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lunes, diciembre 5, 2022
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La imagen del Perú en la ONU

Por: Cecilia Bákula – El Montonero

Ha corrido mucha tinta respecto a lo que leyó, quiso leer o le hicieron leer al presidente Pedro Castillo en el 77º período de reuniones de la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU); sobre ello se ha pronunciado la prensa de todos los sectores, los analistas políticos y los políticos mismos. Lo cierto es que en nada parece ser que la presencia de Castillo en ese foro internacional coadyuve a posicionar positiva y elevadamente la imagen del Perú, imagen que en tiempos pasados, gracias a representantes de altísimo nivel, era respetada, querida y políticamente muy considerada.

En algún programa de corte de periodismo político escuché a una congresista que indicó que, para proceder a otorgar la autorización de salida del país para asistir a la Asamblea General de las Naciones Unidas, se le pediría a Castillo que presentara el documento que iba a leer; no para un previo cuestionamiento, sino para que se ajustara a esa propuesta. Entiendo que ese condicionamiento no se propuso ni se cumplió. Pienso ahora que, dadas las circunstancias tan sui generis del cambio o rotación en la Cancillería, de nada habría valido la presentación de ese documento, que no implicaba obligatoriedad a quien lo iba a exponer.

La preocupación, a mi criterio, va por varias perspectivas, no solo por la imagen que ha pretendido difundir del país. Castillo se mostró como víctima de una situación de desgobierno y corrupción; pero sin atreverse, por supuesto, a señalar que él está sindicado como parte de esa grave crisis. Cuando señala que “…el problema es que este se ha institucionalizado en todos los estamentos del gobierno y en el Estado peruano hay indicios de corrupción. Nosotros vamos a demostrar y la historia va a juzgar quién es el corrupto y quién es el que lucha contra la corrupción…», parece no darse cuenta de que habla de sí mismo.

Grave error es ir a “ventilar” la propia incompetencia, máxime cuando solo se expone la debilidad y no se muestra una ruta para atender el problema más que la infantil y recurrente victimización. Llevar estos temas a un foro así es una lastimera demostración de que, hoy por hoy, la Asamblea General de las Naciones Unidas es poco más o menos que un foro poco útil y que no se encuentra allí ni la respuesta ni el respaldo, ni el repudio que pudieran necesitar algunas conductas de no pocos gobiernos. ¡Cuán lejos está el Perú de tener un líder de esa envergadura!

Otro aspecto gravísimo es denostar al Congreso de la República en un foro internacional. Eso no le hace bien a su gestión, no tiende puentes y solo exacerba las frágiles relaciones que existen entre el poder Legislativo y el Ejecutivo. Y exhibir el fantasma del golpe como mecanismo de pretender extender un paraguas protector ante la ONU es descabellado e innecesario; basta ver las imágenes de los rostros de quienes lo escuchaban. Es tan notoria la realidad de un expositor cuando conoce su tema, cuando está convencido y convence, cuando está seguro. Y cómo por el contrario, como fue en el caso que comento, se hace evidente la propia duda, el desconocimiento y la inseguridad.

Me pregunto, ¿qué resultado exitoso trae luego de su cena con los inversionistas y empresarios? Quizá les pudo conmover el corazón con el melodrama del cuento de una familia pobre pero, eso no es suficiente ni era el momento; debió llevar una carpeta de proyectos, propuestas y financiación serias. La imagen financiera del país es muy mala, y que el propio Castillo machaque los problemas internos y haga insistentes referencias a la corrupción, no hacen del nuestro un país atractivo. Menos aún cuando hace gala de una nación en la que la corrupción ha asentado sus reales.

Si a ello agregamos lo incoherente, inoportuno, innecesario y anacrónico de su mensaje respecto a la postura internacional del Perú, las posibilidades de que los ojos positivos del mundo empresarial nos miren con interés son muy pocas. ¿Que falta de “lectura del momento internacional” de quienes le sugirieron que lanzara una bazuca tan avezada contra Gran Bretaña, que vivía el duelo del siglo, al poner sobre el tapete el tema de las Malvinas, máxime cuando no hay en este momento un asunto pendiente y, para los que conocen algo de nuestra historia.

Por el contrario, el Perú sí tiene pendientes de dignidad que reclamar a la Argentina, cuya conducta ha dejado mucho que desear respecto a nuestro país. ¿Será que buscan una palmadita en el hombro por parte del actual gobierno de Buenos Aires? ¿Aún a ese costo? Y, ¿qué se quiso decir con aquello de que se abrirá una embajada en Palestina? ¿Habrá leído bien el texto que se le puso delante? ¿Habrá medido fuerzas suficientemente respecto a nuestras relaciones históricas e intereses con el Estado de Israel?

Grave y muy grave es haber expresado en el propio seno de Naciones Unidas que se va a reconocer la existencia de una República fantasma que la propia Asamblea de Naciones Unidas no reconoce y que ya significó idas y venidas al interior de la propia Cancillería y que pone en riesgo las relaciones que tenemos con Marruecos que, por si fuera poco, había asumido un compromiso con fertilizantes, materia en la que el Estado ha demostrado incapacidad plena con graves consecuencias para el agro nacional.

En este viaje, el Perú ha sido, una vez más, el hazmerreír de otros países. Ya quisiéramos el coraje de otros gobernantes y los logros que otros Estados con menos verborrea logran demostrar, con más independencia y dignidad y menos sometimiento a intereses subalternos.

Qué lejos están los tiempos en los que al Perú se le escuchaba con atención, devoción y respeto. Los tiempos de Javier Pérez de Cuéllar, de Víctor Andrés Belaunde entre otros diplomáticos que dejaron muy en alto a nuestro país y que al margen de cualquier interés personal, hicieron de su oficio una vocación, un sacerdocio al servicio de la patria.

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