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martes, septiembre 27, 2022
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LA INFANCIA DE OMAR

Por: Willard Díaz

Omar Zevallos es el dibujante arequipeño más conocido en el mundo entero. Durante los últimos veinte años ha ganado numerosos premios internacionales en competencias de primer nivel y se le considera uno de los mejores caricaturistas peruanos. Este año cumple 45 de carrera profesional y el Instituto Quevedo de las Artes del Humor, de la Universidad Alcalá de Henares, España, le ha organizado este mes una Exposición retrospectiva en Homenaje.

Con la confianza que nos dan muchos años de amistad, esbozamos los primeros años de una ya necesaria biografía.

¿Lugar y fecha de nacimiento?

Arequipa, 27 de junio de 1958. Nací en la primera casa que alquilaron mis padres, en Cerro Colorado.

¿Naciste en casa o en el hospital?

En casa. No olvides que en esos tiempos Cerro Colorado era un distrito pequeño alejado del centro. Yo fui el primogénito de la familia; dos años más tarde llegó mi hermano Iván; y Verónica, al año siguiente.

¿Qué tal la infancia que recuerdas?

La mía fue una infancia feliz. No recuerdo mucho de mis primeros años, de la primera casa, porque nos mudamos un par de veces aunque en el mismo barrio. La casa que me trae más recuerdos es la que tú conociste, la de 28 de julio. Es la casa que mis padres compraron y allí vivimos muchos años.

¿Cómo te llevabas con tus hermanos?

Muy bien, como éramos todos pequeños jugábamos los tres, nos bañábamos en la misma tina, la pasábamos muy bien. Recuerdo un ambiente distendido, y aunque mi padre era un poco violento cuando hacíamos alguna travesura, pronto recuperábamos el buen humor.

Además mi padre vivía dentro de una burbuja. Era un artista que andaba metido en su taller, con un par de ayudantes, y le molestaba mucho nuestro ruido, nuestras travesuras.

Era un pintor expresionista arequipeño, famoso en su momento, ¿no?

Sí, pero sobre todo se ganaba la vida pintando monos. “Monos” se llamaban esos retratos ampliados de alguna fotografía que luego los repasaban con color encima para que parecieran óleos. Eran famosos en Arequipa en esa época.

Mi padre tenía todo el equipo: una cámara de fuelle, cuarto oscuro, laboratorio. De una foto carnet sacaba un retrato de mediano tamaño. De eso vivíamos.

No lo recuerdo en tu casa, sino de haberlo visto en el centro. Tenía un aire de actor mejicano, con un bigotito fino, bien atildado.

Cierto, tenía ese aspecto. A la casa venían sus amigos pintores, la bohemia de ese tiempo. Se encerraban en el taller. Mientras nosotros, con mi madre, estábamos jugando.

Mi madre ha sido mi mundo. Lupe, Guadalupe Velarde. Todo para mí, padre y madre. Mi padre no se involucró en la crianza.

Ella nos revisaba las tareas, nos llevaba al colegio. Jugaba mucho con nosotros, tenía un espíritu bromista, alegre. La recuerdo llevándonos por toda la casa en trencito, de un cuarto a otro, para acabar tirados en algún lugar muertos de risa. De hecho, la cocina me interesa por ella, y por mi abuela que vivía a la vuelta. Mi abuela tenía un restaurante de contratos, era magnífica cocinera. Cuando mi mamá hacía algo que no me gustaba me iba a almorzar a casa de mi abuela. Pero con mi mamá hasta ahora mi relación es muy cercana y afectuosa. Creo que el humor se lo debo a ella; mientras que la pasión por el dibujo a mi padre.

Recuerdo especialmente a tu madre. Tenía una dulzura en la mirada, una paz. Me recibía con mucho cariño. Hace mucho que no la veo, pero la recuerdo bien. Debe haber sido una chica muy guapa además.

Sí, era la más bonita de los Velarde.

¿Tus padres fueron vecinos?

Sí, con unas cuatro cuadras de distancia. Mi padre vivía en la calle Melgar, que era de su familia y es donde ahora vive mi madre.

Cuando se casaron, mi madre también ayudaba a mi padre con los monos. Echaba color, preparaba bastidores. En algún momento, cuando fui joven yo ayudé también, con los negativos. Aprendí mucho de fotografía en esos años.

Podrías haber sido fotógrafo.

Muy chico descubrí que tenía más facilidad para el dibujo. Me fascinaban las historietas, y las copiaba. El ratón Mikey, los Picapiedras, el gato Félix.

Hay algo que le debo agradecer a mi padre: traía a la casa cosas sorprendentes. Apareció con uno de los primeros Viewmasters, esos aparatos para mirar dispositivas en color. Podías ver las siete maravillas del mundo, animales de Zanzíbar, o qué se yo. Era como viajar por el mundo.

Compró un proyector de slides y mirábamos sus fotografías en color. Nos tomaba fotos de niños, traía fotos de sus viajes por la sierra. Compró un proyector de películas de 8 milímetros y vimos películas de Chaplín en casa.

Tengo sin embargo la impresión que tú eres mejor dibujante que tu padre.

Probablemente. Lo que pasa es que mi padre, me parece, no tomó en serio la pintura. No sé qué pasó. Supongo que en algún momento tuvo que dedicar más tiempo a los monos que a la pintura, no reparó quizás que su arte estaba en sus manos. Y le quitó tiempo la bohemia. Le gustaba ir con sus amigos y perderse por allí.

Cuando gana el Premio de Pintura de la Compañía Cervecera, unos 20 mil dólares que en ese tiempo eran un montón de dinero, lo primero que hace es comprarse un carro. Se hizo muy famoso con ese premio, salió en los diarios, en la televisión. Recuerdo incluso que lo acompañé a un partido de fútbol en el Estadio Melgar y la gente se levantó a aplaudirlo.

Pienso que eso lo mareó, creyó tal vez que había logrado todo y no había logrado nada todavía. Su arte fue decayendo.

¿Te enseñó a pintar?

Curioso, nunca me dio una clase de pintura. Es cierto, trajo libros de pintura a la casa, los de Loomis, enciclopedias de arte, álbumes de pintores universales, colecciones de fascículos. Ahí me familiaricé con Gauguin, Delacroix, Miguel Ángel, Picasso. El camino estaba trazado, pero él no me acompañó en ese camino, tuve que andarlo solo.

Es más, cuando acabo el colegio estaba medio perdido y no sabía qué carrera seguir. Fui a pedirle consejo y me dijo pero qué te gusta pues. Él no sabía. Lo recuerdo clarito: le dije me gusta dibujar. No, no, qué otra cosa, me dijo. Pensé y le dije me gustan los animales. Pero me gustaban las enciclopedias de animales, en realidad. Copiaba fotos de animales.

Lo que hizo mi padre es llamar inmediatamente a su gran amigo Jaime Fuse, un biólogo que enseñaba en la San Agustín. Y me mandó a su casa. Jaime, que es una bellísima persona, sacó sus libros y me explicó qué era la biología, la oceanografía, me entusiasmó, y terminé ingresando a Biología.

Lo que recuerdo era que a tu padre se lo conocía como el Zurdo Zevallos. ¿Era realmente de mano zurda o era de izquierdas?

No, ese es un mito, nunca se sabrá la verdad. Él contaba que se rompió el brazo derecho y tuvo que aprender a hacer las cosas con la izquierda. Pero mi hermana es zurda, y que yo sepa eso es hereditario. A mi padre también le decían Zurdo porque jugaba fútbol en el Mistiano, era puntero izquierdo, y ahí se ganó la chapa.

¿Y en la política?

Eso vino más tarde. Para empezar, nunca he visto en la casa libros de marxismo. Había libros de magia, de arte, de ovnis, pero jamás vi un libro de política. Los libros de política, de historia, los he llevado a casa yo, y después mi hermano. En la Universidad empecé a estudiar filosofía marxista. En esos años, finales de los 70, la universidad estaba llena de discusión política.

Mi padre no tenía filiación política sino hasta cuando le ofrecen ser alcalde de Cerro Colorado por la Izquierda Unida, y gana la elección.

En esos años es que me fui de la casa, discutí con mi padre y me vine a Lima, a los dieciocho años. Y empecé otra vida.

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