</p>



<p>LA. Puede ser el ritmo de la prosa, los diminutivos, los giros. Hay un sabor peruano. Habría que analizar, claro, la métrica, el sonido peruano.</p>



<p>WD. Bueno, pero todos vuestros ejemplos son limeños. Ahora, qué hacemos con los sonidos no limeños, por decir algo; con los cusqueños, los trujillanos, con Gregorio Martínez, con Padilla.</p>



<p>AE. Eso ya es un problema para los académicos. Nosotros sabemos lo que hacemos, pero no podemos explicarlo. Es como dicen: el que sabe hacerlo lo hace, el que no sabe, lo explica, o lo enseña.</p>



<p>WD. Sí, pero es un lugar común, ¿no? El autor es el creador y el crítico es un dependiente. Los dos hacen la literatura peruana.</p>



<p>LA. La vez pasada hablábamos de eso, acerca de Cabrera Infante. Cómo se nota Cabrera Infante en lo que yo escribo. Hasta antes de publicar mi primer libro lo único que yo había leído de él fue un artículo sobre cine, no recuerdo, en una revista de literatura española. Y a partir de ese artículo, supongo, advertí los trucos y la gracia de Cabrera Infante. De hecho, una de las primeras reseñas que me hicieron de ese libro ya mencionaba su influencia. Luego aparece González Vigil que advierte la clara influencia de Cabrera Infante. Ya había publicado tres libros y seguía con un solo artículo leído; recién ahí dije vamos a ver y comencé a leer los libros de Cabrera Infante, con calma. Ahora que tengo todos podría decir efectivamente ya me he embebido de su obra.</p>



<p>Quizás fue necesaria esa visión de la crítica de Francisco Ángeles y González Vigil para que yo mismo viera mis textos de otra forma.</p>



<p>He ahí un caso en que necesité de la mirada crítica de otro para ver yo mismo lo mío. A menudo sucede eso, con los que hacen buena crítica, claro: le descubren al autor cosas que él mismo no había percibido y que hace simplemente por intuición. Hay cierto nivel de inconsciencia cuando uno escribe.</p>



<p>Bajo ese punto de vista siempre es útil una buena crítica.</p>



<p>WD. Tal vez hay una metáfora más útil, la de la música. Por lo general nos referimos al ritmo de la prosa como un elemento característico, pero el ritmo es solo uno de los rasgos fonéticos de la prosa literaria, tenemos además un color, un timbre, un flujo melódico que se desarrolla. ¿Cómo los hallamos en el texto? Mediante la iconicidad, yo diría, mediante ese parecido entre los sonidos de la prosa y los aspectos a los que se refiere: en las descripciones, en las acciones, en las caracterizaciones. Pero es un trabajo para picapedreros.</p>



<p>LA. Uno se da cuenta cuándo un texto tiene ritmo y cuándo no lo tiene. Ahora, cómo sostienes eso ante una clase, no sé. Cuando uno corrige sus textos dice aquí sobra una palabra. Está sonando mal, está chirriando. ¿Cómo se formaliza eso? No sé. Pero luego los lectores se dan cuenta también.</p>



<p>AE. Yo no tengo en cuenta mucho esas cosas…</p>



<p>LA. No. Él tiene una prosa muy cuidada. Si tú lees su prosa es muy musical. Tiene dos libros de cuentos, “Lecciones de origami” y “Dos árboles y otras formas”, que son una belleza. Los dos publicados en Peisa.</p>



<p>WD. Peisa parece una editorial muy cuidadosa con su catálogo. Será un don de Coronado.</p>



<p>LA. En efecto, es alguien que apuesta por la literatura más que por las ventas.</p>



<p>AE. Yo tengo una anécdota. Mis dos libros los mandé a varias editoriales famosas, y nunca los publicaron. Yo preparé un artículo para la presentación de Yushimito, y ahí conocí a Coronado, le gustó mi texto. “¿No tienes algo para publicar?”, me dijo. Le mandé mi libro. Me contestó de frente: “Tu libro no se va a vender, pero me va a dar mucho gusto publicarlo”.</p>



<p>WD. Debemos hacer un brindis por Germán Coronado.</p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://diarioelpueblo.com.pe/2024/05/15/conversacion-junto-a-la-catedral/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>0</slash:comments>
		
		
		<post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">109834</post-id>	</item>
		<item>
		<title>VOY A DECIRLES SU VIDA</title>
		<link>https://diarioelpueblo.com.pe/2024/05/08/voy-a-decirles-su-vida/</link>
					<comments>https://diarioelpueblo.com.pe/2024/05/08/voy-a-decirles-su-vida/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 08 May 2024 05:09:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Jorge Díaz Herrera]]></category>
		<category><![CDATA[RELATOS]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://diarioelpueblo.com.pe/?p=11757</guid>

					<description><![CDATA[Por: Jorge Díaz Herrera Los tanques de guerra y las patrullas de soldados armados por]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por: Jorge Díaz Herrera</h4>



<p>Los tanques de guerra y las patrullas de soldados armados por las calles de la ciudad fueron la primera evidencia, después las radios confirmaron que el Presidente de la República había sido depuesto por una junta militar, y la policía desbarató algunos brotes de protesta callejera. Y Emilio apretó los puños y se dirigió indetenible al centro de la plaza: Porque, me suceda lo que me suceda, voy a decirles su vida a esos hijos de puta. Se llevó las manos como bocina alrededor de la boca y empezó a decir algo, pero un garrotazo en la nuca quebró sus palabras, y su mujer se abalanzó contra los gendarmes, pero ellos le doblaron los brazos a la espalda y con una manaza abierta le cerraron la boca. A ella la soltaron a las nueve de la noche y a Emilio a la mañana siguiente. Y Emilio llegó hasta su casa y abrió la puerta y su mujer corrió a abrazarlo, pero él permaneció como atontado, ausente, rígido, pensando en las risitas escondidas de los gendarmes cuando lo soltaron y en la voz de uno de ellos diciéndole a sus espaldas: dale las gracias a tu mujer, y salúdala de parte del Comandante.</p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://diarioelpueblo.com.pe/2024/05/08/voy-a-decirles-su-vida/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>0</slash:comments>
		
		
		<post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">108780</post-id>	</item>
		<item>
		<title>Cuento: “Futuro incierto”</title>
		<link>https://diarioelpueblo.com.pe/2024/05/02/cuento-futuro-incierto/</link>
					<comments>https://diarioelpueblo.com.pe/2024/05/02/cuento-futuro-incierto/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 02 May 2024 05:06:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[RELATOS]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://diarioelpueblo.com.pe/?p=9662</guid>

					<description><![CDATA[Por José Bautista No nos faltaron ejemplos, buenos y malos, en aquel tiempo cuando decidimos]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por José Bautista</h4>



<p>No nos faltaron ejemplos, buenos y malos, en aquel tiempo cuando decidimos iniciar nuestros propios robos. Mi tío, por ejemplo, era conocido en la familia no solo por fumón y coquero sino por los recordados atracos que lo pusieron en una celda en el penal de Lurigancho, hace tres años. El Cocinita, en cambio, tenía la televisión nacional y los puestos de periódicos de la esquina, donde desfilaban los hurtos millonarios, los sobornos y mafias del gobierno.</p>



<p>Así influenciados, con algo de suerte y cinismo, entrabamos en las residencias de playa que los veraneantes dejaban desocupadas cuando las vacaciones de verano terminaban.</p>



<p>El vigilante, un viejo medio ciego y sordo llamado Casimiro, no se daba abasto para resguardar toda la residencial. Así, protegidos por la noche tirábamos muro sin preocuparnos del perro al que habíamos sobornado con un trozo de carne o con alguna conserva que encontramos en los aparadores.</p>



<p>El Cocinita era ágil. Trepaba los muros como un lagarto. Yo lo seguía por los alambres de púas y los vidrios, con apenas algunos rasguños.</p>



<p>Ese año hubo buena pesca. Encontramos reproductores de música, ropa americana, patines, alguna guitarra, relojes y pulseras que vendíamos en las casas de empeño o rematábamos en la variante. Hasta que al año siguiente cambiaron los alambres y vidrios por cercas electrificadas de mil voltios y mandaron al viejo Casimiro a su casa a terminar de hundirse en la penumbra. Fue remplazado por un cachaco con fusil al hombro, de un metro ochenta, que hacía sus rondas acompañado de un pitbull anaranjado con las orejas recortadas.</p>



<p>Persuadidos por la mandíbula y el carácter del perro, decidimos descansar. Sin embargo, pronto nos faltó el dinero en los recreos donde los demás nos veían como pequeños gánsteres que podían soltar algunos soles por favores insignificantes. Nuestra ropa se fue haciendo gris y sucia, como el invierno que había llegado a rastrillarnos la cara con sus caprichosas lloviznas.</p>



<p>El Cocinita tuvo que recurrir a algo que no le gustaba: robarle con ayuda de un alambre a su abuela los centavos que guardaba ordenadamente en sus siete alcancías. Yo, por mi parte, tuve que volver a trabajar con mi padre los fines de semana en mar abierto.</p>



<p>Estábamos en cuarto año y los <em>quinos</em> se avecinaban. No teníamos trajes formales para las fiestas. Para colmo, una chibola se había templado del Cocinita que hacía milagros para llevarla a los lugares más pobres del puerto, cayendo un día en la locura de pasar una tarde en el cementerio besuqueándose. &nbsp;Tú si eres maldito Cocina, le había dicho.</p>



<p>Quizás por la falta de plata o porque el Cocinita no era muy querido por ser él mismo, un día lo encontré desparramado entre la papelera y la taza del baño, con la camisa ensangrentada. Lo saqué de allí antes de que algún profesor lo viera en ese estado. Cuando me reconoció me dijo:</p>



<p>¿Dónde está mi diente?</p>



<p>En efecto, le habían volado un diente, en su sonrisa pareja ahora había una ventana oscura. Me explicó que fue Sánchez quien, con otros malditos de quinto año, lo habían dejado así.</p>



<p>A la salida se me ocurrió que el Cocinita podría ir a encarar a Sánchez, pero me dijo que su viejo era algo importante en la Policía y que no quería que lo metieran al calabozo otra vez. Hacia frío.</p>



<p>¿Cuánto vale un diente?</p>



<p>Yo no sabía.</p>



<p>Por qué este ya no se puede pegar, ¿verdad?</p>



<p>Era fácil saber que ese año Cocinita tampoco pasaría a quinto.</p>



<p>Serán unos cien soles, dije.</p>



<p>El Cocinita asintió y se fue rápido, como si esperase encontrar los cien soles en las siete alcancías de centavos de su abuela.</p>



<p>El transcurso de la siguiente semana, el Cocinita anduvo sin diente, lo que era complicado para alguien que siempre andaba burlándose de los demás. Aprendió a hacer un gesto de burla con los labios entrecerrando los ojos y ya no lo vimos sonreír de felicidad.</p>



<p>Una noche, en el malecón Ratti, mientras encendía uno de sus cigarrillos caseros me comentó que ya habíamos descansado mucho, que las alcancías de su abuela estaban casi vacías.</p>



<p>He encontrado una jato ficha.</p>



<p>Se puso a andar como diciendo que lo siguiera. Pasamos por la plaza Grau, saliendo a la última calle del campin. Subimos a oscuras y cuando llegamos a la lomada me señaló una casa de tres pisos con las luces apagadas. Tenía una cochera, tejados en el borde de los muros, lajas en las paredes exteriores y una puerta de madera tallada que nos dijo a mí y al Cocinita que nunca nadie nos invitaría a pasar por ella como no fuera para arreglar el jardín o lavar el auto.</p>



<p>¿Cómo sabes que no vendrá nadie?</p>



<p>Las luces de la calle daban lástima y todo estaba tranquilo.</p>



<p>Porque mi abuela trabaja aquí.</p>



<p>El Cocinita rodeó la casa por la parte más baja. Me hizo la seña de que iba trepar. Lo levanté lo más que pude. Luego, apoyado en el muro, me tendió la mano y subí hasta quedar a su altura. Desde allí se podía ver el viejo reloj de la iglesia, pero en el suelo, dentro de la casa, la oscuridad era una masa sólida.</p>



<p>Cuando terminó el salto, el Cocinita lanzó una pequeña maldición susurrante, mientras se escuchaba un golpe seco. Bajé a toda prisa deslizándome por el muro. En medio de la oscuridad me dijo que se había fregado el brazo, que había calculado mal el borde de la grada.</p>



<p>Ya estábamos allí, teníamos que continuar. Entramos por la ventana y dimos a una sala que apenas se sugería por el alumbrado de la calle. Continuamos por las habitaciones y las linternas nos dejaron ver varios cofres pequeños que contenían aretes, pulseras y collares. Alguno de ellos debía de tener valor no fantasioso. Buscamos en los cajones. El Cocinita halló un sobre hermético con billetes. No eras los típicos billetes de veinte o cincuenta soles que estábamos acostumbrados a ver, sino billetes de cien dólares.</p>



<p>Lo demás eran reproductores, relojes, y otras cosas de poco valor. Todo iba a nuestra bolsa hasta que un sonido ululante empezó a salir de algún lugar. Se hizo más grande atrapándonos y dejándonos inmóviles con nuestras caras estúpidas. Luego el sonido se moldeó en el de una sirena.</p>



<p>Tomamos el costal, lo arrastramos por el pasadizo a toda prisa y terminamos en otra habitación.</p>



<p>¿Tu abuela no te dijo que tenían alarma?</p>



<p>El Cocinita sudaba con una sonrisa estúpida. Volvimos al pasadizo. Esta vez giramos a la derecha y, por las gradas, salimos al patio al mismo tiempo que una puerta tronaba en la oscuridad.</p>



<p>Dejé de tirar del costal y me abracé al muro como un gato a punto de morir. Los brazos empezaron a sangrar por los vidrios sembrados en ese trecho del muro que no había podido ver o que ya no me importaban. Hice un salto a la oscuridad y corrí sintiendo el resollar del Cocinita detrás.</p>



<p>Cuando estuvimos a varias cuadras y el sonido de la sirena había menguado, giré para golpearlo. Pero el Cocinita no estaba allí. A lo lejos, en la casa, las luces se habían encendido. Lo único que se me ocurrió fue dar un giro completo a la manzana y, desde un lugar seguro, ver como sacaban al Cocinita agarrado por un solo brazo mientras el otro colgaba como una rama rota.</p>



<p>En medio del pánico, la única persona que pude recordar para ayudar al Cocinita fue el del profesor Cristóbal Arias, que desde un programa de radio masticaba críticas contra todas las instituciones de la ciudad. El único que nos había mostrado una amistad más allá de los libros. Se puso su abrigo y salió en dirección al centro de la ciudad.</p>



<p>En vano esperé a que el Cocinita llegara a su casa. Regresé a la mía sin poder dormir toda la noche.</p>



<p>Al día siguiente, en el colegio, todos hablaban del Cocinita, que lo habían capturado robando y que tenía un cómplice, pero no se sabía quién era ya que él no había abierto la boca. Mientras ingresaba al local me iba enterando de lo que ya sabía, hasta que una del tercer año dijo en medio de un grupo de amigas:</p>



<p>La casa era de Mishell.</p>



<p>Y me quedé allí parado mucho tiempo pensando en la ventana abierta. Mishell era la chica a la que el Cocinita llevaba a todos esos tristes lugares, que había salido de viaje el fin de semana con sus padres.</p>



<p>Ya no lo volvimos a ver. Algunos decían que estaba en el penal, porque ya era mayor de edad, pero no había repetido lo suficiente el cuarto año. Otros, que se había ido con su padre. Mishell, en cambio, volvió, pero se la veía triste en los recreos sentada sola a la mesa de ajedrez o recorriendo los pasillos con su aura gótica.</p>



<p>Llevaba muchos años buscando al Cocinita, hasta que una tarde lo vi parando autos, uniformado con chaleco fosforescente y un casco de oficial de tránsito. Me estacione cerca. Hice sonar el claxon para que me viera. Dejó la ventanilla que estaba interviniendo y se acercó.</p>



<p>¡Cocinita!</p>



<p>Sus papeles, señor, me dijo, esta es zona rígida.</p>



<p>Pensé que me había equivocado. Sin embargo era su misma cara redonda, su cabello hirsuto y sus brazos fornidos. Terminé por verle el gafete <em>J. Huamán C</em>., el número quince de la lista del colegio.</p>



<p>Pero él sacó su cuaderno de papeletas. Antes de que empezara a escribir, resignado, le dije que estábamos para ayudarnos, jefe. Cómo lo podía ayudar, le pregunté.</p>



<p>Por esta vez un diente, dijo.</p>



<p>Pero no supe si se refería a uno de diez o al precio de su diente en aquel tiempo porque por mi culpa no pudo comprarlo. Me tendió su libreta de normas de tránsito y puse uno de cien, el trabajo de un día. Tomó la libreta e hizo una sonrisa burlona en la que pude ver un diente de oro.</p>



<p>Avanza…</p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://diarioelpueblo.com.pe/2024/05/02/cuento-futuro-incierto/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>0</slash:comments>
		
		
		<post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">107829</post-id>	</item>
		<item>
		<title>Presentan libro de cuento escrito por escolares</title>
		<link>https://diarioelpueblo.com.pe/2024/04/27/presentan-libro-de-cuento-escrito-por-escolares/</link>
					<comments>https://diarioelpueblo.com.pe/2024/04/27/presentan-libro-de-cuento-escrito-por-escolares/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 27 Apr 2024 05:06:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[ACTUALIDAD]]></category>
		<category><![CDATA[REGIONAL]]></category>
		<category><![CDATA[RELATOS]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://diarioelpueblo.com.pe/?p=8477</guid>

					<description><![CDATA[PUNO En una emotiva ceremonia, la Oficina Regional del Indecopi en Puno junto con la]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h2 class="wp-block-heading">PUNO</h2>



<p>En una emotiva ceremonia, la Oficina Regional del Indecopi en Puno junto con la Sede Desconcentrada de la Cancillería en esta región, presentaron el libro «Cuentos de la Isla Amantaní», escrito por los escolares del colegio 70037 &#8211; Virgen de las Mercedes.</p>



<p>La obra contiene los cuentos escritos por los ganadores del&nbsp;concurso «Revalorando la cultura ancestral de Amantaní»,&nbsp;que fue organizado por el Indecopi y estuvo&nbsp;<a href="https://andina.pe/ingles/noticia-campana-vuelta-al-cole-precisa-las-obligaciones-los-colegios-privados-969184.aspx" target="_blank" rel="noreferrer noopener">dirigido a los escolares</a>&nbsp;a quienes, previamente, se les capacitó sobre el derecho de autor.</p>



<p>Incluye historias de amor como &#8216;El joven enamorado de la rana&#8217; y la &#8216;Señorita enamorada&#8217;. También, cuentos que describen la naturaleza de la isla como &#8216;El cerdo comelón&#8217; y &#8216;Las aves que mintieron&#8217;; personajes mitológicos como &#8216;La sirena y el joven&#8217;, o narraciones tradicionales transmitidas por sus ancestros como &#8216;Historia de Amantaní&#8217;.</p>



<p>«Cuentos de la isla de Amantaní» es un producto del trabajo de sensibilización y promoción del uso del derecho de autor que ejecuta el personal de la mencionada oficina regional, en el marco del proyecto Promoviendo la Propiedad Intelectual en las Islas del Lago Titicaca. El objetivo es contribuir a preservar la cultura ancestral de los habitantes de las islas del lago.</p>



<p>La iniciativa fue apoyada por la Cancillería, que se encargó de financiar la publicación del libro que llena de orgullo a sus autores y a la comunidad de Amantaní en general; además, la dará a conocer en el ámbito internacional a través de sus sedes en otros países.</p>



<p>En la ceremonia de presentación participaron el jefe regional de Puno, Waldir Zanabria Ortega; el director de la Oficina Desconcentrada del Ministerio de Relaciones Exteriores en Puno, José Alberto Ortiz; y la fiscal superior de la Fiscalía de Familia Puno, Judith M. Contreras Vargas. En representación de los autores, la menor J. M. Q. M. brindó las palabras de agradecimiento.</p>



<p>Los pequeños concluyeron así un sueño que se inició hace varios meses, cuando los especialistas del Indecopi los animaron a escribir sus cuentos.</p>



<p>El Indecopi continuará promoviendo la revalorización de la cultura ancestral, mediante el derecho de autor, entre las poblaciones del lago Titicaca.</p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://diarioelpueblo.com.pe/2024/04/27/presentan-libro-de-cuento-escrito-por-escolares/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>0</slash:comments>
		
		
		<post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">107022</post-id>	</item>
		<item>
		<title>Cuento: “Elección, vocación”</title>
		<link>https://diarioelpueblo.com.pe/2024/04/25/cuento-eleccion-vocacion/</link>
					<comments>https://diarioelpueblo.com.pe/2024/04/25/cuento-eleccion-vocacion/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 25 Apr 2024 05:15:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[CULTURA]]></category>
		<category><![CDATA[RELATOS]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://diarioelpueblo.com.pe/?p=7838</guid>

					<description><![CDATA[Por Fátima Carrasco Cuando los septuagenarios exalumnos de Luis (ex Decano de la Facultad de]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por Fátima Carrasco</h4>



<p>Cuando los septuagenarios exalumnos de Luis (ex Decano de la Facultad de Ingeniería) lo fueron a recoger para la celebración del medio siglo de la promoción que llevaba su nombre, él ya había decidido ser breve en su alocución.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Una ingeniera con muletas, otros calvos, entre muchos, parecían mayores que su profesor, de 90 años.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Cincuenta años atrás, recién egresados, le habían regalado un don Quijote de bronce que Luis conservó en su escritorio.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Tras los saludos, brindis y almuerzo, algunos recitaron poemas compuestos para la ocasión, cantaron, tocaron la guitarra y glosaron, entre otras cualidades de su profesor preferido, esa elegancia que ya no se estila.</p>



<p>Él, único sobreviviente, dedicó unas palabras a sus colegas, destacó el carácter pionero de las cinco ingenieras y agradeció a todos por acordarse de él. Y a la hora de la sesión fotográfica (con diploma, medalla, llavero y un teckel de crochet tejido por la ingeniera con muletas) a las indicaciones de: «Doctor, doctor, mire al objetivo», risueño respondió —como siempre– «¿Cuál doctor? ¡Yo no soy doctor!».</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Algunos habían viajado especialmente para la ocasión, como el guitarrista, cantante, compositor e ingeniero —»en ése orden», bromeó. Todos invitaron al profesor a visitarlos.</p>



<p>Durante el trayecto de regreso a la casa de Luis, Alfonso, delegado y promotor del reencuentro, le contó que desde chico había querido ser ingeniero.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Luis recordó su propia época colegial, definida por su gran inclinación por la literatura y la historia y su completa desafección por las matemáticas.</p>



<p>Gracias a don Pedro, colega de la madre de Luis, Mariana, profesora de la Escuela Normal y acuarelista cuando podía, Luis pudo leer buena parte de las obras que el profesor guardaba en vitrinas con llave.</p>



<p>Mariana fue nombrada profesora titular en Lima y tras un viaje largo y cansado, especialmente para Javier, el padre de Luis, se instalaron en Magdalena, cerca del colegio Claretiano.</p>



<p>Allí Luis, inasequible al desaliento, aunque la garúa y el nublado le parecían horrorosos, empezó su último año de secundaria.</p>



<p>Carlos, uno de sus nuevos compañeros de clase lo recibió con inusitada simpatía al saber que Luis y su familia eran paisanos de su madre. Esa fue la piedra fundacional de su amistad. Pronto se acostumbró a las particularidades de su nuevo entorno, aunque dos profesores le intrigaban. Uno era el padre José, impasible anciano que bajaba del segundo piso a dictar clase exacto, silencioso y en pantuflas.</p>



<p>Luis se preguntaba cuál sería la causa: ¿juanetes?, ¿comodidad ante todo?, ¿falta de medios/decoro? Nadie se sorprendía por ello, al contrario: lo inaudito hubiera sido verlo con zapatos.</p>



<p>Mayor fue la intriga que le causaba el padre Gorostiaga, profesor de matemáticas: desde la primera semana de clases escogió únicamente a Luis para responder y explicar los ejercicios y problemas matemáticos.</p>



<p>Aunque no era severo ni autoritario —¿o precisamente por eso?—, Luis se vio comprometido a esforzarse en las matemáticas básicamente para no parecer un neófito ante la clase en general y el padre Gorostiaga en particular. Según sus compañeros de clase, siempre había escogido de forma rotativa a todos para responder. Era su último año docente y por fin regresaría a su lugar de origen, su gran anhelo.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En virtud de la elección del padre Gorostiaga, surgió la vocación de Luis por la ingeniería y la docencia.</p>



<p>—Al final me gustaron los números, me aficioné a las matemáticas—, le dijo a Samuel, su nieto, días después mientras veían las fotos de la celebración—. Y creo que ya sé por qué el padre Gorostiaga me escogía siempre para resolver las ecuaciones: en un libro de José Antonio del Busto encontré una mención a nuestro bisabuelo materno, de Zumaya, Guipúzcoa. De ahí mismo era el padre Gorostiaga.</p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://diarioelpueblo.com.pe/2024/04/25/cuento-eleccion-vocacion/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>0</slash:comments>
		
		
		<post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">106674</post-id>	</item>
		<item>
		<title>Sentido Común</title>
		<link>https://diarioelpueblo.com.pe/2024/04/10/sentido-comun/</link>
					<comments>https://diarioelpueblo.com.pe/2024/04/10/sentido-comun/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 10 Apr 2024 05:08:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Pamela Cáceres Sumire]]></category>
		<category><![CDATA[RELATOS]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://diarioelpueblo.com.pe/?p=3065</guid>

					<description><![CDATA[Por Pamela Cáceres I “Cinco chuletas”. “¿Grosor?”. “Delgado”, responde una compradora que agarra a su]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por Pamela Cáceres</h4>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center">I</h1>



<p>“Cinco chuletas”. “¿Grosor?”. “Delgado”, responde una compradora que agarra a su hijo de la mano. La máquina se enciende, la carnicera aprieta con la palma firmemente el extremo de una pierna de cerdo congelada para que el afilado disco atraviese la carne mientras ruge potente.</p>



<p>Terminada la operación, la vendedora sacude el pedazo frente a los ojos de la mujer, “¿así o más grueso?”. “Más delgado” replica la compradora con algo de pena, no vaya a salir la cuenta muy cara. El disco vuelve a encenderse y la carnicera repite el proceso.</p>



<p>—¿Y no se corta la mano? —pregunta el niño que está impresionado con el poder del afilado disco y su ruido.</p>



<p>“No” asevera la madre, “debe estar atenta y no distraerse. ¿Entiendes por qué te repito que pongas atención? ¿Te imaginas si manejaras tú esa máquina?” cuestiona la madre con aire didáctico mientras explora los ojos de su niño buscando el brillo de algún aprendizaje perenne.</p>



<p>—¡Volaría un dedo! Mamá, y luego otro y otro y otro, todos gritando «¡Somos libres!, ¡libres al fin!».</p>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center">II</h1>



<p>Solicitud en mano, madre ingresa a Dirección de colegio público fiscal. DISPENSA DE ASIGNATURA DE RELIGIÓN PARA SU HIJO, reza el encabezado del documento. La secretaria lee mientras sostiene el papel con una pinza formada por su índice y su pulgar. Luego inspecciona a la madre como si estuviera examinando alguna forma alienígena capturada y vencida, «Ha traído su carta», interroga con voz seca.</p>



<p>La madre se confunde, ¿carta?, ¿qué carta?; «¿de quién?», pregunta.</p>



<p>«La carta de su pastor. La carta firmada por su pastor, el pastor de su Iglesia diciendo que ustedes pertenecen a otra religión».</p>



<p>La madre rebusca en su cabeza, sopesa, si pronuncia la palabra «ateos» sonaría casi a «satánicos»; si dice “agnósticos”, quizá no la entiendan. Por último, contesta «No tenemos pastor».</p>



<p>Mientras camina hacia Subdirección, a donde la han enviado para explicar su caso, la madre intenta descifrar si algo en su interior ha sido traicionado.</p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://diarioelpueblo.com.pe/2024/04/10/sentido-comun/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>0</slash:comments>
		
		
		<post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">104268</post-id>	</item>
		<item>
		<title>UN PLANETA QUE SE EXTINGUE</title>
		<link>https://diarioelpueblo.com.pe/2024/02/08/un-planeta-que-se-extingue/</link>
					<comments>https://diarioelpueblo.com.pe/2024/02/08/un-planeta-que-se-extingue/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 08 Feb 2024 05:08:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Fátima Carrasco]]></category>
		<category><![CDATA[RELATOS]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://diarioelpueblo.com.pe/?p=94514</guid>

					<description><![CDATA[Por Fátima Carrasco ¿Es la literatura de ciencia ficción un género, un subgénero o ninguna]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h4 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por Fátima Carrasco</h4>



<p>¿Es la literatura de ciencia ficción un género, un subgénero o ninguna de las anteriores? La duda prevalece siempre. Frente al gremio de lectores/defensores del ¿género? se hallan los detractores. Y también estamos los aburridos, simplemente, ante alegorías de otros mundos, seres extraños extraplanetoides y platillos no culinarios, sino voladores.</p>



<p>Entre el numeroso gremio de autores de ciencia ficción hay algunos distinguidos freakies, pero sólo un par de ellos son, en verdad, alienígenas dentro del propio ¿sub? género. Algunos puntos en común en sus trayectorias vitales explican por sí solos cómo y por qué incursionaron en el género marciano por antonomasia.</p>



<p>Stanislaw Lem nació en Lvov en 1921. Hijo de un médico judío, de clase media, el futuro autor de “Solaris”, entre otros muchos títulos, se involucró en la resistencia antinazi falsificando su identidad, como soldador, mecánico y saboteador. Su familia se salvó de la cámara de gas en 1942.</p>



<p>Lem escribió en 1948 “El Hospital de la Transfiguración”, novela autobiográfica, de estilo realista, publicada en 1955 y censurada por el régimen comunista, que la calificó de “contrarrevolucionaria” e impuso a Lem la escritura de dos novelas más, que formarían la “Trilogía del Tiempo Perdido”.</p>



<p>Lem cumplió, escribiendo “De entre los muertos” y el tercer título de la trilogía, que repudió ipso facto, negándose a que fuesen leídas y/o divulgadas. Vano afán: “El Hospital de la Transfiguración” puede leerse en varios idiomas. Narra las experiencias de un joven médico en un remoto manicomio, en zona ocupada, durante los últimos meses de la guerra. Los internos han enloquecido o son huéspedes, como el poeta Sekulowski, adicto a la cocaína. Lem afirma, con toda certeza: “Los manicomios siempre han destilado el espíritu de la época. Los manicomios son los museos de las almas”. Por allí desfilan personajes que revelan con crudeza la condición antropoide y de lo que esta es —o no— capaz: “&#8230;en cuanto a las teorías revolucionarias, los indigentes no tienen tiempo para semejantes asuntos. A semejantes asuntos siempre se han dedicado los cuatro que destacaban entre los bien alimentados”.</p>



<p>Lem desarrolló su versatilidad dentro y fuera de la literatura. Demostró su condición de alienígena con pedigree cuando declaró, en 1976 que la literatura de ciencia ficción estadounidense era de pésima calidad. Fue expulsado ipso facto de la Asociación Americana de Escritores de Ciencia Ficción, de la que era miembro honorífico. En “El Hospital&#8230;” puede leerse: “La historia de la literatura está llena de autores que cuando escriben una nota para la tintorería cuidan el estilo pensando en la edición póstuma de sus cartas”.</p>



<blockquote class="wp-block-quote has-text-align-center is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>Otro inefable alien fue Kurt Vonnegut, marcado también por el conflicto bélico europeo, como joven soldado norteamericano sobreviviente (de los poquísimos) del bombardeo de Dresde. El autor de “Matadero Cinco” o “La Cruzada de los Niños”, vanguardista y popular, eterno aspirante al Nobel, dejó numerosos títulos, como “Un hombre sin patria”, “Cuna de Gato” o “El Desayuno de los Campeones”. De su extensa obra literaria escribió: “Se me considera un escritor de ciencia ficción. Yo no quería que me catalogaran como tal, por lo que me pregunto cuál era mi ofensa para que no se me considere un escritor serio”.</p>
</blockquote>



<p>En el universo trafalmadoriano, con auténticos freakies de la vida real, como Kilgore Trout, el humor sirve para sobreponerse al horror.</p>



<p>Vonnegut, Presidente Honorario de la Asociación Humanista Americana, aconsejaba a los jóvenes: “Si de verdad quieren fastidiar a sus padres y les falta valor para hacerse gays, lo menos que pueden hacer es dedicarse al arte. No es broma. El arte no es una forma de ganarse la vida. Es más bien una forma muy humana de hacer la vida más soportable”.</p>



<p>El afable y antisolemne Vonnegut, que sobrevivió a un par de intentos de suicidio, confesaba: “Me asombra que acabara siendo escritor. A lo único que he aspirado es a proporcionar a los demás el alivio de la risa”.</p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://diarioelpueblo.com.pe/2024/02/08/un-planeta-que-se-extingue/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>0</slash:comments>
		
		
		<post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">92483</post-id>	</item>
		<item>
		<title>Cuento: “email”</title>
		<link>https://diarioelpueblo.com.pe/2023/11/15/cuento-email/</link>
					<comments>https://diarioelpueblo.com.pe/2023/11/15/cuento-email/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 15 Nov 2023 05:05:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[CULTURA]]></category>
		<category><![CDATA[RELATOS]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://diarioelpueblo.com.pe/?p=66824</guid>

					<description><![CDATA[Por Paola Campano Carito: Recibí tu correo por supuesto, voy a empezar por el final,]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h5 class="wp-block-heading has-text-align-right">Por Paola Campano</h5>



<h2 class="wp-block-heading">Carito:</h2>



<p>Recibí tu correo por supuesto, voy a empezar por el final, me dio mucha risa que pusieras que si no escuchabas de mí en una semana entonces me enviarías una carta en papel y lapicero. Soy vieja hija, pero recuerdo lo que me enseñaron sobre manejar una computadora, esas fueron las ventajas de trabajar más años de los que debía.</p>



<p>Para responder a tu pregunta, primero te tengo que recordar una historia, estoy segura que te la he contado uff, muchísimas veces, pero una más no hace daño. Ya son 40 años desde que conocí a Joaquín, 42 si quieres que sea exacta.</p>



<p>Joaquín no era tan apuesto. Era alto, sí, y tenía una linda piel morena, pero no era tan apuesto. Lo conocí en el cine, chocamos y tiró mi canchita, apenas si dio una disculpa y entró corriendo tras su grupo de amigos.</p>



<p>Yo estaba allí con Alonso, él era mi novio en ese entonces y fue a comprar más sin decir una palabra. No recuerdo la película, ha pasado ya mucho tiempo, pero sí sé que era de comedia y Alonso no soltó ni una pequeña risa, me molestó eso más que perder la canchita, él siempre fue así, nunca dejaba pasar nada y jamás se le iba el enojo fácil.</p>



<p>No volví a ver a Joaquín hasta meses después, en la fiesta de una amiga. Yo apenas había terminado mi relación con Alonso y no quería saber nada de nadie, pero mi amiga nos presentó y cuando estuvimos frente a frente pude ver que se acordaba de mí ya que con una sonrisa me pidió disculpas por el incidente del cine y me dijo para ir a ver una película y “poder pagarme la canchita que tiró”. Recuerdo que reí por la forma en que lo dijo y porque no era nada sutil al pedirme un encuentro. No quise salir con él, pero sí le di mi número de teléfono.</p>



<p>Nos hablábamos todo el tiempo, él llamaba tanto a la casa que tu tía Rebeca empezó a amenazarme con que le contaría a papá que tenía un nuevo novio. Al fin, un buen día quedamos para salir, recuerdo que luego de aceptar le dije: “Pero no olvides que no es una cita” y él solamente se rio.</p>



<p>Fue la mejor cita que he tenido, aunque no, creo que no, ya no estoy segura. Ha pasado mucho tiempo hija y tuvimos muchas citas encantadoras, pero a esa le tengo un especial cariño. Recuerdo que fuimos al cine, aunque si me preguntas no podría responderte nada de la película o la comida, lo que sí sé es que reí todo el día, todo el tiempo.</p>



<p>¿Y sabes qué? Desde entonces no he dejado de reír. El día de nuestra boda, antes de irnos de la fiesta, nos hicimos una promesa: Nunca dormir peleados.</p>



<p>Hemos tenido malos días, días horribles y días en los que sentía que ya no quería verlo. Hubo noches interminables de riñas y discusiones, llanto y mucha conversación. No pudimos mantener nuestra promesa de no dormir enojados, pero aun así te puedo asegurar que fui dichosa, sí, aun cuando peleábamos. Y eso era porque no importaba el problema, siempre estábamos ahí para hacernos felices el uno al otro.</p>



<p>No, Joaquín no era el más apuesto, ni el más inteligente o el más caballero, que son las palabras que a ti te gusta usar para describir a tu novio. Pero fue el mejor compañero de vida que pude desear y aun ahora que él ya no está, sé que me espera en otra vida y que volveremos a reír juntos.</p>



<p>Así que mi respuesta Carito, es esta: La manera en que supe que quería casarme con tu abuelo no fue pensando que no podía vivir sin él o que necesitaba estar a su lado todo el día, no. Lo supe porque me di cuenta de que podía vivir sin él, pero que no quería hacerlo. La vida era mucho más divertida a su lado.</p>



<p>Tu abuela que te ama</p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://diarioelpueblo.com.pe/2023/11/15/cuento-email/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>0</slash:comments>
		
		
		<post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">78872</post-id>	</item>
		<item>
		<title>EL PERÚ ES UN MANICOMIO</title>
		<link>https://diarioelpueblo.com.pe/2023/10/29/el-peru-es-un-manicomio/</link>
					<comments>https://diarioelpueblo.com.pe/2023/10/29/el-peru-es-un-manicomio/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 29 Oct 2023 05:05:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[CULTURA]]></category>
		<category><![CDATA[RELATOS]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://diarioelpueblo.com.pe/?p=61772</guid>

					<description><![CDATA[Por Orlando Mazeyra Guillén Un amargo recuerdo de las elecciones presidenciales del año 2021. —A]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h5 class="wp-block-heading has-text-align-right"><strong>Por Orlando Mazeyra Guillén</strong></h5>



<p class="has-text-align-center has-light-green-cyan-background-color has-background"><em>Un amargo recuerdo de las elecciones presidenciales del año 2021.</em></p>



<p>—A ustedes ya no les voy a vender más cervezas —dijo amenazante doña Mauricia.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¿Por qué, señito? —le preguntaste sorprendido.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Acá no son bien recibidos los que han votado por el comunismo —te dijo fulminándote con la mirada.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Espero que usted esté bromeando.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Ninguna broma, esto no es un juego. Ese comunista nos va a llevar a la miseria. No entiendo cómo gente instruida como ustedes puede votar por él.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Ya te tenían podrido con esa monserga. El sonsonete de los cultos versus los incultos, los civilizados contra los bárbaros. Recordaste una lúcida frase de Martín Adán que terminó sacándote de quicio: «En el Perú sólo se puede vivir con cierta cordura en el manicomio».</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Yo tampoco quiero volver a esta chingana para darle de comer a una fujimorista como usted —le respondiste alzando la voz y más achoradísimo que nunca.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¡Lárguense de una vez! —bramó doña Mauricia señalando la puerta.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Juan se puso de pie y trató de calmarla sin fortuna. Los otros borrachines, sin dudarlo un instante, se pusieron contra ustedes: «váyanse y ya no jodan la pita». ¿Lo hacían por ganarse la confianza de la dueña o porque todos eran naranjas mecánicas?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Vamos a acabar nuestras chelas y nos quitamos —dijiste para apaciguar los ánimos.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —No —retrucó la dueña—. Se me van de una vez.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Causa, ¿cómo es? —te dijo un fulano maceteado, desde la otra mesa—, o se borran al toque, o los sacamos entre todos. No queremos roche: ya perdieron.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Los echaron a los empujones. Cuando por fin cerraron la puerta escuchaste insultos, bravatas y hasta burlas de todo pelaje.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; «Vayan a pedir cerveza a Cuba o a Venezuela», gritó alguien.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Creo que tienes que hablar con Maduro —te dijo Juan tomándolo deportivamente.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2023/10/elecciones-1024x683.jpg" alt="" class="wp-image-61785"/></figure>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¿Por qué?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Porque a partir de ahora nos van a mandar a hacernos parir en Venezuela a cada rato.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —No te olvides de Nicaragua.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Y tú, gilazo, no te olvides del payaso de Vargas Llosa que cada día está más tocadiscos… ya volvió al Mercioco, el lugar que le corresponde, ¿no?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Él castigaba a sus personajes siempre de la misma manera: al teniente Gamboa, para ajustarlo, lo mandaron a Juliaca. A Lituma lo transfieren a Junín… seguramente para que se encuentre con Cerrón o para que le ponga las esposas. A Pantaleón lo despacharon a Pomata… que en realidad es un lugar muy tranquilo y hermoso: le llaman el balcón filosófico del Altiplano… allí me enteré que había muerto Benedetti…</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Cholo, nunca confundas la realidad con la ficción.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Pero eso es justamente lo que le está pasando a Vargas Llosa, ¿crees que es tan imbécil como para haberse tragado el cuento del fraude y recibir en su casa a ese tonto de Daniel Córdova? ¿De qué puede hablar con ese gil? ¿De “La verdad de las mentiras” o de la tía Preysler y Porcelanosa?</p>



<p>&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; —De la revista «Hola»&#8230;</p>



<p>&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;&nbsp;—Mira, recuerdo un libro de Herbert Morote en donde él dice que Vargas Llosa nunca pudo entender al Perú… sobre todo al Perú profundo, por eso nunca entendió a Arguedas.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Algo jodido tiene el marqués contra la sierra, ¿no?</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Sin duda alguna. El andino, para él, es un mundo bárbaro, insoportable, repelente. Vargas Llosa preferiría vivir en Venezuela, Cuba o en Nicaragua en vez de hacerlo en Puno o Ayacucho.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —No te malees tanto.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —La autobiografía más auténtica de un escritor son sus novelas.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Y tú todavía no has escrito ninguna —te metió un puntillazo a la mala en la canilla.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —¡Calla, mierda! —le dijiste—. Pareces fujimorista.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp; &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Y de pronto volvió la idea fija, la deuda pendiente: la novela, el vacío, la seca literaria, el desaliento. Durante muchos años La Ramadita fue un refugio (o, acaso, el mejor de los pretextos para no enfrentar los grandes retos de la vida). A partir de ahora habría que olvidarse de esa cantina.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —La realidad ofende —le recordaste por millonésima vez.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; —Y el trago defiende —remató Juan mientras tú recordaste aquellos amaneceres de Pomata: el lago Titicaca parecía el principio de todo: el mundo, la vida, la ilusión, ¡el Perú! Quizá allí se escondía el verdadero inicio de la novela. Quizá. Alguien te susurró el mensaje inmortal de Martín Adán: “<em>En el Perú sólo se puede vivir con cierta cordura en el manicomio”</em>.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img decoding="async" src="https://diarioelpueblo.com.pe/wp-content/uploads/2023/10/Elecciones-3.jpg" alt="" class="wp-image-61793"/></figure>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://diarioelpueblo.com.pe/2023/10/29/el-peru-es-un-manicomio/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>0</slash:comments>
		
		
		<post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">76650</post-id>	</item>
		<item>
		<title>CUENTO: “ZIG ZAG”</title>
		<link>https://diarioelpueblo.com.pe/2023/10/11/cuento-zig-zag/</link>
					<comments>https://diarioelpueblo.com.pe/2023/10/11/cuento-zig-zag/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Rocio Velazco]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 11 Oct 2023 05:07:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[COLUMNISTAS]]></category>
		<category><![CDATA[RELATOS]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://diarioelpueblo.com.pe/?p=55775</guid>

					<description><![CDATA[Verónica Arze R. Yo tenía ocho años y comía polillas. **** Avanzábamos sobre el mundo]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h5 class="wp-block-heading has-text-align-right">Verónica Arze R.</h5>



<p>Yo tenía ocho años y comía polillas.</p>



<p>****</p>



<p>Avanzábamos sobre el mundo en un tren repleto de gente adormecida, entre bultos y algunos animales enjaulados. La delgada grieta de una ventana soportaba el peso de mi cabeza; el viento frío enredaba mis cabellos, quemaba mis mejillas y a veces metía en mi boca insectos. Afuera, la noche parecía un poncho agujereado como el que solía usar Josecho para cubrir su viejo lomo encorvado por ese gastado acero verde que llevaba de sombrero, un casco del ejército británico que combinaba con unos lentes tornasolados algo oxidados y unas botas que don Carlos, el zapatero, le lustraba frente a mi casa en el barrio más antiguo de Puno. Recordé que no me había despedido de él y que no le pregunté lo más importante.</p>



<p>****</p>



<p>—¿Crees que me lo regale?</p>



<p>La mirada de mi padre seguía el equilibrio de un pasajero que dormía de pie. Jalé de su chompa.</p>



<p>—Su casco. ¿Podemos volver?</p>



<p>Soltó, entre muecas, unas palabras que fueron acalladas por el silbato de la locomotora.</p>



<p>****</p>



<p>La pollera del cerro elevaba la zapatería un metro arriba del suelo. Para llegar a la puerta, don Carlos colocó dos bloques de roca lisa donde Josecho solía recibir los últimos rayos de sol. Una de esas tardes no me atreví a entrar a casa. Los gritos de mi madre iban disparando una y otra vez mi nombre: “¡Julia!, ¡Julia!, ¡Julia…!”. Crucé la calle de tierra, trepé velozmente las gradas de piedra y me senté junto a los ancianos. Cuando ella abrió la puerta vi su sombra deformada extenderse sobre mis zapatos cubiertos de barro, Josecho se quitó el casco y me lo puso. Fue la única vez que vi su cabello blanco y que sentí el peso de sus años.</p>



<p>****</p>



<p>—Todos vamos a compartir el mismo cuarto —dijo mi madre.</p>



<p>Ella estaba frente a mí. A su lado, una mujer gorda picchaba coca. Mis hermanos viajaban sentados al otro lado del pasillo, me llevaban diez y doce años.</p>



<p>—A medida que se vayan construyendo las otras habitaciones nos iremos acomodando. Claro, primero los chicos —añadió.</p>



<p>—¡Será horrible!, ¡volvamos! —respondí sin mirarla.</p>



<p>—¡De qué hablas!, ¡te estoy diciendo cómo serán las cosas! —terminó por gritar. Mi padre me guiñó el ojo, lo hacía siempre para pedirme silencio.</p>



<p>****</p>



<p>Finas agujas de hielo pasaban arañando las ventanas del tren. Pensé en las polillas rodeando el foco que colgaba en el patio. Yo las cazaba vivas y las guardaba en una bolsa, las que morían las ponía bajo mi lupa para observar sus alas. Con ese botín de bichos esperaba a mi primo en la zapatería. Juntos escapábamos al otro lado del cerro y allí nos encontrábamos con sus amigos, ellos orinaban chorros en los hoyos de la tierra y yo aguardaba atenta con un bote de vidrio la salida de alguna tarántula. Nos gustaba alimentarlas y verlas devorar las presas que les llevábamos, luego las liberábamos y nosotros también volvíamos a casa. La tarde en que Josecho me salvó de una paliza, mi madre regresó temprano del trabajo y salió a buscarme con un látigo trenzado. Tenía prohibido portarme como un hombre, tenía prohibido andar con esos niños.</p>



<p>****</p>



<p>—Quiero vomitar —volteé a decirle a mi padre mientras tragaba saliva.</p>



<p>Su respiración era ruidosa y seca. El zigzag del tren había dormido a todos los pasajeros, a todos menos a la señora sentada junto a mi madre, ella aún picchaba coca.</p>



<p>—Voy a vomitar —pude balbucear.</p>



<p>Las arcadas no me dejaron decir más y mi vientre se contrajo de golpe. La mujer sacó una bolsa debajo de su manto y rápidamente se impulsó hacia mí sobre sus bultos. El alboroto despertó a mis padres y a uno que otro pasajero.</p>



<p>—Tranquila, chiquita —susurró mi padre levantando mis cabellos—. Saca todo lo que puedas, no te preocupes. Luego te sentirás mejor.</p>



<p>—Quiero volver —dije entrecortadamente, entre lágrimas y más arcadas.</p>



<p>—Le dije a Julia que deje esa espantosa costumbre de comer bichos —arremetió mi madre— iSiempre es tan testaruda! Y ahora me viene…</p>



<p>—¡Por favor! —la interrumpió mi padre.</p>



<p>Metí casi toda mi cabeza dentro de la bolsa. Mientras la llenaba, empecé a identificar los restos de todos mis alimentos, incluso a los insectos flotando en la bilis amarilla.</p>



<p>****</p>



<p>La luz de la tarde había recortado las sombras de la zapatería como una porción de torta. Don Carlos sentado dentro de ese triángulo luminoso sacaba brillo a las botas de su amigo. Yo me oculté bajo el peso del casco y Josecho, mientras peinaba con los dedos sus cabellos ralos, empezó a soltar carcajadas. Cuanto más se acercaba mi madre, más fuerte reía. De pronto, sentí una felicidad incontenible y empecé a retorcerme. Don Carlos nos miró en el reflejo brillante del cuero y reímos los tres hasta llorar. El viento levantó un remolino de tierra fina y mi madre desapareció. Cuando llegué a casa mentí, dije que Josecho nos había contado cómo consiguió ese casco. Nadie sabía cómo ese resto de la Primera Guerra Mundial llegó a Puno ni cuántos años llevaba usándolo, pero como mi madre era poco interesada en las historias de la gente no preguntó nada y me mandó a encender las luces del patio. Me senté bajo la luz que colgaba como una campana, atrapé otra polilla y me la metí a la boca.</p>



<p>****</p>



<p>El cielo empezaba a aclarar lentamente y los pasajeros iban despertando.</p>



<p>—¿Por qué las comes? —leí en los labios de mi padre.</p>



<p>—Porque me hacen cosquillas en el paladar —le dije—. No sé, papá. El silbato del tren anunció nuestra llegada a Arequipa.</p>



<p>—¿Por qué nos mudamos? —le pregunté.</p>



<p>—Para estar mejor —me dijo al oído—. No sé, Julita.</p>



<p>Busqué su mano y la estreché con fuerza.</p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://diarioelpueblo.com.pe/2023/10/11/cuento-zig-zag/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>0</slash:comments>
		
		
		<post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">74013</post-id>	</item>
	</channel>
</rss>
