La respuesta del jardinero
Por: Christian Capuñay Reátegui

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Siempre viene bien cultivar un huerto. Abonar la tierra es preparar el alma. Sembrar y esperar los primeros brotes verdes enseña paciencia, dedicación e ilusión. Ver surgir las flores y frutos nos maravilla y alegra el corazón. Las pérdidas nos transportan al mundo de la decepción, la ira y la pena.

El filósofo español Santiago Burete, autor de Jardinosofía, cuenta cómo Mandela se sentía libre cuando germinaban las semillas en su jardín en la cárcel, donde pasó tantos años, y que Voltaire, el padre de Ilustración, pensaba que no hay mejor vida filosófica que cultivar tu propio huerto. Para Burete, es el jardinero quien tiene la respuesta a la pregunta central y fundacional de la filosofía: ¿cómo vivir bien?

Inmersos como estamos en el inmediatismo, el consumismo, la pandemia del covid-19, las crisis políticas, las guerras, el cambio climático y todos los males contemporáneos, cultivar un huerto ayuda a valorar la esencia de lo bueno y lo trascendente. Vivir, experimentar, equivocarse, volver a empezar y avanzar. Sembrar, cuidar y cosechar es, en suma, una pequeña analogía de la vida misma.

No es mala idea promover los cultivos urbanos, especialmente en entornos citadinos grises y caóticos como el nuestro. Varios países desarrollados están impulsando esa estrategia con el ánimo de aprovechar los espacios y ganarle terreno al cemento. Contribuyen así con mejorar el ánimo de las personas, el ornato y son herramientas útiles en el combate a la contaminación y los gases de efecto invernadero.

Otro beneficio notable es que los huertos son capaces de garantizar la sostenibilidad de un entorno social, especialmente en contextos de crisis. Dependiendo de su extensión y producción, puede proveer de comestibles saludables a grupos enteros de personas, contribuyendo a salvaguardar la seguridad alimentaria. Por ejemplo, durante el transcurso de la pandemia del covid-19 se capacitó a los integrantes de organizaciones de ollas comunales de Lima en la implementación y gestión de biohuertos como estrategia para mitigar el impacto social y económico de la emergencia mediante una iniciativa ambientalmente sostenible.

Especialmente, en el tema medioambiental, quizá sea cierto que los grandes problemas requieren grandes soluciones. Sin embargo, sería recomendable que las autoridades se decanten por medidas innovadoras y autosostenibles en el objetivo de abordar desafíos actuales de forma eficiente. Y lo positivo es que no se requieren presupuestos millonarios con la finalidad de poner en marcha este tipo de iniciativas.

En tanto, nosotros podemos elegir colaborar con pequeñas acciones. Cultivar un minihuerto bien puede ser una de ellas. Y como dijo Michel de Montaigne: “Que la muerte me halle sembrando coles.”

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